Capítulo 7 – Luces que no perdonan #3
—¿Y la de hoy? —La de hoy es la risa que no te necesita para existir. —Señaló una pareja riendo—. La ciudad trae su comedia. No siempre eres el tema. Descansar también es quitarte del centro del mundo.
El Faro lanzó un destello. Compramos un elote para los dos.
El chile en polvo me ardió la lengua y me recordó que el cuerpo también habla.
—¿Qué tal si nunca me aceptan en mi casa?
—pregunté. —Entonces hacemos base en otra —respondió—.
Con Lupita, con Pachuca, conmigo, con Paola si quiere.
Las casas se construyen con gente que te deja respirar. Los techos vienen después.
—Mi papá quiere mis contraseñas. —Dile que tu contraseña es “respirar”. —Me guiñó. Reí, por fin, con sonido. Sentí que la risa me devolvía una orilla.
Caminamos hasta la fuente. El agua bailaba como si supiera coreografía.
Nico marcó cuatro tiempos con los dedos.
—Imagina: entrada por Morelos, walk a ritmo de semáforo, apertura al pecho frente a MARCO, pausa de mirada para el pájaro gigante, y cierre aquí, con el Faro como spot.
—La policía nos va a sacar. —Entonces show miniatura: dos pasos y un clack en la banca. Nadie multa por respirar bonito.
Nos quedamos viendo cómo la plaza apagaba focos de a poco.
La invisibilidad fue alivio: no éramos tema; éramos dos puntos en un mapa grande.
—Me quiero ir del video —dije—. Borrar mi nombre del algoritmo.
—El algoritmo no conoce tu nombre completo.
Tú sí. —Nico me miró—. Escríbelo en el escenario cuando estés listo.
Mientras, practica aquí: di tu nombre en silencio y ábrelo.
Obedecí. Pensé: “Alex”. Abanico arriba. Clack.
El aire me tocó la frente como bendición sin iglesia.
—Otra —pidió. “Alex.” Clack. —Otra. “Alex.” Clack.
El peso cambió, como si cada apertura sacara una piedra de la mochila. No era magia. Era física emocional.
—La ciudad no perdona luces, pero tampoco las apaga —dijo Nico—. Si te alumbran de frente, te aplastan; si te alumbran de lado, te dibujan. Busca tu ángulo. —¿Y si no lo encuentro? —Te lo prestamos —sonrió—. Hasta que hagas el tuyo.
Una patrulla pasó despacio. El policía bostezó. Nadie nos dijo nada. Nos dio risa la normalidad: dos chavitos con abanicos practicando a medianoche, y el mundo siguiendo como si nada. A veces la revolución es no ser noticia.
Al despedirnos, Nico me abrazó con fuerza. El peso del abanico se redujo a eso: madera pintada, pañoleta roja, un sonido decidible. —Mañana te escribo —dijo—. Fundidora para caminata. —Ok. —Y si en casa está áspero, ven a la banca. No hay timbre.
Caminé de regreso con el abanico en la mano, no escondido.
Tomé el camión cerca de la Catedral; el chofer tenía banda a todo volumen.
Dos señores discutían de futbol. Nadie me miró raro.
En la ventana, el rayo del Faro se deshacía contra el cielo como línea que no se deja atrapar.
Me bajé en la esquina de mi colonia. El calor seguía como aliento de perro, pero el aire se sentía menos pesado.
En la puerta de mi casa, dudé. Metí el abanico a la mochila para que no se atascara en la reja.
La sala estaba medio oscura. Mi mamá dormía en el sillón con la tele prendida; mi papá roncaba en su cuarto.
Subí despacio. En mi cuarto, encendí apenas la lámpara.
Saqué el abanico y lo dejé sobre el escritorio, abierto a la mitad.
Ya no parecía cruz ni prueba. Era objeto de trabajo. Herramienta.
Abrí la ventana. El ruido de motores entró como mar urbano. Practiqué un último clack, suave, para mí. No fue sentencia. Fue respiro. Fue promesa. Y por primera vez desde que el video me atravesó la vida, tuve la certeza chica, tozuda, de que el peso no me iba a enterrar: lo iba a entrenar.
El jueves amaneció con un aire extraño, como si toda la casa hubiera decidido hablar en susurros.
El desayuno estaba servido, pero nadie ocupaba la mesa al mismo tiempo.
Mi papá salió temprano sin avisar, mi mamá se quedó en la cocina barriendo migas inexistentes y mi hermana apenas me miró antes de salir rumbo a la escuela.
La casa parecía una estación de tren donde cada quien tomaba un vagón distinto.
Encendí el celular y me encontré con más mensajes.
Algunos burlones, otros disfrazados de consejo: “mejor dedícate a otra cosa”, “eso no es para ti”.
Entre ellos, uno de Paola: “No les des tu energía. Si quieres, te presto mis audífonos en clase”.
Sonreí débilmente. Era la única que no me veía como broma.
En la escuela, las cosas no mejoraron. Un grupo de chavos me detuvo en el pasillo. —A ver, hazlo —dijo uno, extendiendo la mano como si esperara un show gratis. —¿Qué? —Lo del abanico. —Se rio con complicidad hacia los demás. —No traigo nada. —Entonces eres pura fama. —Se fueron riendo.
Cada paso en el pasillo sonaba como eco de ese clack inventado.
No era un sonido real, pero lo escuchaba en mi cabeza.
Llegué a clase de español con la espalda rígida.
La maestra intentó hacer una dinámica de lectura en voz alta, pero mi mente estaba en otro lugar.
Cuando me tocó leer, las palabras se amontonaron en mi boca.
Sentí que hasta los verbos se reían de mí.
Más tarde, en Educación Física, el profesor me pidió que corriera aunque mi rodilla todavía estaba sensible. Lo hice, sintiendo las miradas detrás. Uno de los chavos gritó: —¡No te vayas a caer! Las carcajadas siguieron. Otro añadió: —¡Saca el abanico, te va a dar aire!
Las risas eran como piedras cayendo una tras otra. El sudor me escurría, no sabía si era por el calor o por la vergüenza. Terminé la vuelta con el pecho ardiendo. El profe me dio una palmada en la espalda, sin entender nada. Yo asentí, con la garganta cerrada.
Al salir de la escuela caminé solo. El sol caía a plomo y el pavimento parecía reflejar cada insulto.
Miraba mis tenis gastados y pensaba que cada paso me alejaba y me acercaba al mismo tiempo: lejos de sus burlas, cerca de la soledad.
El trayecto hasta la casa se sintió eterno.
Pasé por la tienda de la esquina, donde el radio sonaba con reguetón.
El señor del mostrador me saludó normal, como cualquier cliente.
Ese gesto simple me alivió más que cualquier discurso.
Compré una botella de agua y seguí caminando.
Por la tarde, me refugié en la azotea. Abrí el abanico.
El clack sonó fuerte, pero en vez de darme aire me devolvió la risa del público, la palabra de mi padre, la mirada de mi tía.
Cerré los ojos. Respiré. Pensé en guardarlo de una vez por todas.
En meterlo en una caja y olvidarlo como se olvida un juguete roto.
Pero no pude. La mano me temblaba y, a pesar del dolor, no lo solté.
Nico me escribió: “Ven al parque. Necesito contarte algo”.
Dudé. No quería mostrarme tan frágil. Pero terminé caminando hasta Fundidora.
El trayecto fue como una confesión muda: el calor de la ciudad me acompañaba, los autos pitaban, el olor a tacos de trompo se mezclaba con el del humo de los camiones.
Cada paso era un intento de no pensar en lo que me esperaba en casa.
Ahí estaba él, sentado en el pasto con una botella de agua. Me saludó con la sonrisa cansada de quien también trae sus propias batallas.
—¿Cómo sigues? —preguntó. —Como abanico roto. —Intenté sonar gracioso, pero salió amargo. —Los abanicos se arreglan. O se usan así, chuecos. Igual sirven. —Me extendió la botella.
Nos quedamos mirando a la gente pasar: familias en bicicleta, niños con helados derritiéndose, parejas tomándose fotos con el humo de las chimeneas antiguas de fondo. Yo veía todo como desde una pecera. Todos parecían tener un guion menos yo.
—Hoy pensé en dejarlo —confesé. —¿El drag?
—preguntó sin sorpresa. —Sí. Guardar el abanico y ya.
Ser normal. —¿Normal para quién? ¿Para ellos?
—Señaló al horizonte, como si ahí estuvieran mis padres, mis compañeros, el internet entero.
—Para todos. —Pues te tengo una noticia: nunca vas a ser normal para todos.
Ni yo, ni Lupita, ni Pachuca, ni nadie que se atreva a abrir un abanico en Monterrey.
Y está bien. Porque ser normal aquí es morirse despacio.
Me quedé callado. Sus palabras eran cuchillos que también curaban. —No sé si tengo fuerza para aguantar. —Me salió en susurro. —Entonces agárrate de la nuestra. —Me puso la mano en el hombro—. El drag no es individual. Es colectivo. Cuando tú caes, caemos todos. Cuando tú te levantas, también.
Respiré hondo. Abrí el abanico con lentitud.
Clack. El sonido atrajo la mirada de unos niños que pasaban.
Uno imitó el gesto con las manos, sin burla, solo curiosidad.
Corrí el abanico en el aire como si dibujara un círculo de protección.
Los niños aplaudieron y siguieron corriendo.
Me quedé mirando el aire que había cortado. No parecía tan pesado.
—¿Qué ibas a contarme? —pregunté, buscando cambiar el tema.
—Que también me duele —dijo. —Ayer mi hermano me mandó un mensaje.
“Deja esas cosas. Da vergüenza”. Así, directo.
Y lo peor es que me importó. Quise contestarle, pero no pude.
Solo lloré. —Se rio con tristeza—. Mira qué chingón, la reina llorando por WhatsApp.
Me conmovió. Nico siempre parecía fuerte, pero también tenía grietas. Eso me hizo sentir menos solo. —¿Y qué vas a hacer? —pregunté. —Seguir. —Dijo, simple—. Porque si paro, le doy la razón. Y prefiero cansarme que darle la razón.