Bajo el abanico Capítulo 9 – Orgullo en tacones #4
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Capítulo 9 – Orgullo en tacones #4

Se incorporó despacio, los ojos todavía pegados de sueño.

En la mesa del escritorio seguía el abanico abierto, donde lo había dejado.

La tela violeta parecía absorber la luz de la mañana.

No era un objeto que estorbara ni que tuviera que esconder.

Era un recordatorio. Alex lo miró con una sonrisa leve, como quien ve a un cómplice.

El celular vibró en la mesa de noche. Un mensaje de Nico.

—¿Dormiste bien, Estrella? Alex sintió calor en el pecho.

Respondió casi de inmediato: —Como si hubiera bailado en sueños.

¿Y tú? Nico tardó un poco, luego apareció la burbuja: —Me duelen los pies, pero valió la pena.

Te soñé con el abanico abierto, en medio de la calle, sin miedo.

Alex rió en silencio y contestó: —Ya ves, hasta en sueños me balconeas.

—Alguien tiene que hacerlo —replicó Nico.

Y luego:—. Te veo más tarde. Llevemos el orgullo a la banqueta con un café frío.

—Va. Yo invito las galletas —escribió Alex.

—Perfecto. Entonces no hay excusa para no verte.

—El emoji de un abanico improvisado cerró el mensaje.

Alex dejó el celular a un lado, sintiendo que la conversación digital no era menos íntima que un abrazo. Se levantó, caminó hacia el baño, se miró al espejo con el cabello revuelto y los ojos hinchados. Se enjuagó la cara y volvió a ver el reflejo, pero ahora con una sonrisa que no se despegaba.

En la cocina, su mamá ya estaba preparando café.

El olor llenaba la casa. Había un plato con papaya cortada sobre la mesa.

Ella no dijo nada al verlo entrar, solo empujó el plato hacia él.

Alex se sentó, tomó un pedazo de fruta y lo saboreó con calma.

El silencio entre ambos tenía otra textura, menos tensa, más respirable.

—Ayer… estaba lleno de colores —dijo ella, sin levantar la mirada del café.

—Sí. Muchos —respondió Alex, con voz baja pero firme.

—Me recordó cuando eras niño y bailabas con las servilletas en la sala.

—Sonrió apenas—. Siempre te gustó mover cosas en el aire.

Alex se quedó callado, sorprendido. Esa era la primera vez que su mamá unía su infancia con lo que ahora era.

No era un juicio; era memoria compartida. —Supongo que sí —dijo él, riendo leve.

Su papá entró a la cocina en ese momento, aún en pijama. Se sirvió café sin mirar demasiado. Antes de salir, dijo: —Hoy hay partido. Si quieres verlo, te espero en la sala. Era poco, pero Alex lo recibió como un puente, una manera de decir “no te cierro la puerta”.

—¿Quieres pan dulce? —preguntó su mamá, rompiendo otro silencio.

—Sí, gracias. —Alex tomó un cuernito que estaba en la charola.

Ella lo miró un momento, como midiendo algo, y añadió: —Ese amigo…

Nico. Se nota que te hace bien. Alex levantó la vista.

El corazón le golpeaba en el pecho. —Sí.

Me hace bien. Ella asintió y no dijo nada más.

Pero ese gesto bastó para encenderle una esperanza suave, como lámpara de mesa.

Terminó de desayunar, lavó su plato y subió de nuevo al cuarto. El abanico seguía ahí, paciente, como esperándolo. Lo tomó, lo abrió, lo agitó una vez. El viento leve le dio en la cara y pensó que no necesitaba público para sentirse verdadero. Podía estar solo en su cuarto y seguir siendo orgullo.

Se tumbó en la cama con el celular en la mano.

Abrió las fotos que Paola ya había mandado: ahí estaba él, en medio de la explanada, el abanico levantado, la sonrisa abierta.

Se vio a sí mismo como nunca antes. Pensó en imprimir esa foto, pegarla en la pared.

No por vanidad, sino para recordarse que ya había cruzado esa línea: la de ser visible.

Abrió Spotify y buscó la canción que había sonado al final de la marcha. Cuando empezó a sonar, se imaginó otra vez bailando en la explanada, rodeado de colores. El ritmo lo llenó, pero ahora sin necesidad de público. Cantó bajito, moviendo el abanico como si aún estuviera allí.

De pronto, recordó su adolescencia: las veces que apagaba la música cuando escuchaba pasos en el pasillo; los dibujos que escondía entre cuadernos para que no los vieran; las veces que ensayó frente al espejo y se prometió nunca dejar que nadie lo descubriera.

Todo eso estaba ahora en contraste con la foto que había visto en su celular: él mismo, riendo, sin miedo, en medio de la Macroplaza. La comparación lo estremeció.

El celular vibró de nuevo. Otro mensaje de Nico: —¿Qué piensas? Alex dudó, luego escribió: —Que ayer fue el primer día en que no tuve miedo de mí mismo. El mensaje tardó en ser visto. Finalmente llegó la respuesta: —Entonces fue un orgullo verdadero. Y apenas empieza.

El día avanzaba con calma. Desde la ventana llegaba el sonido de vecinos barriendo la banqueta, del camión de la basura, de un niño gritando que quería una paleta.

La vida continuaba. Y en medio de esa continuidad, Alex sentía que algo dentro de él había cambiado.

Ya no era el mismo que escondía cosas en el ropero.

Ahora tenía un abanico en la mesa, a la vista, y un mensaje en el celular que decía “te veo más tarde”.

Volvió a leerlo, sonriendo. Y pensó que tal vez el orgullo no era un día, ni una marcha, ni un discurso. Era esto: abrir la ventana, dejar entrar el aire, y no tener miedo de que el abanico siguiera ahí, como parte natural de su cuarto y de su vida.

Se recostó de nuevo, dejando que la luz de la mañana jugara con las varillas violeta.

El mundo parecía distinto, pero en realidad era él quien por fin lo miraba de frente.

Y supo, con certeza, que lo que había empezado en la calle iba a seguir creciendo en lo íntimo, en lo cotidiano, en cada gesto pequeño.

El orgullo, pensó, no terminó ayer. Apenas estaba aprendiendo a respirarlo.