Capítulo 8 – El beso entre bastidores #4
Se levantaron. Nico cambió tacones por tenis, guardó el abanico en la mochila de Alex como si lo pusiera a salvo.
Apagaron la luz. El pasillo olía a perfume y final de fiesta.
Abrieron la puerta que da a la calle: la noche de Monterrey los recibió con su calor honesto, con conversaciones que aún no querían terminar y con un viento mínimo que, sin embargo, alcanzaba para mover una tela violeta si se abría a tiempo.
Salieron. La ciudad esperó el clack. Y aunque todavía no sonó, ambos caminaban como si lo escucharan por dentro.
La calle de Barrio Antiguo los recibió con ese aire de madrugada que mezcla cerveza derramada, humo de trompo al pastor y música que se escapa por ventanas entreabiertas.
Alex caminaba con la mochila colgando de un hombro, consciente de que adentro estaba el abanico, como si fuera un corazón guardado en tela.
Nico iba a su lado, ya sin tacones, con los tenis desgastados que parecían gritar alivio.
Cada paso era más humano, menos personaje, pero no menos brillante.
—Hace años que no caminaba así, saliendo de show sin disfrazarme del todo —confesó Nico. —¿Y cómo se siente? —preguntó Alex. —Como andar desnudo en la calle, pero con ropa. Raro. Bien raro.
La risa se les escapó a los dos, como cuando un secreto se vuelve compartido.
Pasaron frente a un mural con colores desteñidos por el sol; alguien había pintado una mariposa enorme que ahora tenía grafitis encima.
Alex la señaló. —Mira, igual que nosotros.
Pintados encima, pero todavía se ve la forma original.
—Qué poético, ¿eh? Te va a salir lo dramaturgo.
Caminaron sin prisa. La calle estaba medio vacía: un par de parejas, un grupo de amigos tambaleándose entre carcajadas, el eco de un saxofón callejero tocando “Bésame mucho”. Monterrey en sábado a la 1:30 de la mañana.
Se sentaron en una banca frente a la escultura de los paraguas.
El faro verde de la Macroplaza asomaba al fondo, iluminando trozos de cielo nublado.
Nico sacó el abanico de la mochila y lo abrió.
Clack. El sonido retumbó en el aire abierto, como si lo escuchara toda la ciudad.
—Primera vez que lo uso afuera del bar —dijo, moviéndolo suavemente.
—Pues ya era hora. —Alex lo miró como quien mira a alguien cruzar una frontera invisible—. A mí me gusta más aquí.
El abanico agitó aire fresco sobre ellos. Nico apoyó la cabeza en el hombro de Alex. Se quedaron así un rato, viendo a la gente pasar, dejando que la noche hiciera de cómplice.
—¿Sabes qué pienso? —dijo Nico, sin moverse. —¿Qué? —Que si mi mamá pudiera verme así, quizá entendería más que viéndome en el escenario. Aquí soy yo, sin luces, sin coreografía. Nomás yo con mi abanico y alguien que me acompaña.
Alex apretó su mano. —Si algún día quiere verlo, yo voy contigo. —Y si no quiere… —Pues igual vamos. Para que vea que existimos, que esto existe.
Nico sonrió contra su hombro. El saxofonista cambió de canción y empezó a tocar algo de jazz improvisado. El viento movía los papeles tirados en la calle; uno pasó rodando hasta la banca, como una mariposa de periódico. Alex lo atrapó con el pie.
—Otra verdad —dijo, sin abanico de por medio—: pensé que nunca iba a besar a alguien así.
Con miedo y con ganas al mismo tiempo. —Yo también.
—Nico levantó el abanico, lo cerró. Clack.
—Y otra: pensé que nunca iba a dejar que alguien me viera después del show.
Con el maquillaje corrido, el sudor, las uñas a medio pegar.
—Pues ya me viste tú a mí también. Con miedo en la cara, con manos temblando. —Alex rió—. Estamos tablas. —Estamos empezando.
El silencio que siguió fue distinto: no incómodo, sino lleno de cosas que ya no necesitaban decir. El faro seguía girando lento, como recordando que había tiempo, que no todo debía resolverse esa noche.
Caminaron un poco más, hasta llegar a una esquina donde un puesto seguía abierto vendiendo elotes y fritos. Compraron dos vasos de esquites con chile y mayonesa. Se sentaron en la banqueta a comer, con los vasos calientes en las manos. El contraste con el glamour del show los hizo reír.
—Mira nomás, de lentejuela a esquites —bromeó Alex. —Así es esto: glam en el escenario, maíz en la banqueta. —Nico le dio un bocado y cerró los ojos de gusto—. A veces esto sabe más a verdad que cualquier aplauso.
Alex lo miró, iluminado por el faro verde a lo lejos, con la boca manchada de chile. Se dio cuenta de que lo quería así: no solo en tacones, no solo bajo reflectores, sino también con los labios rojos de salsa Valentina.
—Tengo otra verdad —dijo Alex, con voz baja—. Creo que me estoy enamorando.
El silencio fue breve, pero intenso. Nico bajó el vaso de esquites, lo puso en el suelo y lo miró directo. —No lo digas si no quieres cargar con eso. —Ya lo cargo. Desde el primer clack.
Nico lo besó. Fue un beso distinto: menos hambre, más raíz. Un beso que decía “estoy aquí” en lugar de “dame más”. El viento se llevó el olor a maíz y lo mezcló con el perfume barato del bar que aún quedaba en sus ropas.
—Yo también —susurró Nico después, apenas audible—. No sé cuánto, no sé cómo, pero también.
Se quedaron en la banqueta hasta que el saxofonista guardó su instrumento y se fue. La calle quedó casi vacía. Guardaron los vasos en un bote de basura improvisado y caminaron hacia el estacionamiento donde Alex había dejado su bicicleta.
En el camino pasaron frente a un local cerrado con persianas grafiteadas.
Una pareja se besaba apoyada en la pared; los dos rieron al verlos pasar y levantaron el pulgar en señal de complicidad.
Alex y Nico se rieron también, como si fueran parte de una hermandad silenciosa que se reconoce de madrugada.
—¿Quieres que te lleve? —preguntó Alex, señalando la bici. —Si cabemos los dos, claro. —Nico rió. —Cabemos. —Alex abrió el abanico una última vez. Clack.—Si cupimos aquí, cabemos en la bici.
Montaron como pudieron: Nico atrás, abrazándolo fuerte, el abanico cerrado entre sus manos.
Avanzaron lento por la avenida empedrada, riéndose cada vez que la bici temblaba en los baches.
Pasaron frente a un puesto que ya recogía mesas, frente a una iglesia cerrada y una tienda de 24 horas con luces blancas que los encandilaron un segundo.
Monterrey era un mosaico extraño a esas horas: mitad sueño, mitad desvelo.
—Mira, el Cerro de la Silla —dijo Nico, señalando la silueta oscura contra el cielo. —Siempre está, aunque no lo mires. —Alex sonrió—. Igual que tú.
El faro giró una vez más. La tela violeta del abanico brilló bajo la luz mínima. Alex sintió que el futuro no era un monstruo, sino un camino de piedra iluminado por destellos. Y mientras Nico lo abrazaba por la espalda, supo que había encontrado la manera de cruzarlo.
—Tengo una última verdad de esta noche —dijo Nico, casi gritando para que se escuchara entre el aire. —¿Cuál? —Que por primera vez en mucho tiempo, no quiero que termine.
Alex pedaleó más lento, estirando la calle como si fuera un listón infinito. La ciudad dormía, pero para ellos parecía estar apenas despertando.