Capítulo 10 – La herida del silencio #4
Alex agitó el abanico. El sonido retumbó entre los muros de ladrillo. —Yo no quiero esconderme más. Pero tampoco quiero obligarte. —No es obligación. Es miedo. —Nico lo miró—. Tú tienes un valor que yo admiro, pero no lo sé imitar. —No tienes que imitarlo. Solo caminar conmigo.
El silencio se llenó con el ruido de un camión pasando abajo.
Alex cerró el abanico, lo abrió de nuevo.
—Paola dice que hagamos un número juntos.
La Pachuca también. Que la gente necesita símbolos.
—¿Y nosotros? ¿Qué necesitamos? —preguntó Nico.
—Cuidarnos. —Alex bajó la voz—. Pero también mostrarnos, aunque sea un poco.
Si no, todo este ruido lo decide alguien más.
Nico respiró hondo. Se quitó la gorra, dejó que el aire pegajoso le despeinara el cabello.
—Yo quiero estar contigo. Eso sí lo sé. —Entonces hagamos un pacto.
No de show, no de flyer. Un pacto nuestro.
—¿Cuál? —Pase lo que pase el viernes, no nos dejamos solos.
Ni en camerino, ni en escenario, ni en redes. Si uno se tambalea, el otro se queda.
Nico asintió, despacio. Extendió la mano. Alex puso el abanico sobre ella, como firmando un contrato de tela y varillas. Se quedaron así un instante, con las luces de la ciudad brillando como testigos.
La noche los envolvió. Desde abajo llegaban risas de un grupo que salía del bar. En la azotea, en cambio, el eco de ese pacto sonaba más fuerte que cualquier comentario en línea.
No había decisión clara todavía. No sabían si saldrían como pareja en escena, si abrirían el abanico frente a todos, si callarían. Pero había algo firme: el viernes enfrentarían lo que viniera, juntos.
El viernes llegó con olor a humedad y cables calientes.
Desde temprano, el bar se veía distinto: mesas reservadas, una lona con letras doradas que gritaban AMOR REAL, arreglos de flores falsas con glitter, y un ring light enorme apuntando a la entrada.
Paola corría con una lista en la mano; Veneno probaba micrófono.
Alex llegó con la mochila abrazada al cuerpo. El abanico iba adentro, envuelto en una tela violeta como si fuera una reliquia. Nico llegó unos minutos después, con una bolsa de vestuario y el rostro medio serio, medio ausente. —Aquí estoy —dijo Alex. —Yo también —respondió Nico.
El camerino hervía: pestañas, pegamento, spray, cuerpos corriendo de un espejo a otro.
La Pachuca los llamó: —Hoy la gente va a querer ver algo que sólo ustedes saben si quieren enseñar.
Si van a salir, que sea porque ustedes decidieron.
Si no, también es decisión. La valentía no siempre grita; a veces sostiene.
Paola se acercó desde cabina: —Si escuchan que corto la música, es porque yo decidí que se acabó el circo. Confíen.
El programa arrancó y el bar vibró: baladas, lipsyncs milimétricos, chistes como dardos, celulares en alto. Veneno, de rojo, presentó con voz dulce y filo escondido: —¡Buenas noches, Monterrey! ¿Están listos para el amor de verdad? Y si no es de verdad, que al menos esté bien iluminado.
Violeta apareció en su turno: vestido lila profundo, boca vino, pestañas suaves. —Estás hermosa —dijo Alex. —Estoy temblando —contestó ella, con sonrisa pequeña.
La pista se tiñó de morado cuando Violeta entró.
La canción arrancó con piano y voz baja.
Caminó al centro con paso manso. En el primer estribillo, confeti violeta cayó desde arriba.
Aplausos. Gritos. “¡Reina!” Violeta clavó el final con un giro lento, casi un suspiro danzado.
Saludó al público y salió por el lateral, donde Alex la esperaba con agua.
—Respira —dijo Alex. —Respirá tú —respondió, riendo, y se soltó un poco la tensión.
Veneno tomó el micrófono: —Y ahora, mis cielas, llegó la hora que ustedes pidieron: AMOR REAL. Aquí nadie se esconde, aquí nadie tiene miedo. ¿O sí? —Dejó la pregunta colgando.
En las pantallas laterales apareció un montaje de parejas del bar y, de pronto, el clip de la marcha con Alex y Violeta. —¿Dónde está mi Estrella del Norte? —canturreó Veneno.
Alex sintió el golpe en el pecho. Paola, desde cabina, levantó un dedo: yo corto si dices. Violeta lo miró con ojos de agua quieta. —No estás obligado —susurró. —Lo sé —dijo él.
Alex metió la mano en la mochila. Sintió la tela violeta del abanico como piel conocida. Lo tomó, lo abrió, respiró. Caminó hacia la entrada lateral. El foco lo mordió con luz blanca. Subió dos escalones. —¡Aquí está! —cantó Veneno.
Alex alzó el abanico, no como bandera, sino como techo. Lo abrió frente al pecho, dejándolo hablar por él. No dijo “sí”, no dijo “no”. El clack llenó el bar. El murmullo fue eléctrico: algunos gritaban “¡eso!”; otros siseaban, exigiendo más.
Violeta avanzó un paso y se detuvo; luego, apenas, retrocedió. Paola cortó la música. Silencio de vidrio. —Seguimos con el show —dijo su voz firme por el mic de cabina—. El amor también es no obligar. Dj, pista tres.
Entró un beat alegre. El público se reorganizó en murmullos. Veneno mantuvo la sonrisa, con un borde duro. Alex bajó el abanico, sin cerrarlo. Violeta se desvaneció por el lateral, tragada por la cortina negra.
En la orilla del escenario, Veneno alcanzó a cruzarse en el paso de Alex. —A veces el amor se queda sin coreografía —susurró, sin mic—. Aprende para la próxima. La Pachuca llegó y, con suavidad, tomó a Alex del codo y lo guió hacia el lateral. —Respira —dijo—. Esto también es escenario.
En el camerino, Violeta se sentó frente al espejo.
Se quitó la peluca con cuidado. Nadie habló un instante.
La música del show filtraba a golpes por la pared.
—Perdón —dijo al fin—. Me quedé sin aire.
—No me debes perdón —respondió Alex—. Te debo gracias por no dejarme solo.
—Pero te dejé a la mitad del escenario. —Me dejaste con Paola en cabina, La Pachuca en el codo y conmigo. No estaba solo.
Violeta respiró. El maquillaje perfecto empezaba a rendirse en las comisuras. —Cuando Veneno dijo tu apodo, sentí como si alguien abriera una ventana en un cuarto muy alto y me dijera “salta”. Mi cuerpo no quiso. —No tenías que saltar —dijo Alex—. Yo bajé el abanico.
—Pero subiste. —Violeta lo miró—. Eso es valiente. Y me da miedo no alcanzar tu paso. Alex pensó en la azotea y el pacto. Le sostuvo las manos. —El pacto sigue. Pase lo que pase, no nos dejamos solos. Aquí estoy. Violeta asintió, mordiéndose el labio.
Paola asomó la cabeza: —Todo bien. Corté a tiempo. El dueño hizo carita, pero se aguanta. Si quieren, no salen en el final. Si quieren, salen juntos a saludar: un pase, un gesto y ya. Ustedes mandan.
La Pachuca entró con una botella de agua y dos popotes como cetros. —Beban. Y acuérdense: los shows pasan, los pactos quedan.
Alex miró el abanico sobre la mesa. Lo tomó y lo abrió lentamente. El clack sonó íntimo. —No quiero que el abanico sea una espada —dijo Violeta—. Quiero que sea sombra para los dos. —Entonces así será —dijo Alex.
Llegó el final del show. Paola y La Pachuca recibieron ovación. Violeta miró a Alex. —¿Hoy sí? —Salimos. Pero juntos. Sin acto. Solo a saludar.
Se puso la peluca, acomodó la diadema. Alex guardó el abanico un momento y le ofreció la mano. Esta vez, Violeta la tomó. Subieron por el lateral. La luz ya no mordía tanto. Veneno, al verlos, sonrió con filo.
Caminaron hasta la línea del escenario. Saludaron. Alex abrió el abanico solo una vez, arriba de ambos, como quien extiende techo. Violeta se acercó lo suficiente para quedar bajo esa sombra violeta. No hubo beso. Hubo un gesto breve, claro. La gente entendió lo que quiso. Y eso estuvo bien.
Bajaron del escenario con el corazón desacomodado.
En el pasillo, lejos del ruido, Violeta dejó la frente en el hombro de Alex.
—No puedo prometerte la calle —dijo—. Pero puedo prometerte el camerino.
Y que voy a intentarlo, poquito cada día.
—No necesito promesas largas —contestó Alex—.
Necesito que no me sueltes. —No te suelto.
Dentro del bar, la noche siguió. Afuera, Monterrey era una plancha caliente y viva. Dentro, el abanico volvió a la mochila, no como escondite, sino como descanso. La herida del silencio no había cerrado, pero ya tenía vendaje: una sombra violeta compartida.
Y en el camerino, Alex y Violeta eligieron algo que no cabe en un clip: quedarse. Juntos. Aunque afuera, como siempre, alguien pidiera más ruido.