Bajo el abanico Capítulo 10 – La herida del silencio
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Capítulo 10 – La herida del silencio

“Lo que no se dice, también duele.”

El lunes amaneció distinto. No por el clima —Monterrey seguía sofocado en un calor pegajoso, con cielos que parecían a punto de quebrarse en tormenta—, sino porque el eco de la marcha todavía flotaba en el aire de Alex.

Caminaba rumbo al centro con el abanico guardado en la mochila.

Ya no lo escondía con miedo, pero tampoco lo llevaba en la mano.

No quería parecer desafiante en la parada del camión, rodeado de oficinistas con corbatas flojas y señoras con bolsas de mandado.

El orgullo aún le ardía en el pecho, pero el lunes pesaba como un recordatorio de que el mundo no había cambiado de la noche a la mañana.

Había quedado de verse con Nico en un café de Barrio Antiguo.

El mismo lugar donde, meses atrás, apenas podían mirarse sin ruborizarse.

Alex llegó primero. El café tenía muros pintados con murales de colores y un aire bohemio, pero esa mañana estaba semivacío.

Afuera, los árboles apenas daban sombra y la música de fondo era un bolero antiguo.

Se sentó en una mesa junto a la ventana, desde donde podía ver la calle empedrada y los turistas con cámaras al cuello.

Pidió un café frío. El vaso sudaba en la mesa, y cada gota que resbalaba parecía marcar el paso lento del tiempo.

Alex revisó el celular: un mensaje de Paola con fotos editadas de la marcha, llenas de glitter digital.

Sonrió. Otra notificación: su mamá había mandado un “cuídate” al chat familiar. Eso también lo hizo sonreír.

Entonces apareció Nico. Entró con una gorra baja y una camiseta sencilla, nada que lo delatara como Reina Violeta. Caminó directo a la mesa, pero no sonrió como de costumbre. —Hola. —La voz era suave, pero cansada. —Hola. —Alex intentó sonar ligero.

Se sentaron. Nico pidió un americano. El silencio se instaló entre ellos como un tercero incómodo. Alex tamborileó con los dedos en la mesa. —¿Cómo dormiste? —preguntó, rompiendo la barrera. —Bien. Cansado todavía. —Sí, yo también. —Alex sonrió, pero Nico no respondió con la misma energía.

El café llegó. Nico removió el azúcar con lentitud. Sus ojos evitaban los de Alex, como si la espuma de la taza fuera más interesante. Afuera, un niño corría tras una pelota y el rebote contra el suelo llenó el hueco de la conversación.

—¿Viste las fotos que mandó Paola? —insistió Alex. —Sí. Muy padres. —Se me hace raro verme así, tan… público. Nico asintió, pero no agregó nada.

El silencio volvió, pesado. Alex bebió un trago largo, como si el café pudiera aclararle qué estaba pasando.

Lo observó: Nico estaba distinto. Sin maquillaje, sin peluca, parecía otro.

Más callado, más encerrado. No era el Nico que se había subido al escenario o que había gritado consignas en la Macroplaza. Era alguien con miedo de ser visto.

A la mesa de al lado, dos señoras hablaban de recetas y reían con complicidad. Detrás, un estudiante tecleaba en su laptop. Todo parecía normal, cotidiano. Y esa normalidad, de repente, se volvió asfixiante.

—¿Te pasa algo? —preguntó Alex, al fin. Nico levantó la vista, como si lo hubieran despertado.

—No. Solo estoy cansado. —¿Seguro? —Alex lo miró con atención—.

Es que… ayer estabas radiante. Hoy te siento lejos.

Nico suspiró. Movió la cuchara en círculos dentro de la taza, como si buscara las palabras.

—Es diferente. Allá… en la marcha… todo era otra cosa. Hoy… es lunes.

La frase golpeó a Alex con más fuerza de lo que esperaba. La marcha había sido un respiro, un día donde podían tomarse de la mano sin miedo. Pero ahora, en el café semivacío, Nico parecía regresar a una versión más silenciosa de sí mismo.

—Pero no tendría que ser así, ¿no? —dijo Alex, con un dejo de frustración—.

No podemos vivir solo un día al año. —Ya sé.

—Nico bajó la mirada. Se encogió de hombros—.

Pero yo no puedo andar por ahí como si nada.

—¿Por qué no? Nico lo miró, y en sus ojos había un cansancio viejo, más allá de la marcha.

—Porque me cuesta. Porque todavía me da miedo.

Alex se quedó callado. El vaso frío entre sus manos ya no refrescaba.

Sintió que las palabras se quedaban atoradas en la garganta.

El silencio volvió, esta vez más espeso.

Afuera, el niño que jugaba con la pelota fue regañado por su mamá y se acabó el ruido.

El bolero de fondo llenó el hueco con una voz lejana.

Nico se recargó en la silla, cerró los ojos un instante. Alex quiso extender la mano, tocar la suya. Pero dudó. Y esa duda se convirtió en más silencio.

El abanico en la mochila parecía pesarle en la espalda. Como si desde ahí lo acusara de cobarde.

—¿Quieres caminar después? —preguntó Alex, con voz baja. —No. Hoy tengo ensayo en la noche. Mejor otro día. —Está bien.

Pagaron la cuenta casi sin mirarse. Salieron a la calle. El sol era brutal, las piedras del suelo devolvían calor como brasas. Alex quiso decir algo, cualquier cosa que rompiera la distancia, pero Nico se puso la gorra más abajo y apuró el paso.

Caminaron juntos hasta la esquina. Un vendedor ambulante ofrecía botellas de agua fría, y el vapor escapaba del hielo en la hielera. Alex pensó en comprar una, ofrecerla como excusa para alargar la charla, pero Nico ya estaba mirando hacia otro lado.

—Entonces… nos vemos en la semana —dijo Nico. —Sí, claro. —El tono de Alex sonó más inseguro de lo que quiso.

El abrazo fue rápido, casi automático. Ninguno de los dos supo cuánto tiempo sostenerlo. Nico se apartó primero. —Cuídate. —Tú también.

Alex se quedó parado unos segundos, viendo cómo Nico se alejaba entre la gente. El murmullo del centro lo envolvía, pero dentro de él solo había un eco: las palabras que no dijeron.

Sacó el abanico de la mochila. Lo abrió en medio de la calle y lo agitó una vez, como para recordarse que aún estaba ahí, que no había desaparecido con la marcha. El clack resonó débil, perdido entre los cláxones. Lo cerró y volvió a guardarlo.

Caminó hacia la parada del camión con la certeza de que algo había cambiado. Que el orgullo podía brillar en un día, pero también podía herir en el silencio del siguiente.

El camión llegó tarde. Cuando subió, se sentó junto a la ventana y dejó que el aire caliente le pegara en la cara.

Afuera, la ciudad seguía su rutina: oficinas, estudiantes, obreros, nadie miraba demasiado.

Alex pensó en Nico, en su miedo, en el peso del abanico.

El motor rugió, y mientras avanzaban por la avenida, se dio cuenta de que el silencio también era una herida: invisible, pero constante, capaz de doler más que cualquier insulto.

El calor de la tarde se pegó a Monterrey como plástico.

Alex salió del trabajo con la sensación de haber estado sosteniendo la respiración desde el café.

El chat con Nico seguía leyendo “visto hace 2 h”.

No había pelea, no había drama escrito; había puntos suspensivos.

El abanico en su mochila parecía latir, apenas.

Decidió ir al bar de Barrio Antiguo donde solían ensayar.

Al entrar por la puerta lateral, el olor del camerino lo recibió como un golpe familiar: laca para el pelo, pegamento de pestañas, talco, perfume barato y un poco de nervio.

La Pachuca estaba con la cabeza envuelta en rulos, pintándose el delineado.

Paola acomodaba un inventario imposible de aretes sobre una toalla.

Veneno, con sudadera negra y sandalias, revisaba su celular como si fuera su cetro.

—Mira quién llegó, Estrella del Norte —anunció La Pachuca en el espejo, sin voltearse—.

¿Vienes a que te acomode las plumas o las ideas, mana?

—Las luces, ojalá —dijo Alex, intentando sonreír.

—Mmm. Las luces siempre cooperan menos que los sentimientos —remató ella, con ese tono de sabiduría de camerino que no admite réplica.

Nico no estaba aún. Alex dejó la mochila en su rincón, junto a una silla vieja que rechinaba como si tuviera carácter. Se puso a ayudar con cables, haciendo lo que sabía para tener las manos ocupadas.

Nico llegó tarde y en silencio. Se saludaron con un gesto mínimo, apenas un roce de hombro.

Alex sintió el hueco donde otras veces había un abrazo.

—Hoy trabajo soft glam —anunció Nico, sentándose frente al espejo—.

Pestaña liviana, piel de porcelana… emoción contenida.

—Esa última no existe —murmuró Paola. —Hoy sí —dijo Nico, sin mirarla.

Alex se acercó con un vaso de agua. Nico lo tomó con una mirada breve que significó gracias. —¿Podemos hablar un minuto? —preguntó Alex en voz baja. —Habla. —No aquí. Afuera, tantito.

Salieron por la salida de emergencia. —No quiero presionarte —empezó Alex—.

Solo… me dolió verte tan lejos hoy. Nico apoyó la espalda en la pared, cruzó los brazos.

—No es contigo. —Silencio—. O sea, también.

Pero es más conmigo. —¿Qué significa “también”?

—Que me gustas y me asustas al mismo tiempo.

Ayer me sentí invencible. Hoy sentí que cualquier mirada me podía partir.

Y si voy contigo tomado de la mano… no sé si puedo.

Aún. —Puedo caminar a tu ritmo —dijo Alex—.

No quiero arrastrarte a nada. Solo… no me cierres la puerta.

—A veces pienso que no me cierro yo, que me cierran —Nico lo miró, por fin—.

La otra vez, saliendo del bar de San Nicolás, un carro bajó la ventanilla y nos gritó cosas.

Nada pasó, pero me quedé temblando tres días.

En mi casa ya saben, pero no quieren saber demasiado.

Y yo… yo me hice Reina Violeta para no tener miedo, pero Nico se queda sin pestañas y sin abanico cuando amanece.

—Te escucho. Y me quedo. —No siempre tendrás que quedarte —replicó—.

A veces te voy a pedir que avances sin mí, y eso también me da miedo.