Bajo el abanico Capítulo 5 – La confesión en el camerino #3
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Capítulo 5 – La confesión en el camerino #3

El silencio de su advertencia me acompañó hasta la escuela. En el pupitre, el dibujo de abanico con la frase “Princesa clack” había sido tachado y reemplazado con “clown”. Me ardió, pero no borré nada. Abrí mi cuaderno y escribí encima: “Un clown también hace reír al mundo. Yo hago silencio.”

A media mañana, en la cooperativa, escuché mi clack en un celular, repetido como eco de burla.

La chica de la caja me miró con una mezcla de pena y curiosidad.

Dije “gracias” por una botella de agua que no quería y busqué sombra en el patio.

Quise llorar, pero recordé a Nico: “Ríete más fuerte tú”.

Sonreí apretando la mandíbula, un gesto aprendido.

En Historia, el maestro pidió equipos. Dos compañeros me dieron la espalda; otro, al que casi no conocía, me hizo señas desde la última fila. Fui con él. —Yo te hago espacio —dijo—. No sé de abanicos, pero sí de no encajar. —Gracias. No hablamos más, pero su gesto me sostuvo la mañana.

A la salida, un grupo me esperó. —¿Cuándo nos invitas al showcito?

—dijo uno—. A ver si bailas en falda. Antes de responder, un maestro nos dispersó.

Alcancé a oír “princesa”. Subí al camión con las manos sudadas.

Mi reflejo en la ventana parpadeó sin pestañas ni glitter.

Toqué en la mochila la varilla con el punto violeta y el vacío cedió.

Esa tarde, en La Cámara de Humo, el ambiente era distinto. Las luces apagadas, el eco en la madera, las reinas platicando mientras se maquillaban. El camerino se sentía más mío que mi casa. Pachuca me saludó con un beso en la frente. —Aquí nadie te toca, mijo. Aquí la sombra se convierte en brillo.

Lupita contaba una anécdota: —Un cliente quiso pagar con boletos de lotería.

Le dije: si me saco el Melate, me quito la peluca aquí mismo.

Todas rieron. Ese sonido me limpió el día como agua fría.

Me senté junto a Nico, que se delineaba con calma.

El espejo devolvía media Violeta, medio él.

—Te ves cansado —dijo. —No dormí mucho. —¿Por el calor o por lo que dijiste anoche? —Por las dos. —Reí bajito.

Me mostró su abanico. El puntito que le dibujé seguía ahí. —Todavía está —dijo. —Y ahí se va a quedar.

—A ver, niñas —interrumpió Pachuca, golpeando el aire con su abanico dorado—. Quiero líneas limpias y respiración pareja. Alex, sostienes capa; Nico, cambias de abanico en el silencio del puente. Si alguien se me cae, lo levanto a carcajadas. —¡Amén! —respondió Lupita.

El camerino era refugio. Afuera me empujaban hacia abajo; aquí, las voces y los clacks eran escudos. Aprendí dónde guardaban los pasadores, cómo calmar una pestaña rebelde, cómo limpiar un abanico sin mojar mucho las varillas. Cosas pequeñas que, juntas, parecían hogar.

Esa noche hubo show sencillo. No salí, pero ayudé en todo: abanicos, toallas, pelucas, la capa de Violeta que debía caer como cascada.

Cuando funcionó, sentí el aplauso rozarme.

Veneno pasó a mi lado: —El niño ya parece sombra oficial.

Ten cuidado: las sombras cargan secretos.

—¿Cuáles? —Los que se te pegan cuando sostienes los brillos de otras —y se fue con su risa de navaja.

Al final, Nico me tocó el brazo. —¿Te quedas?

Asentí. El bar vacío tenía un eco distinto.

Nos sentamos en el escenario apagado. Él dejó su abanico en el regazo.

—Cuando era niño —dijo— me escondía en los camerinos de los teatros donde trabajaba mi tío.

Olían igual: polvo, maquillaje barato, madera.

Siempre había alguien confesando algo. Los camerinos son eso: donde la gente deja caer lo que carga.

—¿Y tú qué cargas? —Más de lo que debería —miró la rendija de luz de la puerta—.

A veces cargo los “no” que me dijeron, el miedo de mi mamá, el enojo de mi papá.

Y a ratos mi propio silencio, el que me pongo para no romperme.

—Hizo una pausa—. Anoche me alivianaste un poco.

—¿Cómo? —Nombraste algo que yo tenía guardado. Eso afloja.

Respiramos. —En el mini-ball —dije—, sentí que ese segundo de silencio no era solo del bar: era de toda la ciudad. Como si Monterrey, por un latido, escuchara. —Quizá lo hizo —dijo—. Los silencios también responden.

Nos quedamos ahí, sin prisa. El polvo brillaba como glitter terco. De la barra llegaba el tarareo viejo de Pachuca. Éramos dos sombras hablando bajo. Y, por primera vez, no tuve miedo del apagón de las luces.

Esa madrugada, al regresar a casa, encontré a mi papá despierto.

La televisión apagada, la luz amarilla clavada en el cuarto.

—¿Dónde estabas? —Ensayando. —¿Ensayando qué?

¿Avergonzar a esta familia? Mi mamá apareció, en bata, le puso una mano en el hombro.

—Ya, viejo. —No, que me diga —insistió—.

¿Qué ganas con pintarrajearte y hacer el ridículo?

Recordé la respiración con Nico, el punto violeta.

—Gano sentirme yo —dije. —¿Y eso qué significa?

—Que por fin no me escondo. Que afuera se rían si quieren, pero no voy a pedir perdón por existir.

No gritó. Fue peor. —En esta casa se respetan reglas —dijo—. Una es no llamar la atención por tonterías. La palabra “tonterías” me atravesó. Mi mamá respiró hondo. —Es nuestro hijo —dijo—. No una tontería.

Me encerré en mi cuarto. Saqué el abanico, miré el punto violeta y lo abrí.

Clack. El sonido llenó el cuarto. Apoyé el abanico en el pecho y me senté en el suelo.

Pensé en la frase de Veneno: las sombras cargan secretos.

Tal vez el mío era simple: necesitaba un lugar donde no fuera chiste.

El camerino me lo daba. Nico me lo daba.

Y, aunque doliera, mi mamá empezaba a darlo a su manera.

Abrí el cuaderno y escribí: “El camerino es la habitación donde la ciudad se desmaquilla.” Debajo, dibujé el contorno de una puerta entreabierta y, en el marco, un puntito violeta.

Cerré el cuaderno, guardé el abanico bajo la almohada y apagué la luz.

Mientras el calor de Monterrey subía por las paredes como un rumor, supe que al día siguiente habría más risas, más burlas, quizá más peleas.

Pero también habría camerino. Y yo sabía cómo llegar. Y sabía con quién abrir.

La tensión en casa creció como calor atrapado en las paredes.

Mi papá dejó de hablarme durante las comidas.

Solo el sonido de los cubiertos y el televisor llenaban la mesa.

Mi mamá intentaba suavizar con preguntas triviales: “¿Cómo estuvo la escuela?” “¿Quieres más frijoles?” Pero la frialdad de mi papá pesaba más que cualquier palabra.

Yo me refugiaba en el abanico bajo la almohada, abriéndolo a escondidas por las noches, como si el clack pudiera empujar lejos el silencio.

En la escuela, los rumores ya eran costumbre.

Escuchaba “clack” detrás de mí en los pasillos, como eco burlón.

Un día encontré en mi casillero un abanico de papel mal hecho con la palabra “payaso” escrita en marcador.

Lo sostuve unos segundos, respiré tres tiempos y lo rompí con calma.

No iba a darles el gusto de verme temblar.

En la clase de Matemáticas, la maestra me pidió pasar al pizarrón.

Mientras resolvía un problema, escuché a alguien hacer el sonido de abanico cerrándose.

El salón rió bajo. Sentí cómo me ardían las orejas, pero seguí escribiendo hasta terminar.

Al voltear, la maestra dijo con firmeza: —Bien hecho, Alex.

Eso es lo que importa. Su gesto no borró la burla, pero me dejó un pequeño ancla.

Esa tarde, llegué antes a La Cámara de Humo.

El bar olía a madera húmeda y a los restos de cerveza de la noche anterior.

Pachuca estaba revisando luces en el escenario, y Lupita hacía un en vivo en su celular, saludando a seguidores con un “aquí reportando la diva regiomontana, mis amores”.

Me saludaron como parte del lugar. Ese “hola” valía más que cien en la escuela.

En el camerino, Nico ya se maquillaba. Llevaba una camiseta vieja y el rostro a medio camino entre él y Reina Violeta. Cuando me vio, me sonrió cansado. —Traes cara de que el mundo te está ladrando. —Es que sí —respondí, dejándome caer en una silla. —Cuéntame.

Le hablé del casillero, del silencio de mi papá, de cómo cada día parecía apretarme un poco más.

Nico escuchó sin interrumpir, girando el pincel entre los dedos.

Cuando terminé, me pasó su abanico violeta.

—Sostén. Respira. —Obedecí. El abanico era más ligero que el mío, pero firme—.

¿Ves? Aunque todo pese, siempre hay algo que puedes abrir.

Me quedé mirándolo. Sus ojos delineados parecían más grandes, pero lo que vi fue su vulnerabilidad escondida.

Se inclinó un poco hacia mí. —Yo también tuve mi casillero lleno de basura una vez —confesó—.

En la prepa. Encontraba papeles con insultos, dibujos, hasta condones inflados.

Me rompió al principio, pero después entendí que esa gente no sabía qué hacer con su miedo.

Y yo no iba a cargarlo por ellos. —¿Y cómo le hiciste?

—pregunté. —Me refugié en los camerinos.

Siempre hay un lugar donde tu nombre no es burla, sino aplauso.

Las demás entraron poco a poco. El cuarto se llenó de risas, música en celulares, olor a fijador de cabello. Pachuca bromeó: —Hoy quiero que brillen como si la Macroplaza fuera escenario y el Cerro de la Silla jurado. Todas rieron. Yo también. Me sentí parte del coro.

Lupita se acercó y me ofreció una sombra de ojos. —Toma, por si un día te animas a pintarte tú solo. Nomás cuidado, que después no hay vuelta atrás. —Ya se pintó, Lupita —interrumpió Pachuca con una carcajada—. Y no se veía mal. El niño trae mano ligera. Me sonrojé, pero sentí que me incluían.