Bajo el cielo de Harlow Creek (Harlow Creek 1)
© inepub.com
CAPÍTULO 1
—
Harlow Creek se preparaba para el primer frío del año con la misma calma con que hacía todo lo demás: sin prisa y sin contemplaciones.
Adaia Voss había aprendido a leer esa transición en los detalles pequeños.
En cómo el maíz de los campos del señor Pickett cambiaba de oro a caramelo antes de que lo cosecharan.
En cómo las vacas del rancho Kellerman se pegaban más entre ellas por las noches.
En cómo Dotty Marsh sacaba las mantas a airear antes de que el termómetro bajara de los diez grados, siempre con dos semanas de adelanto, como si su cuerpo midiera el tiempo de otra manera.
Esa mañana de octubre, Adaia salió del establo número dos a las seis y cuarto con la ropa manchada de barro y el pelo recogido en una trenza que había sobrevivido, por poco, a tres horas de trabajo.
—Ya han llegado las dos nuevas yeguas —anunció Rhett desde la puerta del establo grande, apoyado en el marco con los pulgares en los bolsillos de los vaqueros, como si el mundo entero pudiera esperar—. Bram dice que las pongas con Biscuit y Dolly.
—Bram dice muchas cosas.
—Sí. Y tú las haces todas.
—Porque las que digo yo no las escucha nadie.
Rhett Caulfield sonrió de costado, ese gesto que había perfeccionado con los años y que a Adaia le resultaba tan predecible como el sol.
—¿Tienes planes esta noche?
Ella lo miró.
—Rhett, llevamos siete años trabajando juntos. Sabes perfectamente que nunca tengo planes.
—Dotty ha puesto estofado de venado en el menú.
—Eso sí es un plan.
El rancho Kellerman ocupaba trescientas veinte acres al noreste de Harlow Creek, con el río Whitmore bordeando la parte sur de la propiedad y los pinos del condado cerrando el horizonte norte.
Bram Kellerman lo había heredado de su padre, que lo había heredado del suyo, y en algún punto del árbol genealógico alguien había decidido que el apellido y la tierra eran lo mismo.
Bram tenía sesenta y dos años, el bigote blanco más tupido del condado y la costumbre de aparecer en cualquier punto del rancho en el momento más inesperado.
Apareció junto a la cerca del potrero cuando Adaia empujaba la carretilla cargada de heno.
—Ya vi las yeguas —dijo ella antes de que él pudiera hablar.
—¿Y?
—La baya tiene el corvejón izquierdo un poco hinchado. Nada grave, pero hay que vigilarlo. La otra está bien.
Bram asintió y se apoyó en la cerca.
—¿Comiste algo esta mañana?
—Bram.
—Es una pregunta.
—Sí. Comí.
—No me mientas a la cara, Adaia.
Ella suspiró.
—Me comí medio muffin de arándanos que dejó Rhett en la cocina del establo.
—Medio muffin no es desayuno.
—Medio muffin a las cinco y media de la mañana es un lujo.
Bram gruñó algo que ella no llegó a escuchar y sacó del bolsillo de la chaqueta una galleta de mantequilla envuelta en papel encerado.
—De Dotty —dijo, y se la lanzó.
Adaia la cogió al vuelo y se la metió en el bolsillo.
—¿Por qué pasas por el diner a las seis de la mañana?
—Porque Dotty abre a las cinco y media y a esa hora el café es decente.
—¿Y a mí no me traes café?
—Te traje la galleta.
Adaia sacudió la cabeza y siguió con la carretilla. Bram se quedó donde estaba, mirando el horizonte con esa expresión que a ella le recordaba a los perros viejos cuando ventean algo que los demás no pueden oler todavía.
—Llegó el nuevo policía —dijo él.
Ella paró.
—¿Cuándo?
—Ayer por la tarde. Lo vi pasar con el coche de la oficina del sheriff. Un Ford azul marino, matrícula del condado.
—¿Y?
—Nada. Solo te lo digo.
Adaia reanudó el paso.
—Bram, en este pueblo llegan dos personas al año. Una se va antes de que acabe el mes y la otra se queda toda la vida. No sé cuál de las dos va a ser este.
—Tampoco lo sabías tú cuando llegaste.
Ella no respondió a eso, porque no había nada que responder que no fuera verdad.
Había llegado a Harlow Creek siete años antes con una mochila, una carta de recomendación de un rancho de Wyoming donde había trabajado dieciséis meses y la certeza absoluta de que necesitaba un lugar donde nadie supiera su nombre.
El rancho Kellerman tenía un puesto de moza de cuadra.
Bram la entrevistó durante tres minutos, leyó la carta en silencio y le dijo que empezaba el lunes.
Eso había sido en noviembre. El primer invierno en Michigan la había sorprendido con su violencia tranquila, con esa manera que tenía la nieve de caer sin avisar y de quedarse semanas sin moverse.
Había aprendido a convivir con el frío, con el barro, con los madrugones que no perdían su impacto por mucho que se repitieran.
Y había aprendido a querer Harlow Creek con esa clase de afecto silencioso que no necesita ser declarado para ser real.
Lo que no había aprendido era a no mirar demasiado cuando algo nuevo aparecía en el pueblo.
El Ford azul marino lo vio esa tarde, aparcado frente a la ferretería de los Hollis. No había nadie dentro. Redujo la marcha con la camioneta del rancho sin darse cuenta de que lo hacía.
—Para —dijo Rhett desde el asiento del copiloto.
—Estoy parada.
—Estás mirando el coche.
—Estoy mirando la ferretería.
—Adaia.
—Rhett.
Él se rió. Ella pisó el acelerador.
No lo vio esa tarde. Lo vio al día siguiente, en Marsh's, sentado en el taburete del extremo de la barra, con las manos alrededor de una taza de té y los ojos en la ventana.
Era más alto de lo que había imaginado. Tenía el pelo negro corto, sin peinar, y llevaba el uniforme del departamento sin la chaqueta, solo la camisa de manga larga con el escudo en el hombro.
El perfil era limpio, mandíbula fuerte, nariz recta con una pequeña irregularidad a la altura del puente que sugería que alguien se la había roto en algún momento y había sanado por su cuenta.
Adaia pidió su té de manzanilla y se sentó en el extremo opuesto de la barra.
Dotty le puso la taza delante y luego se inclinó sobre el mostrador con esa expresión de quien va a compartir información vital.
—Oliver Crane —susurró—. Viene de Detroit. Tiene treinta y un años y le gusta el té con miel, nada de azúcar. No ha pedido postre.
—Dotty, por favor.
—El sheriff Pickett dice que es bueno. Que tiene historial limpio y buenas referencias del departamento de allá.
—Me alegro por él.
—Está soltero.
—Dotty.
—No digo nada, solo informo.
Adaia levantó la taza y bebió. Desde el extremo opuesto de la barra, sin girar la cabeza, podía verle el reflejo en el cristal de la ventana. Tenía los ojos fijos en la calle, pero en algún momento se movieron, y por un segundo, brevísimo, la miraron a ella en el cristal.
Adaia bajó la taza y se concentró en el té.
—¿Otro? —preguntó Dotty.
—No. Gracias.
Salió del diner sin mirar en esa dirección.
La calle principal de Harlow Creek tenía tres manzanas, una biblioteca, un médico, la ferretería, el diner, el banco, una barbería y la iglesia bautista.
No era el tipo de lugar donde uno podía perderse.
Tampoco era el tipo de lugar donde resultaba fácil ignorar a alguien.
Adaia lo averiguó al día siguiente, cuando el Ford azul marino apareció en el camino de entrada al rancho.