Bajo el abanico Capítulo 14 – La traición de las luces #3
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Capítulo 14 – La traición de las luces #3

La Pachuca levantó el trozo más grande, lo midió como si fuera un hueso. —Se puede arreglar —murmuró—. Pero necesita descanso. Y ustedes también.

Nico se lavó las manos en el lavabo y regresó con una toalla fría. Se la puso a Alex en la nuca. —No quiero que esto te defina —dijo—. Ni a ti, ni a mí, ni a nosotros.

—Pero ya nos definieron —respondió Alex, cansado—. Y hoy les dimos material nuevo.

Paola apretó los labios. —La gente vio al tipo jalándote el abanico. —Pausa—. No es tu culpa.

—No importa de quién es la culpa —intervino La Pachuca—. Importa qué hacemos con lo que pasó. Si lo convertimos en herida que se infecta o en cicatriz que cuenta algo.

Nico se recargó en la pared. Su sombra en la pared parecía una mancha de tinta. —Yo quiero contar algo verdadero —dijo—, pero ya no sé si la gente quiere escucharlo o sólo subirlo.

Alex miró el trozo del abanico, con la frase por dentro asomando rota: “Te— cho com— partido”. Era casi un chiste involuntario. Sintió una punzada en la garganta. —Hoy no puedo hablar —confesó—. Si hablo, lloro.

—Entonces baila poquito —propuso La Pachuca—. Afuera, donde no haya luces.

Salieron por la puerta lateral. El aire estaba tibio, pero sin reflectores.

—¿Te duele? —preguntó Nico, señalando el dedo. —Poquito. Más me duele aquí —se apuntó el esternón—. Como si hubiera tragado astillas.

Nico lo miró de perfil. —No somos reality —dijo—. Somos trabajo. Y hoy el trabajo es sostenernos. Sin abanico.

Hicieron dos pasos mínimos, una diagonal de ida y vuelta. Nadie los miraba. La música era un reguetón lejano que se colaba desde otra puerta. Al final de la mini coreo, Alex alzó la mano por costumbre, buscando el clack que ya no estaba. La ausencia sonó fuerte.

Al volver al pasillo, Veneno intentó bromear. La Pachuca cortó el momento: —Después de sangre, no se juega.

Paola exhaló. —Mañana definimos qué decir y dónde. Hoy sólo quiero que lleguen a casa.

—No quiero comprar uno nuevo —dijo Alex, ya en el coche—. Quiero reparar éste. —Lo reparamos —respondió Nico—. Pero no para esconderte. Para recordarnos.

Esa noche, durmieron poco. Pero el silencio no pesó. Era un telón que cae para que cambien el set. En el buró, la bolsa con el abanico roto descansó como un corazón vendado. Y aunque el escándalo seguía afuera, adentro quedó un pensamiento sencillo: todavía podemos, con menos brillo y más verdad.

Amaneció con la ciudad masticándolos: zooms a la curita con glitter, hilos sobre “la simbología del clack”, locutores opinando como jueces. Titulares baratos: “Se rompe el abanico y también el amor”.

Paola respondió con llamadas: bar, presentador, evento del fin de semana, aseguradora. En el chat: “Nada de declaraciones nuevas”. La Pachuca: “Techo se repara con dos manos”.

En el depa, Alex recogió los pedazos; Nico tomó la bolsa. Bajaron en silencio.

—Hay un señor en Independencia —murmuró La Pachuca al teléfono—. Don Eusebio. Arregla abanicos de quinces, de teatro, de iglesia. Artesano. No regaña: enseña. Vayan.

En Independencia, el taller de Don Eusebio olía a madera y calor. Paredes con varillas, remaches, telas por colores; ventiladores viejos empujaban aire. Él, con una lupa al cuello, los miró sin sorpresa.

—A ver. Ese ya me lo contaron. ¿Qué pasó?

Alex puso los restos con cuidado. Nico, en silencio.

—Se partió con un jalón —dijo Alex—. Ya venía astillado.

—Así empiezan —dijo—, por astillas que uno no lija. Buen material; mala costumbre de apretar. ¿La cicatriz, visible?

—Que se vea —dijeron a la vez.

—Entonces lo dejo honesto —asintió—: las casas viven con grietas; negarlas es lo grave.

Mientras trabajaba nombró piezas: cabecera, ojo del remache, espiga, tela que respira cuando el gesto es correcto. Nico escuchaba como a un coreógrafo. Alex se quedó con una varilla en la mano, mirando el corte limpio.

—¿Se siente traición cuando el aire se vuelve cuchillo? —se le escapó.

—Se siente humano —dijo Eusebio—. No lo cargues como arma. Cárgalo como historia.

Afuera, tamales, cumbia, el cerro como telón. Monterrey seguía, indiferente al algoritmo.

El celular vibró: “Fundidora pide explicación ‘para la familia’. Marcas preguntan si es ‘seguro’ el show”. La palabra seguro le punzó a Alex. —No me gusta pedir permiso para existir —dijo Nico.

Paola llamó: tres puntos, sin poesía. La Pachuca pidió verdad pequeña. —Resistencia sin entraña es publicidad —dijo. Nico, por fin: —Bailo si nos miro a los ojos primero.

Al salir, Eusebio les dio varillas reparadas y un remache nuevo. —Dos días. No fuercen. Si truena, no empujen: aflojen.

En el Mirador del Obispado, la ciudad parecía tablero. Nico sostuvo la bolsa sin apretar, como promesa.

En el camino de regreso, vibraron mensajes cruzados.

Un productor de radio ofreció “un debate con Veneno para aclararlo todo”; Paola respondió que no.

Un DM de un chavo de preparatoria decía: “Yo fui con mi novio al Pride por primera vez este año. Verlos me dio valor. No dejen que nos quiten el aire”.

La Pachuca mandó un audio con metáfora casera: “Si la sopa se sala, no tiren la olla: rectifiquen con papas. El escenario es la olla. Ustedes son la receta. No lo entreguen.”

El resto del día: Veneno abrió un abanico con cinta “Prohibido abrir” y rompió el precinto entre risas. Publicó “no shade, just art”. Los comentarios se dividieron: #TeamAire vs #TeamSombra. Nadie mencionó al chico que jaló el abanico.

También hubo apoyos: La Chamoy escribió “Las guerras que valen la pena no son por likes”. Bailarinas de la UANL abrieron abanicos con frases: “Para respirar”, “Para nombrarnos”. Menos vistas, más entraña.

Esa noche Paola trajo Plan B: en vivo corto, moderado. —Nada escolar —pidió Alex. —Cinco líneas y cerramos —insistió Paola. —Yo estaré si el aire se corta —dijo La Pachuca.

En el ensayo probaron sin abanico. La ausencia dolía. —Parece que fingimos —dijo Nico. —Y sí se rompió —respondió Alex. Rediseñaron el cierre: abrir manos, mirar el hueco, clack con el cuerpo, diagonal al frente. Sudaron hasta que el piso quedó marcado; el aire volvió a oírse.

Volvieron a repasar el concepto del hueco.

Si el abanico es casa portátil, el hueco es ventana: un lugar por donde entra y sale lo que asfixia.

Alex propuso dibujar la cúpula sólo con antebrazos, cóncavos, dejando un espacio exacto en el centro.

Nico sugirió que ese espacio lo recorriera una mirada, no un cuerpo.

Ensayaron miradas como quien ensaya portés invisibles: sostener sin tocar, cargar sin peso.

Descubrieron que la respiración compartida puede sonar como un clack suave si coincide en la pausa.

Antes de dormir, Alex cerró la ventana a un comentarista que decía “si no aguantan…”. Quería aire, no opiniones.

—Mañana —dijo Nico ya en la cama—. Hablamos mañana. Cinco líneas. Y bailamos con el hueco.

—Y con la cicatriz —agregó Alex—. Que se vea.

—Que se vea —repitió Nico, y se tocaron los dedos apenas, como varillas que se encuentran sin chocar.

El sueño llegó tarde, pero llegó.

Al amanecer, Fundidora pidió texto. Alex dictó: “No somos reality. Somos trabajo. Hubo un accidente. No culpamos a nadie. Reparamos nuestro instrumento y lo que no se ve. El sábado bailamos una pieza de aire y de huecos.” —Es cursi —dijo Paola—. Y hermoso. Lo mandó.

Luego, en el comedor, lijaron juntos. Aflojaban cuando el remache tronaba; el polvo caía mínimo sobre el mantel mientras la ciudad despertaba.

Mientras lijaban, sus manos se sincronizaron como en un dúo lento.

Alex recordó la brisa rara que a veces corre en la Macroplaza después de una lluvia: no refresca del todo, pero te recuerda que el aire existe.

Nico pensó en el taller de Don Eusebio: en cómo nombrar las piezas hace que dejen de ser amenazas.

“Cabecera, ojo, espiga”: palabras pequeñas para cosas que sostienen mucho.

No eran sólo piezas del abanico; eran maneras de decir “tú y yo” sin rompernos.

—Me da miedo —dijo Alex.

—A mí también —respondió Nico—. Pero ya no me da vergüenza.

—Vergüenza es brillar con luz prestada —dijo Alex.

—Orgullo es abrir aunque tiemble —cerró Nico.

La cicatriz quedó visible. No perfecta: viva. Lo abrieron sin fuerza. El aire volvió a pasar.

El ruido no cedió. Durante toda la semana, Monterrey se llenó de titulares, memes reciclados y comentarios ácidos.

El incidente del abanico roto se volvió símbolo para unos y chiste barato para otros.

Programas de radio abrían con jingles que repetían “No somos reality” en tono de burla.

En la televisión local, un noticiero mostró la imagen congelada del abanico astillado con la pregunta en letras amarillas: “¿FIN DE LA DUPLA?”.

Columnistas de espectáculos opinaban como si se tratara de política.

Fundidora anunció que el show seguía en pie. El evento, pensado como una noche de visibilidad, se transformó en vitrina de escándalo. Paola organizó los detalles como si preparara una batalla campal. La Pachuca insistía en lo mismo: “Frase breve, número limpio, cicatriz visible”.

El día del show, Alex se levantó temprano.

Sacó el abanico de la bolsa: las varillas reparadas por Don Eusebio brillaban con el remache nuevo.

La cicatriz estaba ahí, una línea marcada donde antes estuvo la astilla.

Lo abrió con cuidado. El aire volvió a sonar, no perfecto, pero honesto.

Nico se acercó y lo sostuvo con él. —No somos sombra uno del otro —dijo—. Somos dos que hacen aire.