Bajo el abanico Capítulo 10 – La herida del silencio #2
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Capítulo 10 – La herida del silencio #2

Un golpe de puerta los interrumpió. Veneno apareció con el celular alzado.

—¿Se esconden pa’ llorar o pa’ besarse? Si es lo primero, tengo un filtro; si es lo segundo, avisen para no grabarles mal ángulo.

—Vete a ensayar tu veneno —dijo Alex. —Siempre ensayado, mi amor.

—A Nico—: Te escribí por lo del flyer del viernes.

¿Confirmas o te haces la discreta? Los dueños quieren saber si va reina o va fantasma.

—Voy a confirmar. —Eso. Y si vas con novio, me avisas para no duplicar camerino; luego se me ofenden las debutantes.

Cuando se fue, Alex dijo: —Ignórala. —No siempre es posible —respondió Nico, cansado.

Volvieron al camerino. El ruido normal de montaje los tragó. Alex ayudó a probar micrófonos.

Durante el ensayo, Violeta afinó y quedó perfecta.

No necesitaba gritar para llenar el escenario; bastaba un giro, la muñeca blanda, la boca exacta en la letra.

—Te falta aire aquí —opinó Veneno desde platea—.

Y ese brazo, flojo. Vuelve a marcar. —Gracias, directora artística —ironizó Paola.

—Lo digo por el show. O por si acaso hay cámaras —dejó caer Veneno—. El video no perdona.

En el descanso, Veneno se le acercó a Alex con sonrisa de amiga vieja.

—¿Todo bien, Estrella? —Sí. —Te vi ayer en la marcha.

Qué bonito el numerito del abanico. Viralito, ¿eh?

—Le mostró la pantalla: un clip de Alex en la explanada con cientos de comentarios; corazones, “qué valientes”, y algún “payasos”.

— La red es un espejo sin filtro. —Lo sé.

—¿Y Nico? —señaló el escenario—. ¿Ya está listo para que lo vean en todo horario?

Porque la noche perdona, pero el día cobra.

Digo, por si vas a apostar el corazón. Yo que tú pregunto bien.

El estómago de Alex se encogió. —Él sabe lo que quiere. —O lo está aprendiendo, que no es lo mismo —sonrió—. Nomás cuídate. A veces una se pone de tapete para que la otra cruce sin mojarse. Y el tapete queda bien… empapado. —Guiñó un ojo y se alejó.

Alex guardó el teléfono y buscó a Nico junto al rack de vestuario. —¿Tienes un minuto? —Después de esta pasada —dijo rápido—. Me cambio y voy.

La pasada duró dos canciones y una eternidad.

Cuando Nico por fin llegó, traía medio rostro desmaquillado: el ojo izquierdo perfecto y el derecho puro Hombre Araña después de la batalla.

—¿Qué pasó? —preguntó al ver la cara de Alex.

—Veneno enseñó un video de la marcha y dijo…

tonterías. —¿Qué tonterías? —Que la noche perdona y el día cobra.

Que si tú estás listo. Que yo no me ponga de tapete.

Nico frunció el ceño. —No es tu problema lo que ella cree.

—No, pero… —Alex dudó—. Quiero estar. Y no quiero que por estar te ponga en riesgo.

Me enreda la cabeza. —A mí también —admitió Nico—.

Pero no le voy a dar a Veneno la dirección de nuestras dudas. Que se pierda con su GPS.

Rieron, un poco. Veneno pasó tarareando y dejó caer en voz alta: —Dicen que el viernes quieren parejas en el escenario.

Cute. Si no hay, se inventan. Todo sea por el engagement.

—¿Por qué no te inventas un silencio? —le lanzó Paola.

—Yo solo repito lo que dijeron los dueños —alzando el celular—. Quieren “amor real”. O el que venda.

El ensayo siguió entre focos caprichosos y órdenes de última hora. La frase “amor real” brincaba en la cabeza de Alex. ¿Qué era lo real ahí? ¿El abrazo incómodo en la esquina? ¿El clack de la Macroplaza? ¿El miedo con el que Nico camina de perfil?

Cuando por fin quedaron unos minutos libres, Nico se sentó en el piso, espalda contra un cajón de luces.

Se desabrochó el tacón y estiró el pie con un gesto sincero de dolor.

—Me aprieta todo hoy. —¿Te duele el pie o el lunes?

—Las dos. —Pausa—. A veces siento que Violeta me presta un cuerpo que aguanta todo.

Y que cuando me lo quito, me vuelvo frágil como papel mojado.

Y luego me enamoro, y se me moja doble. —Yo te sostengo —susurró Alex—.

No para que te quedes quieto, sino para que te muevas sin miedo.

Nico le sonrió. No era la euforia de la marcha; era una tregua.

La Pachuca llamó a todos para la última pasada. “Y después, chisme breve y a mimir, que la belleza no se mantiene sola”. La pasada salió pulcra. Aplausito técnico, chocar de manos, desarmar.

En el camerino, Nico guardó con cuidado la peluca en su caja.

Alex cerró la cremallera de la mochila y escuchó el ruido como si sellara algo.

Veneno apareció en la puerta. —Voy a subir una historia con el flyer.

Si quieren salir, vénganse. Nadie se movió.

—Bueno, yo sí salgo —y se encuadró—. “Viernes de amor en el escenario, ¡no falten!”.

Subió la historia y, sin levantar mucho la vista, agregó:— Va a estar precioso ver quién se atreve.

Alex sintió la dedicatoria. Nico también. Se miraron. No era una orden; era un reto. —No tenemos que demostrarle nada a nadie —dijo Alex. —Pero quizá me lo tenga que demostrar a mí —respondió Nico, despacio.

Salieron del bar. La noche de Monterrey estaba tibia y llena de grillos eléctricos.

Caminaban sin tocarse, pero juntos. A media cuadra, Alex se detuvo, sacó el abanico y lo abrió.

—¿Sabes? —dijo—. No necesito que esté en todas las fotos para que sea nuestro.

Nico lo miró, serio, cansado, agradecido.

—Gracias por no ponerme prisa. —Gracias por no cerrar la puerta.

Se quedaron un momento oyendo cómo la ciudad respiraba. Alex cerró el abanico. Esta vez el clack sonó claro, como si hubiera encontrado otra vez su ritmo.

En su pantalla, apareció un mensaje de Veneno en el grupo del bar: “Recuerden mandar foto con su pareja o bestie para el viernes. Tema: AMOR REAL”.

Alex miró a Nico. Nico miró el mensaje y luego a Alex.

No dijeron nada. Pero las palabras que faltaban se acomodaron como piezas de dominó esperando la próxima jugada.

—Mañana te escribo —dijo Nico. —Te leo —respondió Alex.

Se despidieron con un abrazo que duró un poco más que el de la mañana. No era la marcha. No era un clóset. Era el pasillo estrecho por donde se pasa de una cosa a la otra. Y, por ahora, bastaba.

El martes amaneció con el celular vibrando. Alex abrió los ojos y lo primero que vio fue la pantalla llena de notificaciones. Mensajes de Paola: “Mana, checa redes”. De La Pachuca: “Ya empezó el circo, mi’jo”. Y de un número desconocido: un enlace.

Abrió con el estómago encogido. Era el mismo video de la marcha, el clip donde agitaba el abanico con Nico a un lado, multiplicado en cuentas que no conocía.

Algunos lo celebraban con emojis de arcoíris y frases de orgullo.

Otros lo ridiculizaban: “Otro payaso queriendo atención”, “Miren, Monterrey importando modas gringas”.

El abanico, que en la Macroplaza había sonado como un trueno, ahora era en la pantalla un blanco de burla diminuto.

Alex dejó el celular en la mesa y respiró hondo. Miró el abanico sobre el escritorio, aún abierto desde la noche anterior. Lo tocó, lo cerró con un clack que retumbó en el silencio de su cuarto.

Nico no había escrito desde anoche. Alex decidió marcarle.

Sonó varias veces antes de que contestara.

—¿Bueno? —Soy yo. ¿Ya viste lo que subieron?

Silencio. Luego un suspiro. —No. Ni quiero.

—Está en todas partes. —Déjalos. No tenemos que ver todo.

—Pero la gente habla, Nico. Comentan, inventan.

—Y siempre lo van a hacer. —Su voz sonaba seca—. Por eso no me clavo en redes.

Alex apretó el celular contra la oreja. Quería entender, pero el silencio del otro lado pesaba más que cualquier insulto escrito.

—¿Entonces no vamos a decir nada? —¿Decir qué?

—respondió Nico, molesto—. ¿Que somos? ¿Que no?

No les debemos nada. —Yo no digo que les debamos.

Pero si nos quedamos callados, parece que nos da vergüenza. —No es vergüenza, es… cuidado.

La llamada se interrumpió con un pitido. Nico colgó. Alex se quedó mirando la pantalla oscura.

En el grupo del bar, Veneno publicó una captura: el video con miles de vistas.

Escribió: “La fama llega rápido, mis cielas. ¿Listos para viernes de #AmorReal?” Acompañado de un emoji de abanico y otro de cuchillo.

Paola respondió con un gif de ojos en blanco.

La Pachuca mandó un audio: “Que se calme la Niurka del norte, que no todo es show”.

Alex cerró la aplicación. Guardó el celular en el cajón.

Tomó el abanico y lo abrió de nuevo. Caminó por su cuarto agitando la tela, imaginando que cada movimiento borraba un comentario.

Pero los ruidos de la calle —claxon, vendedores, motos— se mezclaban con las palabras leídas: payaso, ridículo, moda.

El clack del abanico no alcanzaba para taparlas.

Por la tarde, se encontraron en el departamento de Paola. Ella los había citado con tono de “urgente, manas”. Sobre la mesa había donas de azúcar, servilletas moradas y un bote con plumas que parecían flores. —Siéntense. Vamos a hablar porque el veneno, cuando no se corta, se riega.

Alex y Nico se miraron. Nico llevaba gorra y sudadera, los hombros encogidos. Alex cargaba el abanico, cerrado, como un secreto que pesa.

—¿Ya viste lo que dicen? —preguntó Paola a Nico.

—No quiero ver. —Pues aunque no quieras, está ahí.

Y si no hablan, otros van a hablar por ustedes.

—¿Y qué quieren que diga? —Nico alzó la voz, cosa rara en él—.

¿Que somos novios? ¿Que estamos enamorados?

¿Y luego qué? ¿Que me funen en el trabajo? ¿Que mi mamá se entere por un meme?