Bajo el cielo de Harlow Creek (Harlow Creek 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Oliver Crane no había pedido el destino de Harlow Creek. Lo había aceptado porque era lo que había, porque su jefe en Detroit le había dicho que el condado de Whitmore necesitaba a alguien con experiencia y porque él necesitaba, aunque no se lo dijera a nadie, no estar en Detroit.

El pueblo era exactamente lo que parecía en el mapa: pequeño, silencioso y rodeado de árboles.

La oficina del sheriff tenía tres escritorios, una cafetera de los años noventa y un cuadro de Jesucristo encima de la puerta que nadie había descolgado en décadas.

El sheriff Pickett lo había recibido con un apretón de manos, le había enseñado el baño y le había dicho que el primer trabajo era hacer una ronda de presentación por el condado.

—La gente aquí necesita conocerte —le había explicado Pickett—. No como agente. Como persona. Si solo te ven con el uniforme, te verán como un problema.

—Entendido.

—¿Sabes montar?

Oliver lo había mirado.

—¿A caballo?

—A caballo.

—No.

Pickett había asentido como si esa información confirmara algo.

—Aprenderás.

El rancho Kellerman era el tercero en la lista de la ronda.

Los dos primeros habían sido visitas breves, vecinos que lo habían mirado con la cautelosa reserva que tienen los pueblos pequeños ante lo desconocido.

El señor Kellerman, según le había dicho Pickett, llevaba en la zona más tiempo que el propio condado.

Aparcó frente a la casa principal y salió del coche.

El rancho era grande, con esa solidez funcional de los lugares que han trabajado mucho y no tienen tiempo para la ornamentación. Los establos estaban a la derecha, la casa a la izquierda, y entre los dos había un patio de tierra apisonada por el que cruzaba alguien con una carretilla.

Oliver tardó un segundo en reconocerla. La había visto el día anterior en el diner, de espaldas. Ahora estaba de frente, o casi, con la carretilla en movimiento y la mirada puesta en el suelo, y no lo vio hasta que estuvo a diez metros.

Paró.

Él levantó una mano.

—Buenos días. Busco al señor Kellerman.

Ella lo miró durante un momento. Los ojos eran de un color entre castaño y verde que cambiaba con la luz, y la expresión era la de alguien que está calculando cuánta información dar y cuánta guardar.

—Estará en el establo norte —dijo—. Siga el camino hasta el final y gire a la izquierda.

—Gracias.

Oliver siguió andando. Ella también. Al cabo de tres pasos se oyó la carretilla en movimiento otra vez.

Bram Kellerman estaba exactamente donde ella había dicho, revisando el herraje de una yegua baya con la atención concentrada de alguien que lleva décadas haciendo eso. Levantó la vista cuando Oliver entró.

—Señor Kellerman. Oliver Crane, departamento del sheriff del condado.

—Lo sé. —Se limpió las manos en un trapo y le tendió una—. Bram. ¿Quiere café?

—Té, si tiene.

Bram lo miró.

—Tengo.

Se lo tomaron en el porche trasero de la casa, con vistas a los pastos del sur y al río que brillaba a lo lejos entre los álamos.

Bram hablaba poco pero lo que decía tenía peso.

Le explicó los límites de la propiedad, los caminos que cruzaban sus tierras, los únicos dos problemas que había tenido en veinte años: uno de caza furtiva en el noventa y ocho y uno de abigeato en el dos mil doce que el sheriff anterior había resuelto antes de que se complicara.

—¿Todo tranquilo ahora? —preguntó Oliver.

—Depende de lo que entienda por tranquilo.

—¿Hay algo que deba saber?

Bram bebió su café.

—Cole Drayden. Propietario de las tierras que lindan con nosotros al este. Lleva dos años queriendo comprar cuatro acres míos para ampliar su acceso al río. Le he dicho que no. Él sigue preguntando de formas distintas.

—¿Ha habido incidentes?

—Todavía no. Pero Drayden es el tipo de hombre que no acepta las negativas bien.

Oliver tomó nota mental.

—¿Algo más?

—No. —Bram se levantó—. ¿Quiere ver el resto del rancho?

La visita duró cuarenta minutos. Bram lo llevó por los establos, las cuadras, el almacén de grano y el perímetro sur. En algún punto del recorrido, cerca del establo número dos, volvieron a cruzarse con ella.

Estaba limpiando los arreos colgados en la pared exterior, con los brazos en alto y el pelo suelto cayéndole por la espalda. Se había quitado la chaqueta y llevaba una camiseta térmica gris que no ocultaba que sabía exactamente lo que hacía.

—Adaia —dijo Bram—, este es el agente Crane.

Ella bajó los brazos y se giró. Tenía una mancha de grasa en la mejilla derecha y no parecía importarle lo más mínimo.

—Ya nos hemos saludado.

—Adaia Voss —dijo Bram, dirigiéndose a Oliver—. Lleva aquí siete años. Sabe más de este rancho que yo.

—No exageres.

—No exagero.

Oliver le tendió la mano. Ella la estrechó con firmeza, la mano endurecida por el trabajo, y lo miró a los ojos durante exactamente el tiempo justo antes de soltar.

—¿De dónde viene? —preguntó ella.

—Detroit.

—Lejos.

—Sí.

—¿Y le gusta esto? —Hizo un gesto vago que abarcaba el rancho, el pueblo, los campos.

Oliver miró el horizonte. Los pinos, el cielo de octubre que empezaba a tener ese gris de antes del invierno, el río en la distancia.

—Todavía no lo sé —dijo.

Adaia asintió, como si esa respuesta fuera más honesta que las habituales.

—Bien. Las respuestas fáciles aquí no duran mucho.

Se dio la vuelta y volvió a los arreos. Oliver se quedó mirando un segundo y luego siguió a Bram hacia el camino de vuelta.

En el coche, antes de arrancar, sacó la libreta y apuntó el nombre: Drayden, Cole. Tierras al este. Conflicto de límites.

Luego apuntó, sin saber del todo por qué: Adaia Voss. 7 años en el rancho.

Arrancó el Ford y tomó el camino de regreso al pueblo.