CAPÍTULO 6
Adaia encontró las fotografías por accidente.
Estaba buscando el contrato del seguro del tractor en el archivo del despacho de Bram, un cuarto pequeño junto a la cocina que olía a papel viejo y a los puros que Bram ya no fumaba desde el infarto del corazón del dos mil dieciséis.
El contrato estaba en la tercera carpeta, pero al sacarla cayó una caja de cartón del estante y con ella una docena de fotografías que se esparcieron por el suelo.
Adaia las recogió sin mirarlas. Luego las miró.
Eran fotos de la propiedad. O de lo que querían ser fotos de la propiedad, pero las imágenes estaban tomadas desde los márgenes, desde los caminos del condado, con teleobjetivo.
El ganado, los establos, la casa principal.
En varias de ellas se veían personas: Bram de espaldas junto a la cerca norte, Rhett con el tractor, ella misma con dos de los caballos en el potrero.
Adaia se quedó quieta un momento con las fotos en la mano.
Las metió de vuelta en la caja, encontró el contrato del seguro y cerró el archivo.
Esperó a que Bram terminara con el veterinario que había venido a revisar al semental antes de hablar con él.
—Las encontré sin querer —dijo—. Estaba buscando el papel del seguro.
Bram la miró. Luego miró la caja que ella había puesto sobre la mesa de la cocina.
—¿Cuándo llegaron?
—La primera hace tres semanas. —Bram se sentó—. Las encontré en el buzón, sin remitente.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no quería alarmarte.
—Bram. —Adaia mantuvo la voz tranquila, aunque lo que sentía no lo era—. Alguien lleva semanas fotografiando la propiedad desde los caminos públicos y metiéndote las fotos en el buzón. Eso no es una molestia. Es una amenaza.
—No está claro que sea una amenaza.
—¿Qué es si no?
Bram guardó silencio.
—Drayden —dijo ella.
—No tengo pruebas.
—No necesitas pruebas para hablar con Oliver Crane. Para eso está.
Bram la miró con esa expresión que tenía cuando sabía que ella tenía razón y no le gustaba.
—No quiero que parezca que no puedo manejar mis propios asuntos.
—¿Preferiría que siguiera solo manejando una situación que se está complicando?
—Adaia.
—Bram. —Ella puso la mano sobre la caja—. Llevo siete años en este rancho. Sé lo que significa para usted. Y precisamente por eso le digo que esto no es algo que pueda seguir ignorando.
Bram miró la caja durante un momento largo. Luego suspiró con ese cansancio de quien lleva mucho tiempo cargando con algo que no quiere soltar.
—Habla tú con él —dijo—. Si quieres.
—Kellerman...
—Tú lo has visto más que yo esta semana. Y él parece escucharte.
Adaia no estaba segura de que eso fuera verdad, pero lo que sí era verdad era que Oliver Crane llevaba semanas apareciendo en el tramo de camino que bordeaba la propiedad este del rancho con una frecuencia que no era casual.
Lo llamó esa tarde desde el teléfono fijo del rancho, porque era el único número que tenía.
—Crane —contestó.
—Soy Adaia Voss. Del rancho Kellerman.
Una pausa de medio segundo.
—¿Algún problema?
—Hay algo que necesita ver. ¿Puede venir mañana por la mañana?
—¿A qué hora?
—Cuando quiera.
—A las ocho.
—A las ocho está bien.
Llegó a las ocho menos cinco, lo cual Adaia anotó mentalmente como uno de esos detalles pequeños que dicen más que los grandes.
Le mostró las fotografías sin explicaciones previas. Oliver las fue mirando una por una, en silencio, con esa atención concentrada que tenía cuando algo le importaba de verdad.
—¿Cuántas llegadas? —preguntó.
—Bram dice que cuatro tandas. La última hace cinco días.
—¿Siempre en el buzón?
—Siempre.
—¿Alguien más las ha visto aparte de Kellerman y usted?
—No.
Oliver las ordenó sobre la mesa y las estudió como conjunto.
—El ángulo de estas tres —señaló— es desde el camino del condado al este. El de estas dos, desde el acceso norte que da a la carretera de Drayden. —La miró—. Alguien conoce bien los caminos que bordean esta propiedad.
—Sí.
—¿Kellerman tiene alguna cámara de seguridad?
—No.
—Voy a hablar con Pickett. Y voy a necesitar que Kellerman haga una declaración formal.
—Eso va a costarle trabajo convencerlo.
—¿Lo convencerá usted?
Adaia lo miró.
—Haré lo que pueda.
Oliver recogió las fotografías con cuidado, usando el bolígrafo para no dejar huellas adicionales, y las metió en la carpeta que llevaba.
—¿Cuándo cortaron la cerca la primera vez? —preguntó.
Adaia tardó un segundo.
—¿Cómo sabe lo de la cerca?
—Porque llevo semanas revisando ese tramo del camino y hay marcas de reparación en dos postes del límite este que no coinciden con los demás. Son más nuevas. —La miró—. No me estaban contando todo.
—Bram me pidió discreción.
—Lo entiendo. Pero ahora hay fotografías en el buzón y necesito saberlo todo.
Adaia exhaló.
—La cerca la cortaron hace mes y medio. En dos puntos. Recuperaron el ganado y la repararon sin denunciar.
—¿Sospecha de alguien?
—Bram sospecha de Drayden. Yo sospecho de Drayden. Pero no tenemos pruebas.
Oliver asintió.
—Las vamos a encontrar.
Lo dijo con una seguridad tranquila, sin teatralidad, como si fuera simplemente una cuestión de tiempo y atención. Adaia lo miró un momento más de lo necesario y luego apartó los ojos.
—¿Quiere café antes de irse?
—Té, si tiene.
—Siempre tenemos té.