Bajo el abanico Capítulo 7 – Luces que no perdonan #2
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Capítulo 7 – Luces que no perdonan #2

Al llegar a casa, la sala olía a café de olla y a problema. Mi tía, la que comparte todo en Facebook, estaba sentada en el sillón con la postura de quien toma declaraciones. Tenía mi video abierto en el teléfono, en pausa justo en mi caída.

—Alejandro —empezó—, tu mamá me contó. Mira, yo te quiero mucho, mijo, pero esto… —hizo un gesto con la boca—. La gente es mala. Te van a señalar, te van a faltar al respeto. Y tus papás… —miró a mi madre—. Ellos sufren.

—Yo también —alcancé a decir.

—No así —respondió ella—. Lo tuyo te lo buscas.

Mi mamá bajó la mirada. El silencio también es frase.

—Solo te pedimos que pienses —añadió mi tía—. Que no te expongas. Que dejes esas cosas. Te puedes divertir sin necesidad de… —buscó una palabra y no la encontró— de eso.

Me fui a mi cuarto. Abrí el clóset y saqué el abanico.

Lo sostuve como si pesara el doble. En la varilla con el punto violeta estaba la marca de mi mano.

Lo abrí. Clack. El sonido llenó el cuarto como si hubiera encendido el ventilador.

Lo cerré. Me quedé con él en la mano, sin saber dónde ponerlo: sobre la cama parecía un exceso; bajo la almohada, un secreto; en el escritorio, un desafío.

Sonó el timbre. Era mi papá. Se escucharon voces fuertes en la sala: mi tía contándole “calmada” lo que ya sabía, mi mamá intentando explicar que estaba preocupada, mi papá diciendo algo de “vergüenza pública”. Me pegué a la puerta, como si pudiera oír mejor lo que no quería escuchar.

El celular vibró. Nico: “¿Fundidora hoy? Caminata light. Sin hablar, si quieres”. Contesté: “No puedo”. Escribí: “creo que voy a parar un tiempo”. Borré. Escribí: “mejor ya no”. Borré. Al final, mandé: “Luego te digo”. La frase más cobarde del idioma.

A las siete, mi papá tocó mi puerta sin esperar respuesta. Entró con la seriedad de un director.

—Mañana hablo con el coordinador —anunció—. Quiero saber con quién te estás juntando. Y quiero tus contraseñas. No quiero verte en ese lugar otra vez.

—No puedes— dije, y me sorprendió mi voz—. No puedes controlarlo todo.

—Soy tu padre. Mientras vivas aquí, obedeces.

—¿Y si me voy?

La pregunta quedó flotando. Mi papá me miró con algo que parecía miedo. Fue mínimo, un temblor en el párpado. Luego volvió la dureza.

—No digas tonterías. Aquí nadie te corre. Lo que te pido es por tu bien.

Se fue. Cerró la puerta. La casa entera respiró como si acabaran de apagar un incendio con gasolina.

Me quedé solo con el abanico en la mano.

Pensé en mandarle un mensaje a Pachuca: “Gracias por todo, pero no vuelvo”.

Escribí “Pachu…” y el teclado completó “Pachuca dorada”.

Reí por no llorar. Borré. Pensé en Veneno, en su trato de tregua.

En Lupita, en su duct tape para el tobillo.

En Paola ofreciendo sostener el celular. En mi tía, sentada como tribunal.

Me acosté en el piso. La loseta estaba caliente.

Puse el abanico sobre el pecho. Respiré con él, como si fuera un fuelle.

¿Y si de verdad lo dejaba? ¿Si guardaba la pañoleta roja en una caja y aprendía a no extrañar el clack?

Tal vez el ruido se iría de mi cabeza. Tal vez la casa volvería a oler a café sin problema.

Tal vez podría ser el Alejandro sin apellido de escándalo.

O tal vez me quedaría sin aire.

Me levanté cuando el cielo ya estaba del color de un durazno viejo. Bajé a la cocina. Mi mamá lavaba platos como quien lava culpa. La ayudé en silencio. El agua tibia nos unió mejor que un abrazo. Al final, se secó las manos y me miró a los ojos por primera vez en el día.

—No sé qué pensar —dijo, honesta—. Me da miedo por ti. Por lo que la gente hace. Por tu papá.

—A mí también me da miedo —respondí—. Pero cuando estoy allá… cuando estoy con ellos… no me da.

—Yo no sé de eso —admitió—. No entiendo. Solo sé que eres mi hijo. Y no quiero que te lastimen.

—No me quites el aire, mamá.

Ella asintió.

—No voy a tirarte nada. Solo… —respiró—. Dame tiempo.

“Tiempo” sonó a tregua. Me guardé esa palabra en el bolsillo.

Subí con un vaso de agua. En mi cuarto, abrí la ventana. La noche de Monterrey hacía su ruido de motores. Saqué el cuaderno. Escribí: “Si dejo el abanico por miedo, el miedo se queda. Si lo dejo por decisión, tal vez lo vuelva a abrir por gusto. Entre miedo y gusto, elegir el gusto”.

El celular vibró otra vez. Nico: “Estoy en la Macroplaza. Las luces están prendidas. Si quieres venir, te espero en la banca de siempre. Si no, nos vemos mañana.”

Miré el mensaje como faro. Miré la puerta de mi cuarto, escuché el zumbido del ventilador, el eco apagado de “payaso” que ya no ardía tanto. No respondí. Apagué la pantalla. Puse el abanico bajo la almohada, no como escondite, sino como promesa pospuesta.

Apagué la luz. En la oscuridad, la varilla con el punto violeta pareció saber mi secreto. Cerré los ojos y, justo antes de dormir, me escuché pensar, con una certeza mínima: todavía no renuncio. Mañana respiro. Después vemos.

El miércoles amaneció con el cielo turbio y un calor pegajoso que hacía sudar incluso a los ventiladores.

En la escuela, las miradas eran cuchillos envueltos en papel.

Nadie decía mi nombre en voz alta, pero lo murmuraban en los pasillos: “el del video”, “el del abanico”.

Sentía que la palabra clack se había vuelto un apodo que me seguía como sombra.

En matemáticas, un grupo de chavos en la fila de atrás soltó un golpe seco con la regla contra la mesa.

El ruido imitaba el abanico. Las risitas se metieron entre los pupitres como zancudos.

El maestro, concentrado en una ecuación, no entendió y siguió escribiendo. Yo apreté el lápiz hasta casi romperlo.

En historia, Paola deslizó una nota hasta mi cuaderno: “Si quieres, te acompaño a Biblioteca”.

Asentí sin verla. Al sonar el timbre, salimos juntos.

Dos de tercero pasaron a nuestro lado y, como quien tose, hicieron clack con la lengua.

No los miré. Paola sí. —Se les va a secar la boca —dijo, sin detenerse.

En la Biblioteca, el aire acondicionado enfriaba los hombros.

Me refugié entre estantes. Saqué un libro: “Luz y cuerpo”.

Leí al azar: “La luz lateral revela texturas que el ojo cansado no ve”.

Pensé en el reflector del bar y en el comedor de mi casa; todo me estaba alumbrando de frente. ¿Y si cambiaba de ángulo?

—¿Quieres hablar? —preguntó Paola, bajito. —No sé por dónde. —Entonces no hables. Yo me siento aquí y leo. Si necesitas agua, te traigo. —Sonrió con los ojos.

En el receso, me metí al baño a esconderme.

Cerré el cubículo y apoyé la frente en la puerta.

Abrí la mochila. El abanico seguía ahí. Lo saqué y lo abrí despacio.

Clack. El sonido rebotó en los azulejos.

Me estremecí: ya no sonaba a aire, sonaba a sentencia.

Lo cerré. Guardarlo fue como enterrar un secreto.

De regreso al salón, la prefecta me detuvo. —¿Todo bien, Alejandro? —Sí. —Si necesitas hablar con orientación, la maestra Rivera está libre a la una. —Me dio una tarjetita. La guardé.

La tarde cayó como plomo. En casa, mi papá no me dirigió la palabra.

Mi mamá cocinaba con movimientos mecánicos.

Yo me refugié en mi cuarto y cerré. Saqué el abanico otra vez.

Lo sostuve como quien carga una cruz. Cada varilla parecía pesar toneladas.

Me tumbé con él en el pecho. Antes me daba aire; ahora me quitaba.

El celular vibró. Era Nico: “Ven. Macroplaza. Nueve pm. No acepto un no”. Dudé. Afuera, la ciudad seguía caliente. Adentro, la casa era un horno con silencio. Me puse sudadera, guardé el abanico y salí sin avisar. Caminé rápido, como ladrón de mi propia vida.

La Macroplaza de noche tenía otro aire. Las fuentes iluminadas con luces verdes y azules parecían escaparates de agua; el Faro del Comercio cortaba el cielo con su rayo como si marcara un inicio.

Quedaban parejas, skaters, vendedores de elotes y raspados.

El Palacio de Gobierno brillaba como escenario en pausa.

El viento traía olor a maíz tostado y a jabón de burbujas.

Nico me esperaba en la banca de siempre, abanico violeta en mano, jeans y camiseta negra.

—Llegaste. —Lo dijo como si fuera un triunfo. —No podía quedarme en casa. —Bien. Las luces hoy están del lado correcto.

Un viento ligero nos rozó. Nico abrió su abanico. Clack. El sonido se mezcló con la música lejana de un acordeón y con el golpeteo de las patinetas. Por primera vez en días, no me hirió.

—¿Sabes por qué me gusta venir aquí? —preguntó. —Porque hay luces bonitas. —No solo por eso. —Señaló el suelo—. Aquí todos miran hacia arriba. Nadie mira el piso. Las luces les roban la vista. Eso nos da chance de existir. Si nadie mira el piso, tú decides cómo pisarlo.

Nos quedamos callados. El Cerro de la Silla, oscuro al fondo, parecía vigilar sin juzgar. Yo jugueteaba con mi abanico cerrado. Nico lo notó. —Ábrelo —dijo. —Pesa. —Más pesado va a ser si nunca lo usas.

Lo abrí con torpeza. Clack. El eco rebotó contra el Palacio y volvió hacia mí, pero distinto: menos juicio, más espacio.

Nico aplaudió despacio, sin ruido. —No eres un payaso —dijo, firme—.

Eres alguien que decidió abrir aire. Aunque no lo entiendan.

Aunque no lo acepten. Aquí, bajo estas luces, no hay jueces. Solo nosotros.

—En la escuela hacen el sonido para burlarse —solté—.

En el chat pusieron stickers. En casa nadie dice mi nombre.

Me siento etiqueta. —A mí me etiquetaron con una palabra que no escogí.

—Se recargó en el respaldo—. Mi prima me “sacó” en Navidad con una broma.

Mi mamá lloró frente al nacimiento. Yo me fui a la azotea con un abanico de plástico de la piñata.

Lo abrí y lo cerré hasta que se rompió. —Sonrió—.

Aprendí que hay dos risas: la que te borra y la que te deja más nítido.

A la primera le doy la espalda. A la segunda, la invito al show.