Capítulo 5 – La confesión en el camerino #4
El show esa noche fue intenso. Yo ayudé tras bambalinas, pasando abanicos y ajustando vestidos.
Veneno salió con un número que arrancó aplausos, pero al volver al camerino me lanzó un comentario afilado: —No te acostumbres al aplauso prestado.
Algún día vas a tener que sostenerlo tú solo.
Me dolió, pero Nico me tocó el hombro al pasar y me susurró: —No escuches. El ruido ajeno no es abanico.
Después del show, mientras las demás se desmaquillaban entre chistes, Nico y yo nos quedamos en un rincón.
Él comenzó a hablar de su papá, de cómo había dejado de mirarlo desde que descubrió sus presentaciones.
Su voz temblaba, pero no se quebraba. Yo lo escuchaba, sosteniendo su abanico como si así pudiera cargarle un poco del peso.
—¿Sabes qué me da miedo? —dijo en voz baja—. Que un día deje de poder abrirlo. Que me gane el cansancio. —No va a pasar —respondí, más seguro de lo que me sentía—. Si te pesa, yo te ayudo a abrirlo.
Nos quedamos mirándonos un instante. En el espejo, vi reflejada no solo la pintura corrida, sino algo más: una alianza silenciosa. No necesitábamos grandes palabras, solo ese gesto compartido.
Cuando salimos del bar, la noche de Monterrey estaba húmeda, cargada de calor.
Caminamos juntos hasta la parada. Las calles estaban casi vacías, con el eco lejano de un reguetón que venía de un coche estacionado.
El aire olía a fritanga y gasolina. Nico caminaba con las manos en los bolsillos, yo con el abanico en la mochila, pero ambos íbamos sincronizados.
—¿Sabes? —dijo de repente—. Hay noches en que pienso que este bar es lo único que me sostiene.
Afuera soy un error, aquí soy una reina.
—Para mí eres las dos cosas —le dije—. Afuera y adentro.
Y no eres error. Nico me miró con una mezcla de sorpresa y gratitud.
No dijo nada, pero su silencio fue respuesta.
Antes de despedirnos, él abrió su abanico y lo cerró con un golpe suave. Clack. Yo hice lo mismo con el mío. Los dos sonidos se mezclaron en la calle vacía como una promesa. Un pacto invisible bajo el calor de la ciudad.
Esa noche, al volver a casa, mi papá ya dormía en el sillón. Mi mamá me dejó un plato tapado en la mesa. Subí a mi cuarto, abrí el abanico y escribí en el cuaderno: “Hoy entendí que el peso se comparte. Y que el camerino no solo me salva a mí: también lo salva a él.”
El sábado siguiente, La Cámara de Humo vibró como olla de presión.
Se corrió la voz de una despedida de soltera con veinte chavas y de que Veneno estrenaría número.
Pachuca, con libreta y abanico dorado, marcaba entradas: “Tú aquí, tú allá, tú no me fallas ese clack, mana”.
Yo llegué con el corazón encendido y las manos frías.
Traía el abanico con el puntito violeta como quien lleva escapulario.
Lupita abrió la noche con cumbia; la despedida gritaba agitando abanicos de papel. Yo iba y venía con toallas, pasadores, agua. Cada vez que pasaba cerca de Nico, él me hacía un gesto con la barbilla: “respira”. Obedecía. A veces el show era sostener a las que brillaban.
Veneno cerró el segundo bloque con lip sync dramático. Se arrastró, rompió el aire con su abanico rojo. Al bajar, rozó mi hombro. —Aprende a callar un cuarto —dijo. —Estoy aprendiendo —contesté. —Entonces no tiembles cuando te miren.
El ánimo subió y Pachuca improvisó un “número sorpresa de la casa”. Nos miró desde la orilla del escenario. —¿Te animas a una sombra con abanico? —me susurró. —Sí.
Fue breve: un pase al frente con apertura al unísono. Mis manos temblaron, pero el golpe salió limpio. Por un segundo, el bar respiró conmigo. Al bajar, las piernas me eran gelatina, pero dentro traía un sol chiquito. Nico me apretó la nuca. —Eso —dijo—. Pequeño, pero exacto.
A las dos, el piso estaba encharcado de sudor y el camerino olía a desmaquillante y tacos.
Las reinas se quitaban las pestañas como quien se desata un secreto.
La despedida dejó una nube de glitter de papel.
Me senté frente al espejo con el abanico sobre las piernas.
Nico, aún a medio Violeta, se dejó caer en la silla de al lado.
—Hoy hubo algo distinto —dijo—. Te vi menos escondido.
—Fue un segundo —sonreí—. Pero me alcanzó.
—A veces un segundo es todo. —Se quitó la pestaña y se quedó con los ojos desnudos—. ¿Podemos hablar?
Asentí. Entre risas lejanas, el camerino nos hizo hueco.
Nico apoyó los codos en la mesa y bajó la guardia.
—No te conté todo. Mi primer show fue en San Nicolás.
Peluca prestada, vestido de cortina. Me sentí invencible.
Abajo del escenario, un tipo me quiso tocar.
Dije “no” y me empujó. Me caí contra una mesa.
Nadie dijo nada. El DJ subió la música. —Tragó saliva—.
Ese silencio me acompaña. Por eso a veces me tardo en confiar.
Aprendí a cuidarme sola. Y a veces, por cuidarme, me cierro.
—Sonrió pequeño—. No quiero cerrarme contigo. Me da miedo, pero no quiero.
—Gracias por decirme —respondí—. Yo tampoco quiero guardarme.
Hoy, cuando Pachuca me puso al frente, pensé que iba a fallar.
Abrí y sentí que estabas ahí, como si el puntito violeta hablara.
Me gustas, ya lo sabes. Pero además de gustarme, me sostienes.
No por rescatarme, sino por quedarte mientras tiemblo. Y quiero quedarme cuando tiembles.
Nico bajó la mirada al abanico, siguió la varilla marcada con el dedo y sonrió. —Quedarme mientras tiemblo —repitió—. Trato justo.
En la otra orilla, Pachuca alzó la voz: “¡Anótense quien quiera novatas el viernes!”.
Risas, chiflidos. A mí se me cayó y subió el estómago.
Nico leyó mi miedo. —¿Quieres? —preguntó.
—Quiero —dije—. Y me aterra. —El miedo es parte del vestuario.
Si te avientas, te acompaño en ensayos. —¿Y si me caigo?
—Te levantamos. Y si se ríen, que se les atore la risa con tu siguiente clack.
Lupita apareció con la boca desmaquillada y un burrito de frijoles.
—¿Novatas, mija? Te presto mis pestañas modestas, de quince centímetros.
—Con esas vuela —bromeó Pachuca—. Anótalo: Alex, novatas.
Y que traiga abanico propio; nada de pedir prestado.
—Trae —dijo Nico, tocando mi mochila—. Tiene uno que manda callar.
Pachuca se acercó con su libreta. —Nombre artístico lo vemos después. No me salgas con “Alex Drag”, que te bajo por sosa. —Rió—. Ensayos mañana a las seis. Quiero el abanico diciendo algo, no nomás haciendo ruido. —Sí, jefa.
La palabra novatas quedó zumbando como insecto luminoso.
Nico tomó mi abanico, lo abrió a la mitad y me lo puso en las manos.
—Cierra los ojos. Respira conmigo: casa, ciudad, tú.
Piensa en tu primer golpe. ¿Qué va a decir el abanico?
No truco; sentido. —Que no me escondo —susurré.
—Otra vez. —Que no me escondo. —Más. —Que no me escondo.
—Abrí. Clack. El sonido rebotó en los espejos como juramento.
—Si te olvidas, yo te lo recuerdo —dijo—. Y si yo me olvido, tú me lo recuerdas. —Trato.
Veneno pasó con ropa de calle y mirada de rayos X. —¿Amores de camerino? —ironizó—. Les advierto: el escenario es celoso. Si lo descuidan por besitos, se los cobra. —No estamos besando a nadie —dijo Nico. —Mejor besen el piso con paso firme —guiñó, y se fue con su andar de vidrio.
Lupita trajo refrescos. —Para que no digan que no cuido a las criaturas. Y tú, niño, mañana con short negro y tenis. Vamos a trabajar piernas. El abanico habla desde los pies. —Sí, reina —dije, y ella se rió.
Las carcajadas se fueron apagando. Pachuca disminuyó los focos.
La penumbra nos hizo aún más sinceros. Le enseñé a Nico mi cuaderno: frases, dibujos de abanicos, una Macroplaza esquemática, el Cerro de la Silla como pestaña inmensa.
—Escribes mucho —dijo. —Me salva. —A mí me salva coser —confesó—.
Cuando el mundo me grita, hago puntadas. La voz se reduce a hilo.
Afuera pasó un camión bufando. Desde la barra llegó el último cling de vasos.
Nico señaló un dibujo de dos manos con abanicos cruzados.
—¿Qué es esto? —Un pacto que dibujé sin saber con quién.
—Pues ya encontraste con quién. —Puso su abanico sobre el mío, cruzándolos—.
Este es nuestro “ya basta” cuando el miedo quiera mandar. —Amén —dije, sin ironía.
—Otra cosa —añadió, bajito—. Me pasa que a veces escucho el silencio de San Nicolás y me paralizo.
Si me ves vaciarme, di mi nombre. Pero el mío, no Violeta.
Dime “Nico”. Eso me regresa. —Nico —probé—.
Te regreso. —Eso. —Respiró—. ¿Tú tienes un truco?
—El punto violeta. Lo toco y me acuerdo de que no estoy solo. —Entonces somos dos.
Antes de irnos, Pachuca nos alcanzó en la puerta lateral.
Tenía esa mirada tierna que se pone cuando el bar ya no la está viendo.
—Cuídense, criaturas. Monterrey no siempre escucha, pero cuando escucha, hace eco.
—Nos tocó el hombro con el abanico—. Alex, si mañana te arrepientes de novatas, me avisas temprano.
No quiero héroes cansados; quiero artistas vivos. —Voy —aseguré. —Va —dijo Nico por mí.
Salimos. La noche estaba espesa y leve a la vez.
Caminamos hasta la esquina donde se separaban nuestras rutas.
Ahí, Nico se detuvo. —Te debo una confesión más —dijo, con los ojos honestos—.
Me gustas también. No sé si puedo prometerte algo grande ahora.
Pero puedo prometerte que, mientras recuerde abrir el abanico, abriré espacio para ti.
El corazón me dio un paso al frente. —Con eso me alcanza —dije.
Alzamos los abanicos a media altura. Los cruzamos un segundo. Clack leve, como saludo. No fue beso. No era el momento. Fue un acuerdo con ventilación.
De regreso en mi cuarto, apoyé el abanico en el escritorio y abrí el cuaderno.
Escribí: “Confesar no siempre es gritar; a veces es sostener un abanico con otra mano”.
Debajo: “Novatas, viernes 9 pm. Si tiemblo, que sea con estilo”.
Apagué la luz y me acosté con el abanico a un lado, no debajo de la almohada.
Ya no necesitaba esconderlo. El clack vivía en mí, como respiración que no pide permiso.
Y, con la ciudad ardiendo suave afuera, supe que lo que viene no va a ser fácil. Pero por primera vez, no voy solo.