Capítulo 10 – La herida del silencio #3
El silencio cayó como cubeta de agua helada.
—No se trata de dar explicaciones —continuó Paola—.
Se trata de decidir cómo quieren caminar.
Porque si se quedan quietos, alguien más les mueve la alfombra.
—Yo no quiero esconderme —dijo Alex, abriendo el abanico sobre la mesa.
Lo agitó una vez. El aire movió las servilletas—.
No después de lo que sentí en la marcha.
—Y yo no quiero que me maten por una foto —contestó Nico, con la voz quebrada.
La frase se quedó colgada, brutal. Paola se acercó, le puso una mano en la espalda. —Te entiendo, reina. Pero el silencio también mata, poquito a poquito.
Nico se cubrió la cara con las manos. Alex no supo si abrazarlo o dejarlo.
Paola puso el celular sobre la mesa y abrió una nota de voz de La Pachuca.
La voz salió con brillo de humo: —A ver, criaturas.
La fama de redes es como peluca barata: luce en la foto, pica en el cuero cabelludo.
Yo les digo esto: cuiden su amor como cuidan las pestañas.
Se pegan con calma, sin prisas, y no porque la gente chifle van a salir corriendo.
Si contestan, que sea pa’ poner límite. Si no, que sea porque decidieron bailar en otra pista. Fin del comunicado.
La grabación dejó un silencio menos frío. —¿Y si nada más dejo que pase? —dijo Nico. —Pasa —dijo Paola—, pero te pasa por encima si no te haces a un lado o si no clavas bien los tacones.
Alex miró el abanico. —Podemos escribir algo corto. No “confirmando” nada. Algo tipo: “No alimentamos odio. Nos cuidamos y cuidamos a los nuestros. El viernes hay show. Fin”. —Eso —asintió Paola—. Sin novela, sin santo y seña. Que el enfoque vuelva al escenario.
Nico dudó. Se acercó a la mesa, tocó el borde del abanico como si quemara. —¿Si posteamos eso, no estoy diciendo que…? —Estás diciendo que te respetas —respondió Paola—. Lo otro ya lo saben quienes lo tienen que saber.
Alex tomó aire. Sintió que la propuesta no resolvía el todo, pero ponía una línea. Nico asintió apenas. —Lo escribimos juntos —dijo—. Pero desde la cuenta del bar, que para eso son los escenarios. Yo desde la mía… no sé. No puedo todavía. —Se vale —dijo Alex—. Se vale ir de a poco.
Escribieron el texto midiendo cada palabra: “En esta casa no alimentamos odio. Nos cuidamos y cuidamos a los nuestros. El viernes hay show. Gracias por apoyar el arte drag de Monterrey.” Paola lo subió a la cuenta del bar con una foto de luces y bambalinas.
Al caer la tarde, Alex regresó a casa con la sensación de haber peleado sin gritar.
Abrió la laptop y, contra su voluntad, volvió a mirar.
Había memes con su foto: comparado con un ventilador, con una piñata, con una cortina.
También había un DM de una cuenta pequeña: “No te conozco, pero verte con el abanico me dio valor para decirle a mi mamá que soy bi. Gracias”.
Se quedó mirando ese mensaje. Respondió: “Gracias por escribir. Cuídate. Aquí estamos”.
Sonó el teléfono. Era Nico. La voz le salió cansada, sin maquillaje.
—Perdón por colgarte en la mañana. Me saturé.
—Está bien. Yo también me saturé. —Vi lo que subieron del bar.
Gracias. —Lo hicimos con Paola. Ella bloqueó a Veneno.
—La amo. —Se rió sin ganas—. Oye… yo no puedo postear nada todavía.
Me tiembla la panza. —No tienes que —dijo Alex—.
Yo tampoco sé si quiero poner mi cara en cada historia.
—Pero ya la pusiste —respondió Nico, suave—.
Y te admiro. Y me da miedo. Todo junto. —A mí también —admitió Alex—.
Me da miedo perderte por esto. —No me vas a perder —dijo Nico, y parecía decirlo también para sí mismo—.
Solo… camina despacio a mi lado. Si te jalo, te espero.
Si me adelantas, te alcanzo. —Trato hecho.
Se quedaron un momento en la llamada. —¿Lo tienes abierto? —preguntó Nico. —¿El abanico? Sí. —Ciérralo un segundo. Solo para que me imagine el sonido. Alex lo cerró. El clack viajó por el auricular. —Gracias —susurró Nico—. Hoy necesito más ese sonido que mil comentarios.
Bajó a la cocina. Su mamá partía pan para la cena.
—¿Cómo te fue? —preguntó, sin mucha ceremonia.
—Bien. Fue un día… largo. —Vi un video tuyo en internet —dijo ella, como quien comenta el clima—.
Sales moviendo el abanico. —Hizo el gesto torpe de abrirlo.
—Sí. —¿Quieres té? Para los nervios. —Sí, gracias.
Mientras subía al cuarto con la taza, Alex pensó que a veces la vida no te da discursos, te da té caliente. Y que eso también sostiene.
En su cuarto, dejó encendida la lámpara del escritorio. Puso el abanico frente al espejo. Lo abrió despacio. La tela violeta se desplegó como una pequeña noche. Lo movió de un lado a otro, probando ritmos, dibujando semicírculos en el aire. En el reflejo, el abanico parecía máscara y estandarte.
—No voy a esconderme —se dijo, bajito—. Pero tampoco voy a empujarte. —Miró el celular—. Vamos a agarrar aire. Y luego hablamos.
El celular vibró una vez más. Era Paola: “Hice limpieza en el grupo. Quien tire odio, se va. El pueblo unido jamás será vencido, pero sí bloqueado. Besos.” Alex rió solo. Respondió con un abanico y un corazón.
Se puso de pie. Cerró el abanico y lo dejó sobre la mesa, a la vista.
No lo guardó en el cajón. No lo escondió en la mochila.
Lo dejó ahí, como se deja un libro empezado: para seguir mañana.
Afuera, Monterrey sonaba con su respiración de ciudad que no duerme; adentro, el cuarto parecía más grande.
Y en algún lugar, entre los nervios y la calma, el clack seguía, no como ruido, sino como promesa.
La semana avanzaba con pasos de plomo. Cada día parecía empujar a Alex y a Nico hacia el viernes, cuando el bar tendría su función de Amor Real.
El anuncio estaba pegado en cada poste virtual: flyers rosas con corazones, gifs de besos, hashtags que pedían parejas en escena.
El algoritmo no perdonaba: cada scroll en redes mostraba un recordatorio del evento.
En el grupo del bar, Paola mandaba mensajes prácticos: “Ensayo martes a las 8. No olviden outfits coordinados, tema: romance dramático”.
La Pachuca, como siempre, aderezaba con filosofía de camerino: “El amor es bonito, pero más bonito si no te revienta el maquillaje. Usen fijador, perras”.
Alex respondía con stickers. Nico casi no escribía.
El miércoles por la tarde, Veneno subió una historia: fondo negro, letras blancas: “El que se esconde no ama. El viernes sabremos quién es amor y quién es marketing”.
Sin nombres, pero la alusión era nítida.
El story se compartió, se comentó, se filtró en chats.
Paola lo reenvió con un: “¿Ya vieron la Niurka versión emo?”.
La Pachuca añadió un audio: “Que alguien le dé un té de tila a esta ridícula. Nomás porque tiene wifi ya cree que es oráculo”.
Alex intentaba reír, pero la presión se acumulaba como calor de Monterrey al mediodía. Abrió el abanico en su cuarto y lo agitó con fuerza. La tela golpeó el aire con un clack seco. Pensó en usarlo en el show, abrirlo frente a Nico y al público, como declaración sin palabras.
El jueves en la tarde, el ensayo fue un hervidero.
El bar olía a madera húmeda y a luces calientes.
Paola ensayaba una balada con abanicos gigantes de plumas blancas, mientras La Pachuca corregía la coreografía de un dúo improvisado: —¡No caminen como pollos mojados!
Caminen como si fueran a cobrar la renta del universo.
Veneno, en cambio, se paseaba por el camerino con su celular levantado, grabando “detrás de cámaras”.
Alex notó cómo, en un momento, enfocó disimuladamente a Nico mientras se retocaba el delineado.
Paola lo interrumpió: —Mana, guarda el celular o te lo meto en el brasier.
—Ay, qué carácter. Nomás quería contenido —respondió Veneno.
—Pues contenido, pero no de la vida ajena —cerró Paola, firme.
Alex respiró, agradecido por la defensa. Nico, sin embargo, evitó la mirada de todos y siguió maquillándose. La tensión era visible: cada brocha sobre la piel parecía pesar.
Cuando el ensayo terminó, la Pachuca se acercó a Alex.
—Mijito, el viernes no va a ser un show cualquiera.
Van a querer ver más de lo que ustedes quieren dar.
Si no deciden juntos, les van a arrancar la decisión.
—Lo sé —dijo Alex, bajito. —Pues decidan, aunque sea en silencio.
El silencio compartido también es una respuesta.
Paola se unió a la conversación, con la peluca medio puesta y un cigarro apagado en la mano.
—Tienen que entender que en esta ciudad todo se magnifica.
Monterrey ama el chisme más que las tortillas de harina.
Si ustedes salen en escena y no muestran nada, dirán que tienen miedo.
Si muestran de más, dirán que son exhibicionistas.
Así es esto. Entonces, ¿para quién bailan?
—Para nosotros —contestó Alex, casi sin pensar.
Paola lo miró y asintió. —Eso. Si se acuerdan de eso, nadie los va a quebrar.
Sus palabras quedaron flotando en la cabeza de Alex mientras guardaba su mochila. El abanico sobresalía un poco, como recordándole su presencia.
Esa noche, después del ensayo, subieron a la azotea del bar. Monterrey brillaba abajo: luces de avenidas, montañas como sombras recortadas. El aire era caliente, con olor a fritanga y a cables eléctricos. Alex tenía el abanico abierto en las manos. Nico, los bolsillos llenos de dudas.
—¿Tú qué quieres hacer el viernes? —preguntó Alex. —No sé. —Nico pateó una colilla vieja—. Parte de mí quiere decir que sí, que somos. Parte de mí quiere que nadie me vuelva a ver nunca. —No podemos ser las dos cosas. —Exacto. Por eso estoy atorado.