Bajo el abanico Capítulo 8 – El beso entre bastidores #2
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Capítulo 8 – El beso entre bastidores #2

Nico tomó una toallita y le limpió la mancha de labial a Alex.

—Ya —dijo—. Ahora sí pareces beso. —¿Y antes?

—Antes parecías evidencia. Prefiero lo vivo que lo probado.

Se besaron de nuevo, más lento. Alex lo guio un paso a la mesa.

Nico se sentó en el borde y lo recibió entre las piernas.

Alex entró en ese espacio como quien llega a casa de madrugada: con cuidado y urgencia tranquila.

El calor subió. Nico le mordió suave el labio.

Alex respondió con un suspiro que vibró entre ambos.

Sus manos se encontraron en el dobladillo de la camiseta, en la piel que asomaba.

Era un ir y venir: tocar y retirar, explorar y volver, comprobar que podían.

El corsé ya no era muro, era recuerdo reciente.

—Tienes las manos frías —dijo Nico, sonriendo.

—Estoy nervioso. —Úsalas. —Le colocó las muñecas en la cintura—.

Así. Alex obedeció. La piel bajo la tela era una brasa.

Apretó un poco y sintió el temblor de Nico, que le atravesó el cuerpo como un relámpago silencioso.

Subió la mano a la espalda, marcó un ritmo con los dedos. Empezó a aprender su música.

Afuera, un vaso golpeó la barra. Alex se separó lo justo para mirarlo. —No quiero que esto sea… —Buscó una palabra que no tirara el hechizo. —No pienso —dijo Nico—. Siento. Y ahora mismo siento que quiero seguir aquí. Contigo.

Se besaron otra vez, mezclando cuidado y hambre.

Alex delineó con la lengua la comisura; Nico se abrió un poco más, invitándolo.

Los dientes rozaron apenas, sin torpeza, con la curiosidad seria de recorrer un mapa nuevo.

Las manos de Nico subieron a su cuello, bajaron por su espalda, apretaron como para asegurarse de que no se disolviera.

—Eres hermoso —se le escapó a Alex. —No digas mentiras en el camerino, se quedan pegadas en los espejos —bromeó Nico, quebrando la broma en gratitud. Besó su pómulo, muy cerca del ojo—. Gracias por decirlo.

Hubo un alto breve, como cima de ola. Detrás, la música cambió; el beat bajó.

Alex apoyó la frente en la de Nico y, con el pulgar, le acarició la sien.

—Tengo miedo —admitió—. De salir y que todo vuelva a doler.

—Va a doler —dijo Nico, sin adornos—. Pero también va a haber esto.

—Rozó su boca—. Y esto. —Le besó el cuello, apenas, con respeto que ardía—.

Y esto. —Tomó su mano y la puso sobre su pecho, donde el corazón golpeaba.

Alex cerró los ojos para escuchar. Ese ritmo le enseñó otra forma de decir “sí”.

El cuarto parecía hecho a su medida: mesa con brillos, perchero, silla, el abanico como flor nocturna. Alex lo cerró otra vez. Clack. —Otra —pidió Nico, divertido. Alex obedeció, marcando compases: clack, clack. Entre uno y otro, besos y respiraciones.

—Si seguimos, no salgo al segundo número —advirtió Nico, con sonrisa culpable. —Yo te cubro —dijo Alex—. Salgo yo en lentejuela. —Mejor no arruinemos la noche. —Le pellizcó la barbilla—. Falta poco para que me llamen.

El tiempo les dio prisa sin apuro. Nico se acomodó el top, fijó un broche, limpió con otra toallita la orilla del labial.

Alex le sostuvo un espejo de mano. Ese gesto sencillo se sintió más íntimo que todo lo demás: era el “te sostengo” sin ensayo.

—¿Estoy presentable? —preguntó Nico. —Estás…

—Alex buscó una palabra que no rompiera el hechizo—.

Estás aquí. —Y tú también. —Le tocó el esternón, breve.

La música cambió; alguien gritó el nombre de la siguiente reina. Nico respiró hondo. Tomó el abanico violeta, lo cerró. Clack. Lo sostuvo como talismán. —¿Me esperas? —preguntó. —Hasta el final. —Después del final hay camerino. —En la sonrisa había promesa.

Antes de salir, se dieron un último beso, corto, como sello. Les ordenó la sangre, les acomodó el pulso. Nico enderezó la espalda; Reina Violeta volvió, capa por capa, sin borrar a Nico. —Te veo en un rato —dijo.

Quedó Alex solo, con el eco del clack en el aire y la boca tibia.

Se miró en el espejo y no se reconoció por un segundo: no por el labial ni el pelo, sino por la forma en que se miraba a sí mismo, menos escondido.

Escuchó el rugido del público cuando Nico apareció.

Cerró los ojos y guardó la escena entre las costillas como se guarda una canción.

Tomó el abanico de la mesa y lo acercó al rostro. Lo cerró despacio, como quien apaga una vela sin soplarla. Clack. El sonido fue promesa y puerta. Al otro lado estaba el resto de la noche. Y, por primera vez en mucho tiempo, Alex quiso cruzarla sin disculpas.

El camerino estaba en penumbra cuando Nico salió.

Alex se quedó solo con el eco de los clacks y el olor a maquillaje mezclado con sudor.

Podía escuchar el rugido del público afuera, gritos que parecían empujar las paredes.

Se sentó en la silla que todavía guardaba el calor del cuerpo de Nico y se miró en el espejo.

Su reflejo tenía algo distinto: la boca hinchada, el cabello revuelto, los ojos más abiertos que nunca.

Parecía alguien que acababa de atravesar un incendio y había descubierto que seguía vivo.

El número afuera terminó con un coro de aplausos.

Un par de reinas entraron a cambiarse: Lupita, que lo saludó con un guiño cómplice, y La Pachuca, que ni se molestó en preguntar nada, solo lanzó un “se te nota en la cara, niño” antes de desaparecer de nuevo entre plumas y lentejuelas.

Alex se tapó la boca con la mano, riéndose en silencio, como si pudiera guardar el secreto en los labios.

La música subió de volumen: reguetón, beats acelerados.

Era el turno de Reina Violeta otra vez. Alex se asomó por la rendija de la puerta.

El escenario vibraba. Nico era puro fuego: cada movimiento era un látigo, cada giro con el abanico un golpe de viento.

El público gritaba su nombre, coreaba con la canción.

Alex sintió un orgullo extraño, como si su propio cuerpo estuviera bailando allá afuera.

Y, al mismo tiempo, un deseo creciente: quería que esa energía regresara entera hacia él.

Miraba fascinado: el sudor que brillaba en el reflector, el destello del vestido bajo la luz roja, la manera en que Nico movía las caderas como si la gravedad obedeciera su voluntad.

Cuando abrió el abanico con un clack perfecto y lo agitó en el aire, Alex sintió que el golpe de viento lo atravesaba a él directamente, como si fuera una confesión a escondidas frente a cientos de testigos que nunca lo entenderían.

Cuando el número terminó, Nico volvió corriendo al camerino.

Tenía el maquillaje más corrido, el pecho marcado de sudor, la respiración rota en carcajadas.

Apenas cerró la puerta, se desplomó en la silla frente al espejo.

—Dios… —jadeó—. Esa canción me mata. Alex se acercó con una toalla y, sin pensarlo, se la pasó por la frente y el cuello.

Los dedos rozaron la piel ardiente. Nico cerró los ojos, dejándose hacer.

—Si sigues así, me malacostumbro. —Ya estás malacostumbrado —respondió Alex, atreviéndose a sonreír.

El silencio que siguió estaba cargado. Nico abrió los ojos y lo miró fijo.

Con un movimiento rápido lo jaló de la muñeca hasta sentarlo en sus piernas.

Alex cayó torpemente, pero el abrazo que lo recibió no dejó espacio para dudas.

Las manos de Nico se cerraron en su espalda y lo apretaron como si necesitara comprobar que era real.

Los labios se encontraron de nuevo, esta vez sin ensayo: directo, con hambre.

Alex sintió la boca de Nico tomar la suya con una firmeza distinta.

El beso era más profundo, más húmedo, más urgente.

La lengua buscó la suya y el calor le subió a la cabeza.

El espejo frente a ellos devolvía la imagen de dos cuerpos fundiéndose en uno.

—No sabes cuánto pensé en esto —murmuró Nico, apenas separándose para respirar. —Yo tampoco lo sabía hasta ahora —confesó Alex, y volvió a besarlo, como si las palabras se completaran mejor así.

Las manos de Alex bajaron por la espalda, exploraron la curva de la cintura y se detuvieron en la línea de la cadera.

El corsé estaba suelto, medio abierto, dejando escapar el calor del cuerpo.

Alex metió los dedos un poco más, rozando la piel apenas, como si pidiera permiso.

Nico respondió con un gemido ahogado y un jalón hacia más cerca.

El calor del cuarto se volvió insoportable.

El ventilador solo movía aire caliente. Alex sintió que cada capa de tela era un estorbo.

Nico se llevó las manos de Alex al borde de su top, guiándolo.

Alex dudó, pero lo ayudó a aflojarlo. No lo quitó del todo; bastó con que se corriera un poco para que la piel quedara expuesta.

Besó ese espacio nuevo, un beso rápido, reverente, y Nico arqueó la espalda con un suspiro largo.

—Me vas a volver loco —dijo Nico, hundiendo los dedos en su cabello. —Ya estamos —contestó Alex, y los dos rieron contra la piel del otro.

Los besos se multiplicaron: en el cuello, en los hombros, en la mandíbula.

Cada uno era un mapa nuevo, un terreno conquistado.

Alex descubrió que podía leer a Nico con las manos: el temblor, la respiración acelerada, la forma en que se aferraba cuando algo le gustaba.

El camerino se llenó de sonidos distintos a los del bar: respiraciones entrecortadas, roces de tela, el crujido del corsé cediendo más.

Alex lo abrazó fuerte, como si pudiera protegerlo incluso de sí mismo. Nico lo miró con los ojos brillantes, mezcla de maquillaje y emoción pura. —No me sueltes —pidió. —No podría aunque quisiera —dijo Alex, y la frase salió como un juramento.