Bajo el abanico Capítulo 13– Amores a contraluz #3
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Capítulo 13– Amores a contraluz #3

En el departamento, Alex colocó el abanico en la ventana.

La sombra se proyectó partida: mitad en la sala, mitad en el pasillo.

—Siento que nos estamos quedando a medias —dijo, casi sin voz.

Nico lo miró, cansado y tierno. —Yo también.

Y me da miedo que, cuando intentemos completarnos, ya no encajemos igual.

No se abrazaron ni pelearon. Miraron la sombra partida del abanico como un mapa imposible.

Afuera, Monterrey vibraba; adentro, cada quien buscó aire por su lado.

De madrugada, Alex no pudo dormir. Se levantó, movió el abanico en la ventana y lo dejó medio abierto, para que el aire hiciera su trabajo.

La sombra en la pared parecía un techo inclinado que no alcanzaba las dos figuras recortadas en el suelo: su propia silueta y la de Nico, desenfocada por la luz de la calle.

Pensó en decir en voz alta “te amo” sólo para escuchar cómo sonaba en ese cuarto; no lo hizo.

En cambio, se prometió una cosa pequeña y concreta: al día siguiente, antes de cualquier ensayo, iría a tocar la puerta del cuarto de Nico sin prisa, sin guion, sin agenda.

Abriría el abanico entre los dos, no como símbolo ni como gesto de escena, sino como objeto simple que hace aire.

Y, si él quería, se quedarían ahí, respirando, hasta que la sombra les cayera del mismo lado.

Las semanas siguientes parecían un péndulo entre luces y sombras. Cada show traía aplausos, pero también rumores. Cada abrazo del público se convertía en cuchicheo en la banqueta. Alex y Nico funcionaban como engranes, pero el aceite de la complicidad empezaba a escurrirse.

Paola organizaba la agenda con disciplina férrea.

Quería capitalizar el momento de Estrella del Norte antes de que el algoritmo de la ciudad lo dejara pasar.

La Pachuca, en cambio, insistía en los descansos: “Mijo, si no se detienen a reír, la risa se les va a secar”.

Alex intentaba escuchar a ambas, pero la disonancia lo dejaba exhausto.

Una noche en el bar de San Pedro, la incomodidad se hizo visible.

El lugar estaba lleno de luces blancas y público de clase alta, más curioso que entregado.

Las mesas tenían copas caras, y los aplausos eran medidos, como si tuvieran etiqueta.

El presentador, con tono juguetón, dijo al micrófono: —¡Aquí tenemos a Estrella del Norte! Y también… su manager personal.

El público rió como si fuera un chiste ligero.

Alex forzó una sonrisa, aunque por dentro ardía.

Nico bajó la mirada, y el reflejo del foco lo mostró con gesto endurecido.

En el escenario, Alex bailó con precisión; en la orilla, Nico aplaudió con ritmo mecánico.

Las reinas en camerino lo notaron. Una de ellas murmuró: “Ya ni parecen pareja, parecen sociedad”.

En la madrugada, en el taxi, discutieron.

—¿Manager? —repitió Nico, con voz seca. —No lo dije yo.

Fue el presentador. —Pero no lo corregiste.

—¿Y qué querías? ¿Armar un show en medio del show?

—Quería que me reconocieras. Aunque fuera con una palabra.

—Siempre te reconozco. —No delante de ellos. Y ahí también importa.

El taxi avanzaba por Gonzalitos. Los anuncios de comida 24 horas brillaban como testigos mudos.

Alex estiró la mano, pero Nico se pegó a la ventana.

El abanico, doblado, apretaba el muslo de Alex como si también lo culpara.

La ciudad pasaba rápido, pero en el interior del auto, el tiempo se espesaba.

Ninguno volvió a hablar hasta llegar a casa.

Los mensajes en redes empeoraron la grieta.

Una fan escribió: “Me encanta ver a Estrella, aunque su acompañante siempre parece amargado”.

Otro: “Reina del aire y su sombra callada”.

Alguien más: “Quédate solo, brillas más”.

Nico leyó, aunque juraba no hacerlo. Guardó silencio, pero la tensión en su mandíbula hablaba.

Alex lo miraba de reojo, queriendo consolar y al mismo tiempo culpándose.

En su propia cuenta, Alex empezó a borrar notificaciones para no tentarse a leer.

Paola reaccionó con frialdad. —Ignoren. Esto es ruido. Lo importante es la visibilidad. La Pachuca no estuvo de acuerdo. —No es ruido si te duele. El ruido también retumba. Ustedes tienen que hablar, no nomás actuar.

La discusión entre ambas se volvió otro peso sobre la espalda de Alex.

En un ensayo, Paola propuso sumar una coreografía de cierre con abanicos múltiples: Alex al centro, Nico y otras dos reinas a los lados.

La imagen sería fuerte, viral. Nico se negó.

—No quiero ser comparsa. —Nadie es comparsa en mi plan —dijo Paola.

—Entonces hazlo con otra —respondió él, saliendo del salón.

El portazo resonó como un clack roto. Alex lo sintió en el pecho. Se quedó solo en el escenario, abanico en mano, incapaz de ensayar. Paola masculló un insulto; La Pachuca lo miró y dijo suave: “No se baila solo cuando el corazón está partido. Tómate el tiempo”.

El calor de septiembre apretaba. Monterrey olía a polvo y carne asada, a sudor acumulado en banquetas.

En la Macroplaza, un grupo de jóvenes gritó al verlo: “¡Haznos la cúpula, Estrella!”.

Alex levantó la mano, pero sin abanico, el gesto quedó torpe.

Nico caminaba dos pasos atrás, con audífonos, fingiendo no escuchar.

Esa distancia era nueva y todos podían verla.

Los muchachos se miraron entre ellos, como entendiendo que algo no cuadraba en la imagen pública de la pareja.

La comunidad drag comenzó a dividir opiniones.

Algunas reinas apoyaban a Alex: “Él trae la ola, hay que dejarlo surfear”.

Otras se acercaban a Nico: “Tú tienes la experiencia, no dejes que te opaquen”.

El bar se convirtió en un rumor constante, un ring sin música.

La Pachuca advertía: “Las familias también se fracturan por comentarios de pasillo”.

Y en los pasillos, la frase que más se repetía era: “Algo ya no está igual entre ellos”.

Una noche, durante un show compartido, ocurrió el quiebre visible.

Alex estaba en escenario, ejecutando su número con toda la concentración que pudo reunir.

En el cierre, extendió la mano hacia la orilla, esperando que Nico entrara como en los ensayos.

Nico dudó. El público lo notó. El silencio fue incómodo, más largo que el planeado.

Un murmullo corrió por las mesas, un “¿qué pasó?” que dolía más que cualquier abucheo.

Al final, Nico entró tarde, forzado. El aplauso fue tibio, desacompasado.

Alex cerró el abanico con un clack apagado.

Después, en el camerino, el aire estaba denso.

El maquillaje escurría con el calor, pero nadie decía nada.

Una de las reinas hizo un chiste flojo para romper la tensión: “Parece que la cúpula se cayó”.

Nadie rió. Paola tecleaba furiosa en su celular, redactando mensajes que nunca envió.

La Pachuca fumaba en silencio, su humo era el único movimiento en la sala.

Nico tomó sus cosas con movimientos bruscos y se fue antes del brindis final.

El portazo del camerino sonó más fuerte que la música afuera.

Alex se quedó con el abanico abierto sobre las piernas, viendo cómo la sombra temblaba en el piso. Sintió que no solo estaban perdiendo coordinación; estaban perdiendo ritmo de vida. Recordó cuando el abanico era símbolo de unión, de aire compartido. Ahora era un espejo que agrandaba la fractura.

Esa madrugada, Alex caminó por la sala con el abanico en la mano.

Lo abría y cerraba sin ritmo, sólo para escucharlo.

El clack sonaba hueco. Pensó en tocar la puerta del cuarto de Nico, pero no lo hizo.

Se quedó frente a la ventana, mirando las luces lejanas de la ciudad, preguntándose si el techo que construyeron juntos aún podía sostenerlos.

El aire de Monterrey entraba caliente, sin alivio.

Alex sintió que el abanico pesaba más que nunca, como si cada palabra no dicha se hubiera guardado en sus varillas.

El silencio en el departamento se había vuelto un tercer habitante. No era la calma, era un peso. Cada vez que Alex abría la puerta, sentía que entraba a una casa con paredes más gruesas. Nico estaba allí, pero parecía en otra habitación incluso cuando compartían la misma mesa.

Monterrey hervía en esas semanas. Las lluvias habían dejado charcos tibios en las banquetas y el aire traía ese olor doble de asfalto mojado y carne asada lejana.

En las calles, la gente seguía reconociendo a Alex, pidiéndole fotos rápidas, pidiéndole el gesto del abanico.

Él lo hacía, mecánico, con una sonrisa educada que ya no le nacía del pecho, sino de la mandíbula.

Nico, a su lado, se quitaba los audífonos un segundo y volvía a ponérselos.

A veces, cuando el teléfono de Alex vibraba, Nico miraba el piso y luego alzaba la vista, como si buscara un punto fijo.

La comunidad drag también estaba partida. Veneno sembraba dudas; La Pachuca pedía cuidado; Paola apostaba por exponerse: “La ciudad no te recuerda si no te muestras.”

En casa, los horarios dejaron de coincidir. Notas en la nevera sustituyeron las conversaciones. “Compré agua.” “Ensayo en bar.” “Llego tarde.” A veces, sólo “ok” escrito con plumón azul.