Bajo el abanico Capítulo 11 – Bajo el mismo abanico #3
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Capítulo 11 – Bajo el mismo abanico #3

El ventilador, viejo, volvió a morir con un quejido.

Afuera se oía un reguetón lejano, voces en la esquina, una moto acelerando.

Alex tomó el abanico y lo abrió frente a ellos.

El clack resonó seco. —Para mí, esto es decir: aquí estamos.

¿Qué significa para ti? Nico lo miró, dudando, y cerró el abanico con firmeza.

El nuevo clack sonó como un portazo. —Para mí significa: todavía no.

Se quedaron un rato en la penumbra. Alex con el abanico abierto, Nico con el abanico cerrado.

Dos gestos distintos, dos ritmos que aún no coincidían.

Cuando salieron, la calle olía a fritanga y a cerveza derramada.

Vendedores de tacos recogían trompos, un perro husmeaba bolsas.

Monterrey seguía su curso, indiferente al dilema que ellos cargaban.

Caminaron hasta la esquina en silencio. La ciudad, con su ruido nocturno, parecía recordarles que el mundo no espera a que nadie decida.

Esa noche se fueron sin ensayar más. El abanico, guardado de nuevo en la mochila, parecía pesar el doble.

El dilema ya no era solo coreográfico: era una batalla entre mostrar y esperar, entre abrir la sombra o cerrarla hasta nuevo aviso.

El miércoles amaneció con el rumor del video aún rondando como mosquito.

Alex intentó concentrarse en el trabajo, pero cada tanto abría notas del celular con ideas para el número: “señal de pausa”, “sombra parcial”, “clack de rescate”.

Nico, desde su lado, cosió en silencio la tirita lila al canto del abanico; cada puntada parecía una respiración medida.

A mediodía, Paola mandó un mensaje: “Esta noche caigo al local, dos minutos. Llevo ojímetro y bendiciones. No se me asusten”.

La Pachuca agregó: “Barriga de drag: respiren y sostengan.”

Por la noche, el local los recibió con su olor a cemento y polvo bueno. Puso la bocina, acomodó las lámparas, revisó la lista en la libreta.

—Hoy quiero resolver dos cosas —dijo Alex—: el giro de sombra y el final sin música. —Y yo quiero resolverme a mí —contestó Nico, medio en broma, medio verdad.

Calentaron con la secuencia básica. Respiración. Clack. Cruce. Drop suave. Levantar. Media luna de sombra. Cerrar. Algo había perdido filo desde que el mundo se coló por la ventana del video.

—Estás pensando en la cámara —dijo Nico, sin reproche. —Y tú estás pensando en huir —respondió Alex, suave. —Toca decidir, ¿no? —Sí. Pero no hoy en redes. Hoy en el piso.

Tocaron la puerta con uñas largas. Era Paola, con pants y una sudadera que decía “Luz de gas, jamás”. Detrás, la Pachuca con una jarra de jamaica y vasos de plástico.

—Hola, mis coreógrafos del destino —anunció Paola—. Vengo a revisar si lo que están cocinando ya huele a estreno. —Huele a nervio, que es parecido —dijo la Pachuca, sirviendo la jamaica—. A ver, párense donde se paran los valientes: en el centro.

Pusieron música. Paola y la Pachuca se sentaron en el suelo, espaldas a la pared, como jurado familiar.

Alex y Nico corrieron la pasada completa.

Hubo un tropezón mínimo en el cruce y un resbalón de Nico en el drop, pero la sombra del abanico cayó justo en el rostro de ambos al final. Paola chasqueó los dedos.

—Tienen poema —dictaminó—. Les falta coma y punto y coma, pero el verso está. —La gente va a querer beso —dijo la Pachuca—. Denles sombra. La sombra refresca más que el beso.

—El problema —añadió Paola, ya con tono de productora— es que el chisme los rebasó.

Hay clip, hay edición, hay shippeo. Yo puedo callar al dueño un par de semanas, pero el público trae hambre.

Y ustedes… ¿traen estómago? —Traemos tripas —respondió Nico—.

Y miedo. —El miedo se maquilla —dijo la Pachuca—, pero también se escucha.

Si no quieren hoy, no es no. Si quieren, es sí. No se enreden en tal vez.

Alex dio un paso adelante.

—Quiero sí. Pero con reglas. —Yo quiero no por ahora —dijo Nico—. Y no es contra ti. Es conmigo.

Paola se puso de pie, se sacudió el pants como directora de escena.

—Hagamos algo: diseñen sus señales. Si deciden mostrar, que haya plan B.

Si deciden no mostrar, que exista un gesto que el público lea como “arte” y ustedes como “cuidado”.

Pongan estos límites desde la coreo. Así nadie los apura más que su propio código.

—¿Señales con el abanico? —preguntó Alex, ya dibujando con la mente.

—Con el abanico y con la respiración —agregó la Pachuca—. El aire es el primer vestuario.

Se fueron.

—Ok —dijo Alex—. Señales. Pienso tres: abanico abierto arriba significa “seguimos”; abanico medio abierto de lado, “cambiamos a formación segura”; abanico cerrado contra el pecho, “pausa y nos vemos a los ojos”.

—Me gusta —asintió Nico—. Y agrego voz sin voz: si toso dos veces, es pánico.

Apagas música. Si chasqueo dedos, es que puedo continuar.

—Hecho. Y en redes… nada. Silencio. —Silencio con sombra —corrigió Nico, levantando la tira lila para mirarla contra la luz.

Rehicieron la pasada con el nuevo código. La secuencia cobró otro pulso. En la mitad, Nico tosió dos veces de mentira; Alex sin dudar alzó el abanico medio abierto y cambió a formación segura.

—Es raro —dijo Nico—. Ensayar el miedo. —Es lo más drag que existe —dijo Alex—. Ensayar la caída y luego aplaudirnos por cómo nos levantamos.

Aun así, la tensión seguía como electricidad floja. En el descanso, Alex salió un momento a la banqueta. Pensó en escribir un post, algo como “pronto”, “en proceso”. Guardó el celular. Volvió adentro.

—Quería subir algo —confesó—. Un teaser. Un GIF. No sé. Pero mejor no. —Gracias —dijo Nico—. Si subimos, que sea juntos y cuando duela menos.

Volvieron al piso. Practicaron el cierre sin música. Clack. Respiración. Mirarse. Clack. Negro.

—Falta una cosa —dijo Nico—. ¿Y si el viernes Veneno intenta meterse?

Ya la conocemos. —Si aparece, Paola corta la pista.

Y si no alcanza, hacemos “cúpula”. —Alex alzó el abanico y lo colocó a modo de techo firme sobre ambos, acercando sus frentes—.

Cúpula, y ya no hay nadie más. Ni Veneno, ni cámaras.

—La cúpula es nuestra palabra mágica —sonrió Nico.

Siguieron hasta que el sudor les escribió los nombres en la espalda. Cuando el cuerpo dijo basta, se sentaron en el piso a beber los últimos tragos de jamaica. Alex tomó el abanico.

—¿Puedo? —preguntó. —Siempre —contestó Nico.

Alex lo abrió con un clack que ya no asustaba. Lo movió despacio, soplando aire hacia los dos.

—Tengo otra duda —dijo Alex—. ¿Y si el jueves probamos afuera?

No show, solo pasar la coreo sin paredes.

En el Paseo Santa Lucía, tarde. —¿Y si nos vuelven a grabar?

—Nos pueden grabar en la fila del Oxxo. Igual.

Quiero ver si esto respira fuera del local.

—Ok —aceptó Nico—. Pero sin texto. Solo pasos. Y la cúpula si algo se siente mal.

El jueves al atardecer caminaron por el Paseo Santa Lucía con la mochila y el abanico escondido bajo una chamarra. La luz del canal parecía calma. Entre dos puentes, probaron tres entradas, un giro, un cierre. Un guardia los miró de reojo, indiferente.

—Respira afuera —dijo Alex. —Y yo respiro adentro —contestó Nico, apretando la mano de Alex un segundo—. Vámonos antes de tentar a la suerte.

De regreso, ensayaron mejor. En una pasada, Alex sintió que el clack caía exactamente con su exhalación; Nico sostuvo el drop con economía de fuerza; la cúpula apareció un segundo, a voluntad.

—¿Qué hacemos con el bar? —preguntó Alex.

—Le decimos a Paola que lo agende para el mes que viene, sin anuncio —dijo Nico—.

Si el clip crece, que crezca solo. Cuando estrenemos, que sea por el número, no por el morbo.

—Acepto —dijo Alex—. Pero una cosa: si ese día te falta el aire, hago cúpula y nos vamos.

—Y si ese día tú te sientes abrumado, cierro el abanico contra tu pecho y hacemos pausa —devolvió Nico—. No hay premio por forzarnos.

Guardaron todo. Afuera lloviznaba finito, como si la ciudad hubiera decidido bajar el volumen.

Antes de despedirse, se quedaron de pie frente a frente. Alex levantó el abanico para una cúpula pequeña, apenas un techo. Nico dio un paso, quedó bajo la sombra violeta.

—No sé si estoy listo para el mundo —dijo Nico—. Pero estoy listo para esto contigo. —A mí me pasa al revés —sonrió Alex—. Estoy listo para el mundo cuando estás conmigo.

Bajaron la cúpula.

De madrugada, ya en su cuarto, Alex releyó la libreta: “Señales, cúpula, silencio, mes próximo”.

El video seguía girando en internet, pero por primera vez no importaba tanto: tenían un idioma propio.

Cerró la libreta. Antes de dormir, escribió a Nico: “Techo listo”.

La respuesta llegó con una luna y un abanico.

Sin estreno ni anuncio, con más pactos que likes, la noche se guardó el ensayo. Al día siguiente, el mundo podría pedirles prisa. Ellos, bajo el mismo abanico, ya sabían el ritmo: suyo, respirado, con salida de emergencia. Con sombra cuando hiciera falta. Y con luz cuando la quisieran compartir.

El sábado, Paola mandó un mensaje con acento de directora: “Hoy pase privado, nenas. Bar a puerta cerrada, siete en punto. Traigan su mejor sombra y su peor miedo; aquí lo acomodamos”.

La Pachuca agregó un sticker con su cara y la leyenda: “Si lloran, que sea con pestaña puesta”.

Alex leyó todo con la respiración corta. Nico respondió con un simple: “Vamos”.

Llegaron media hora antes. El bar sin público. Alex dejó la mochila y sacó el abanico. Tenía cosida la tira lila y, por dentro, la frase diminuta que habían escrito juntos: “Techo compartido”.

—¿Listos, criaturas? —Paola asomó desde la cabina—. Esto es ensayo, no juicio. Pero si lloro, cuentan extra puntos.

Respiraron juntos. Alex y Nico caminaron al centro del escenario. Solo la madera, el aire y el abanico como casa portátil.