CAPÍTULO 3
Noviembre entró con una semana de lluvia continua que convirtió los caminos de tierra del rancho en ríos de barro y el humor de Bram Kellerman en algo parecido a una tormenta de baja intensidad.
Adaia llevaba tres días sin salir del rancho excepto para ir al pueblo a buscar medicamentos para la yegua baya, que había desarrollado una inflamación en el corvejón que June Kellerman había diagnosticado como tendinitis leve y tratado con antiinflamatorios y reposo.
—Dos semanas sin trabajo —había dicho June, con esa manera suya de soltar las noticias malas de frente, sin anestesia—. Nada de pasarla por el cercado.
—Bram no va a estar contento.
—Bram puede no estar contento. Tú dile que si la trabaja antes de tiempo me va a llamar a mí para que lo explique.
June tenía treinta y cuatro años y la energía de alguien que ha decidido no malgastarla en cosas que no valen la pena.
Era rubia, con el pelo siempre recogido en un moño que se deshacía durante el trabajo, y llevaba botas de trabajo desde que Adaia la conocía, independientemente de la estación.
Había hecho la carrera de veterinaria en Ann Arbor y había vuelto al pueblo sin que nadie le preguntara por qué, lo cual en Harlow Creek significaba que todos lo sabían y ninguno lo decía.
Esa tarde de miércoles, con la lluvia golpeando el tejado del establo, Adaia estaba tomando un té caliente en la cocina de la casa principal cuando Rhett entró empapado y se sacudió el agua de la chaqueta en la entrada como un labrador.
—Rhett.
—Llueve —informó él.
—Qué observador.
—He visto el coche del agente Crane en la carretera del condado.
Adaia no levantó los ojos de la taza.
—Está haciendo la ronda. Es su trabajo.
—Estaba aparcado. No en movimiento. Aparcado, mirando los campos de Drayden.
Eso sí hizo que ella levantara la vista.
—¿En cuál de los caminos?
—En el que va a la linde este. El que bordea nuestra propiedad.
Adaia pensó en lo que Bram le había contado sobre Drayden y la conversación con Oliver. Bram era discreto con sus problemas, pero a ella le había contado más que al agente, porque llevaban siete años trabajando juntos y porque Bram, aunque no lo dijera, confiaba en ella más que en nadie.
Lo que no le había contado a Oliver era que tres semanas antes habían encontrado la cerca del límite este cortada en dos puntos y dos de los novillos en los pastos de Drayden. Bram había recuperado los animales sin montar escándalo, había reparado la cerca y había callado.
Adaia había callado porque Bram se lo había pedido.
Pero si Oliver Crane estaba mirando los campos de Drayden desde la carretera del condado, significaba que o alguien le había dicho algo, o que el agente tenía mejor olfato de lo que parecía.
—No digas nada —dijo ella.
—Yo nunca digo nada —respondió Rhett, sirviéndose café.
—Eso no es verdad.
—Es verdad en lo que importa.
Adaia terminó el té y se puso la chaqueta.
—¿Adónde vas? Está diluviando.
—A revisar la cerca.
—Adaia, está diluviando.
—Lo sé.
Salió. La lluvia era fría y directa y en dos minutos tenía el pelo empapado aunque llevara capucha. Cogió la camioneta de trabajo y tomó el camino hacia el límite este, que con la lluvia se había convertido en algo entre un pantano y una pista de obstáculos.
La cerca estaba entera. Los dos puntos que habían reparado seguían en pie, sin señales de manipulación. Adaia recorrió el perímetro hasta el extremo norte, donde el camino del condado pasaba a menos de treinta metros.
El Ford azul marino seguía allí.
Ella detuvo la camioneta y bajó el cristal. La lluvia entró en diagonal.
Oliver Crane bajó el cristal de su lado.
Los dos se miraron un momento, con la lluvia entre los dos.
—¿Algún problema? —preguntó él.
—Le iba a preguntar lo mismo.
Oliver miró hacia los campos de Drayden, luego hacia la cerca del rancho.
—Estaba revisando el perímetro del condado.
—En este tramo limita con nosotros.
—Lo sé.
Adaia tamborileo los dedos en el volante.
—Si hay algo que el señor Kellerman deba saber, dígamelo a mí primero. Él tiene la tensión alta y los sustos no le sientan bien.
Oliver inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Eso es una forma de decirme que Kellerman tiene problemas que no me ha contado?
Ella lo miró.
—Eso es una forma de decirle que en este rancho las cosas se manejan con discreción y que si necesita hablar con alguien, puede hablar conmigo.
Oliver guardó silencio un momento. La lluvia redoblaba en los techos de los dos coches.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Le haré saber si hay algo.
—Bien.
—¿Cómo se llama la yegua que tiene en reposo?
La pregunta la sorprendió.
—Rosalind.
—¿Va a recuperarse bien?
—June dice que sí.
Oliver asintió.
—Que se mejore Rosalind.
Levantó el cristal. Adaia hizo lo mismo.
Volvió al rancho con la capucha chorreando y los pies mojados y Rhett esperándola en la puerta del establo número dos con cara de pocos amigos y una toalla en la mano.
—La cerca está bien —dijo ella.
—¿Y el agente?
—También está bien.
Rhett le puso la toalla en la cabeza con un gesto que era a la vez exasperado y afectuoso.
—Algún día vas a explicarme por qué te empapas por las cosas en lugar de dejar que se empapen solas.
—Porque las cosas que dejas empaprase solas se pudren.
Rhett no respondió. Era la respuesta que tenía sentido.