Capítulo 7 – Luces que no perdonan #4
Un vendedor se acercó con algodones de azúcar.
Nico compró uno y me lo pasó. Caminamos mientras comíamos, pegándonos las manos con azúcar rosa.
Él me contó de sus primeras veces en el escenario, de cómo también fue motivo de burla, de cómo Pachuca le prestó un vestido viejo y lo mandó al escenario diciendo: “Si no sales hoy, mañana no existes”.
Nos reímos imaginando a Pachuca dando órdenes como general en tacones.
Nos quedamos hasta que anocheció. Las luces del parque se encendieron una a una, como si alguien las prendiera solo para nosotros.
El rumor del agua en los canales y el murmullo de la gente se mezclaban con nuestros silencios.
En ese resplandor, el abanico en mi mano dejó de parecer un peso muerto y se volvió, aunque fuera un rato, una lámpara.
De regreso a casa, el ambiente seguía hostil.
Mi papá estaba viendo la tele a volumen alto, fingiendo interés en un noticiero.
Mi mamá planchaba sin mirarme. Mi hermana me sonrió apenas, rápido, como disculpa silenciosa.
Crucé la sala sintiéndome intruso. Subí a mi cuarto y dejé el abanico sobre el escritorio.
No lo vi como prueba de delito. Lo vi como cuerda floja que me mantenía entre dos mundos.
Me acosté sin apagar la lámpara. El abanico abierto me miraba desde el escritorio.
Pensé en todo lo que había pasado en una semana: la caída, el video, las burlas, las peleas en casa, los silencios.
También pensé en los momentos pequeños que me sostenían: la nota de Paola, el niño imitando el clack, la risa de Nico con los dedos manchados de azúcar.
Me di cuenta de que esas chispas pesaban menos que las piedras, pero brillaban más.
Me dormí con la certeza de estar en una frontera: detrás, la voz de mi padre y las burlas; adelante, un escenario incierto. No sabía qué camino tomar, pero sabía que todavía respiraba. Y mientras respirara, el abanico seguiría abierto, aunque fuera solo un poco.
El viernes amaneció sin nubes, como si el cielo no quisiera ofrecernos ni una sombra.
En la cocina, mi mamá dejó café y un plato con pan dulce.
No dijo “buenos días” ni “malos”. Solo dejó el pan, como quien deja un puente.
Mi papá ya se había ido. En la silla de al lado, mi hermana dejó un post-it amarillo: un dibujo de un abanico y la palabra “ánimo” escrita chueca.
Guardé el papelito en la cartera, amuleto barato y poderoso.
En el camión, el chofer tenía cumbia y aire acondicionado a la mitad.
Abrí el chat de Paola: “Si te late, nos sentamos juntos hoy”.
Le puse que sí. En el de Nico, un mensaje sin presión: “Si hoy está pesado, Macroplaza a las 9; si no, descansa. Te acompaño en cualquiera”.
Ese “te acompaño” me sostuvo toda la ruta.
En la prepa, las bromas habían bajado de volumen; quizá la novedad envejecía, quizá Paola se había encargado de que algunos se tragaran la lengua.
Aun así, cada paso sonaba en mi cabeza como un clack fantasma.
Paola me prestó audífonos y una playlist llamada “No me toquen los abanicos”.
La primera canción marcaba un ritmo secreto que me enderezó la espalda.
En español, la maestra pidió escribir una página sobre “lo que la luz muestra y lo que oculta”.
Escribí sobre el reflector del bar, la cocina de mi casa, el rayo verde del Faro, la pantalla del celular que multiplica gritos, la luz de la Macroplaza que hace que el piso sea menos importante que el cielo.
No puse “drag”. No hizo falta. La maestra leyó y dijo solo: “Honesto”.
Esa palabra me alcanzó para respirar un poco más hondo.
A mediodía, Paola y yo bajamos a la cafetería.
Dos chavos pasaron haciendo el sonido con la lengua.
Paola les dijo: —¿Saben por qué su clack suena chafa?
Porque está vacío. Se oye cuando el abanico está lleno de aire.
Aprendan física. Me reí por dentro y ella cambió de tema, hablándome de una instalación en el MARCO como si fuéramos invisibles de los buenos.
A la salida, el sol era cuchillo. No quería volver directo a casa.
Me senté bajo un árbol con la playlist. Pensé en mi cuerpo como escenario y refugio.
Saqué el abanico; no lo abrí. Lo puse sobre las piernas, como animalito dormido.
Ya no era piedra ni cruz, era herramienta que aún me daba miedo usar.
En casa, mi mamá lavaba. Me ofreció sopa. Entre cucharadas, dijo: —Tu tía no va a venir este fin de semana. —Ok. —Le dije que… que estamos bien. Ese “estamos” fue pomada. No curaba, pero aliviaba.
A las ocho y media escribí a Nico: “Voy”. Metí el abanico en la mochila. Mi mamá dijo: “Cuídate”. Obedecí como quien recibe un conjuro.
La Macroplaza estaba llena de viernes: familias con niños malabareando sueño, parejas cruzando la explanada, vendedores con luces que subían y caían.
El rayo del Faro cortaba la noche y la dejaba entera al mismo tiempo.
Nico ya estaba en la banca, con dos botellas de agua y el abanico violeta como bandera.
—¿Cómo te fue, criatura? —Sobreviví. Paola me prestó escudo musical. —Bendita. Hay que ponerle corona. —Le invito un elote.
Nos quedamos viendo la fuente respirar. Nico me contó que Lupita montaba un número norteño y que Pachuca consiguió un vestido de lentejuela morada “que es pecado no usarlo”.
Reí solo de imaginarlo. Luego dijo que Veneno no había vuelto al bar desde el sábado.
Guardé la duda como quien guarda una espina en un sobre.
—¿Traes el abanico? —preguntó. —Sí. —¿Practicamos el clack del nombre? Asentí. Sostuve la madera tibia, el punto violeta como ojo chiquito. Cerré los ojos. Pensé “Alex”. Abrí. Clack. Salió limpio, suficiente. La segunda vez hubo menos miedo. La tercera, calma obstinada. La cuarta, un poco de gusto.
—Escucha —dijo—. La ciudad está ocupada en su ruido. Eso nos conviene. Hazlo para ti. “Alex.” Clack. “Alex.” Clack. El aire enfrente ordenó mis vértebras. Tal vez el mundo no cambió, pero mi postura sí.
—Quiero decirle algo a mi mamá —solté—. No todo, pero algo que no sea silencio. —Dile una cosa cierta que puedas sostener si te preguntan dos veces. —¿Como qué? —“Me hace bien”. O “no estoy solo”. O “no soy un chiste”. —“No soy un chiste”. —Me gustó lo serio que sabía.
Caminamos por el borde de la plaza. Un skater pasó con reguetón; dos niñas vendían burbujas; la ciudad hacía ruido sin pedirnos aplauso ni permiso. Nico me enseñó a girar el abanico para que el clack saliera en diagonal. Un truco pequeño, un escalón.
—Mañana no estoy —dijo—. Voy a ver a mi mamá.
—¿Y eso? —Necesito decirle que sigo. Que me puede querer aunque no entienda todo.
Si me corre otra vez, vengo a dormir a la banca.
—Rió, pero los ojos le brillaron. —No te va a correr.
—Si me corre, me voy al bar. Pachuca siempre tiene un sillón y una sopa instantánea.
—Te acompaño. —No. Esta es conmigo. Si sale bien, te escribo. Si sale mal, también.
Nos sentamos otra vez frente a la fuente. Un niño pidió una foto “con la luz grande” señalando el Faro. El papá buscó el ángulo; la mamá rió con paciencia. Pensé que quizá en otro mundo mi papá estaría aquí, intentando tomarme una foto con un abanico. Cuchillo y caricia.
—Quiero que el abanico deje de ser mi enemigo —dije—.
Quiero abrirlo sin sentir que le debo una explicación al mundo.
—Dale usos nuevos —propuso—. No solo show: abanico para estudiar, para caminar, para esperar el camión.
Un gesto deja de ser escándalo cuando lo normalizas.
—Me van a gritar algo. —Y tú les vas a devolver aire. No argumentos. Aire.
Me puse de pie, di dos pasos, y sin poses de escenario, abrí una vez. Clack. Nadie aplaudió, nadie chifló. Pasó desapercibido como masticar chicle. Gané una pelea secreta.
A las diez y media, la plaza empezó a dormirse.
Me despedí de Nico con un abrazo de espalda y todo.
Caminé hacia la parada. Guardé el abanico en la mochila, no para esconderlo, sino para tener las manos libres.
En el camión, una señora me sonrió sin motivo.
Le regresé la sonrisa como quien acepta una bendición anónima.
En casa, mi papá no estaba. Mi mamá veía un programa de concursos.
Cuando abrí la puerta, bajó el volumen. —¿Cenaste?
—No. —Hay frijoles y queso. —Gracias. Calentó tortillas y sirvió en platos que usamos cuando hay visitas.
Fue raro y bonito. Pensé que quizá esos platos eran su manera de decir “hoy te miro”.
Comimos casi en silencio. Al final, dijo: —No entiendo todo.
Pero te quiero. Me quedé quieto, sin saber qué hacer con un regalo frágil.
Respondí: —No estoy solo. No explicó nada, pero lo dijo todo. Ella asintió, con los ojos brillantes.
Subí a mi cuarto con el estómago y el corazón llenos.
Abrí la ventana. El aire nocturno traía ese olor a asfalto tibio y flor perdida que tiene Monterrey después de un día que quema.
Pegué el post-it de mi hermana en el espejo, junto a la varilla con el punto violeta.
Saqué el abanico. Lo abrí. Clack. Lo dejé abierto, apoyado contra los libros, como un sol privado.
Escribí en el cuaderno:
“Luces que no perdonan: pensé que eran las de la gente. Hoy entendí que son las que no me dejan mentirme. Si abro y no hay aire, no es culpa del abanico: es que no estoy respirando. Si abro y duele, es porque algo en mí quiere salir. Si abro y me miran, o no me miran, de cualquier forma sigo aquí.
Mañana no sé si bailo; hoy caminé. Mañana no sé si me aplauden; hoy me escuché. Y aunque todavía duela, aunque el peso regrese, tengo un sonido guardado que me sirve de llave: clack.”
Apagué la luz. Me quedé con la ventana abierta y el abanico echando sombra nueva en la pared.
El calor de la ciudad entraba sin pedir permiso, pero ya no me ahogaba.
Cerré los ojos y, antes de dormirme, me repetí un mantra bajito: “No soy un chiste”.
Por primera vez en toda la semana, esa frase me creyó.