Bajo el abanico Capítulo 14 – La traición de las luces #4
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Capítulo 14 – La traición de las luces #4

La tarde cayó sobre la ciudad con calor húmedo.

En Fundidora, la explanada estaba llena: familias, estudiantes, reporteros, gente con celulares en alto.

Había pancartas con apoyo —“El abanico también es mío”, “No nos callen el aire”— y otras con sarcasmo: “#NoSubasChallenge”, “Drama Queen nivel Monterrey”.

El murmullo era una mezcla de expectativa y morbo.

Helicópteros de noticias sobrevolaban; drones transmitían en vivo.

Los puestos de comida ofrecían elotes, aguas frescas, cerveza, como si fuera un festival más que un espectáculo.

En camerinos, Paola repasaba por última vez: —Suben, saludan, dicen la frase, bailan. Nada más. Cero improvisación. —¿Y si pasa algo? —preguntó Nico. —Entonces respiran —intervino La Pachuca—. Como siempre.

La espera se sintió eterna. Afuera, los presentadores anunciaban el programa con entusiasmo nervioso.

El ruido del público llegaba como oleadas, un mar de voces que se encendía y apagaba.

Alex respiraba hondo, las manos temblorosas sobre el abanico.

Nico le tomó la muñeca. —Si se rompe, se rompe con nosotros. Y eso también cuenta.

La música arrancó. Alex y Nico salieron juntos. El público estalló en flashes. Alex levantó el abanico, mostrando la cicatriz como quien muestra una herida cerrada. Hubo abucheos, hubo aplausos, hubo gritos de “¡sombra!”. Alex tragó saliva. Nico le apretó la mano.

—No somos reality —dijo Alex, mirando al frente—. Somos trabajo. El abanico hace aire para todes.

El silencio que siguió fue denso. Luego comenzaron los primeros acordes.

El performance inició con pasos lentos, casi rituales.

Nico trazaba diagonales; Alex las completaba con giros.

Se acercaban y se alejaban, como dos polos que respiran.

En un momento, Alex abrió el abanico y lo colocó entre ambos, no como muro, sino como puente.

La cicatriz brillaba bajo el reflector. Algunos silbaron con burla, otros aplaudieron.

La coreografía subió en intensidad. Hicieron portés improvisados, miradas largas que sostenían más que los brazos.

Cada giro era respuesta, cada paso un argumento.

La música mezclaba percusión con cuerdas; el ritmo era tan denso como el aire de Monterrey en julio.

Cuando llegó el clímax, extendieron los brazos en cúpula invisible, sin abanico.

El público contuvo la respiración. Entonces lo abrieron juntos: clack.

El sonido fue más áspero que antes, pero llenó la explanada.

Una parte del público se puso de pie, emocionada.

Otra grabó con celulares, algunos riéndose, otros llorando sin esconderse.

La división era visible: aplausos de un lado, silbidos del otro.

Pero el aire estaba cargado de algo más que morbo: había emoción genuina en el ambiente.

Un periodista local escribió en vivo: “No sé si es arte o catarsis, pero nadie puede dejar de mirar”.

Veneno, desde el backstage, salió con su propio abanico neón y trató de imitar el gesto.

Bailó un minuto con exageración, repitiendo “No somos reality” en tono burlón.

Pero el eco no prendió. Algunos se rieron, pero la mayoría seguía mirando a Alex y Nico, que se mantenían en el centro, respirando juntos.

El intento de shade se sintió vacío, como un chiste contado dos veces.

Paola sonrió apenas; La Pachuca chasqueó la lengua con satisfacción.

En el cierre, Alex y Nico se inclinaron sin palabras.

El sudor les corría por la frente, mezclándose con el maquillaje.

El público estalló en una mezcla de aplausos y gritos, un ruido caótico pero vital.

No hubo reconciliación perfecta con la multitud, pero sí una certeza: habían hablado con su cuerpo y con su cicatriz.

En camerinos, el ambiente era mezcla de alivio y cansancio. La Pachuca los abrazó fuerte. Paola soltó al fin el aire que llevaba guardado toda la semana. —Ganamos un respiro —dijo. —El aire nunca se gana —corrigió La Pachuca—. Se comparte.

Más tarde, mientras caminaban por la Macroplaza, la ciudad seguía rugiendo con sus luces traicioneras.

El Faro del Comercio lanzaba su rayo verde como una cicatriz sobre el cielo.

La Catedral iluminada parecía un escenario eterno.

Alex abrió el abanico reparado una vez más.

El aire que salió fue mínimo, apenas un soplo.

Bastó. Era señal de que, pese a todo, seguían en pie. Nico lo miró de reojo y sonrió cansado.

—Todavía respira —dijo. —Y mientras respire —respondió Alex—, nosotros también.

Se sentaron en una banca. Frente a ellos, parejas jóvenes, familias, vendedores ambulantes: la vida seguía.

Algunos los reconocieron y susurraron, pero no se acercaron.

Alex pasó el dedo sobre la cicatriz del abanico.

—Me recuerda que no somos perfectos —murmuró.

—Me recuerda que estamos vivos —contestó Nico.

Un viento leve recorrió la plaza, levantando polvo y papeles. Alex cerró el abanico, no con violencia, sino con cuidado. El clack sonó como un cierre suave, sin estridencia. Era la primera vez en semanas que ese sonido no dolía.

Caminaron despacio, rodeados de murmullos, cámaras lejanas y el ruido de la ciudad.

Pero por primera vez en días, el aire les pertenecía.

Y con él, la posibilidad de volver a empezar.

Monterrey brillaba, todavía traicionero, pero también testigo.

Y bajo esas luces, ellos dos seguían respirando, con abanico en mano, cicatriz a la vista y la convicción de que el aire, aunque frágil, siempre vuelve.