Bajo el cielo de Harlow Creek (Harlow Creek 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

La sala del ayuntamiento de Harlow Creek tenía aforo para sesenta personas y esa noche de martes estaba con setenta dentro y otros diez de pie contra la pared del fondo. Adaia no había visto tanta gente junta desde la feria del condado del verano anterior.

La noticia de la solicitud de Drayden había corrido por el pueblo con la velocidad que tienen las noticias que afectan a algo que la gente considera suyo.

El rancho Kellerman llevaba tres generaciones siendo parte del paisaje de Harlow Creek, y el camino sur era el que usaban los vecinos para acceder al río en verano desde que la carretera principal se había cortado por obras en el noventa y tres y nunca se había vuelto a abrir del todo.

Drayden llegó acompañado de su abogado, un hombre de ciudad con traje gris que miraba la sala como si el olor le molestara. Bram llegó con Adaia a su izquierda y Rhett a su derecha y se sentó en la segunda fila con esa dignidad tranquila de quien sabe que el suelo que pisa es suyo.

Oliver llegó el último, de uniforme, y se quedó de pie junto a la puerta lateral.

El concejal Brewer abrió la sesión con la burocracia habitual y luego le dio la palabra al abogado de Drayden, que expuso la solicitud en términos legales y cartográficos durante quince minutos sin decir nada que no fuera técnico.

Harlow Creek lo escuchó con el silencio hostil de quien está escuchando argumentos que ya ha decidido que no va a aceptar.

Luego le dieron la palabra a Bram.

Bram Kellerman se levantó, se abrochó el primer botón de la chaqueta y miró a la sala.

—Ese camino —dijo— lo construyó mi abuelo en mil novecientos veintidós para sacar el ganado al río.

Lo mantenemos Kellerman desde entonces. Y seguiremos manteniéndolo.

—Miró a Drayden—. No voy a vender los cuatro acres.

No voy a dejar que conviertan el camino en vía pública.

Y si alguien tiene algo más que decir al respecto, que lo diga.

Nadie dijo nada. Luego Dotty Marsh, desde el fondo de la sala, aplaudió. Y la mitad de Harlow Creek aplaudió con ella.

Drayden no aplaudió. Tampoco su abogado. Pero Adaia vio la expresión de Drayden durante ese momento y tomó nota.

La votación fue cuatro a uno contra la solicitud. El único voto a favor fue el del concejal Brewer. El concejal Muñoz, a quien Drayden también esperaba tener en el bolsillo, votó en contra sin mirar a Drayden ni una vez.

A la salida, Dotty les invitó a tortitas en el diner. La cocina estaba abierta hasta las once.

Oliver los alcanzó en la acera.

—Buena intervención —le dijo a Bram.

—No fue una intervención. Fue la verdad.

—A veces son la misma cosa. —Le tendió la mano—. Tengo algunas preguntas más sobre las fotografías cuando tenga un momento.

—Venga el jueves —dijo Bram—. Adaia estará en el rancho.

Oliver miró a Adaia.

—¿El jueves?

—El jueves —confirmó ella.

En el diner, Rhett pidió tortitas con arándanos y jarabe de arce y se comió tres pilas mientras le contaba a Dotty la historia de la reunión con el detalle exhaustivo de quien ha vivido algo que merece ser contado bien.

Bram bebió dos cafés y habló con el señor Hollis sobre el estado de los caminos del condado.

June Kellerman apareció a las nueve y media directamente de una llamada de urgencia a un caballo del rancho Patterson y se sentó al lado de Adaia con el abrigo puesto y cara de necesitar azúcar.

—Tortitas —le dijo Adaia al pasar Dotty.

—Con mucho jarabe —añadió June.

Adaia miró la puerta. Oliver no había entrado.

—¿Buscas al agente guapo? —preguntó June, sin levantar la vista del menú aunque ya sabía de memoria lo que había.

—No te metas.

—No me meto. Solo observo.

—Pues observa el menú.

—Ya lo sé de memoria. —June la miró—. ¿Cuándo fue la última vez que te interesó alguien de aquí?

—Nunca me he interesado nadie de aquí.

—Exactamente.

Adaia bebió su manzanilla. June sonrió con esa satisfacción discreta de quien ha dicho exactamente lo que quería decir sin necesitar decirlo más alto.

La puerta se abrió. Oliver entró, vio a Bram, le hizo un gesto breve, y luego buscó un sitio. El único libre era el taburete junto a Adaia.

Se sentó.

—¿Tortitas? —preguntó Dotty.

—Si puede ser con mantequilla y sin jarabe.

—¿Sin jarabe? —Dotty lo miró como si hubiera dicho algo en otro idioma.

—Sin jarabe.

Dotty se fue murmurando algo sobre la gente de ciudad. June, al otro lado de Adaia, disimulaba una sonrisa mirando el techo.

—¿Cómo está Drayden? —preguntó Adaia en voz baja.

—Molesto. Y cuando Drayden está molesto hace cosas que no habría hecho de haber ganado. —La miró—. Tenga los ojos abiertos en el rancho los próximos días.

—Siempre los tengo abiertos.

—Más abiertos.

Sus tortitas llegaron sin jarabe, como había pedido. Adaia lo miró partir la mantequilla en la primera tortita con esa eficiencia tranquila que tenía en todo lo que hacía.

—¿Por qué no le gusta el jarabe? —preguntó, porque era una pregunta ridícula y precisamente por eso era la que quería hacer.

Oliver la miró.

—Es demasiado dulce.

—Las tortitas son dulces.

—Las tortitas con mantequilla son equilibradas. Con jarabe son excesivas.

—Eso es una filosofía de vida muy específica.

—¿La tuya es diferente?

Adaia pensó en eso.

—Yo me como el jarabe si viene con las tortitas.

—¿Aunque no lo hayas pedido?

—No voy a desperdiciar el jarabe.

Oliver la miró un momento más de lo habitual.

—Eso también es una filosofía de vida muy específica.

Las tortitas de Adaia llegaron con jarabe de arce y arándanos frescos. Se las comió todas y no dejó ni gota de jarabe en el plato. Oliver lo observó con algo que, si hubiera tenido tiempo de definirse, podría haber sido diversión.