CAPÍTULO 9
Oliver llegó el jueves a las diez de la mañana con una carpeta, un café de viaje de Marsh's y la pregunta directa que Adaia había aprendido a esperar de él.
—¿Dónde está Kellerman?
—En el médico. Revisión de rutina. Vuelve a las doce.
Oliver procesó eso.
—¿Puede enseñarme el límite este mientras esperamos?
—Está empantanado por la lluvia de ayer.
—Ya lo supongo.
—Bien.
Cogieron la camioneta de trabajo y tomaron el camino interior que recorría el perímetro este del rancho. Adaia conducía. Oliver miraba por la ventana con los brazos cruzados y esa costumbre suya de guardar silencio cuando estaba observando algo que encontraba relevante.
—Ahí están los dos postes —dijo ella, reduciendo la marcha—. Los que reparamos.
Oliver bajó del coche y fue a examinarlos. Se agachó junto al primero, sacó el teléfono y le hizo fotos desde varios ángulos. Luego fue al segundo e hizo lo mismo.
—¿Cortaron el alambre limpio o lo forzaron?
—Limpio. Con alicates o cizalla.
—¿A qué hora del día lo encontraron?
—Al amanecer. Bram hace la ronda de las seis y lo vio él mismo.
—¿Había rastros de pisadas?
—Había estado lloviendo la noche anterior. El barro estaba revuelto pero no había nada claro.
Oliver se irguió y miró hacia los campos de Drayden al otro lado.
—Drayden tiene empleados en su rancho.
—Seis fijos y otros tantos temporales en temporada.
—¿Conoce a alguno de ellos?
—De vista. El capataz se llama Devin Harker. Lleva con Drayden cinco años. Es de la zona, es de los Harker de la carretera del lago.
—¿Los conoce?
—No tengo problemas con ellos. Pero Devin Harker hace lo que Drayden le dice.
Oliver tomó nota.
Siguieron el perímetro hasta el extremo norte, donde el camino hacía una curva y el rancho Kellerman terminaba y empezaban los pastos de un tercero, el señor Angler, que tenía setenta y ocho años y un rebaño de ovejas que nadie molestaba porque el señor Angler era el tipo de hombre al que nadie molestaba sin buena razón.
—¿Angler y Kellerman llevan bien? —preguntó Oliver.
—Cuarenta años de vecindad sin un problema. Bram le lleva el grano cuando Angler tiene las rodillas malas.
—¿Y Drayden con Angler?
—Drayden no tiene tierras que limiten con Angler. No ha tenido razones para meterse con él todavía.
—¿Todavía?
Adaia lo miró.
—Drayden está ampliando. Lleva tres años comprando parcelas pequeñas alrededor del condado. Siempre que hay alguien que necesita dinero o que se cansa de pelear, Drayden aparece con un precio.
—¿Y Kellerman no necesita dinero?
—Kellerman no es de los que se cansan de pelear.
Oliver asintió. Siguieron por el perímetro norte hasta volver al punto de partida. En el camino de regreso, Adaia se detuvo junto al potrero sur, donde Rosalind pastaba ya sin el vendaje, con el corvejón recuperado y el mismo carácter independiente que tenía antes de la lesión.
—¿Cómo está? —preguntó Oliver, mirando a la yegua.
—Bien. June dice que puede volver al trabajo la semana que viene.
—¿Con cuidado?
—June no conoce la palabra cuidado. Dice "trabajo progresivo" y lo supervisa ella misma.
Oliver sonrió. Esta vez sí llegó a la boca, y Adaia lo vio de frente porque estaba mirando en esa dirección. Había algo en esa sonrisa que no encajaba del todo con el resto de la imagen que Oliver proyectaba: era más joven, más desestructurada, como si se le escapara en lugar de decidirla.
—¿Cuánto tiempo lleva June aquí? —preguntó él.
—Seis años. Vino después de terminar la carrera. —Una pausa—. Y antes de que preguntes: no, no sé por qué no se fue a trabajar a una ciudad grande. No le pregunté.
—Yo tampoco iba a preguntar eso.
—¿No?
—Iba a preguntar si era feliz aquí.
Adaia lo miró.
—¿Eso importa para la investigación?
—No. Era curiosidad.
—June es feliz aquí —dijo ella—. Y Rhett. Y Bram. Y Dotty.
—¿Y usted?
La pregunta llegó de la misma manera que la otra vez: directa, sin trampa, como si realmente quisiera saber la respuesta.
—Sí —dijo Adaia—. Yo también.
—¿Desde el primer día?
—No. Al principio me costó. Llegué buscando un sitio donde esconderme y encontré un sitio donde quedarse. No son lo mismo.
Oliver la miró durante un momento.
—No, no lo son.
Volvieron al rancho. Bram llegó a las doce y cuarto con el informe del médico en el bolsillo y el humor de quien acaba de que le digan que siga tomando la medicación que ya sabe que tiene que tomar.
Oliver pasó dos horas con él repasando los incidentes, tomando declaración formal y explicando los pasos siguientes.
Antes de irse, en la puerta de la cocina, Oliver le dio a Adaia un número de teléfono.
—Mi móvil. Por si hay algo fuera del horario de la oficina.
Ella lo cogió.
—¿Tiene noches libres?
—Casi nunca.
—Bien. Porque si hay algo fuera del horario de la oficina, probablemente no pueda esperar.
Oliver se puso la chaqueta.
—Ya lo supongo.
—Agente Crane.
Él se giró en la puerta.
—Oliver.
Ella tardó un segundo.
—Oliver. —Una pausa—. Gracias.
—No ha pasado nada todavía.
—Por tomárselo en serio —aclaró ella.
Oliver la miró durante un momento, con esa expresión que ella no sabía todavía cómo leer del todo.
—Kellerman lo merece —dijo—. Y usted también.
Salió. Adaia escuchó el Chevy arrancar y alejarse por el camino de tierra.
Desde la mesa de la cocina, Bram bebió su café y no dijo nada. Pero había algo en sus ojos cuando la miraba que era exactamente lo mismo que habría dicho si hubiera hablado.