Bajo el abanico Capítulo 11 – Bajo el mismo abanico #4
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Capítulo 11 – Bajo el mismo abanico #4

Alex contó con la mirada. Inhalación. Exhalación.

Clack. El sonido viajó hasta los focos y regresó como eco dócil.

Un paso, otro. Nico entró bajo la sombra, no como escondido, sino como invitado.

La balada que no era balada los abrazó desde las bocinas: voz lejana, percusión discreta.

Hicieron el cruce con mano segura. Drop suave.

Levantar. Hubo un tropezón mínimo en la diagonal.

Alex corrigió con el código: abanico medio abierto, formación segura.

Nico lo leyó al instante. Siguieron. La sombra cayó como sábana sobre dos cuerpos cansados y dispuestos.

Al final, silencio otra vez: clack y respiración. Paola no habló de inmediato.

—Tienen un número —dijo por fin—. No un trending topic: un número. Se entiende, se siente y se acuerda. —Y no necesitan besar a nadie —añadió la Pachuca—. El gesto de techo… es limpio.

Alex sintió que las piernas volvían a pesar lo normal. Nico, de golpe, tuvo ganas de reír y de llorar.

—Mi propuesta: estreno en cuatro semanas, cierre de noche, sin anuncio previo —dijo Paola—. Yo aviso al dueño que confíe en mí y que no meta cuchara. El cartel dice “acto final” y ya. ¿Cómo lo ven?

Alex asintió antes de darse cuenta de que lo hacía. Nico lo miró.

—Quiero —dijo Alex, con la voz que a veces usaba para hablarle a su yo del espejo.

—Yo… quiero, pero me da miedo —admitió Nico—.

Y no me da pena decirlo. —El miedo sirve —remató la Pachuca—.

No lo confundan con freno: es cinturón de seguridad.

—Y si el miedo se vuelve pared —añadió Paola—, yo corto la música. Lo prometí y lo sostengo.

Se sentaron en la orilla del escenario. El abanico descansaba en las piernas de Alex, abierto apenas; la luz lo volvía violeta profundo.

—Cosas técnicas —dijo Paola—: el “clack” inicial con un cono limpio desde arriba.

Nada de humo. En el drop, quiero piso seco.

El bartender deja de trapear quince minutos antes.

—Hecho —dijo Alex. —Y yo necesito saber que, si me ahogo, hay salida —añadió Nico—.

Señal cúpula, luces a media, y me voy al lateral.

—Señal recibida —respondió Alex—. Si yo me pierdo, cierro el abanico contra el pecho y respiramos.

—Pacto costura doble —sonrió la Pachuca—. No se descose con el primer jalón.

—Quiero ver la pasada otra vez, con la luz real —pidió Paola—. Luego me dicen cómo se sintió en el cuerpo.

Corrieron el número de nuevo. Nico llegó al drop con menos vértigo. Alex imprimió un medio segundo extra en la cúpula. El cierre sin música fue más hondo: clack, mirada, silencio.

—Se siente… respirable —dijo Alex, sudado. —Entonces está —cerró Paola.

Fueron al camerino a enfriarse. Alex colocó el abanico sobre la mesa del maquillaje, abierto. Tocó la frase por dentro: “Techo compartido”. Nico se miró en el espejo sin peluca y sin pestañas, y se encontró.

—¿Y si mi mamá ve el estreno por un clip? —se atrevió Nico. —Si lo ve, que vea un número hermoso —dijo la Pachuca—. A veces la belleza abre puertas que la discusión cierra. —Y si Veneno intenta sabotear, me encargo —dijo Paola, seca.

Volvieron para un último pase corto, solo arranque y cierre. Alex sintió que el corazón se le acomodaba en el pecho con el primer clack. Nico cerró los ojos medio segundo bajo la cúpula y pensó: “Estoy”.

—No es solo un número —dijo Paola al final—. Es una forma de cuidarse sin dejar de brillar. Si el público no lo entiende, no es su noche. Si lo entiende, se van a ir con el pecho más grande.

La Pachuca se levantó.

—Yo digo que ya. No repitan hasta el cansancio. Déjenle hambre al cuerpo para que mañana quiera volver.

Antes de irse, Paola se acercó a los dos por separado. A Nico le puso una mano en el hombro.

—Si el día del estreno te tiemblan las rodillas, temblamos contigo.

A Alex le dijo:

—Si llega la tentación de “probar” el número en redes, acuérdate de hoy. La madera lo entendió.

Volvieron al escenario vacío solo para recoger la libreta y el abanico. Alex lo cerró. Clack. El sonido ya no era filo ni portazo: era llave. Nico no tuvo ganas de huir. Tuvo ganas de quedarse y de irse a la vez, la mezcla que en su cuerpo se traducía como estar listo.

—Cuatro semanas —apareció Paola en el marco de la puerta—. Pero esa fecha existe solo si ustedes dicen “sí”. Si dicen “no”, la muevo. Si dicen “todavía no”, la pongo a dormir. ¿Estamos? —Estamos —respondieron los dos, casi al mismo tiempo.

Paola tomó aire como quien apaga una vela invisible y sonrió.

Acordaron reunirse dos veces por semana, una en el local prestado y otra en el bar, para que la madera fuera aprendiendo sus pasos y sus pausas.

Harían listas pequeñas: luces, pisos secos, toalla cerca, señas memorizadas.

Ninguno quería heroicidades; querían ritmo y salida de emergencia.

La Pachuca bautizó el plan con un chasquido: “coreografía del cuidado”.

La frase se pegó como glitter en la libreta de Alex.

Caminaron juntos hasta la puerta. Monterrey al otro lado olía a elote y a llovizna.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Alex, ya en la calle. —Como si tuviera miedo y ganas —dijo Nico—. Las dos cosas al mismo tiempo. —Yo también.

Caminaron un tramo sin hablar. En la parada de taxis, Alex abrió el abanico sin subirlo. Solo lo dejó abierto entre los dos, como mesa. Nico apoyó los dedos en la varilla central.

—No sé si estoy listo para “cuatro semanas” —dijo. —No necesitamos estar listos para la fecha —respondió Alex—. Solo para el “sí” cuando llegue. —¿Y si llega tarde? —Esperaremos debajo del techo.

El taxi se detuvo. Se miraron con una calma nueva. Cerraron el abanico juntos. Clack. Lo que no dijeron en voz alta ya estaba escrito por dentro: techo compartido.

Adentro del bar, la madera guardó huella de dos sombras que aprendieron a bailar sin pedir permiso. Y aunque no sabían si la fecha sería pronto o tarde, sabían esto: el estreno no ocurriría por trending, sino por pacto. Bajo el mismo abanico, cuando ambos dijeran “ahora”.