Bajo el abanico Capítulo 13– Amores a contraluz #2
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Capítulo 13– Amores a contraluz #2

Una tarde, Paola los citó para grabar un mini video promocional en el Paseo Santa Lucía.

El plan era simple: Alex abriría el abanico frente al canal y diría su frase, “Gracias por respirar conmigo”.

Paola lo grabó con el celular en vertical.

Apenas terminaron la primera toma, un grupo de curiosos se acercó.

Un joven señaló a Alex: “¡Ese es el del internet!”.

Nico, que cargaba la mochila, escuchó a otro decir: “¿Y el otro qué hace? ¿Es su chofer?”.

La sangre le subió a la cara. Intentó sonreír, pero la mueca se torció.

—Corten —dijo Paola, notando la tensión. —No pasa nada —murmuró Nico, pero su voz era piedra.

Reintentaron la toma. Esta vez, Alex se trabó en la frase.

El abanico no abrió con la elegancia usual, sino con un chasquido torpe.

Paola cortó de nuevo. Los curiosos murmuraban, algunos se reían bajito.

Una señora comentó: “Ay, en el video se veía más bonito”.

Alex sintió cómo la presión lo encogía; Nico, al fondo, parecía tragarse un enojo que no sabía dónde poner.

Al final, Paola dio por buena la toma menos mala y guardó el celular.

Esa noche, discutieron en el departamento.

—No quiero volver a escuchar “¿qué hace el otro?” —dijo Nico, tirando la mochila en el sillón.

—No puedo controlar lo que dice la gente.

—Pero puedes decidir cómo me haces parte de esto.

En el video, yo parecía tu asistente. —Eres más que eso.

Eres… —Soy tu pareja. Y a veces parezco tu sombra.

Alex quiso responder con un abrazo, pero Nico ya estaba en el cuarto, cerrando la puerta a medias. El abanico quedó sobre la mesa, cerrado, como si también evitara abrirse. Alex se quedó un rato en la sala, mirando el objeto en silencio, hasta que la casa se sintió demasiado grande.

La distancia se notaba en el camerino. Una tarde, mientras Alex se maquillaba, La Pachuca lo observó por el espejo.

—Las luces calientan, mijo —dijo, con tono grave—.

Y si no reparten bien, una mitad se quema y la otra se congela.

¿Quieres consejo? Haz espacio en tu show pa’ que él entre, aunque sea con un gesto.

La gente ve más allá de lo que pasa en el escenario. Si te ven solos, creen que estás solos.

Paola tenía otra lectura. En un descanso lo jaló aparte.

—Mira, Alex —susurró—. Nico tiene que entender que la luz es tuya ahora.

No puede colgarse siempre. Si quiere brillar, que haga su propio número.

No es tu sombra, pero tampoco es tu responsabilidad cargarlo.

—Pero no quiero que se sienta excluido. —Entonces díselo en casa.

Pero arriba, la narrativa es tuya. O te pierdes en medias tintas.

Los consejos eran opuestos y Alex se quedó en medio, equilibrista sin red. Una noche escribió en su libreta: “¿Cómo se reparte la luz sin romperla?”. No encontró respuesta.

El sábado siguiente, los invitaron a un festival cultural en San Nicolás.

Había escenario en una plaza al aire libre, con familias, niños, vendedores de elotes y música norteña de fondo.

Las luces de feria competían con el sol que aún no bajaba.

Alex salió como Estrella del Norte, abanico violeta en mano, con un lip-sync breve que cerró en cúpula.

La ovación fue fuerte, cálida, distinta a la del bar: más aplausos de señoras con sombrilla, más gritos de niños imitando el clack, más curiosidad genuina que morbo.

Al bajar, varios se acercaron a pedir fotos.

Una mujer tomó del brazo a Nico y le pidió: —¿Nos puede tomar una con Estrella?

Nico obedeció, tragando saliva. En otra esquina, un chico preguntó: “¿Tú también haces drag o nada más lo acompañas?”.

Nico respondió con un “también”, pero la voz le salió tan baja que ni él se creyó.

Otro grupo de chavos pedía que Alex les firmara en sus camisetas con marcador; uno volteó a Nico y le dijo: “Tú nos tomas la del grupo, ¿sí?”.

En el taxi de regreso, el aire estaba espeso.

El ruido de la ciudad entraba por la ventana: cláxones, reguetón, vendedores.

Pero entre ellos, sólo silencio. Finalmente, Nico habló.

—Me estoy cansando. —¿De qué? —Alex apenas susurró.

—De sentir que me borran. Y de que a veces, sin querer, tú ayudas a borrarme.

Alex apretó el abanico en el regazo. Quiso prometer algo, pero no encontró palabras que sonaran verdaderas. Se limitó a decir: —No quiero que te sientas así. —Pues ya me siento así —respondió Nico, mirando por la ventana.

Esa noche durmieron espalda con espalda. Alex pensó en abrir el abanico entre los dos, como frontera o como puente, pero no lo hizo. El ventilador zumbaba con desgano. Afuera, Monterrey hervía. Adentro, el silencio era otra forma de calor.

Al amanecer, Alex se levantó a beber agua y se encontró a sí mismo en el espejo de la cocina.

Su rostro sin maquillaje se veía cansado, más viejo de lo que recordaba.

Puso el abanico sobre la mesa y lo abrió lentamente.

La sombra se dibujó en la pared como si fuera techo.

Cerró los ojos y pensó: “¿Cabe aquí todo esto: el público, Paola, la Pachuca, Nico, yo mismo?”.

No tuvo respuesta. Sólo un clack seco al cerrarlo.

El sonido retumbó más de lo esperado, como eco de algo que estaba a punto de romperse.

La semana se estiró como liga vieja. Alex y Nico funcionaban, pero con la tensión instalada en los hombros.

Paola, puntual como metrónomo, llevaba una agenda que parecía mapa de guerra: martes bar chico, jueves entrevista, sábado festival, domingo descanso (entre comillas).

La Pachuca hacía rondas de cariño con regaños envueltos en refranes.

Monterrey seguía caliente y opinando. Entre todo eso, el abanico parecía cada día un objeto más pesado.

Una mañana, Alex tuvo la mini entrevista prometida: “Monterrey es calor que prueba y viento que alivia; el abanico es techo y lengua”, dijo. Al salir, fotografió su flyer y lo mandó a Nico. Corazón de respuesta.

En el ensayo, Paola propuso que Nico entrara en los últimos ocho tiempos. Lo practicaron hasta que el aire se coordinó. Alex sintió alivio: quizá el techo podía estirarse.

En el bar de Constitución, Veneno parodió la cúpula con un abanico de plástico. Risas. Paola le sujetó el brazo a Alex:

“Escenario se responde con escenario”.

Cuando tocó el turno de Alex, el clack sonó tenso, pero claro. En el cierre, extendió el abanico invitando. Nico vaciló un latido y entró. Dibujó el arco detrás. La luz los envolvió. El aplauso fue sólido. Paola hizo un leve “OK” con la barbilla.

En camerino, Veneno lanzó otra pulla; La Pachuca respondió con terciopelo. La sala olió a fijador y a orgullo herido.

Afuera, el calor era pegajoso. Caminaron sin hablar. —Gracias por subir —dijo Alex. —Subí por el gesto —respondió Nico—. No por ti. La frase dolió como zapatilla chica. —¿Eso es un reclamo? —Es un recordatorio. No quiero ser invitado de tu vida; quiero estar.

Al día siguiente, circularon ediciones con risas. Paola dijo ignorar; La Pachuca mandó: “El brillo ajeno no apaga el tuyo. El enojo sí”. Alex apagó el cel; Nico no.

En el ensayo, Nico dijo “hoy no”. Se sentó, manos a la cara. Paola pausó. Alex cerró el número solo; el clack cayó pesado.

Camino a casa, Alex recordó la primera vez que Nico le pintó el delineado en aquel camerino diminuto: “Respira antes de la línea”, le dijo entonces.

Ahora la línea era otra: una que dividía escenario y pasillo, gesto y vida.

Pensó en escribirle un mensaje largo, pero eligió enviar una foto del abanico con la frase por dentro.

No presionó enviar. Guardó el borrador como quien guarda una carta debajo del colchón.

Al día siguiente, intentaron de nuevo el cruce de ocho tiempos.

Salió correcto, no mágico. A veces los cuerpos obedecen y las almas se distraen.

Paola asentó profesional; La Pachuca chasqueó la lengua: “Lo bonito no basta, tiene que decir algo”.

Alex sintió que el comentario le daba en el centro justo porque tenía razón.

La nota de la entrevista salió con titular amable:

“Estrella del Norte: ‘El abanico es techo y lengua’”.

La foto, limpia. En comentarios: guerra. Un desconocido escribió: “Aprendan a aplaudir sin insultar”. Alex sonrió sin calma.

Por la tarde, un bar de San Jerónimo ofreció “duetos y batallas amistosas”. —Esto va a tentar a Veneno —advirtió Paola—. Si vamos, vamos con reglas: nada de parodias directas, sin micrófono. Música primero. —¿Y si no vamos? —preguntó Alex. —Arman el relato sin nosotros —dijo ella.

En la cocina, Nico preparaba té como pócima. —¿Quieres que vayamos? —preguntó Alex. —No sé si quiero “batalla” —dijo Nico—. Quiero respirarnos. —¿Y si usamos la cúpula al final, sin palabras? —La cúpula no es escudo —respondió—. Es casa. No la volvamos trinchera.

—Cuando subiste conmigo, sentí que el techo se estiraba —confesó Alex. —Yo sentí que estaba a prueba —admitió Nico—. Como si tuviera que demostrar que merezco estar a tu lado. Y eso me mata lo bailado.

El sábado en San Jerónimo, bar grande, luces diagonales. Cierre “a la suerte”. Paola: “Música primero, sin micrófono”. Suerte olía a caos.

Alex estuvo preciso; Nico, elegante. La sala escuchó. Alex recordó por qué lo ama.

Para el cierre, a Alex le tocó Veneno. Él abrió limpio; ella exageró. Amague de arrebatar el abanico; Alex lo cerró con un clack que trazó un límite. Cada quien en su sitio.

El anfitrión agradeció. Veneno subió una foto: “#SinRencores”. Los comentarios olieron a gasolina.

Esa noche caminaron hasta donde el aire era menos caliente. No hablaron de Veneno. Ni del bar. Ni del público. Hablaron del agua, del gas, de qué cenar. A veces, para no romper, se habla de lo que no importa.