Bajo el abanico Capítulo 8 – El beso entre bastidores
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Capítulo 8 – El beso entre bastidores

“En la penumbra, el amor encuentra su luz.”

El bar estaba más lleno de lo normal esa noche.

El calor de Monterrey se mezclaba con el humo de los cigarros y el olor dulzón de los tragos baratos.

La pista brillaba con luces rojas y azules, pero el verdadero calor estaba en el camerino: un cuarto pequeño, invadido por pelucas colgadas como trofeos, estantes repletos de maquillaje abierto, telas brillantes que parecían respirar con las paredes.

Alex llegó con el corazón latiéndole en la garganta.

Sentía todavía las miradas de la escuela, las palabras de su padre, la indiferencia de su madre.

Pero aquí, entre ese caos de colores, todo parecía un refugio.

El ruido de los tacones contra el piso, las carcajadas, los gritos de “¡perra, más perra!” eran una música que lo sacaba del silencio de su casa.

Reina Violeta estaba frente al espejo, delineador en mano, repasando los últimos trazos.

El reflejo mostraba a Nico, pero envuelto en luces y lentejuelas.

Alex lo miró un segundo más de lo debido: la curva precisa del delineado, la forma en que sus labios se tensaban mientras estiraba el párpado, la gota de sudor que bajaba lenta por su sien.

Sintió un escalofrío que no venía del ventilador viejo girando en la esquina.

—Llegaste —dijo Nico, sin apartar la vista del espejo. —Sí. No quería faltar. —Bien. Hoy necesito que alguien me recuerde que sigo siendo humano y no pura pintura.

Alex sonrió nervioso. Se sentó en una silla libre, donde un corsé negro estaba tirado como un animal vencido. Tocó el borde, casi con reverencia, y pensó en lo que significaba llevar ese peso sobre el cuerpo.

Las otras drags iban y venían: La Pachuca con su risa explosiva, Lupita armando un tocado de plumas imposibles, una más discutiendo sobre el orden del show.

Todo era ruido y brillo, pero Alex sentía que el aire se concentraba solo en él y en Nico.

A ratos lo empujaban para abrir paso, a ratos lo miraban con complicidad, como si entendieran que ese chico tímido estaba aprendiendo a respirar en un mundo nuevo.

Cuando sonó el aviso de que el show comenzaba, todas salieron en tropel.

Nico quedó rezagado, ajustándose los guantes.

Alex se acercó y, sin pensar, le acomodó una hebra de peluca que se había salido.

Sus dedos rozaron la frente húmeda de Nico.

Fue un contacto mínimo, pero suficiente para que ambos se quedaran en silencio.

—Gracias —susurró Nico. —De nada. —Alex retiró la mano rápido, como si hubiera tocado fuego.

El show arrancó. Desde la puerta entreabierta, Alex miró a Nico transformarse en Reina Violeta: cada paso seguro, cada giro con el abanico, cada gesto afilado.

El público gritaba y aplaudía. Alex, en cambio, lo miraba con un hambre distinta, como si quisiera aprender cada movimiento para guardarlo bajo la piel.

El sudor resbalaba por su cuello; cada nota de la canción parecía hecha a la medida de su cuerpo.

Cuando extendía los brazos, parecía que todo el bar le pertenecía.

Los clientes estaban en trance. Una mesa de amigas gritaba su nombre, un hombre levantaba el celular para grabar, alguien lanzó un billete al escenario.

Alex sintió una punzada de celos absurda: quería que esa mirada fuera solo para él.

El corazón le latía al ritmo de la música, y por un momento, cuando Nico abrió el abanico con un clack perfecto, Alex sintió que también lo abría hacia él, directamente.

Un par de clientes al lado de Alex lo empujaron sin querer mientras aplaudían.

Él ni se quejó; estaba hipnotizado. Pensó en cuántas horas había practicado Nico ese número, en cuántos gestos tenía memorizados, y en cómo aun así todo parecía espontáneo, como si la música naciera de su sangre.

Alex sintió un cosquilleo en las manos, un deseo de tocar, de acercarse, de ser parte de ese fuego.

Cuando terminó el número, Nico entró al camerino jadeando. Se quitó los guantes de golpe y dejó caer el abanico sobre la mesa. El objeto quedó abierto, mostrando su tela violeta como un suspiro agotado. Alex lo recogió con cuidado.

—Estuviste increíble. —Ojalá mi hermano lo creyera. Ojalá mi madre lo viera. —La voz de Nico era un filo quebrado.

Alex lo miró de cerca. Tenía el maquillaje corrido por el sudor, los labios pintados todavía firmes, pero los ojos oscuros, cansados. Una mezcla entre divinidad y vulnerabilidad que lo desarmó.

—Yo lo vi —dijo Alex. Nico lo miró por fin, y en ese cruce hubo más verdad que en cualquier palabra.

El ruido del bar seguía al otro lado, pero en el camerino todo parecía bajar de volumen.

Alex escuchaba su propia respiración, el golpeteo de su corazón, el roce de las telas cuando Nico se movía.

Los espejos devolvían la imagen de los dos, tan cerca, tan distintos, y a la vez tan iguales en la manera en que se escondían detrás de máscaras.

Alex dio un paso hacia él. Sintió el calor del cuerpo de Nico antes de tocarlo.

Se obligó a detenerse, pero la tensión quedó vibrando en el aire.

Nico, con un gesto casi imperceptible, se quitó las pestañas postizas.

Ese acto íntimo, despojado, fue más fuerte que cualquier beso.

Era como verlo desnudo de escenario, mostrándole un rostro que no compartía con nadie más.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Nico, dejando las pestañas sobre la mesa. —Que allá afuera aplauden, pero aquí adentro… aquí adentro a veces me siento invisible.

Alex se atrevió a poner la mano sobre la mesa, a unos centímetros de la suya. No la tocó, pero la cercanía era una promesa. —No eres invisible para mí. —La frase le salió ronca, como si hubiera esperado años para decirla.

Nico tragó saliva. Sus ojos se humedecieron apenas. El ventilador dio otra vuelta y el aire caliente se mezcló con el olor a fijador de cabello. Afuera sonaba una canción de reguetón; adentro, el silencio era un idioma compartido.

Alex no sabía cómo terminar esa frase, cómo cerrar la distancia. Pero tampoco quería que terminara. Quería quedarse atrapado en ese borde donde todo era posible. Nico lo miraba igual, como si también supiera que estaban a un paso de algo que podía cambiarlo todo.

Alex se fijó en detalles que nunca antes había notado: la sombra de barba que empezaba a asomarse bajo el maquillaje, la curva de los labios tensos, la forma en que el sudor delineaba su clavícula.

Cada detalle se volvía un imán. Sentía que su cuerpo entero estaba inclinado hacia él, aunque apenas se hubiera movido un centímetro.

El abanico, abierto sobre la mesa, parecía mirarlos también. Y aunque todavía no se tocaban, el simple hecho de estar así de cerca, con la respiración mezclándose, era ya un beso suspendido en el aire, esperando caer.

El camerino respiraba lento, como si el cuarto supiera que ahí dentro estaba por ocurrir algo que no cabía en el escenario.

Afuera, el bajo de la siguiente canción temblaba a través de la pared; adentro, los segundos entre Alex y Nico se estiraban.

El abanico violeta, abierto sobre la mesa, parecía marcar un compás invisible.

—¿Puedo? —preguntó Alex, sin adornos. —Puedes —dijo Nico, y fue como apagar una alarma que solo ellos oían.

El primer contacto no tuvo prisa. No fue choque; fue aproximación.

Alex rozó con los labios el borde de los de Nico, probando temperatura.

El sabor del labial, mezclado con sudor y fijador, le supo a verdad.

Nico exhaló por la nariz y apoyó la mano en su nuca, guiándolo apenas.

El beso se volvió una línea más firme. El espejo frente a ellos devolvió dos escenas superpuestas: Reina Violeta besando a Alex; Nico besando a Alex.

Alex cerró los ojos un segundo para quedarse con la que ardía en la piel.

—Más —pidió Nico, apenas, y la mano en la cintura fue traducción. Alex obedeció. Partió el beso y volvió, ya con certeza. El labial dejó un rastro en su boca. No le importó. Quiso guardarlo como prueba.

Afuera alguien gritó “¡bravísima!”, como si la ovación les perteneciera.

El ventilador echó aire caliente; el cuarto olía a laca y a piel.

Alex bajó una mano por el costado de Nico y rozó la línea del corsé.

La rigidez de la prenda decía “resistencia”.

—¿Te aprieta? —preguntó. —Siempre —sonrió Nico contra su boca—. Ayúdame.

Alex encontró la traba, dedos torpes al principio, firmes después. La tela cedió. Nico suspiró, aliviado, apoyando la frente en la de Alex. —Gracias —dijo, antes de volver a besarlo. Ahora sabía más a él. Alex lo sintió como agua después de correr.

—¿Estoy bien? —preguntó Alex. —Estás aquí —contestó Nico, y fue la respuesta perfecta.

El espejo los miraba. Alex alcanzó a verse: pelo revuelto, una raya de labial en el labio, ojos abiertos como si descubriera el fuego.

Nico era mezcla: pestañas fuera, delineado todavía feroz, pero la mirada suya.

Ese cruce de personaje y persona lo encendió, como si juntar escenario y vida fuera un conjuro.

El beso pausó para respirar. Alex tomó el abanico, lo abrió frente a ellos. Clack. El aire movido secó la gota de sudor en la sien de Nico. Lo dejó otra vez abierto, a un lado, como faro violeta. —Aprendo rápido —bromeó. —Maestro honorario del viento —replicó Nico.

Se tocaron con menos timidez. Alex pasó la yema por el cuello, bajó al esternón, se detuvo antes de la piel. La tela húmeda era un mapa. Nico pegó su cuerpo al de Alex y soltó un quejido bajo cuando este besó su mandíbula y la comisura.

—Si hago algo que no quieras, me dices —dijo Alex, serio. —Te diría —respondió Nico—. Y yo también te digo.

La puerta se abrió un instante. Asomó Lupita con media peluca en la mano. —¿Han visto mis…? —Los encontró. Sonrió—. Okey, lovers, cierren bien. —Guiñó y se fue riéndose. La puerta cerró. El bar volvió a murmullo. Ambos rieron también, y la risa les devolvió aire.