CAPÍTULO 7
Rhett Caulfield había llegado a Harlow Creek tres meses después que Adaia y había ocupado el puesto de capataz de campo que llevaba vacante desde que el anterior titular, un hombre llamado Gus Ferris, se había roto la cadera en enero y había decidido que era una señal del universo para jubilarse.
Rhett venía de Texas, de un rancho que se había vendido cuando el padre murió sin herederos directos y los tíos lejanos no habían tardado ni dos semanas en convertirlo en efectivo. Llegó con una furgoneta que olía a tabaco y a cuero viejo, tres cajas y la costumbre de no explicar demasiado.
Siete años después seguía sin explicar demasiado, pero Adaia había aprendido a leerlo: cuando Rhett estaba callado y miraba la lejanía con los pulgares en el cinturón, estaba pensando en algo que no sabía cómo decir.
Cuando estaba callado y trabajaba con la cabeza baja, era porque prefería no pensar.
Esa tarde, mientras desenganchaban el tractor después de cortar los pastos del norte, estaba con la cabeza baja.
—¿Qué? —dijo Adaia.
—Nada.
—Rhett.
Él soltó el enganche y se irguió.
—Vi a Nora Vance en el diner anoche.
Adaia esperó.
—Estaba con alguien.
—¿Con quién?
—No lo conozco. Hombre de fuera, de unos cuarenta y tantos. Bien vestido para lo que es Harlow Creek.
—¿Y?
—Y nada. Solo lo digo.
—Rhett, Nora Vance puede cenar con quien quiera.
—Ya lo sé.
—¿Desde cuándo te importa con quién cena Nora?
Silencio.
—Desde siempre —dijo él, en voz baja.
Adaia lo miró. En siete años nunca lo había dicho en esos términos, aunque llevara siete años siendo evidente para cualquiera que los viera en la misma habitación.
—¿Y nunca le has dicho nada?
—¿Qué voy a decirle?
—La verdad.
Rhett sacudió la cabeza.
—No funciona así.
—¿Cómo funciona, entonces?
—No lo sé. Así.
Guardó las herramientas y se fue hacia el establo con ese paso largo que tenía cuando no quería seguir hablando. Adaia lo dejó ir.
Pensó en eso mientras terminaba de limpiar el tractor. En la distancia entre saber algo y decirlo. En cuánto espacio puede ocupar esa distancia si la dejas crecer sin revisarla.
No era un pensamiento que se le hubiera ocurrido antes de que Oliver Crane llegara a Harlow Creek.
O sí se le había ocurrido, pero no sobre ella misma.
Esa tarde, al pasar por el pueblo para recoger el pedido de la ferretería, vio a Oliver en la puerta de la oficina del sheriff hablando con el sheriff Pickett.
Hablaban con seriedad, con los documentos que Oliver había sacado de la carpeta del rancho Kellerman en la mano.
Pickett los miraba con el ceño fruncido.
Oliver levantó la vista cuando la camioneta pasó. Adaia no paró, pero redujo la velocidad lo suficiente para que los ojos de los dos se cruzaran a través del cristal.
Oliver levantó una mano. Ella levantó la suya.
En la ferretería, el señor Hollis le dio el pedido de tornillos y cable para la cerca y le preguntó qué tal estaba Bram.
—Bien —dijo ella—. Ya le diré que preguntó.
—Dile también que el ayuntamiento tiene reunión el martes. Hay algo sobre los caminos del condado este que debería escuchar.
—¿Qué hay con los caminos del condado este?
Hollis bajó la voz, aunque en la ferretería solo estaban los dos.
—Drayden ha presentado una solicitud para reclasificar el camino que bordea la propiedad Kellerman al sur. Quiere que pase de camino privado a vía de servicio público.
Adaia lo miró.
—¿Puede hacer eso?
—El ayuntamiento puede. Y si Drayden tiene al ayuntamiento de su lado...
—¿Los tiene?
—Tiene al concejal Brewer. Y Brewer tiene tres votos en el bolsillo.
Adaia salió de la ferretería con el pedido bajo el brazo y llamó a Oliver desde el aparcamiento.
—Son las fotografías, la cerca y ahora el camino —dijo cuando él contestó—. Todo apunta en la misma dirección.
—¿Dónde está usted ahora?
—Ferretería Hollis.
—Voy en diez minutos.
Llegó en ocho. Se sentaron en los escalones de la ferretería porque dentro había poca privacidad y en la calle no había nadie a esa hora, con el viento frío de noviembre moviendo las hojas secas por la acera.
Oliver escuchó todo lo que ella le contaba sin interrumpir, con la libreta en la mano pero sin escribir, guardándolo todo en esa memoria ordenada que Adaia estaba aprendiendo a reconocer.
—Si Drayden consigue reclasificar el camino —dijo ella—, tiene acceso legal al perímetro sur del rancho. Puede moverse por allí sin restricciones.
—Y puede presionar a Kellerman desde adentro y desde afuera al mismo tiempo.
—Exacto.
Oliver cerró la libreta.
—La reunión del ayuntamiento es el martes. ¿Puede venir Kellerman?
—Si se lo pido yo, sí.
—Pídaselo.
Los dos miraron la calle un momento. Una pickup pasó despacio, el conductor levantó la mano en ese saludo automático que tienen los pueblos pequeños.
—¿Lleva mucho tiempo sola en esto? —preguntó Oliver.
Adaia lo miró.
—¿En qué?
—En proteger a Kellerman de lo que él no quiere reconocer que necesita protección.
Ella tardó un momento en responder.
—No estoy sola. Rhett ayuda.
—Pero usted lleva el peso.
—Bram me lo ha dado todo durante siete años. Un trabajo, un lugar. Confianza. Si puedo devolverle algo de eso, lo hago.
Oliver asintió, mirando la calle.
—¿Y quién la protege a usted?
La pregunta llegó sin theatralidad, con la misma calma directa con que Oliver decía todo lo demás, y precisamente por eso se le quedó dentro de una manera que las preguntas habituales no solían quedarse.
—No necesito que me protejan —dijo.
Oliver la miró de lado.
—No he dicho que lo necesite. He preguntado quién lo hace.
Adaia se levantó de los escalones.
—El martes a las siete en el ayuntamiento. Llevaremos a Bram.