Capítulo 9 – Orgullo en tacones
“El verdadero escenario es la calle.”
El sol de Monterrey no pide permiso. A las nueve ya cae como reflectores, y el Cerro de la Silla parece acercarse a mirar.
Alex despertó con el zumbido del ventilador y la certeza nerviosa de anoche: el abanico dormía en la mochila, a un lado de la cama, como un animal que hubiera que despertar con cuidado.
En la cocina, café de olla y pan dulce “de visita” sin visita.
Su papá, con los lentes torcidos, veía titulares en el celular; su mamá, entre ollas.
Alex se miró en el espejo del pasillo: camiseta blanca, pantalón negro, tenis limpios, banderita en el bolsillo.
—¿Vas a salir? —preguntó su papá. —A la Alameda.
A la marcha. Hubo un silencio pequeño, menos pesado que otros.
—Llévate gorra —dijo su mamá—. Y agua. Hace mucho calor.
No hubo discursos. Una instrucción práctica que sonó a “te veo”.
Alex guardó la botella junto al abanico. Hoy lo abriría en la calle.
Nico llegó en bici, playera morada con lentejuelas discretas, gafas redondas. Sonrisa nerviosa. —¿Listo para el sol y las tías preguntonas? —Lista la sombra portátil. —Alex dio un golpecito a la mochila.
Tomaron el metro en Cuauhtémoc. El vagón iba lleno de color: glitter, uñas pintadas, parejas de la mano, familias con niños y banderitas minúsculas. Una drag de pestañas imposibles les guiñó. El vagón aplaudió por una foto improvisada. El pecho de Alex se abrió como puerta en hora pico.
Al salir a la Alameda, la luz fue una ola caliente.
Banderas inmensas, carteles chorreando marcador, batucada probando compás, megáfonos afinando consignas.
Paola llegó con dos chonguitos, camiseta de “La física también es queer” y un botón con un rayo verde.
—¡Gloriosas! —repartió abrazos—. ¿Trajeron abanico?
—Hoy se gradúa de talismán a estandarte —dijo Alex.
Paola les puso glitter como quien bendice.
La Pachuca apareció en sombrero rosa y vestido plateado, tenis blancos. —Niñas, hoy se marcha con todo y sin disculpas —anunció—. Alex, Nico: si alguien falta al respeto, yo les doy clase de geografía con el abanico: “usted de aquí se me va a su casa”. Risas. El humor bajó la temperatura.
Alex sacó el abanico. Lo sostuvo cerrado.
Sentía el peso de abrirlo ahí, con el sol mirando.
Nico rozó su mano. —Cuando quieras. Alex lo abrió.
Clack. Sonó a declaración. Una niña aplaudió sin entender más que el gesto.
Alex agitó y el aire caliente se volvió respirable.
—Te desamarraste algo —dijo Paola. —Me desamarré —admitió, riendo.
La marcha comenzó a moverse. Batucada, pop, gritos desde balcones, una señora repartiendo botellas de agua como bendiciones. Alex y Nico caminaron juntos; a ratos se tomaban de la mano, a ratos el abanico era puente.
Por Morelos, un señor acomodaba sillas. Se quedó mirando. Alex sintió el pinchazo viejo del juicio. Levantó el abanico y lo agitó con calma. El señor asintió leve. Bastó. —Respira —susurró Nico. —Respiro. —Bajar los hombros también era político.
En Zaragoza, consignas al megáfono: “¡Aquí estamos y no nos vamos!” Un chavo trans chocó los cinco con Alex. Paola repartía stickers con ecuaciones arcoíris. La Pachuca daba clase de attitude a unas señoras de sombrero: “así, tía, con cadera”. Risas.
Pausa bajo un árbol. Agua, bloqueador, el gesto doméstico de sostenerse. —¿Cómo vas? —preguntó Nico. —Vivo y visible. ¿Tú? —Con miedo y orgullo en la misma bolsa. —Miró el Faro aún apagado—. Me gusta pensar que esa luz también marcha, nomás que a su hora.
Se corrió la voz: habría escenario en la Explanada de los Héroes. El camino siguió entre el olor a tortillas de harina y el claxon de camiones que saludaban. Una patrulla avanzó despacio; el oficial alzó dos dedos. Nadie lo esperaba; por eso pesó más.
Vibró el celular. Era su hermana: “Te vi en una historia. Te ves chido. No te quemes. 💚” —Me están viendo —dijo Alex—. Y no me escondo. —Que vean —apretó Nico su mano—. Que aprendan.
Frente al escenario, coros improvisados, folletos de salud, sueros rehidratantes. Paola empujó a Alex con el codo. —Sube y di algo. —¿Estás loca? —Sí, pero con método. Diles una frase. Háblale a tu yo de hace un año. Nico ofreció su mano sin palabras. —Si no quieres, no. Si quieres, aquí estoy.
Alex pensó en el chico que veía drags a escondidas, en el primer clack, en “cena” de su papá y la gorra de su mamá. En la niña que aplaudió, en el señor que asintió a medias. —Voy a decir algo.
Subió por un costado. El micrófono hacía cosquillas.
La explanada era un mar de color. Nico se quedó a un paso, sombra segura.
—Hola —dijo, y el eco le devolvió su voz más grande—.
Soy Alex. Hoy abro esto —levantó el abanico cerrado— en la calle por primera vez.
Abrió. Clack. Aplausos cerca. Otros voltearon.
—A veces me dio miedo. Hoy también. Pero prefiero tener miedo aquí que quedarme callado allá.
Si alguien escucha y tiene miedo, no están solos. Aquí hay sombra y viento.
No era discurso, pero cayó donde debía. Paola gritó “¡Bravo!”, La Pachuca “¡que viva!” y un confeti biodegradable se elevó como mariposas.
Alex sonrió; el pulso se le ordenó. Devolvió el micrófono.
Nico lo abrazó rápido, sin espectáculo. —Orgullo en tacones, orgullo en tenis —le susurró—. Orgullo en abanico.
Siguieron hasta la Macroplaza. Voluntarios ofrecían hielo, firmas para peticiones, talleres de voguing.
Feria, protesta y fiesta: música-consigna y consigna-canción.
—Esto es familia —dijo Paola, con voz quebrada—.
Nos armamos con tape y glitter, pero nos armamos.
—Familia elegida —remató La Pachuca—. Y el que rechace, se educa; y el que no, se abaniquea pedagógicamente.
Risas. El humor abrió hueco a la emoción.
Alex vio, a lo lejos, a Veneno con otras reinas. Se miraron un segundo. Acuerdo silencioso: hoy no shade. El escenario era más grande que cualquier pleito.
El cuerpo se acostumbró al sol como a un ritmo nuevo.
Alex encontró su paso. Cada tanto, el clack marcaba compás y el aire les hacía sitio.
Pensó que el orgullo no era un rugido eterno, sino suma de cosas pequeñas: una madre que recuerda la gorra, un padre que no cancela la conversación, una amiga que pone glitter, una reina que cuida la espalda, una pareja que toma la mano en público.
Una ciudad que, con sus contradicciones, te deja caminar.
Frente al Faro, Alex cerró el abanico y lo apoyó en el pecho. Sintió el latido bajo la tela. Nico sonrió, esa sonrisa de camerino trasladada a la plaza. —¿Orgullo? —preguntó. —Orgullo. —Alex abrió el abanico por última vez en la jornada. Clack. Sello.
El sol bajó un poco; las sombras se alargaron.
La marcha seguiría con discursos, música, baile.
Alex guardó el abanico en la mochila, no para esconderlo, sino como quien guarda un instrumento entre canciones.
Miró a Nico, a Paola, a La Pachuca, a la multitud.
Por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se sintió prestado.
Aún faltaban cosas por aprender y otras por enfrentar, pero hoy entendió —sin decirlo en voz alta— que el verdadero escenario sí estaba en la calle. Y que, al menos hoy, no le temblaba subirse.
El sol caía a plomo sobre la avenida Juárez y el asfalto parecía derretirse bajo los tenis.
La marcha avanzaba con pasos mitad cansancio y mitad euforia.
Alex sentía la camiseta pegada a la espalda, pero el abanico en su mano hacía que el calor fuera menos enemigo.
Cada clack era un pequeño trueno que lo empujaba a seguir.
Nico caminaba a su lado, riendo con un grupo de drags que improvisaban coreografías.
La Pachuca, en modo maestra de ceremonias, marcaba: “¡a la izquierda, tres, cuatro!”, y todas giraban con las banderas como faldas.
La gente aplaudía y algunos se unían al baile.
Alex no sabía los pasos; agitaba el abanico siguiendo el compás, y la multitud respondía con un grito, como si ese gesto bastara para coreografiar el día.
El aire se llenaba de cantos: “¡Orgullo, orgullo!” mezclado con pop de bocinas portátiles.
Un carrito de raspados vendía vasos con hielo y jarabe rojo.
Alex compró uno y lo compartió con Nico.
El frío les pintó las lenguas. —Esto sí es resistencia —dijo Nico—.
Color carmesí. —Rojo revolución —añadió Alex, chocando vasos de plástico.
En la banqueta, un grupo con pancartas religiosas los miró severo.
“La familia se respeta”, decía un letrero.
Alex sintió un nudo. Los cánticos se cruzaron; el corazón le latió fuerte.
Miró a Nico. —No los mires de frente —susurró—.
Mira aquí. Alex agitó el abanico y decidió respirar.
La Pachuca se plantó enfrente, dio tres pasos de pasarela y gritó: “¡Más familia que nosotras, imposible, mana!”.
El coro de la marcha rugió y el muro de glitter y canto los tapó. El abanico era un escudo verdadero.
Siguieron. Una señora en silla de ruedas agitó una banderita. Alex la saludó con el abanico; ella levantó el puño. Había resistencias más viejas, cuerpos con años de lucha. No estaban solos: se sumaban.
El cansancio llegó en oleadas. Los pies ardían, la boca estaba seca, pero algo lo mantenía erguido: música, colores, Nico.
A ratos se rozaban los dedos; a ratos Nico lo tomaba de la mano, y el corazón se aceleraba de vergüenza y alegría.
Era la primera vez que caminaban así en la calle, sin esconderse detrás de luces de bar.
La batucada se detuvo. El murmullo de la ciudad ocupó el hueco. Alex abrió el abanico. Clack. “¡Que baile!”, gritaron. Nico arqueó la ceja. —¿Te avientas?