Capítulo 14 – La traición de las luces #2
En Twitter, el hashtag #NoSubas se volvió tendencia local.
Influencers de Monterrey, que nunca habían pisado un bar drag, subieron videos imitando la frase.
Una oficina entera grabó un sketch: un empleado subía a una silla y otro gritaba “¡Entonces no subas!”.
Todos rieron. Para Alex, fue como ver su intimidad convertida en uniforme de burla.
Nico apagó el celular, pero en la calle los ecos seguían: repartidores en moto, vecinos en la banqueta, hasta un niño en la plaza que lo señaló y repitió la frase.
—Es como volver a la secundaria —dijo Nico, con los ojos vidriosos—.
Pero ahora toda la ciudad está en el pasillo.
En los bares de la ciudad, otras reinas empezaron a usar el chiste como material.
Veneno, la más rápida, hizo un número donde imitaba la frase “Entonces no subas” con un abanico de plástico barato que se rompía a propósito en el escenario.
El público rió y aplaudió. Alex lo supo porque alguien subió el clip a Instagram con el título: “Así se hace shade, raza”.
Otras reinas más jóvenes siguieron la corriente: usaban la frase como remate en shows de comedia, como si fuera un gag compartido.
Incluso un DJ la mezcló en una pista de reguetón.
Alex no podía entrar a un bar sin sentir ojos clavados en su espalda.
Monterrey se había convertido en un murmullo constante.
En los taxis, los choferes ponían la radio donde locutores comentaban la polémica como si fuera fútbol.
“En la esquina azul, Estrella del Norte; en la roja, su sombra celosa”, bromeaban entre risas.
En la tiendita, la cajera lo miraba y sonreía nerviosa: “¿Sí es usted el de los videos?”.
El calor no daba tregua y el escándalo parecía aumentar la temperatura.
Paola insistía en la estrategia de silencio. —Déjenlos hablar. Esto se va a agotar solo. El público es voluble. Hoy son ustedes, mañana será un reggaetonero con amante. —No soy trending topic —dijo Alex, cansado—. Soy persona. —Y justamente por eso no deberías exponerte más —remató Paola.
La Pachuca fumaba en silencio y luego soltó, con voz ronca: —El glitter no se barre tapándolo con alfombra.
Se dice “sí, pasó, y aquí seguimos”. ¿Tanto miedo le tienen a la palabra?
—No entiendes —saltó Paola—. Una declaración mal dicha y todo se multiplica.
—Lo que no entiendes tú —contestó La Pachuca— es que el silencio es más ruidoso que cualquier error.
El público huele el miedo. Y ahorita huelen puro miedo.
Alex se llevó las manos al rostro. —Ya no sé quién soy en todo esto. ¿Soy Alex, soy Estrella, soy el meme? —Eres los tres —respondió La Pachuca—. Y si no lo nombras tú, lo van a nombrar otros.
El choque entre ambas se hizo insoportable.
Alex los miraba discutir como si fueran dos relojes desincronizados: uno marcaba prisa, el otro calma.
Nico, incapaz de soportar el ruido, se iba al balcón.
Allí abría y cerraba su abanico sin ritmo, dejando que el viento tibio de la ciudad le pegara en la cara.
Cada vez que alguien le preguntaba algo en la calle, sentía que no lo veían a él, sino al “celoso del meme”.
En el balcón, recordaba escenas viejas: la secundaria donde lo empujaban contra el casillero llamándolo “raro”; el trabajo de oficina que abandonó porque no soportaba la burla velada de sus compañeros cuando descubrieron fotos suyas en drag.
Ahora todo regresaba en forma de loop digital: millones de desconocidos repitiendo el mismo coro cruel.
Y pensaba: “Si con Alex, que me quiere, duele, ¿qué va a ser con el resto del mundo?”.
Alex intentaba seguir bailando, pero lo miraban distinto.
En un show en San Nicolás, el público lo aplaudió fuerte, pero al final un hombre gritó: “¡Eso, sombra!” y las risas se extendieron.
El grito se le clavó en el pecho como aguja.
Bailar ya no era celebración: era examen público.
Cada paso que daba parecía revisado con lupa.
Aquel show había empezado bien. Llevaba un vestuario plateado con lentejuelas que brillaban bajo las luces violetas.
La música corría, la pista vibraba, el público parecía entregado.
Pero a la mitad notó que algunos celulares no grababan el show, sino su rostro, esperando una caída, un gesto torcido, un error que se volviera viral.
En cada giro sentía que alguien capturaba no su arte, sino su miedo.
Cuando cerró con el abanico, lo hizo con fuerza, demasiado.
El clack resonó tenso, como si quebrara algo más que aire.
Y lo hizo: una de las varillas se astilló, apenas visible, pero suficiente para entender que el símbolo empezaba a quebrarse.
En el camerino, se quedó mirándolo. La Pachuca lo notó. —No pasa nada, mijo. Los abanicos se reparan. Pero cuidado: si lo rompes más, se convierte en cuchillo. Y uno no baila con cuchillos en la mano. —Siento que ya lo estoy usando como arma —confesó Alex, con la voz baja—. Contra mí mismo.
Nico lo escuchaba desde un rincón, con los brazos cruzados. Finalmente habló: —No es el abanico el que se rompe. Somos nosotros. Y no sé si tenemos arreglo.
El silencio que siguió fue peor que cualquier meme.
Alex guardó el abanico astillado en la mochila, sintiendo que guardaba también un pedazo de sí mismo.
La madera crujió apenas, como recordándole que lo frágil se quiebra si no se cuida.
Afuera, Monterrey seguía brillando con luces que ya no iluminaban, sino que traicionaban.
A la mañana siguiente, el plan fue una frase, no un manifiesto.
Paola la detestó apenas la oyó; La Pachuca la celebró como si fuera un bolero clásico.
La escribieron entre los tres, con la tijera en alto para que cupiera en una bocanada: “No somos reality. Somos trabajo. El abanico hace aire para todes.” Nada de hashtags, nada de guerra.
Decirla una vez, en escenario, y volver a bailar.
Alex la practicó en voz baja frente al espejo. Nico, en la puerta, la repitió sin sonido, como si la midiera en el paladar. “Una sola frase”, acordaron, “y ya.” La ciudad seguiría hablando, pero ellos, al menos esa noche, hablarían de frente.
El bar de Barrio Antiguo estaba lleno. Paola revisó sonido y luces; La Pachuca pasó por camerinos a recordarles respirar.
Nico asentía, concentrado en delinearse. Dibujó la colita del ojo con precisión. —En medio —dijo—. Que sea respiración, no sentencia.
Subieron a escena. Tras la segunda canción, Alex pidió silencio y el DJ bajó el volumen.
—No somos reality —dijo Alex, con la voz limpia—. Somos trabajo. El abanico hace aire para todes.
No añadió nada. Nico repitió, suave, “para todes”. Hubo una pausa rara, un hueco que por un segundo se pareció al respeto. Luego volvieron la música y los pasos.
Pero Veneno no iba a dejar que la pausa se quedara limpia.
Llegó con un abanico fluorescente. En su turno, hizo lipsync con un edit donde encimaba, una y otra vez, la frase “No somos reality” sobre un beat de risas enlatadas.
Algunas palmas, otras caras tensas. Veneno remató con un “para todes” de sorna y un saludo: “¡Esto sí es arte, mis cielas!”.
La Pachuca se inclinó al oído de Alex: —El chisme se baila con pasos, no con puños.
En el segundo bloque, programaron un dúo breve.
Sin cúpula, sin abrazo final. Sólo ocho tiempos juntos en diagonal, un giro compartido y un clack simultáneo.
Los ocho tiempos salieron perfectos. El clack fue limpio.
Alex sintió un calor distinto en el pecho, menos vergüenza, más control.
Nico respiró a la par. Hubo aplauso verdadero.
Por un instante, parecía que el aire regresaba.
El presentador, queriendo viral, improvisó. Dos mesas gritaron que sí, otras que no, y la mezcla se volvió ruido. Un chico alto, tomado, saltó a la orilla con un abanico de feria.
No había peligro real, sólo torpeza. Alex extendió su propio abanico para marcar distancia: abrir y bajar, señal de “hasta aquí”.
El chico, entre broma y atrevimiento, jaló el abanico de Alex con dos dedos, queriendo medirlo, probar la textura del chisme.
La varilla astillada de San Nicolás, pegada a medias, no soportó el tirón.
El abanico se abrió de golpe y se partió por el costado con un sonido seco, mitad crack, mitad clack.
Un diente de madera rozó el índice de Alex y le dejó una línea roja.
El bar hizo un “oh” colectivo. Un segundo de silencio, luego celulares en alto.
El chico retrocedió, balbuceando disculpas.
Nico llegó enseguida y le sostuvo la mano a Alex.
Paola subió como rayo y arrastró al presentador con una mirada que le apagó el micrófono.
La Pachuca sacó una curita con glitter y se la pegó a Alex con cuidado.
—No pasa nada —dijo Alex, respirando por la nariz—. Seguimos.
Quiso decirlo con calma, pero la voz se le quebró al final, delgada como varilla. Levantó la vista: la sala era un mar de luces. “No somos reality”, se había dicho hacía media hora. Y la realidad le contestaba con cien cámaras.
—Seguimos —repitió Nico, mirando al DJ.
Sonó la pista. Alex, tembloroso, intentó volver al cuerpo.
Cada paso dolía subiendo desde el dedo hasta el hombro.
El abanico, hecho migas, quedó sobre la tarima como un ala caída.
En el último ocho, Alex buscó con la mirada el objeto y recordó la advertencia de La Pachuca: no bailes con cuchillos.
Mantuvieron el cierre sin él: dos respiraciones largas, una mirada al frente, saludo mínimo. El aplauso fue cálido y culpable.
En camerino, el silencio olía a alcohol y fijador. Paola caminaba de esquina a esquina. —Se baja el clip de todas partes —decía—. Es un accidente. Es agresión del público. Hablamos con el bar. Con el presentador —Colgó—. ¿Están bien?