CAPÍTULO 5
La primera nevada llegó un jueves.
No fue la nevada discreta que a veces abría noviembre, esa que caía durante unas horas y se derretía antes del mediodía. Fue la nevada seria, la que empezó a las tres de la tarde y para las nueve de la noche había dejado treinta centímetros en los pastos y seguía cayendo.
Adaia pasó las dos primeras horas de la tormenta asegurando el ganado.
Los caballos al establo, el ganado vacuno a los cobertizos, los gallos y las gallinas que Bram tenía en el extremo sur bajo techado sin discusión.
Rhett se ocupó del grano y de las tuberías del almacén, que en las tormentas gordas tendían a helarse en el extremo norte.
A las siete de la tarde, Bram sacó la cabeza por la puerta de la casa y le dijo a Adaia que entrara.
—Todavía falta revisar la cerca del potrero sur —dijo ella.
—La cerca puede esperar. Tú no puedes quedarte congelada en el potrero sur.
—No voy a congelarme.
—Adaia.
—Cinco minutos.
Bram la miró con ese cansancio afectuoso con que la miraba cuando llevaba la contraria en cosas pequeñas.
—Diez minutos —concedió—. Si en diez minutos no estás de vuelta, mando a Rhett.
La cerca estaba bien. Los postes aguantaban y el alambre no cedía.
Adaia recorrió el tramo sur con la linterna cortando la oscuridad y la nieve cayendo densa y silenciosa, de esa manera que tiene la nevada fuerte de absorber todos los sonidos y dejar el mundo reducido a lo que cabe en el círculo de luz.
Estaba volviendo cuando vio las luces.
Un coche en el camino de tierra que bordeaba la propiedad por el sur, parado con las luces encendidas.
No era el Ford del rancho ni el de Rhett.
Las luces eran de posición únicamente, sin los faros largos, lo cual a esa hora y con esa nevada significaba que estaba parado y que quien lo conducía probablemente no estaba bien.
Adaia vaciló dos segundos. Luego fue hacia allá.
Tardó cuatro minutos en llegar a la cerca sur y otros dos en encontrar el punto donde pasarla. El coche era un pickup Chevy negro que ella no reconoció hasta que estuvo cerca y vio el escudo del condado en la puerta.
Oliver Crane estaba de pie junto al capó, con el teléfono en la mano y una expresión que mezclaba concentración y frustración en partes iguales.
—¿Está bien? —dijo ella.
Él levantó la vista.
—Sí. El camino se ha helado antes de lo que esperaba y he perdido el control en la curva. Nada grave, el coche está bien, pero estoy clavado en el barro del margen.
Adaia enfocó la linterna hacia las ruedas traseras. Las dos hundidas hasta el eje.
—¿Ha llamado a alguien?
—No hay cobertura. —Levantó el teléfono—. Llevo diez minutos intentándolo.
—Hay un punto en la valla del norte donde a veces coge. —Miró el coche—. Espere aquí.
—No voy a ir a ningún sitio.
Tardó otros cinco minutos en llegar al punto, conseguir dos barras de cobertura y llamar a la grúa del pueblo, que según el hijo de los Hollis tardaría entre cuarenta y cinco minutos y una hora.
Cuando volvió, Oliver seguía junto al capó. Se había subido el cuello del abrigo y tenía nieve en los hombros pero no parecía especialmente afectado por la situación.
—Grúa en cuarenta y cinco minutos mínimo —informó ella.
—Gracias.
—Puede esperar en el rancho si quiere. Está a diez minutos a pie.
Él la miró.
—¿Diez minutos en qué dirección?
—Voy de vuelta. Puede venir conmigo.
Oliver cerró el coche y echó a andar a su lado sin hacer más preguntas.
Cruzaron la cerca y tomaron el camino de vuelta en silencio. La nieve seguía cayendo, densa y constante, y la linterna de Adaia marcaba el camino. Oliver ajustó el paso al suyo sin problema, que era el de alguien acostumbrado a andar por terreno irregular.
—¿Qué estaba haciendo en el camino sur a estas horas? —preguntó ella.
—Revisando el perímetro antes de la tormenta.
—¿Habitual en Detroit hacer rondas nocturnas con nevada?
—No. Pero aquí no estoy en Detroit.
Adaia no dijo nada a eso.
El rancho apareció entre la nieve con las ventanas iluminadas y el humo del generador visible contra el cielo oscuro. Bram estaba en el porche cuando llegaron, con el café en la mano y una expresión que procesó la situación en menos de dos segundos.
—Agente Crane —dijo.
—Señor Kellerman. Siento la intrusión.
—No hay intrusión. —Abrió la puerta—. Entren los dos.
La cocina de la casa principal era grande y cálida, con una estufa de leña en la esquina que Bram encendía en cuanto bajaban de diez grados.
Rhett estaba sentado a la mesa con un tazón de chocolate caliente y los pies sobre la silla de enfrente, y no cambió de postura cuando entraron, solo levantó las cejas.
—Agente Crane —dijo Rhett.
—Llámame Oliver.
—Oliver. —Rhett bajó los pies de la silla—. ¿Quieres chocolate?
—Té, si hay.
Había. Bram puso el agua y Adaia se sentó a la mesa a quitarse las botas llenas de nieve. La cocina olía a leña y a la sopa que quedaba del mediodía y tenía ese calor tupido de los lugares que llevan horas calientes.
Oliver se sentó en la silla que Bram le señaló y aceptó el té con las dos manos.
—¿Cuánto tiempo lleva nevando esto? —preguntó.
—Desde las tres —dijo Rhett—. Para aquí es una nevada normal de principios de noviembre.
—¿Y en diciembre?
Rhett sonrió con algo de crueldad amistosa.
—En diciembre aprendes a no hacer preguntas.
La grúa llegó cincuenta minutos después.
Adaia y Rhett fueron con Oliver a señalar la ubicación del coche, que ya tenía diez centímetros de nieve encima.
Lo sacaron en veinte minutos. Oliver revisó el coche, agradeció la ayuda con la escueta cortesía de alguien que no está acostumbrado a pedirla, y antes de subir se giró hacia Adaia.
—Gracias.
—Solo hice una llamada.
—Y diez minutos en la nieve con una linterna. —Hizo una pausa—. Gracias.
Arrancó el Chevy y tomó el camino hacia el pueblo, despacio, con precaución.
Adaia se quedó mirando las luces traseras hasta que desaparecieron entre los árboles.
—¿Qué? —dijo Rhett a su lado.
—Nada.
—Adaia.
—Rhett, volvamos adentro. Me estoy helando.