Bajo el abanico Capítulo 6 – La primera caída
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Capítulo 6 – La primera caída

“Si tropiezas en tacones, también tropiezas en el alma.”

El viernes llegó con un calor que parecía recargarse en mi espalda.

La ciudad amaneció chiclosa, pegada a los vidrios del camión.

Llevaba el abanico con el puntito violeta en la mochila, entre el cuaderno y una playera extra.

En la escuela, intenté escuchar a los maestros, pero todas las palabras se me convertían en pasos: uno-dos-tres, respiración, medio giro, apertura, clack.

Era día de novatas en La Cámara de Humo y, aunque Pachuca insistió en que no era concurso, para mí lo era todo.

Era mi primera vez en tacones, mi primer número solo.

En el receso, me escondí en la biblioteca a ver videos de caminata.

Silencié el celular, pero igual escuchaba el ruido de fuera, como si cada burla aprendiera a abrir puertas.

En el chat del grupo apareció un “SUERTE PAYASO”.

No respondí. Toqué la varilla marcada del abanico, aún sin sacarlo, como quien toca madera. Respiré: casa, ciudad, yo.

Mi mamá dejó un sándwich en la mesa cuando llegué por la tarde.

“Para que comas algo antes de ensayar”, decía la nota.

No preguntó a dónde iba. Yo tampoco mentí.

Tomé el sándwich, el abanico y los tenis.

Me puse una playera negra para no manchar la que usaría en la noche.

Antes de salir, me miré al espejo del pasillo: un chico con ojeras y una determinación nueva. Me gustó.

La Cámara de Humo estaba fresca, como si el bar supiera que hoy lo necesitábamos.

Pachuca tenía el abanico dorado y una libreta llena de nombres.

—Novatas a la derecha, criaturas, y respirando desde el talón —ordenó—.

Si pisan con miedo, el miedo pisa de vuelta.

Éramos siete principiantes. Nos mirábamos tratando de medirnos: dos chavos de peluca rosa, una morra que bailaba increíble, un vato de Apodaca con botas brillantes, una chica trans de ojos clarísimos y yo.

Lupita llegó con una bolsa de trucos: pasadores, curitas, duct tape. —El tacón se doma con cariño y con cinta. —Me miró los tobillos—. Te voy a vendar, traes tobillo de venadito. —¿Eso es bueno o malo? —Adorable y peligroso. No quiero fracturas melodramáticas. Eso déjalo para el final del número.

Nico apareció con sudadera gris y una bolsa pequeña. —Para ti —dijo—. Rodilleras finas. No son glamour, pero te salvan. —No me voy a caer… —balbuceé. —Por si te arrodillas —me guiñó—. O por si te enamoras del piso. Su risa me aflojó el cuello. Guardé las rodilleras como amuleto.

Empezamos con caminata. Pachuca marcó un cuatro por cuatro invisible con el abanico.

—La pista es una cruz. Ustedes son el centro.

Llegan, respiran, abren, dicen y se van.

Sin pedir perdón. —Aplaudió—. ¡Primero! Fui segundo.

Tacón derecho, izquierdo, peso adelante, cadera suelta.

El tacón mordió el piso y mi cuerpo lo entendió un poco tarde.

Tropecé apenas. Me detuve y volví a empezar.

—Muy bien —dijo Pachuca—. Esa pausa fue elegante.

Si te resbalas, hazlo con intención. El público cree todo lo que tú creas.

Veneno se asomó desde la puerta, sin maquillaje, con gorra y camiseta oversize.

Nos miró con ojos de cuchillo. —¿Quién es la criatura del abanico?

—Aquí —dije. —Ah, tú. Que no te tiemble la muñeca cuando lo abras, o el clack te muerde de regreso.

Lupita chasqueó la lengua. —Déjalas trabajar, Veneno. —Solo educo —respondió, y desapareció.

Mi vestuario era sencillo: pantalones negros, camisa blanca sin mangas, un chaleco con lentejuelas discretas que Lupita cosió al vuelo y, guardado para el golpe, una pañoleta roja atada a la muñeca del abanico.

Nada de peluca todavía. “Paso a pasito”, dijo Pachuca.

Me probé tacones negros de la caja comunitaria.

Eran media talla menos, pero la venda y el orgullo amortiguaban.

—A ver tu canción —pidió Pachuca. Le pasé el USB: pop en español, ritmo medio, puente solo con percusión.

El abanico respira mejor en los silencios.

—Bien. Vas tercero en el bloque. —Me miró—.

Nada de trucos que no domines. El público no paga por vergüenza ajena; paga por verte convertir miedo en arte.

Ensayamos la apertura una y otra vez. Abrir al pecho: clack.

Girar al hombro: clack. Cerrar al aire: clack.

La pañoleta roja hacía su show propio. Nico marcaba conmigo.

—No me mires a mí, mira el aire —repetía—.

El aire sostiene. Lo intenté. Funcionó un poco.

El abanico cambió de peso, como si por fin me obedeciera.

Antes de abrir puertas, Pachuca nos sentó en la orilla del escenario, pies colgando.

—Les digo lo que nadie quiere oír la primera vez —anunció—: puede que se rían, puede que salga mal, puede que el piso se los trague.

—Alzó el abanico dorado—. Pero también puede pasar lo único que importa: que ustedes se encuentren allá afuera.

Y cuando eso pasa, ni la risa ni el calor de Monterrey se los quita.

¿Estamos? —Estamos —respondimos, juntas.

A las nueve, el bar empezó a llenarse. Grupos de amigas, chavos con camisas abiertas, señoras entaconadas, turistas de ojos de mapache.

La música subió y las luces tomaron su lugar.

En el camerino, el olor a fijador y desmaquillante se volvió perfume.

Lupita me dio un beso en la frente que me dejó brillo.

—Si te tiembla la rodilla, tiémblales el corazón.

—¿Y si me caigo? —susurré. —Te levantas. Y si no puedes, te levanto yo.

Nico me acercó un polvo antideslizante. —Para la planta del tacón. Truco de reina pobre. —Yo soy rey quebrado —dije. —Hoy eres criatura de escenario —corrigió, aplicando el polvo con las manos—. Y si no puedes ver, busca mi sombra. Voy a estar ahí.

El bloque de novatas lo abrió una chica trans con vestido amarillo.

Bailó con manos de pájaro y un giro perfecto que hizo chocar vasos en la barra.

La gente gritó. El segundo fue un chico de peluca rosa que mezcló voguing básico con comedia; se equivocó y se rió de sí mismo, y el público lo amó. Me tocaba a mí.

Pachuca me miró con esa rareza de madres y maestras. —¿Listo? —No. —Perfecto —sonrió—. Sal así. La perfección se duerme, la honestidad nunca. Me acomodó el chaleco, bajó el cuello de la camisa, dijo “¡dale!” y salió a presentar.

Desde la cortina vi el mar de sombras. Las luces eran puntas de alfiler.

El DJ me levantó el pulgar. Mi canción empezó suave, base mínima.

Pachuca al micrófono: —Con ustedes, una criatura de la casa que hoy viene a abrir su propio aire.

Denle amor a… Alex. El nombre sonó raro y mío a la vez.

Nico me tocó el codo. —Respira: casa, ciudad, tú.

Abre cuando te diga el corazón, no la cabeza.

Asentí. La cortina rozó mi hombro. El sudor me bajó por la espalda como línea de sal.

Di un paso. Y otro. La madera recibió mis tacones como si quisiera hablar.

El bar se contrajo un segundo. Tenía el abanico cerrado en la mano, la pañoleta lista.

El primer verso entró como brisa. Alcé la vista.

No vi caras, vi luces y sombras moviéndose al ritmo del bajo.

Conté: uno, dos, tres. Abrí al pecho. Clack.

El sonido me atravesó, limpio. En la barra aplaudieron el golpe.

Caminé al centro. Giré al hombro, pañoleta en el aire.

Clack. El DJ subió el volumen y las pantallas parpadearon morado.

Bajé el abanico, lo cerré. Respiré. Tenía que cruzar al otro lado sin perder equilibrio.

Recordé la cruz invisible de Pachuca: llegar, decir, irme.

El puente de percusión entró, latido seco.

Era el momento. Abrí de abajo hacia arriba, sosteniendo el silencio.

Clack. Alguien gritó “¡eso!”. Sonreí. Mis manos ya no temblaban.

Sentí el chaleco contra el pecho, la luz como una mano en la frente.

Di dos pasos hacia adelante, visualicé el giro y— me detuve en seco.

No debía pensar; debía sentir. La música esperaba.

Yo también. “Mira el aire”, dijo Nico en mi memoria.

Miré el aire. Era mío. Por primera vez, saqué el abanico de la cara y miré al frente: un abanico de flores en la tercera fila, una señora de perlas lista para gritar, dos chicos de uñas negras atentos. Estaban listos para escuchar.

El latido del puente dio un golpe. El DJ me lanzó un destello blanco. Era la señal. Di el paso que me ponía en el centro, inhalé y levanté el abanico con la pañoleta. Sentí la madera del tacón morder la tabla, la planta buscar agarrarse —y, aun así, seguí.

—Ahora —susurró mi cabeza.

La música se tragó el resto. El siguiente clack estaba a un aliento de distancia. Yo, con el miedo en orden, crucé la línea que separa la sombra del reflector. La noche de Monterrey respiró conmigo. Y yo salí.

El aire del bar me abrazó como un horno eléctrico.

El reflector me cegó un instante y la música me sostuvo como cuerda floja.

Caminé al centro, abanico en mano, pañoleta roja ondeando apenas.

Los primeros compases fueron fáciles: abrir, cerrar, avanzar.

La madera del escenario respondía a cada tacón como un tambor secreto. Me sentí vivo, incluso poderoso.

Un grupo de chicas en la barra gritó al ritmo del clack.

Alguien me lanzó un “¡eso, bebé!”. Mis hombros se relajaron.

La pañoleta hacía su propio espectáculo, girando con mis muñecas.

Me vi en el espejo al fondo y me reconocí distinto: no era el estudiante de mochila, era un cuerpo que podía decir algo con cada movimiento.