Bajo el abanico Capítulo 9 – Orgullo en tacones #3
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Capítulo 9 – Orgullo en tacones #3

Veneno miró la mano, la coreografía, a Alex.

No sonrió, pero se pareció. Tomó la mano de Nico y entró al círculo.

En el siguiente conteo ya hacía “dos a la derecha, dos a la izquierda” con precisión seria.

Chiflidos cariñosos. Alex sintió algo aflojarse.

Quizá el orgullo también era eso: dar pasos al lado de quien ayer te apretó el escenario.

Terminó la canción. La presentadora anunció diez minutos de “pista libre” y luego DJ.

La multitud se partió en círculos. Alex y Nico buscaron sombra para hidratarse.

El sudor corría; el glitter de Paola se mezcló con el bloqueador.

Todo olía a calor vivido: perfume barato, tela, piel, maíz, aerosol, dulces.

—Estoy cansado bonito —dijo Alex. —Cansancio con sentido —Nico—.

Como después de un show que te sale. —Como después de sobrevivir. —Eso.

Paola les tomó una foto sin pedir permiso. —Para sus mamás, si un día quieren verla. —Dos caras sudadas, ojos brillantes y un abanico violeta encuadrando media imagen. —Mi mamá va a pensar que por fin me dio el sol —rió Alex. —La vitamina que le huías —dijo Paola.

El DJ lanzó pop de coreografía fácil con batucada. La Pachuca, incansable, puso orden. —Última, mis vidas. Cuando suene el clack, piensen en alguien a quien le haría bien escucharlo. Si la tienen cerca, abrácenla. Si no, mándenle el viento.

Alex miró a Nico. El corazón se le subió a la cara. —A la de tres —dijo Nico. —A la de tres —repitió Alex.

Una… dos… clack. Se abrazaron con pudor suficiente para que fuera íntimo en público. No hubo beso. A su alrededor, otras personas se abrazaban: amigas reconciliadas; parejas incipientes; madres e hijas; gente sola que levantó la cara para recibir el aire del abanico colectivo.

El DJ bajó volumen. La presentadora volvió con voz suave. —Gracias por venir, por marchar, por bailar. Hidrátensen, cuídense, lleguen con bien. Y si pueden, dejen su clack encendido por dentro. Monterrey es grande: hay que llenarlo.

La dispersión empezó hacia la sombra, el metro, los elotes humeantes.

El Faro, aún sin encender, dibujaba su aguja en un cielo dorado.

La ciudad parecía haber respirado algo nuevo.

Alex guardó el abanico en la mochila, no por miedo, sino con cuidado.

Sabía que lo sacaría otra vez en la noche, en otra calle, con la misma verdad.

—¿Agua de horchata tamaño estadio? —propuso Paola. —Sí —dijeron a coro. —Yo invito —agregó La Pachuca, alzando la bolsa como trofeo—. Hoy me pagaron con abrazos, pero me doy por bien servida.

Caminaron hacia los puestos, ese trecho donde la euforia baja y deja risa bajita.

El cansancio se instalaba sin pesar: un recuerdo acomodándose.

Alex miró la explanada: papeles de colores, sombras largas, un grupo practicando el baile para grabarlo, una pareja besándose, una reina ajustándose la peluca para la foto final.

Vio a Veneno charlando con otra drag, menos dura en la mirada.

Pensó en lo improbable de ese gesto y en cómo el día había movido piezas internas que ni sabía que tenía.

—Hoy no madrugo mañana —dijo, riendo. —Mañana madruga el orgullo —Paola. —Y el abanico —añadió Nico, tocando la mochila—. Ese no se duerme.

Rieron. Se formaron por aguas frescas. Monterrey olía a maíz y a noche por venir. Y en algún lugar, quizá dentro de cada pecho, el clack seguía, no como ruido, sino como respiración.

La noche cayó sobre Monterrey con un cansancio dulce.

Las luces de los puestos de elotes, esquites y aguas frescas titilaban como pequeñas coronas improvisadas.

Alex caminaba junto a Nico, Paola y La Pachuca con la sensación de que el día aún vibraba en su piel.

El sudor seco le dejaba marcas en la camiseta, y cada músculo pedía descanso, pero en su pecho latía algo que no quería soltar: la certeza de haber caminado en público, con abanico abierto, sin esconderse.

Se separaron frente a una avenida. Paola abrazó a los dos y les prometió pasarles las fotos. La Pachuca, fiel a su estilo, lanzó un beso exagerado con la mano y gritó: —¡Orgullo, manas! Y a dormir, que la revolución también necesita ocho horas.

Rieron, y cada quien tomó su rumbo. Nico acompañó a Alex unas cuadras más. Iban en silencio, no de incomodidad, sino de esos silencios que saben a digestión: todo lo vivido seguía asentándose.

—Gracias por hoy —dijo Alex al fin. —Gracias tú. Te vi brillar. —Me viste sudar. —Y brillar. Sudor con glitter —sonrió Nico, acomodándose la mochila.

Al llegar a la esquina de la casa de Alex, se detuvieron.

El barrio estaba tranquilo, con perros ladrando a lo lejos y televisores encendidos tras las ventanas.

El calor cedía apenas, y una brisa tibia agitó el cabello de Nico.

Alex lo miró con ganas de no despedirse.

—Mañana te escribo —dijo Nico. —Sí. —Alex dudó un segundo—.

¿Quieres pasar a tomar agua? Nico negó suavemente.

—Mejor mañana. Hoy quédate con tu casa. Con eso también se marcha.

Alex entendió. Se abrazaron rápido, fuerte, como si sellaran un pacto sin palabras.

Entró a la casa con pasos lentos. En la sala, su mamá estaba viendo la tele, un noticiero que transmitía imágenes de la marcha.

El presentador hablaba de “multitud colorida” y “alegría en el centro de Monterrey”.

Su papá, en la mesa, hojeaba un periódico atrasado.

Ambos levantaron la vista al verlo entrar. Alex sintió el estómago encogerse.

—¿Ya cenaron? —preguntó, tanteando el terreno. —Te guardé un plato de frijoles con queso —dijo su mamá, levantándose. —Gracias. —Dejó la mochila junto al sillón. Sintió que el abanico vibraba ahí dentro.

Se sentó en la mesa. Su papá dobló el periódico y lo dejó a un lado.

Lo miró un momento, con ese gesto que Alex conocía: no juicio, pero tampoco neutralidad.

—Te vimos en la tele —dijo al fin. El corazón de Alex dio un salto.

—Ah. —Con ese… abanico. —Su papá hizo el gesto de abrirlo, torpe.

—Sí. Un silencio. Su mamá llegó con el plato, lo dejó frente a él y le sirvió agua de jarra.

—Se veía bonito el desfile —dijo ella, sin mirarlo directo.

—Marcha —corrigió Alex, suave. —Marcha, sí.

—Se sentó—. Había mucha gente. Colores. Música.

Alex bajó la mirada al plato. Sentía la garganta cerrada. Tomó un bocado lento, más para ganar tiempo que por hambre. Su papá tosió, incómodo. —Pues… qué bueno que no estabas solo. —Fue todo lo que dijo.

La frase quedó flotando. No era aceptación plena, pero tampoco rechazo. Era una grieta por donde entraba aire. Alex la guardó como quien guarda agua en el desierto.

Su mamá, tras un rato, preguntó: —¿Y quién era el muchacho de la camisa blanca que iba contigo?

Te vi en una foto que subió la televisora.

Estabas riéndote mucho. Alex tragó saliva.

Podría inventar. Podría decir “un amigo de la escuela”.

Pero la marcha le había dado otra voz. —Se llama Nico.

—Dejó la cuchara en el plato—. Es… importante para mí.

Su mamá parpadeó. No sonrió ni frunció el ceño.

Solo dijo: —Ah. Bueno, se ve que te cuida.

Eso es lo importante. Su papá carraspeó, como si quisiera añadir algo pero no encontrara palabras.

Finalmente dijo: —Mientras regreses con bien…

—y volvió a tomar el periódico, aunque no lo abrió.

El silencio después fue raro: ni hostil ni cálido, solo espeso. Alex lo soportó con calma, sorprendido de sí mismo. Terminó el plato, agradeció y subió a su cuarto.

Encendió la luz tenue del escritorio. Sacó el abanico de la mochila y lo puso sobre la mesa, abierto.

Lo miró un buen rato: la tela violeta parecía distinta bajo la luz de casa, menos brillante, pero más cercana.

Era como si se hubiera ganado el derecho de estar ahí, visible, sin esconderse en un cajón.

Recordó otras veces, en secundaria, cuando escondía revistas o entradas de conciertos en la parte de atrás del ropero, con miedo de que alguien las encontrara.

Recordó cómo una vez su papá revisó sus cajones buscando un cable y Alex sudó frío hasta que salió del cuarto.

Hoy, en cambio, el abanico estaba sobre la mesa.

A la vista. Y nadie lo había mandado a guardarlo.

Se quitó la camiseta, la tiró al cesto, y se dejó caer en la cama.

El cuerpo pedía descanso urgente, pero la cabeza seguía en la explanada, en el clack colectivo, en el abrazo con Nico.

Pensó en la mano extendida de Veneno, en la niña del sticker, en la señora en silla de ruedas.

Cada imagen se mezclaba como diapositivas rápidas en su mente.

La televisión seguía murmurando abajo. Esta vez, no le pesaba. Cerró los ojos con la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, su casa no era del todo un lugar de silencio hostil. Había grietas, sí, pero también un resquicio por donde entraba la marcha.

Antes de dormirse, pensó: “Hoy no guardé el abanico. Lo dejé en la mesa. Y nadie dijo nada.” Ese gesto, mínimo, era una victoria.

Se durmió con una sonrisa ligera, como si el viento de la marcha hubiera encontrado una rendija para colarse en sus sueños.

El amanecer en Monterrey llegó con una claridad lenta, bañando las casas con un resplandor dorado.

Alex despertó con el cuerpo pesado, como si aún cargara la marcha en los músculos, pero con la mente ligera, casi flotando.

El primer sonido que escuchó fue el de un vendedor de tamales en bicicleta que pasaba por la calle, voceando con altavoz improvisado.

La normalidad del barrio parecía extrañamente suave después del caos luminoso del día anterior.