Capítulo 13– Amores a contraluz
“Las sombras también deforman lo que amamos.”
El eco del foro todavía vibraba en la piel de Alex. Habían pasado pocos días desde su presentación y el cartel con Estrella del Norte seguía brincando de historia en historia. En los videos, el clack sonaba como campanada breve; la cúpula parecía una casa dibujada con luz.
Caminar por Monterrey ya no era igual. En la Macroplaza, dos adolescentes lo frenaron sin pestañas ni lentejuelas.
—¿Eres Estrella del Norte? —preguntó una, con respeto nervioso.
—Soy Alex —dijo, y luego añadió—: también.
Le pidieron selfie. Al ver el abanico plegado en el morral, la otra susurró: “¿Podrías abrirlo tantito?” Alex lo abrió un palmo; el aire les tocó la mano. Rieron y se fueron.
Otra noche, en los tacos de Constitución, el taquero lo miró con sonrisa franca. —¿Usted es el del abanico? Mi esposa vio el video. Dijo que se le enchinó la piel. Alex agradeció. Se sintió ligero y a la vez pinchado. La visibilidad era dulce-punzante: azúcar con filo.
En casa, el teléfono no paraba. Invitaciones a bares, DM de maquillistas, solicitudes de entrevistas. Paola filtraba, pero el colador se llenaba: tutoriales, viajes, ofertas y memes. Alex oscilaba entre asombro y confusión.
Nico observaba desde una esquina luminosa que de pronto empezó a sentirse más estrecha.
Al principio sonreía con orgullo; luego, sin querer, midió con los ojos el espacio que le quedaba.
Ya no llegaban mensajes para Reina Violeta, sino para “el novio de Estrella del Norte”.
En el bar, las miradas buscaban primero a Alex; a él, después.
Aunque Alex lo jalaba de la mano, Nico sentía que su sombra se encogía un poco cada noche.
—¿Estás bien? —preguntó Alex una mañana, cuando lo encontró mirando el café como si guardara una respuesta. —Sí —dijo Nico—. Cansado del calor. Y de la gente opinando. —¿Opinan mucho? —De ti, muchísimo. De mí, casi nada.
Las redes no ayudaban. Bajo los clips aparecían comentarios: “Qué química con el moreno que le carga el abanico”, “¿Ese chico serio es su pareja o su manager?”.
Nico decía que no leía, pero el gesto de la mandíbula lo delataba.
Empezó a dejar el celular apagado temprano y a entrenar solo, sin pestañas, frente al espejo.
Movía hombros, ensayaba respiración. Paraba a la mitad. Seguía. Paraba otra vez.
En el camión por Madero, dos chavos exageraron el clack como chiste.
En la tiendita, un señor dijo “ya no saben qué inventar” cuando Alex compró pegamento de pestañas.
Alex fingía no escuchar, pero cada frase se le quedaba pegada como sudor.
Nico las oía también; le hervía la sangre, aunque no siempre encontraba cómo defender sin hacer del pasillo una trinchera.
Agosto convirtió la ciudad en horno. El aire acondicionado trabajaba como héroe cansado.
El buzón de Alex seguía sumando “hola, soy”, “me encantaría”, “tengo una idea”.
Paola decía “aprovechen”; La Pachuca, con su calma de huracán, repetía: “La fama aquí suena fuerte y dura poco. Cuida lo que importa”.
Un sábado, después de un show donde Alex cerró con un clack breve, una fan se acercó.
Nico estaba al lado, sin maquillaje. —¿Nos tomas una foto?
—le extendieron el cel a él, no a Alex. Nico sonrió, tomó la foto, devolvió el teléfono.
—También sé salir en fotos, eh —bromeó, suave.
La chica rió sin entender y se fue. Alex sintió el pellizco en el estómago.
—No quiero ser esa persona —dijo Nico en la banqueta, camino al taxi—. Pero a veces me acomodan ahí. —¿En dónde? —En el borde de tu cuadro.
Esa noche, el DM de un productor de San Pedro cayó como gota de aceite en agua caliente: “Asesoría artística y cena, mi mesa en tal restaurante”.
Nico se puso rígido. —¿Vas a ir? —No sé.
Es networking. —Networking también es aprender a decir que no —dijo Nico—.
No siempre te invitan a ti; a veces invitan al ruido que traes. ¿Lo ves?
Alex no supo qué responder. El silencio quedó áspero entre los dos. No era celos por romance imaginario; era miedo a la deformación que trae la luz cuando pega de lado.
Al día siguiente, Paola los sentó con agua mineral y libreta.
—Plan de límites —dijo—: horarios para contestar, qué sí y qué no, y, sobre todo, cómo se cuidan entre ustedes.
La exposición es como salsa macha: tantita da sabor; de más, arruina el taco.
—No quiero que esto nos separe —dijo Alex, mirando a Nico.
—No nos separa “esto” —respondió Nico—. Nos separa lo que creemos que es el éxito.
Si para ti es estar en todas, vamos a chocar.
Si es sonar más que yo, más. —No quiero sonar más que tú —contestó Alex, rápido—.
Yo… quiero que lo que hago sea verdad. —Entonces acuérdate de quién te enseñó a respirar con la música —dijo Nico, sin dureza.
Intentaron ajustes pequeños. Alex dejó el cel en modo avión a la hora de cenar; Nico lo acompañó a una entrevista y se sentó fuera del cuadro, presente. Funcionó dos días. Luego regresó la marea: mensajes nocturnos, invitaciones de último minuto, rumores, tags.
En Fundidora, durante un evento al aire libre, un grupo de universitarios le pidió a Alex grabar un saludo para una amiga.
Nico se apartó un paso para que encuadraran bien.
“Gracias por grabarnos, bro”, le dijeron a él.
Sonrió por cortesía, pero sintió que alguien le borraba un contorno con goma.
Esa noche intentó una rutina vieja; a la mitad se quitó la peluca, triste y en silencio.
—No puedo competir contigo —dijo por fin, sentándose en la orilla de la cama.
—No tienes que competir —respondió Alex—.
Esto empezó contigo. —No porque seas mejor o peor —siguió Nico—.
Porque ahora eres tema. Y yo, contexto. —No quiero que seas contexto —dijo Alex, y le tembló la voz—.
Eres la razón de que yo exista como Estrella del Norte.
—Eso me lo dices tú —susurró—. Afuera, los que respiran contigo son otros.
Y me alegra por ti. Pero a veces me ahoga.
Hubo un domingo bueno. En Barrio Antiguo, un señor en bicicleta se detuvo junto a ellos.
—Ustedes son los del abanico, ¿verdad? —Uno de nosotros —dijo Nico, apuntando a Alex.
—Cuando hicieron silencio, sentí a mi abuela abanicándome en el patio —contó—.
Gracias. Rieron los tres. Luz suave, como de casa vieja.
Pero aun la luz, ya lo sabían, proyecta sombra.
Los compromisos crecieron. Paola armó una mini gira de bares locales; La Pachuca empujó a meter descansos.
Un jueves, Alex llegó tarde de un ensayo extra; Nico ya dormía.
Puso el abanico sobre la mesa y lo abrió para leer por dentro: “Techo compartido”.
¿Con quién lo estaba sosteniendo últimamente?
El pecho dolió como músculo después del baile.
A la mañana siguiente, una nota asomaba en el espejo.
La letra de Nico, clara, sin adornos: “Hoy ensayo sola. Vuelvo en la noche. No me busques; nos vemos en el bar.” No era amenaza ni teatralidad.
Era distancia medible, como marcar una línea con cinta en el piso.
Alex se quedó mirando su cara sin maquillaje.
Se vio nuevo. Se vio un poco desconocido.
Ensayó a solas. El clack rebotó tres veces. Se prometió usar ese rebote como medida: si sonaba demasiado fuerte, bajar el volumen de todo.
Por la noche se encontraron en el bar. Paola repartía horarios y chistes; La Pachuca, consejos. Nico llegó con una bolsa negra y la mirada lista para no pelear. —¿Listos? —preguntó, neutral. —Listos —respondió Alex, con calma prestada.
Trabajaron sin pelear ni abrazarse. Alex extendió la mano; Nico no dio un paso. Aplausos. El regreso fue silencioso.
En el departamento, el abanico descansaba abierto sobre la mesa, proyectando una sombra que parecía casa.
Alex la miró de pie, largo rato, sin tocarla.
—Siento que te estoy perdiendo entre todo esto —se atrevió por fin.
Nico respiró hondo. La ternura no se había ido; sólo estaba cansada.
—No me pierdes —dijo—. Nomás que a veces soy telón de fondo.
—No quiero que seas eso. —Entonces no lo olvides cuando todos te digan que eres la estrella.
El abanico parecía escuchar. Abierto, recordaba que la sombra también es necesaria, pero puede deformar los contornos. El amor, a contraluz, se veía distinto. Y Monterrey, afuera, seguía caliente; adentro, el aire apenas alcanzaba.
Los días siguientes a la nota en el espejo fueron como caminar sobre grava.
Nada estallaba, pero todo crujía bajo los pies.
Alex y Nico cumplían ensayos, shows, entrevistas pequeñas.
Hacían lo que tenían que hacer, pero los gestos de antes —el guiño cómplice, la mano que buscaba a la otra— se volvieron automáticos, sin chispa.
La gente no lo notaba, pero entre ellos se sentía la falta de corriente, como un cable apenas conectado.
El calor de Monterrey seguía sofocando. El aire al salir del metro olía a asfalto caliente, fritanga y polvo.
Alex sentía que la ciudad entera estaba opinando.
Un guardia del bar lo saludó con un “¿Qué onda, estrella?”; en la ruta, una señora murmuró “ahí va el muchacho de los abanicos”.
Los reconocimientos se volvían rutina, pero también cuchillos pequeños.
Nico, a su lado, caminaba recto, con la espalda rígida como muro.