CAPÍTULO 4
El sábado era el día de Adaia.
Seis días a la semana trabajaba en el rancho desde las cinco de la mañana hasta que el cuerpo decía basta, que en invierno solía ser alrededor de las seis de la tarde. Pero el sábado, Bram la mandaba a casa a las dos y le decía que no volviera hasta el lunes.
Al principio ella lo ignoraba y seguía trabajando. Bram había llegado a cerrar el establo con llave para obligarla a parar.
Ahora aceptaba los sábados con algo parecido a la gracia.
Los usaba para hacer las cosas que el resto de la semana no tenía tiempo de hacer: ir a la lavandería, comprar en el supermercado de la siguiente ciudad, pasar por la biblioteca a devolver los libros que había leído durante la semana en los ratos muertos. Y siempre, sin falta, comer en Marsh's.
Dotty Marsh había llegado a Harlow Creek treinta años antes siguiendo a un hombre que se había ido a los dieciocho meses, y había decidido que el diner valía más que el hombre.
Tenía sesenta y siete años, el pelo plateado cortado a la nuca y la capacidad de mantener tres conversaciones distintas al mismo tiempo sin perder el hilo de ninguna.
Su menú del sábado era siempre el mismo: sopa de pollo con fideos, sándwich de pavo con mostaza antigua y pastel de manzana. Adaia llevaba años pidiendo lo mismo y Dotty lo ponía en marcha en cuanto la veía entrar por la puerta.
Ese sábado, cuando Adaia llegó, el taburete habitual del agente Crane estaba ocupado por el propio agente Crane.
Dotty estaba apoyada en el mostrador frente a él, lo cual significaba que llevaban un rato hablando y que Dotty ya sabía todo lo que había que saber sobre Oliver Crane, sus hábitos y probablemente también los de su familia.
—Adaia —dijo Dotty, levantando la mano—. Tu sitio está libre.
Ella se sentó en el taburete de siempre, que quedaba a dos del de Oliver, con uno vacío entre los dos.
—Sopa, sándwich y pastel —dijo.
—Lo sé, cariño.
Oliver la miró de reojo.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió ella.
—¿Cómo está Rosalind?
Adaia tardó un segundo en recordar que le había dicho el nombre de la yegua.
—Mejor. Menos inflamación.
—Me alegra oírlo.
Dotty puso delante de Adaia una taza de manzanilla y delante de Oliver rellenó la taza de té.
—Oliver me estaba contando que en Detroit trabajó cuatro años en robos con violencia —anunció Dotty, con el tono despreocupado que usaba cuando estaba transmitiendo información que consideraba de interés público.
—Dotty —dijo Oliver.
—¿No es verdad?
—Es verdad, pero...
—Pues nada —zanjó ella, y se fue a buscar la sopa.
Hubo un silencio. Adaia miró hacia la calle. Oliver miró su taza.
—¿Es siempre así? —preguntó él.
—Dotty lleva treinta años acumulando información sobre todo el mundo. A estas alturas tiene más datos sobre Harlow Creek que el censo.
—¿Y eso no le molesta a la gente?
—A algunos. Pero la mayoría ha llegado a la conclusión de que si Dotty sabe algo y no lo ha contado, es porque no hay nada que contar. Funciona como filtro.
Oliver pensó en eso.
—¿Y si hay algo que contar?
—Entonces ya lo sabe todo el mundo de todas formas.
Oliver sonrió. Fue un gesto breve, más en los ojos que en la boca, que Adaia vio de refilón y no buscó volver a ver.
Dotty volvió con la sopa y con una segunda taza de té para Oliver, aunque él no la había pedido.
—¿Has ido ya a ver a Nora Vance? —le preguntó a Adaia.
—¿Para qué?
—Para que te vea el hombro derecho. Rhett me dijo que te lo golpeaste con la puerta del establo.
—Rhett habla demasiado.
—Rhett se preocupa.
—Me lo golpeé hace dos semanas y está bien.
—Nora tiene horario los sábados por la mañana.
—Dotty.
—Solo digo.
Oliver miraba al frente con una expresión cuidadosamente neutra. Adaia decidió que no iba a darle más tema de conversación.
Comió la sopa en relativo silencio, con el ruido de fondo del diner llenando el espacio: el chisporroteo de la plancha, la conversación en la mesa del rincón donde los cuatro hermanos Kessel jugaban a las cartas cada sábado, el country suave que salía de la radio de la cocina.
A su derecha, Oliver pedía el sándwich y preguntaba por los ingredientes con esa atención pausada de alguien que no tiene prisa por ningún sitio.
—¿Tiene algo de pimienta negra? —preguntó.
—Lo que quieras, cariño —dijo Dotty.
—Con pimienta, entonces.
—¿Con mostaza también?
—De la antigua, si tiene.
—Tenemos la mejor mostaza antigua del condado.
—Lo tengo en cuenta.
Dotty se fue radiante. Oliver volvió a mirar la calle.
—¿Cuánto tiempo lleva Drayden intentando comprar los acres de Kellerman? —preguntó, sin girar la cabeza.
Adaia se quedó quieta un momento.
—¿Se lo contó Bram?
—No. Me lo contó Dotty.
Por supuesto que sí.
—Dos años —dijo ella—. Desde que amplió su acceso al río por el norte y se dio cuenta de que le faltaba el tramo del sur para cerrar el circuito.
—¿Y Kellerman no tiene ninguna intención de vender?
—Ninguna.
—¿Drayden ha hecho algo fuera de preguntar?
Adaia miró su sándwich.
—No que yo sepa.
Era una verdad a medias, pero era lo que podía decir sin saltarse lo que Bram le había pedido que callara.
Oliver asintió. No pareció creerla del todo, pero tampoco insistió.
—Si hay algo que el rancho Kellerman necesite que yo sepa, puede decírmelo —dijo—. No tiene que ir todo por Kellerman.
Adaia lo miró.
—¿Eso es una forma de decirme que puede hablar conmigo directamente?
La comisura de su boca se movió, apenas.
—Podría serlo.
Adaia volvió al sándwich.
—Me lo pensaré.