Bajo el abanico Capítulo 8 – El beso entre bastidores #3
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Capítulo 8 – El beso entre bastidores #3

El abanico en la mesa seguía abierto, testigo inmóvil. Alex lo alcanzó y lo abrió con un clack firme. Lo agitó sobre ellos, dándoles un poco de aire. Nico rió, besándolo otra vez. —Ahora sí eres parte del show. —Prefiero ser parte de ti —respondió Alex, sin pensarlo. Y no se arrepintió.

El juego con el abanico se volvió un puente: Alex lo cerraba y lo abría sobre sus hombros, sobre sus rostros, dejando que el aire les refrescara apenas mientras se besaban más y más.

Cada clack era como un latido externo, marcando un ritmo que no necesitaba música.

Nico atrapó el abanico con una mano, lo puso sobre la mesa y volvió a jalárselo encima, con una urgencia que arrancó otra risa entrecortada de ambos.

—Me asusta lo mucho que quiero esto —confesó Nico, pegado a su oído. Su voz era apenas un soplo. —A mí también —admitió Alex, acariciando su espalda—. Pero prefiero asustarme contigo que vivir tranquilo sin ti.

Nico lo besó con una intensidad renovada, casi desesperada, como si necesitara sellar esas palabras en su piel. El abanico cayó al piso, abierto, y quedó vibrando un segundo antes de quedarse quieto. La tela violeta parecía un corazón extendido.

Se quedaron abrazados un largo rato, besándose entre risas, entre suspiros, entre promesas que no necesitaban palabras. El ruido del bar seguía afuera, pero ahí dentro habían creado otro escenario: uno hecho solo de piel, de calor y de un abanico violeta abierto como bandera.

El bar había bajado un tono. No era silencio; era ese momento en que la madrugada empieza a negociar con la música.

La luz del pasillo se colaba debajo de la puerta del camerino como una línea tímida.

Alex y Nico seguían pegados, pero el impulso de antes se había vuelto respiración acompasada.

El abanico violeta estaba en el piso, abierto, como si custodiara la escena.

—Tengo que salir otra vez en veinte —dijo Nico, mirando el reloj de pared—. Pero no quiero irme con la cabeza así. —¿Así cómo? —preguntó Alex, con la mano en su cintura. —Llena. —Nico tocó la sien—. Del show, de ti, de mi mamá, de todo.

Alex recogió el abanico, lo puso sobre la mesa y lo abrió. Clack. —Hagamos esto —propuso—. Cada vez que suene, decimos algo verdadero. Sin shade, sin lentejuela. —Juego aceptado, Estrella del Norte —sonrió Nico—. Dale.

Alex cerró el abanico. Clack. —Verdad: me da miedo que mañana te arrepientas. Que digas que fue el calor del bar y ya. Nico lo tomó, lo cerró. Clack. —Verdad: no me arrepiento. Y no quiero que esto sea solo camerino. Pero me aterra sacarlo a la calle.

El ventilador giró cansado. En el pasillo pasaron tacones apurados.

Dentro, la temperatura cambió de urgencia a confesión.

Alex se sentó en la silla; Nico quedó de pie, apoyado en la mesa, entre toallas y bobby pins sueltos.

Parecían dos chicos en la cocina de una casa que aún no tienen, decidiendo el nombre de un futuro.

—¿Qué te da miedo exacto? —preguntó Alex.

—Mi mamá. —Nico no adornó—. El domingo voy a verla.

Ya sabes lo que pasó la última vez. —Te dijo que…

que te fueras. —Que “mientras yo esté haciendo eso, no hay lugar”.

—Nico rozó el borde del abanico—. A veces creo que si me quito las pestañas me quito también el derecho a que me quieran.

Luego recuerdo que yo me quiero así. Pero no todos manejan ese diccionario.

Alex cerró el abanico. Clack. —Verdad: a mí me asusta mi papá. No porque grite, sino porque se queda callado. Ese silencio pesa más que cualquier insulto. Hoy me dijo “cena”, y fue lo más tierno en días. Yo también quiero que me quieran así, como soy. Con abanico y todo.

Nico le besó la frente. —Si tu papá no sabe, aprende. Y si no quiere, entonces hacemos una escuela chiquita. —Sonrió—. Plan de estudios: sobrevivir con estilo.

La Pachuca gritó “¡quince para cerrar!” y el bar respondió con chiflidos.

Nico miró el reloj; Alex le tomó la mano.

—Otra verdad. —Clack.—No sé qué nombre ponerle a esto.

Si digo “novio” me tiemblan las rodillas; si digo “nada” me rompe el pecho.

—Podemos decir “en proceso”. O “ensayo con público limitado”.

—Nico rió—. O no decir nada aún. Solo sostenerlo. —Sostenerlo me sirve.

Nico batió el abanico y el olor a fijador se movió de lugar; llegó un poquito de calle, esa mezcla de asfalto y carne asada que solo Monterrey inventa a medianoche.

—Otra verdad —dijo—: a veces siento que soy dos personas pegadas con resistor.

Si jalo tantito, me rompo. —Yo también. —Alex señaló el espejo—.

Ese de ahí es uno; este que tiembla es otro.

Hoy los vi hablarse sin pelear. Fue descanso.

Se quedaron mirando el espejo, como si ahí se escribiera lo que todavía no sabían decir.

Nico le acomodó el cuello de la camiseta: gesto doméstico que pareció un pacto.

—¿Te puedo pedir algo? —dijo Alex. —Pídeme.

—Cuando salgas, no te borres. No dejes solo a Reina Violeta.

Déjame ver a Nico, aunque sea poquito. —Prometido.

Y tú prométeme otra: no te guardes cuando alguien te vea con el abanico.

—Voy a intentarlo. Paola dice que la física está de nuestro lado.

El clack sonó de nuevo, sin que notaran quién lo hizo.

La varilla con el punto violeta se veía casi negra contra la luz baja, como brújula nocturna.

—Otra —dijo Nico, bajito—. A veces me siento solo aunque esté rodeado de gente.

Hoy, contigo aquí, no. —Yo también. —Alex se tocó el pecho—.

Me da miedo decirlo por si se rompe. —Entonces dilo bajito.

Igual cuenta. —No estoy solo. —Alex lo dijo como quien cuida una vela.

Asomó Lupita con una bolsa. —¿Están bien, niñas? —Bien —contestó Nico. —La última rueda es en diez. —Miró el abanico—. Bonito ritual. —Se fue.

—Última verdad antes del escenario —dijo Nico—: cuando termine, quiero caminar por Barrio Antiguo. Sin prisa. Con el abanico si quieres. —Quiero. —Alex sonrió—. Y tomar una foto del Faro desde el ángulo que no sale en Instagram. —El de los besos detrás de la escultura. Te lo muestro.

No necesitaron besarse; la cercanía ya era una forma.

Nico recogió el abanico, lo cerró. Clack.

Se ajustó el top; Alex le alcanzó una toallita.

Era un cuidado de ida y vuelta. —¿Listo?

—preguntó Alex. —Alineado. —En el espejo, Reina Violeta regresó sin borrar del todo a Nico.

—Te espero. —Y yo vuelvo. —Le rozó la mejilla con la nariz y salió.

El bar rugió cuando anunciaron su nombre.

Alex se quedó con el zumbido de la luz y el olor dulce del fijador.

Se sentó en el piso, recargado en la mesa, y dejó el abanico abierto a su lado.

El murmullo del público era oleaje que por momentos crecía y por momentos retrocedía.

Cerró los ojos y respiró. Sentía la vibración del escenario llegarle a la espalda como un tambor lejano.

Pensó en Paola y su post-it de “ánimo”, en su risa dándoles clase de física a los bravucones.

Pensó en su hermana, en los platos “de visita” que su mamá sacó, en el silencio de su papá que tal vez estaba aprendiendo otro idioma.

Pensó en él con el abanico en la parada del camión, abriéndolo sin pedir permiso.

No iba a ser fácil. Pero ya no estaba en cero.

Tenía un clack por dentro que no se le quitaba.

El show avanzó. Entraban, salían, se reían. La Pachuca dejó un perfume de gardenia que inundó todo. Alex ayudó a Lupita a encontrar un broche; le sostuvo el espejo a otra. Nadie preguntó de más. Le alcanzaron una botella de agua sin pedirla. Empezaba a sentirse familia sin el apellido.

—Dos minutos —anunció alguien. El tiempo es ley en camerino.

Alex se puso de pie. La anticipación era electricidad.

Se asomó por la rendija. Reina Violeta giraba como si tuviera el rayo del Faro adentro.

El público estaba de pie. Y Alex supo que no veía solo a una reina: veía al chico que le temblaba al decir “me asusta” y que le había pedido caminar despacio por Barrio Antiguo.

Nico entró con el pecho jadeante y los ojos brillando. Se apoyó en la mesa y rió, esa risa que abre ventanas. —No sentí las piernas —dijo—. Pero sentí todo lo demás. —Yo sentí hasta acá. —Alex puso la mano sobre su corazón.

Nico le tomó la mano y la llevó a su propio pecho.

Bajo la tela, el latido golpeaba fuerte.

—Aquí estoy. —Cerró los ojos un segundo—.

Otra verdad: no quiero que seas espectador.

Quiero que seas parte. Alex abrió el abanico y lo cerró.

Clack. —Otra verdad: no sé cómo se hace. Pero voy a aprender. Contigo.

El bar empezó a bajar de volumen. La Pachuca gritó “¡última!” y Lupita hizo un redoble en la puerta para la foto final.

Antes de salir para la despedida colectiva, Nico miró el abanico en la mano de Alex.

—¿Me lo prestas? —Es tuyo desde el primer clack.

—No, es nuestro. —Lo abrió y lo cerró frente a ambos.

Clack.—Para cuando haga falta sombra. Y cuando haga falta viento.

La despedida fue una ola. Todas formadas, saludos, reverencias, glitter en el aire. Desde el pasillo, Alex vio a Reina Violeta levantar el abanico como estandarte. El público respondió con un grito que retumbó en los espejos. Alex sintió que ese sonido se le metía al pecho y se quedaba.

Cuando la música por fin bajó a volumen de corazón, Nico volvió con una calma nueva. Se dejó caer a su lado en el piso. No hubo prisa. Solo piel fresca después de la tormenta. —¿Barrio Antiguo? —preguntó. —Barrio Antiguo —repitió Alex.