Bajo el abanico Capítulo 13– Amores a contraluz #4
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Capítulo 13– Amores a contraluz #4

Una noche, Alex decidió hablar. Esperó a que el ventilador marcara el ritmo con su zumbido.

—Nico —dijo, sin maquillaje y sin escudo—.

—¿Qué. —Siento que nos estamos alejando.

—No lo sientes. Nos estamos alejando. —No quiero que pase.

—Entonces haz que no pase. —No sé cómo —admitió Alex—.

Me está tragando todo: la agenda, la gente, los comentarios, Paola con sus planes, La Pachuca con su calma, Veneno con su veneno…

—A mí me está tragando verte tragado —dijo Nico, y se frotó la frente—.

Y que el “nosotros” sólo exista cuando te conviene arriba.

Abajo también hay escenario, Alex. Y yo no quiero ser utilería.

Alex apretó el abanico cerrado entre las manos. Quiso decir “te amo”, pero las palabras se le quedaron en la garganta, torpes, como lentejuelas pegadas a una tela húmeda. Nico se fue a dormir al sillón sin apagarse del todo; dejó una lámpara prendida, como si el cuarto necesitara guardia.

El fin de semana tenían show en un bar de Guadalupe. El bar de Guadalupe era pequeño y fiel. En camerino, La Pachuca les besó la frente: —Hoy no hagan guerra; hagan casa.

Durante la primera parte, todo salió bien.

Alex sostuvo sus diagonales, midió el silencio justo; el público respiró con él.

Nico, desde la orilla, acompañó con la mirada precisa que siempre había tenido para leer la música.

Paola los observaba con brazos cruzados, satisfecha.

Alex se permitió un pensamiento esperanzado: “aquí sí”.

Pero en el cierre, cuando extendió la mano hacia Nico para el gesto de techo compartido, éste dio un paso atrás.

No hubo entrada, no hubo eco del brazo. Un murmullo se extendió por las mesas; los celulares que grababan bajaron un poco, dudosos.

Alex improvisó un cierre solo y el clack sonó limpio pero frío, como una puerta delgada que cierra un cuarto vacío.

El aplauso fue tibio y cortés, de esos que se dan por educación en una obra que no entiendes.

En el camerino, Paola explotó: —¿Qué fue eso? —estalló Paola—. El cierre era conjunto. —Yo no subo por obligación —dijo Nico, cerrando la maleta.

La Pachuca se metió entre ambos, manos arriba, sacerdotisa de paz. —Ya, ya. Paola, el escenario no es Excel; Nico, el amor no es boicot. Hoy no hay culpables: hay cansancio. Tomen agua. Cierren la boca antes que el corazón.

Paola bufó, pero se calló. Nico salió del lugar dejando tras de sí un hueco con forma de ausencia.

Alex se quedó solo, abanico en mano, frente al espejo empañado.

Se vio como en los primeros días: inseguro, temblando.

Recordó cuando Nico le pintaba los labios y le decía “respira”.

Ahora, ni el aire alcanzaba. Pasó un dedo por el borde del abanico y sintió una astilla que no estaba antes.

Se preguntó cuántas veces más podría abrirlo sin que se rompiera.

Esa madrugada fue a la Macroplaza. Abrió el abanico; el clack rebotó en la piedra y en su pecho. Dolía ser oído y dolía no serlo. El Faro del Comercio lanzó su línea verde como un latido lejano. Alex miró el rectángulo de piedra mojada: escenario enorme sin público, perfecto para oírse por dentro.

Sentado en una banca, repasó las costillas del abanico: marcas de uso, raspón de San Jerónimo. No era juez ni muro; era aire. Tan frágil podía sostenerlos y a la vez cortar si lo empuñaban mal.

De vuelta en casa, dejó el abanico abierto en el suelo, como techo mínimo.

Nico estaba dormido en el sillón, la televisión encendida sin sonido con un concurso nocturno.

La luz azul recortaba sus facciones. Alex lo miró largo rato.

El corazón le dolía, pero entendió que esa fragilidad era parte del amor, como la sombra es parte del abanico.

Se arrodilló frente a él, sin tocarlo, y apoyó el abanico en el suelo, abierto, como si hiciera una tiendita de campaña mínima.

—Nico —susurró—. No sé si puedo con todo esto solo.

Nico abrió apenas los ojos. Tardó un segundo en enfocarlo.

—Yo tampoco —dijo, ronco—. Y no quiero que lo hagas solo.

Nomás… no sé cómo estar sin desaparecer.

—No quiero que desaparezcas. —Entonces nómbrame aquí —dijo Nico—. Entre nosotros.

Se quedaron así, respirando, con el abanico como techo minúsculo entre ambos.

No era reconciliación; era tregua. Una tregua honesta, con los bordes a la vista.

Alex pensó que quizá el siguiente paso no era un gran gesto, sino uno pequeño y repetido: hacer espacio, nombrarse, no dejar que el ruido ajeno decidiera el volumen.

Días después, Veneno dejó caer: —Qué bonito techo… lástima que llueve adentro. La Pachuca les llevó té: —La cúpula no se cae por una tormenta, sino cuando la sostienen con una sola mano.

Esa noche Alex dijo en escena: —Esta casa se sostiene con dos manos. No jaló a Nico; dejó la puerta abierta. Aplauso suave.

Al terminar, Nico caminó a la misma altura que Alex. En el espejo, sus reflejos quedaron paralelos. El abanico temblaba sobre la mesa.

De madrugada, Alex leyó: “Techo compartido”. Pensó en frenar la mini gira. Caminó al sillón; Nico estaba despierto, mirando el techo. —¿Qué hacemos? —preguntó Alex. —Respirar —respondió Nico—. Y después decidir.

—Puedo decirle a Paola que bajemos fechas —propuso Alex—. Que no todo sea exposición. —Y yo puedo decirle a La Pachuca que me suelte —dijo Nico—. Que deje de protegerme como si yo no supiera bailar solo.

Se miraron sin adornos. Afuera, un tráiler pasó haciendo vibrar los vidrios. El abanico, en el suelo, respondió con un temblor pequeño. —No prometo perfección —dijo Alex. —Yo tampoco —respondió Nico—. Prometo quedarme si me nombras. Y nombrarte si me quedo.

No hubo abrazo cinematográfico. Hubo un asentir al mismo tiempo, como cuando dos bailarines aceptan el mismo compás sin haberse mirado el reloj. Alex recogió el abanico y lo cerró despacio. El clack no sonó a ruptura: sonó a pausa que prepara otra entrada.

La mañana siguiente, Paola los esperaba con su carpeta.

Habló rápido de fechas, de “momento”, de “aprovechar”.

Alex la escuchó y, por primera vez, levantó la mano.

—Vamos a bajar dos fechas este mes —dijo—.

Quiero que lo que hagamos diga algo o no lo hagamos.

Paola torció la boca, sorprendida. —Eso baja alcance —advirtió.

—Y sube verdad —intervino La Pachuca, que había llegado sin ruido—. Les conviene. A los dos.

El bar de esa noche estaba medio lleno. No había prensa, ni influencers, ni fans con cartulinas luminosas.

Sólo gente. Alex hizo su número sin aditamentos.

En la pausa respirada, dejó que el silencio durara un poco más.

Desde el costado, Nico lo miraba sin moverse, pero con la postura de quien no huye.

Cuando llegó el cierre, Alex no extendió la mano.

Sólo abrió el abanico hacia el público, como quien abre una ventana.

La sala se quedó quieta. Luego aplaudieron, no fuerte, sino redondo.

En el pasillo, alguien susurró: “Ya se hablaron”. —No del todo —dijo Paola, medio seria, medio en broma. —Pero ya se escuchan —añadió La Pachuca.

Esa madrugada, Alex y Nico caminaron por la calle caliente, con la humedad pegada a los brazos.

No hablaron de estrategias. Hablaron del supermercado, del gas que se iba a acabar, del delantal nuevo que compró Paola y que nadie piensa usar.

Pequeñeces. Pero en esas pequeñeces cabía el mundo: eran palabras que no dolían.

En casa, Alex dejó el abanico sobre la mesa. —Mira —dijo—. Tiene una astilla. —Se puede lijar —respondió Nico—. Y si no, se cambia la varilla. —No quiero cambiarlo —dijo Alex—. Quiero que nos acordemos de por qué se astilló. —Para no volver a cargarlo como cuchillo —cerró Nico.

Monterrey, afuera, seguía sonando con su mezcla de trailers, perros, música, luces del Faro.

Adentro, el silencio ya no era un tercer habitante: era un invitado que, por primera vez en semanas, no pesaba.

Era un silencio que dejaba espacio. No sabía si el capítulo estaba por cerrarse o por abrir otro conflicto, pero sí supo algo: el abanico —esa cosa frágil que en manos torpes se rompe— todavía podía ser posibilidad.

Abierto, pero tembloroso. Como ellos. Como el amor cuando decide quedarse.