Capítulo 11 – Bajo el mismo abanico #2
Ensayaron con texto. La primera vez fue cursi y torpe. La segunda, honesta y firme. En la tercera, no hizo falta hablar: el abanico decía lo suyo, y los cuerpos completaban lo que las palabras intentaban.
El ventilador se apagó con un quejido y el calor les cayó encima como toalla húmeda. Nico se quitó la sudadera; Alex se amarró el cabello. El sudor les dibujaba ríos en la nuca.
—Voy a intentar una cosa —anunció Nico—. Cuando entres con el abanico sobre mí, hago un drop suave, no completo, y tú me levantas por el antebrazo. —Puedo —dijo Alex, dudando un poquito—. Dame la señal con la mirada.
La prueba salió a medias; la segunda, también. En la cuarta, funcionó. El peso compartido les sacó un “ah” corto, casi un gemido de sorpresa.
—No sabía que podía confiar así en alguien —dijo Nico, sin adornos. —Yo tampoco —contestó Alex—. Pero aquí se siente… natural. —Aquí y contigo. —Nico no corrigió la frase. La dejó flotar, como lámpara.
Tocaron la puerta: el amigo de Paola, con llaves en mano. —¿Todo bien? Nomás vengo a checar la alarma. —Todo bien —dijo Alex.
Cuando quedaron solos, Alex escribió en la libreta: “Entrada sin música — respiración — clack — texto breve — sombra/techo — drop suave — levantar”. Nico dibujó un abanico arriba, con rayas gruesas.
A mitad de la madrugada, hicieron una pasada completa. Todo anudado: texto, pasos, clack, sombra. Nico, ya agotado, soltó una carcajada que terminó en respiro hondo. Alex se dejó caer sentado, sonriendo hacia el techo.
—Me siento más vivo aquí que en cualquier otra parte —dijo. —Yo también —respondió Nico—. Y más asustado también. —El miedo no se va, pero aprende coreografía.
Las risas se mezclaron con el ruido de la calle que ya regresaba. Alex cerró el abanico. Lo apoyó en el pecho, sintiendo la vibración de su propio corazón.
—Quiero que este número sea nuestro modo de decir “aquí estamos”, sin pedir permiso —dijo.
—Y sin pedir perdón —añadió Nico. —¿Lo presentamos en el bar el próximo mes?
—propuso Alex—. No como respuesta al viernes pasado, sino como otra cosa.
—Sí, pero a nuestra manera —precisó Nico—.
Sin sorpresa, sin “exclusiva”. Le decimos a Paola, lo ponemos al final, sin anuncio.
Quien entienda, entiende. Quien no, que disfrute la coreo. —Trato.
Nico se incorporó para buscar en la bolsa.
Sacó un retazo de tela lila, satinado, con un borde oscuro.
—Quiero coserle esto al abanico —dijo—. Solo una tira, aquí —señaló el canto—.
Para que, cuando lo abras, la sombra sea más violeta todavía.
—Me encanta. —Alex sonrió—. Y yo quiero ponerle en letras muy chiquitas, por dentro, una frase.
—¿Cuál? —“Techo compartido”. Nadie la verá, pero va a estar. —Entonces que esté.
Miraron el objeto que los había juntado. No era un arma ni una bandera; era un puente. Alex lo abrió, suave. Nico puso la mano debajo y dejó que la sombra lo cubriera. Ese gesto fue más íntimo que cualquier beso frente a una cámara.
La última pasada de la noche fue la mejor. La primera respiración marcó el inicio; el clack contó como silencio; el drop fue liviano; el levantarse juntos, firme. Al final, Alex cerró el abanico sin estridencia.
—Ya está —dijo Nico, con voz bajita pero convencida. —Ya está —repitió Alex.
Apagaron lámparas y guardaron todo. Afuera, el cielo de Monterrey comenzaba a aclararse por el lado de los cerros.
Salieron y se quedaron de pie en la banqueta, sintiendo la brisa que por fin se acordaba de la ciudad.
—¿Qué hacemos con Veneno si vuelve a tirar indirectas?
—preguntó Alex, no ansioso, solo logístico.
—Que choque con la sombra —respondió Nico—.
La sombra no discute; refresca. —Te salió proverbio. —Se me pegó lo de la Pachuca.
Un puesto de tamales abría vaporosos al día. Compraron uno para compartir y lo comieron parados, riéndose cuando se quemaban. Un señor con sombrero les deseó “buen domingo” como si fueran vecinos de siempre.
Antes de separarse, Alex sacó un plumón del bolsillo de la mochila.
Abrió el abanico por dentro, en el borde donde nadie miraría.
Escribió despacio, letra chiquita para que cupiera sin gritar: Techo compartido.
Soplaron juntos para secar la tinta. —Ahora sí —dijo Nico—.
Tenemos casa portátil. —Y llave de emergencia —añadió Alex, haciendo sonar el clack.
Se abrazaron sin prisa. Monterrey despertaba y ellos, bajo un cielo que empezaba a borrarse de negro, tenían por fin un número y un idioma. La ciudad podía pedir espectáculo; ellos tenían sombra. Y a veces, la sombra es la manera más luminosa de decir la verdad.
El lunes regresaron al local. El cuerpo les dolía, pero de esa manera dulce que indica que algo se está gestando.
Alex llegó con vendas en la muñeca y Nico con un termo de café.
Abrieron la bocina y repasaron la secuencia: respiración, clack, cruce, drop, levantar, cerrar.
Cada intento era un poco más limpio, un poco más suyo.
A mitad del ensayo, Alex notó un destello en la ventana.
Una luz breve, como de celular. Se acercó, pero no vio a nadie.
Pensó que sería un reflejo de coche. Siguieron.
En la tercera pasada, el destello volvió, esta vez más claro.
Nico lo vio también. Se asomaron, pero la calle estaba vacía, salvo un señor borracho caminando lento. Decidieron ignorarlo.
El martes, Paola les mandó un link. “¿Esto es suyo?” Era un video de treinta segundos en TikTok: Violeta girando bajo el abanico de Alex, con el texto: ¿Se viene pareja oficial en el escenario?
El clip tenía ya cientos de comentarios.
Algunos celebraban: “¡Por fin juntos!”, “Esto va a ser histórico”.
Otros eran menos amables: “Marketing barato”, “Otra novela más de bar”.
Alex se quedó helado. Nico dejó el celular sobre la mesa y se frotó la cara.
—No puede ser. ¿Quién grabó eso? —Alguien pasó y lo subió —dijo Paola en audio—.
Esto es Barrio Antiguo, mana. Aquí hasta las paredes tienen TikTok.
La Pachuca envió su sentencia: “Ya no es secreto. Decidan si lo abrazan o lo esconden. Pero decídanlo ustedes, no el algoritmo”.
El resto del día fue raro. Alex sentía cosquillas en el estómago, como mezcla de miedo y emoción. Parte de él quería gritar que sí, que estaban ensayando juntos, que preparaban algo distinto. Otra parte, más cauta, recordaba la cara de Nico en el escenario la semana pasada, cuando el aire le faltó.
Esa tarde, los mensajes se multiplicaron.
Amigxs del bar mandaban capturas: “Ya los shippean en los comentarios”, “Miren este edit con música de novela”.
Había memes con abanicos photoshopeados, frases como “Techo compartido 2025” y hasta un hilo en Twitter con especulaciones sobre su debut.
Alex leía todo con ansiedad creciente; Nico prefería dejar el celular boca abajo.
—Es como si alguien hubiera abierto la puerta del local y dejado entrar a todos —dijo Nico. —Tal vez es lo que necesitábamos —contestó Alex, aunque tampoco estaba seguro.
Más tarde, Paola los llamó en videollamada.
Tenía la peluca puesta aunque no había show.
—A ver, criaturas, yo puedo vender esto como exclusiva del bar, pero necesito saber si quieren o no.
Si dicen que sí, el dueño se emociona. Si dicen que no, lo guardamos hasta que estén listos.
Pero no me hagan quedar como estúpida, ¿ok?
Nico apenas levantó la mirada. —No quiero que nos vendan antes de estar listos.
—Nadie los vende si ustedes no firman —dijo Paola—. Pero el público ya los está leyendo.
La Pachuca entró a la llamada en altavoz. Su voz sonó como sermón de madrugada: —Mijos, el drag es sombra y es luz. Si se esconden, que sea porque quieren, no porque los asustan. Y si salen, que sea porque deciden, no porque alguien grabó un TikTok.
Colgaron. El silencio volvió a pesar. Esa noche regresaron al local.
El ambiente no era igual. Ya no era un refugio secreto, sino un lugar observado.
Alex abrió la bocina y puso música, pero Nico no se movió.
—¿Qué pasa? —preguntó Alex. —Que ya no es lo mismo.
Alguien miró lo que no debía. Ahora no sé si quiero seguir.
—¿Quieres rendirte? —Alex alzó la voz más de lo que pensaba.
—No, pero quiero proteger esto. No quiero que nos conviertan en hashtag antes de estar listos.
Alex cerró la música. El eco del local amplificó el silencio.
Caminó hasta Nico. —Entiendo. Pero también pienso: si ya salió, mejor que salga con nuestra versión, no con la de cualquiera.
—¿Y si me vuelvo a ahogar como el viernes pasado?
—Entonces yo abro el abanico y sostengo.
—Alex respiró hondo—. Para eso lo tenemos.
Nico bajó la mirada. La luz de la lámpara lo pintaba cansado, vulnerable. —No es que no quiera hacerlo contigo. Es que quiero hacerlo bien. Si fallamos, que sea en nuestros términos, no en los de Veneno ni de un TikTok. —Entonces hagámoslo bien —dijo Alex—. Y decidamos cuándo mostrarlo.
Repasaron la secuencia, pero con menos entusiasmo. El clack sonaba débil, los giros carecían de brillo. Se sentaron en el piso, exhaustos. Alex abrió el celular y vio más comentarios. “Qué bello ensayo”, “Son la pareja del año”. El video tenía ya miles de vistas.
—¿Y si Veneno usa esto contra nosotros? —preguntó Nico, con la voz baja. —Lo hará de todos modos —dijo Alex—. Pero al menos que sea con nuestra coreografía, no con rumores. —¿Y si mi familia lo ve? —añadió Nico, tragando saliva. Alex se quedó callado. No tenía respuesta.