Bajo el abanico Capítulo 11 – Bajo el mismo abanico
55%

Capítulo 11 – Bajo el mismo abanico

“Compartir la sombra es también compartir la luz.”

El sábado amaneció con resaca emocional.

Ni Alex ni Nico durmieron bien después del show de Amor Real.

El recuerdo del escenario, del silencio abrupto, de Veneno sonriendo como tiburón, se repetía en la memoria como un eco molesto.

Aun así, había algo distinto: no se habían soltado. La promesa seguía, aunque tambaleante.

Paola fue la primera en escribir al grupo: “El público olvida rápido. Lo que queda es lo que hagan ahora. ¿Qué tal si se avientan un número juntos la próxima semana?” La Pachuca respondió con un audio ronco: “Sí, criaturas. Si la vida te da veneno, lo bailas con abanico. El público necesita ver sombra y luz al mismo tiempo. Y ustedes tienen eso”.

Alex leyó el mensaje en la cocina, con la taza de café entre las manos. El abanico descansaba abierto sobre la mesa, como si escuchara la conversación. Se atrevió a escribirle a Nico: “¿Quieres intentarlo?” Pasaron veinte minutos hasta que llegó la respuesta: “Sí. Pero solos. Sin público todavía”.

Esa noche, Paola consiguió que un amigo les prestara un local vacío en Barrio Antiguo.

Un espacio medio abandonado que había sido galería, luego bodega, ahora nada.

Tenía un piso de cemento pulido y paredes con grafitis de colores desteñidos.

Las ventanas daban a la calle, pero a esa hora la ciudad dormía.

Afuera quedaban los últimos borrachos de cantina y el olor a tacos de trompo. Adentro, la penumbra era tibia.

Caminar hasta ahí fue un ritual. Alex salió de su casa con el abanico en la mochila, como quien carga un secreto que pesa y protege a la vez.

Monterrey a esas horas era otra ciudad: las avenidas casi vacías, los taxis rodando lento, el eco de una canción de banda desde algún antro cerrado.

Nico llegó en camión, con los audífonos puestos.

Cuando se encontraron en la esquina del local, hubo un silencio breve antes del saludo.

—¿Listo? —preguntó Alex. —No sé si listo, pero aquí —contestó Nico.

Entraron y encendieron una lámpara vieja que apenas alumbraba el centro.

El polvo se levantó como telón. Colocaron la bocina portátil y pusieron música al azar: primero baladas viejas, luego un mix de pop.

Cantaron un pedazo, se rieron, se tropezaron.

El eco del local amplificaba cada risa como si fueran más de dos.

Durante un rato, el miedo pareció quedarse afuera, junto con el humo de los tacos.

—¿Qué canción te imaginas? —preguntó Alex. —Algo que no sea obvio. Ni “Amor Eterno” ni baladas de boda. Algo con ritmo, pero con letra que diga. —¿Y el abanico? —El abanico va al centro. No como escudo, sino como sombra. Como techo.

Alex lo sacó de la mochila y lo abrió con un clack que retumbó en las paredes. Lo levantó sobre ambos. —Entonces, desde aquí, bajo el mismo abanico.

Nico lo miró, la luz tenue pintándole la cara mitad sombra, mitad esperanza. —Eso suena a título —dijo—. Y a promesa.

Empezaron a ensayar movimientos. Alex improvisaba giros, Nico corregía posturas. A veces discutían: —No, así no, parece karate. —Pues enséñame, que yo soy nuevo. —Relaja el hombro, suelta la cadera.

En un momento, Nico puso una canción de ritmos electrónicos lentos.

El local se llenó de pulsos graves. Alex intentó moverse siguiendo el beat, pero se vio torpe.

Nico rió y le enseñó un par de pasos más fluidos.

Terminó tomando a Alex de la cintura para marcar el movimiento.

La piel contra piel, aunque cubierta por tela, los hizo estremecerse.

—¿Ves? Así. Deja que el cuerpo hable, no lo controles todo.

—Fácil decirlo cuando tienes años de escenario.

—No, fácil no. Pero lo aprendí. Y tú también puedes.

El ensayo se volvió confesión disfrazada.

Entre pasos y sombras, Nico le contó que de adolescente se encerraba en su cuarto y practicaba frente al espejo con un abanico prestado.

Alex, entre risas, confesó que en la secundaria fingía que los cuadernos eran abanicos y los abría con ruido exagerado.

Ambos se dieron cuenta de que, de maneras distintas, el gesto siempre los había acompañado.

Se detuvieron a descansar sentados en el piso.

Afuera, una patrulla pasó con la sirena apagada y solo las luces azules girando en silencio.

El calor de Monterrey entraba por las ventanas como un animal que nunca duerme.

Alex miró el abanico abierto entre ambos.

—¿Sabes? Creo que este es el único lugar de la ciudad donde siento que respiro.

—Yo también —dijo Nico—. Aquí nadie espera nada de nosotros.

Ni beso, ni show, ni discurso. Solo bailar.

Volvieron a ponerse de pie. Intentaron una secuencia más: abrir el abanico juntos, girar en direcciones contrarias y volver a encontrarse al centro. La primera vez chocaron de frente y casi cayeron. La segunda, salió mejor. En la tercera, la risa ya no era nerviosa, era limpia.

—Mañana nos va a doler todo —dijo Alex, tocándose el muslo. —Eso es señal de que el cuerpo aprendió —contestó Nico.

Hubo un instante en que la música terminó y quedaron solo los latidos, amplificados por el eco del local. Alex movió el abanico entre ellos. Nico lo sostuvo con la otra mano. Por un segundo, no fueron drag, no fueron público: fueron dos cuerpos bajo la misma sombra.

El ensayo no terminó con una coreografía definida, pero sí con un pacto reforzado. No sabían todavía qué mostrarían al público. Pero sabían que, al menos ahí, entre paredes grafiteadas y aire nocturno, podían inventar un mundo donde el abanico fuera casa.

Cuando salieron del local, el amanecer empezaba a pintar de rosa los cerros.

Monterrey despertaba con el ruido de camiones y el olor a pan dulce recién horneado.

Caminaron hasta la parada de taxis, en silencio primero.

Luego, Nico habló: —Me dio miedo entrar.

Pero cuando abriste el abanico, sentí que todo el miedo se quedaba afuera.

—Ese es el chiste —respondió Alex—. Que sea techo, no espada.

—¿Crees que algún día podamos abrirlo en cualquier calle, sin miedo?

—Quiero creerlo. Y mientras, lo abrimos aquí.

Nico apoyó la cabeza en el hombro de Alex mientras esperaban.

El cielo clareaba. Un vendedor de café pasó ofreciendo vasos de unicel.

Compraron uno y lo compartieron, turnándose tragos calientes.

Ninguno dijo nada más, pero la sensación era clara: bajo el mismo abanico, incluso la madrugada se sentía hogar.

El domingo cayó pesado, pero no inmóvil.

Alex pasó la mañana en la sala, viendo tutoriales de abanico en YouTube con el volumen bajito.

Aprendió nombres que nunca había usado: flick, wave, snap, butterfly.

Anotó ideas en una libreta: “techo compartido”, “sombra que camina”, “dos ritmos, un clack”.

Nico, por su lado, durmió hasta tarde y luego se puso a coser lentejuelas a mano, como penitencia y como ancla.

Se escribieron poco: “¿Nos vemos otra vez?” “Sí, hoy más noche.”

Regresaron al local de Barrio Antiguo después de las diez.

Monterrey seguía caliente, pero ya no quemaba.

La calle olía a tortillas recién hechas y a cerveza derramada.

—Hoy necesitamos ritmo —dijo Nico, entrando con una bolsa nueva—.

Traje dos telas para probar y una pista que uso cuando quiero soltar el cuerpo sin pensar.

—Yo traje ideas —respondió Alex, levantando la libreta—. Y agua. Mucha.

Pusieron la pista de Nico: un beat que subía desde el piso como elevador. Las primeras pasadas fueron tímidas, como si cada uno bailara en su cabeza. Luego, algo encajó. Alex abrió el abanico y lo movió como si barriera el aire; Nico lo rodeó, marcando diagonales con los brazos.

—Aquí —dijo Nico, parando la música—. Este momento pide un cruce. Tú alzas el abanico y yo entro bajo él, no como escondido, sino como invitado. —¿Y si además giras, para que el abanico te siga como sombra? —Jalo. Dame la mano primero, suéltame después. —Va.

Repitieron la secuencia: mano, entrada, giro, sombra. Tardaron diez intentos en hacer que el clack cayera a tiempo. En el onceavo, el sonido dobló la esquina del local como trueno íntimo. Se miraron, sorprendidos, como si una tercera persona hubiera aplaudido con ellos.

—Eso —dijo Alex, ya con una sonrisa que por fin le salía fácil—. Ése es el idioma. —Y todavía no hemos hablado del cierre —respondió Nico, riéndose—. ¿Qué hacemos? ¿Abierto o cerrado? —Cerrado, como promesa. Clack al final, luz abajo. —Teatro, mi amor.

Hicieron una pausa para tomar agua. Alex se sentó en el piso y dejó la espalda en la pared fría. Nico se sacó los tenis y movió los dedos como si fueran flores cansadas.

—¿Te acuerdas de Veneno? —preguntó Alex, sin ganas de abrir la caja del tema pero abriéndola igual. —… —No quiero que lo que hagamos sea respuesta para ella. Quiero que sea respuesta para nosotros. —Así será. Igual te aviso: van a hablar. —Que hablen. —Alex miró el abanico—. Pero que no decidan.

Volvieron a ponerse de pie. Nico puso otra pista: una balada que no era balada, con letra que hablaba de quedarse en medio del ruido.

Alex sugirió un inicio sin música: respirar audiblemente, abrir el abanico despacio, que el primer sonido de la noche fuera el clack.

Nico cambió la iluminación improvisada: dos lámparas movidas a los extremos, sombras largas que se cruzaban.

—Prueba de texto —dijo Alex, con tímida valentía—. Solo una línea antes del primer paso: “No vinimos a esconder nada; vinimos a sostener lo que sí”. —Y yo digo: “Si el techo es compartido, la sombra alcanza”. —Nico se escuchó raro con su propia voz. Se rió—. Estoy dando discurso.