Bajo el abanico Capítulo 12 – Noche de coronación
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Capítulo 12 – Noche de coronación

“Cada reina se hace en su propia batalla.”

El concurso anual de Monterrey no era cualquier show.

Para muchas reinas, significaba la oportunidad de ser vistas, de ganar respeto y de asegurarse más contratos en bares y fiestas privadas.

Para otras, era un bautizo de fuego: la noche donde se probaba si tenían el estómago para enfrentar luces, jurado y público feroz.

Para Alex, convertido ya en Estrella del Norte, era un salto al vacío.

Paola fue la que lo inscribió casi a la fuerza.

“Si esperas a sentirte listo, te vas a jubilar antes de debutar”, le dijo con su tono de manager de reality.

La Pachuca respaldó: “La corona no siempre se gana, pero el respeto sí. Y ese se arranca desde la primera vez que alguien escucha tu nombre y no te ríes de ti mismo.” Alex protestó, dudó, hasta que el formulario en línea se llenó con letras grandes: Estrella del Norte.

Los días previos fueron una mezcla de ensayo y pánico.

Alex repasaba movimientos frente al espejo del cuarto, abría y cerraba el abanico hasta que los dedos se le entumecían.

Nico lo acompañaba en silencio, a veces corrigiendo postura, a veces solo observando con los ojos brillantes.

“No necesitas ser perfecto —decía—. Solo necesitas ser tú, con sombra suficiente para que el público respire contigo.”

La preparación se convirtió en ritual. Paola lo llevó al centro a comprar tela brillante, lo regateó en un puesto de lentejuelas y lo convenció de usar tonos plateados y azules que recordaran al cielo de Monterrey en invierno.

La Pachuca, con voz de cirujana, se encargó de que el vestuario no tuviera costura floja: “Nada de que se te rompa en medio del split, criatura. La dignidad también se cose.” Alex pasó horas practicando caminar con tacones nuevos en el pasillo de su casa, con Nico observando desde la puerta y riendo cuando tropezaba.

El día del concurso, Alex despertó temprano aunque apenas había dormido.

Pasó la mañana preparando la maleta: vestuario, maquillaje, abanico, una toalla, agua, y un pequeño amuleto que Paola le había regalado: una pluma plateada que había usado en su primer show hace años.

“Para que no olvides que todas empezamos torciéndonos los tobillos.”

La tarde avanzó entre nervios y glitter.

En la mesa del camerino improvisado en casa, Alex fue pintando su rostro paso a paso.

Base gruesa, corrector, polvo, contour. El delineado fue un campo de batalla: se borró dos veces antes de quedar decente.

Nico, sentado a un lado, aplaudía cada victoria mínima.

“Pareces mural de San Pedro”, dijo riendo, y Alex le lanzó una esponja.

Cuando los labios quedaron pintados de vino, la transformación se completó.

El espejo devolvía una cara nueva, más firme, más afilada.

La noche llegó con olor a fritanga de feria.

El bar donde se hacía el concurso estaba vestido como nunca: guirnaldas de luces, escenario ampliado, un jurado con nombres conocidos en la escena regia.

Afuera, la fila rodeaba la cuadra. Monterrey entera parecía querer un asiento.

Los carros pitaban al pasar, la gente gritaba nombres de sus reinas favoritas, y hasta un grupo de señoras con abanicos de plástico hacían bulla como si fueran porra oficial.

Dentro, el camerino era un caos electrificado.

Secadores zumbaban, tacones golpeaban el piso, sprays formaban nubes de fijador en el aire.

Había drags veteranas repasando rutinas con precisión quirúrgica y novatas con manos temblorosas intentando pegar pestañas imposibles.

Las bromas volaban disfrazadas de consejos: “No te acerques mucho a la orilla, manita, que el público no te va a cachar si te caes”, “Ten cuidado con fulana, que cambia el lip-sync a último minuto para robar foco.” Pero también había apoyo real: una reina prestaba pegamento de pestañas, otra ayudaba a subir un cierre rebelde, una tercera compartía agua fría para bajar los nervios.

El camerino era selva y familia a la vez.

Alex buscó un rincón y desplegó el abanico sobre la mesa.

El violeta de la tira lila brilló bajo la luz blanca del camerino.

Los dedos le temblaban, pero al rozar la frase escondida por dentro, “Techo compartido”, sintió que no estaba solo.

—Respira —dijo Nico, con ropa sencilla, sin peluca, sin pestañas—.

Hoy no soy Reina Violeta. Hoy soy solo Nico, y vine a sostenerte.

—Eso me da más miedo todavía —bromeó Alex, intentando relajar la mandíbula.

—Pues acostúmbrate. Porque cuando brilles, quiero ver a Estrella del Norte, no a alguien que se esconde en mi sombra.

El nombre drag en la lista de concursantes lo golpeó más fuerte que las luces: #7 – Estrella del Norte.

Verlo escrito en el pizarrón blanco del backstage lo hizo real.

Era un bautizo, y esa noche tendría público.

Alex pasó la mano por encima de las letras como si tocara su propio destino.

Recordó todas las veces que en la secundaria lo llamaron raro, las veces que escondió su voz y sus ganas de bailar.

Ahora, esa rareza tenía título, tenía turno, tenía escenario.

El rugido del público llegaba desde afuera como una ola imparable.

Se escuchaba la música de apertura, el presentador calentando a la multitud, gritos de porra improvisada.

Alex sintió que el corazón le golpeaba como tambor.

Miró el espejo. El maquillaje lo devolvía transformado: ojos delineados hasta el infinito, labios vino, pómulos afilados por la magia del contour.

Por primera vez, no se vio disfrazado: se vio construido.

Y el abanico, en sus manos, era estandarte.

Nico lo miraba con una mezcla de orgullo y temor, como quien ve a alguien subirse a una montaña rusa.

—Eres tú —susurró Nico—. Y esta noche, el norte lo marcas tú.

El presentador gritó desde el escenario: “¡Prepárense, que la coronación empieza ya!” El rugido del público atravesó las paredes, vibró en los espejos, hizo saltar los estómagos.

Alex cerró el abanico y lo guardó en la cintura.

Cuando lo volviera a abrir, ya no sería Alex: sería Estrella del Norte, debutando bajo las luces de Monterrey.

El presentador apareció con saco de lentejuelas y una sonrisa capaz de partir la noche en dos.

“¡Monterrey, están listas!” El bar respondió con un rugido de vasos, gritos y tacones golpeando el piso como tambores.

La primera pista tronó desde la cabina. Detrás del telón, Alex —ya Estrella del Norte— escuchó su propio pulso marcando cuatro cuartos en la garganta.

La primera salió con plumas carmesí y un lip-sync afilado.

El público la adoró. “Concursante número dos…” Un giro, un reveal, una carcajada; “Concursante número tres…” dominio absoluto de la tarima.

Alex aplaudió desde bambalinas, sincero.

Las reinas eran hermanas y rivales; amor y competencia en un mismo trago, con sal en la orilla.

Nico le alcanzó una botella de agua. No llevaba peluca ni pestañas; era Nico, sin máscara, con los ojos limpios. —No compares —susurró, adivinando la tormenta—. Te toca contar tu historia, no la de ellas.

“Concursante número cinco…” Una balada rota que se convertía en pop; “Concursante número seis…” casco de motocicleta convertido en corona. El bar y las luces hicieron su parte.

Alex era el número siete. Escuchó su nombre por primera vez con la rotundidad de los altavoces.

“¡Con ustedes, Estrella del Norte!” Las sílabas lo golpearon sin doler: acomodaron algo.

Tomó aire, sintió el abanico contra la piel, buscó con la mirada a Nico.

Ahí estaba, a tres pasos, con el gesto breve pactado: pulgar contra índice, apenas. “Estoy.”

La música comenzaba con respiración. No era silencio: era la ciudad inhalando. Alex dio dos pasos y se plantó en la línea de luz. Los focos le dibujaron una corona tenue. Por un instante, no hubo jurado ni público, sólo piso y aire. Abrió el abanico despacio. Clack.

Primera frase: no esconder nada. No la dijo, la bailó.

Brazos abiertos, hombros sueltos, mirada frontal.

El abanico subió hasta la luz y descendió como lluvia.

El público hizo un murmullo que no era grito ni silencio; era un “sí” sostenido.

Siguió el mapa: giro a la izquierda, paso al frente, abanico de lado, media vuelta.

Respiró en tiempo con la pista. Clack suave para marcar transición.

En la segunda estrofa, llegó el drop contenido y subió firme. En la cabina, Paola apretó el puño; en el costado, La Pachuca dejó caer el mentón dos milímetros: su manera de decir “bien”.

El jurado tomaba notas, pero su cuerpo habló primero: la veterana se inclinó hacia adelante, el coreógrafo marcó ritmo con el pie, la empresaria apretó los labios para no sonreír. Alex no los miró directamente; miró por encima, al borde donde se acaba la luz y empieza el aire.

A mitad de la canción, hizo el gesto corazón del número: levantar el abanico como techo, quedarse un segundo bajo la sombra e invitar al público con la mano abierta.

No era grandilocuente; era íntimo. Desde la segunda fila, alguien dijo “aw”.

De más atrás, un “¡eso!” cruzó como relámpago.

Alex dejó que el momento respirara. No rellenó con trucos. Se quedó.

Detrás del telón, Nico tenía los ojos brillantes. No era orgullo de espejo; era ver a alguien volverse su nombre. Quiso salir, por impulso, a sostener la cúpula, y se contuvo: no tocaba. Ese era el rito de Alex.