Capítulo 5 – La confesión en el camerino #2
Nos quedamos en silencio. Pachuca ponía música bajita en la consola para probar bocinas.
Sonó una cumbia vieja que parecía canción de cocina.
Nico jugó con el popote. —¿Alguna vez sentiste que te estaban viendo y no te veían?
—preguntó. —Sí —respondí—. En la escuela, en la casa.
Como si yo fuera ruido de fondo. —A mí me pasa con mi papá —dijo—.
Me ve con la mirada puesta en algo que no soy, como si estuviera midiendo la distancia entre él y la persona que cree que debería ser.
Y mi mamá… mi mamá cocina mucho. —Sonrió triste—.
Es su manera de decir “te quiero” sin decirlo.
Pensé en mi mamá con su plato de frijoles dejados en mi escritorio, en mi papá cambiando el canal.
La ciudad entera parecía hecha de maneras raras de decir sin decir.
Miré el abanico asomándose de mi mochila.
—¿Te han pasado cosas feas por ser Violeta?
—pregunté con cuidado. Nico apretó la tapa del café.
—Sí. —No me miró—. Una vez salimos tarde de un evento en San Nicolás.
Un coche nos siguió tres cuadras, gritando.
No traía peluca, pero traía pestañas y la cara aún pintada.
Me aventaron una lata. No me pegó. Pero me ardió la espalda horas, como si la amenaza tuviera calor.
Otra vez, un tipo me quiso tocar en el baño y cuando le dije que no, me escupió.
—Se encogió de hombros—. He aprendido a ir en grupo.
A mirar antes de cruzar. A respirar tres tiempos.
—Casa, ciudad, tú —completé, y él asintió.
Pachuca se acercó con su libreta y nos interrumpió la nube.
—A ver, dos criaturas con café: hoy quiero ensayo descalzo.
El escenario se siente diferente sin tacón y tienes que conocerlo con la planta.
Y al final, Nico, te quiero con el abanico del niño.
Cambien de herramientas un ratito. Así se aprende respeto.
—¿Intercambio de abanicos? —pregunté, medio nervioso.
—Intercambio de respiraciones —corrigió, y se fue con su abanico dorado en alto, orinando luz.
Extendí mi abanico hacia Nico. Él lo tomó como si fuera frágil.
Me dio el suyo: era ligero, con varillas delicadas, una flor violeta pintada a mano en una esquina.
Lo abrí. Clack. Más suave que el mío. —A ver —dijo, acomodándose frente a mí—.
Haz una línea simple. Camina y abre cuando el corazón te diga.
Caminé. Abrí. Fallé el cierre por medio segundo.
Él chasqueó la lengua con cariño. —Otra vez. Esta vez, mira el aire, no el abanico.
Lo intenté y el golpe sonó más claro. En mi mano, el abanico ajeno vibró distinto, como si me dijera “no me fuerces”. Le devolví la mirada. Nico sonrió, al fin.
El ensayo descalzo nos dejó los pies negros y la cabeza limpia. Practicamos giros, poses, cierres. A veces me salía; a veces no. Cuando fallaba, Nico no se burlaba: respiraba conmigo. Al final, Pachuca nos aplaudió dos veces y hizo un gesto de “ok”. Para ella, eso era un trofeo.
Con el bar de nuevo en penumbra, nos quedamos solos en el camerino.
Lupita se había ido a conseguir pedrería; Veneno no aparecía.
En el espejo, vi mi cara sin maquillaje, con tierra en los talones y una línea de sol en el cuello.
Nico estaba sentado en la mesa, jugando con mi abanico entre los dedos.
—Pachuca tenía razón —dijo—. Cuando cambias de herramienta, entiendes al otro.
Tu abanico pesa más de lo que pensé. —Y el tuyo suena menos, pero manda igual.
—Sonreí—. Quizá por eso lo usas tú. No grita, pero todos escuchan.
—Me gustaría que pasara también fuera del bar —susurró—. Que no tuviera que gritar para existir.
La luz del camerino era honesta: te hace ver lo que hay, no lo que quieres.
No pensé mucho. O quizá pensé demasiado rápido.
—Nico… —empecé, con la garganta apretada—.
No sé cómo decirlo sin que suene cursi o pendejo, pero lo voy a decir antes de perder el valor.
—Tragué saliva—. Me gustas. Me gusta cuando eres Violeta y me gusta cuando eres Nico.
Me gusta cuando me corriges el ángulo del abanico, cuando te ríes bajito, cuando caminas sin tacones y no te importa que el mundo te vea. Me gustas.
El silencio cayó como telón, sin cortinilla. Nico se quedó quieto. Podía escuchar los pasos de alguien en la barra, el refrigerador vibrando, la calle masticando calor. Bajé la mirada hacia mis manos para no romperme. Estaban temblando, porque claro.
—Yo… —dijo por fin—. Gracias. —Le tembló la voz un poco—.
No estoy acostumbrado a que me lo digan así.
—Se frotó la nuca—. Y no sé si sé qué hacer con eso.
—No tienes que hacer nada —apuré—. No quiero que sientas presión.
Solo… necesitaba no guardármelo. —No me duele oírlo —dijo—.
Me alivia. Pero me da miedo. —Alzó los ojos—.
Me da miedo fallarte. Me da miedo que afuera me odien un poco más.
Me da miedo prometer. —Sonrió con vergüenza—. Me da miedo casi todo.
Me reí sin querer, por nervios. —A mí también. Pero se me quita cuando abro el abanico. —A mí también —repitió, y el eco de esa frase nos abrigó.
Se levantó y se acercó a mí. No mucho, lo justo. Alargó la mano y la dejó sobre la mesa, abierta, sin exigir. La mía se posó encima sin pedir permiso. No fue beso. No era el momento. Era contacto con respiración dentro. Era pose en el corazón.
—Vamos lento —dijo—. No por estrategia, por cuidado. Y si un día no puedo, te digo. Y si tú no puedes, me dices. Y si alguien se mete, lo abrimos de un clack y nos hacemos paso. —Trato —respondí, y la palabra me supo a agua.
—Una cosa más —agregó, mirando mi abanico—.
¿Te puedo pedir prestada una varilla? —¿Qué?
—Una varilla. —Sonrió—. Para marcarla. Quiero hacerle un punto violeta, chiquito.
No se va a ver en el escenario, pero tú sí lo vas a saber.
Es mi forma de decir “estoy contigo”, incluso cuando no esté pegado a ti.
Se me hizo un nudo en la garganta. —Hazlo.
Sacó un plumón del estuche del tocador, ese violeta que usaba para firmar carteles. Abrió el abanico con cuidado, localizó una varilla cerca del centro y puso un punto mínimo, casi nada. Lo sopló para secarlo. Cerró. Me lo entregó con una solemnidad tontita que me hizo reír.
—Listo. —Alzó el suyo—. ¿Y tú? —¿Yo qué? —Marca el mío si quieres. —No. —Sacudí la cabeza—. Tu abanico ya manda. —Pensé un segundo—. Te marco a ti.
Tomé un delineador olvidado en la mesa y, con permiso en los ojos, tracé un puntito de brillo en su clavícula, a la derecha. Era absurdo y perfecto.
—Se me va a caer con el sudor —dijo, divertido. —Entonces te pongo otro mañana. —Y los dos reímos, porque la promesa había encontrado forma.
Pachuca asomó la cabeza en la puerta y nos sorprendió con las manos aún juntas.
No dijo nada del gesto. No tuvo que hacerlo.
—Ensayo terminado —anunció—. Váyanse a caminar.
Monterrey a esta hora tiene sombra larga y eso siempre inspira.
Y traigan hielo, que Lupita se cortó con una lentejuela, la diva.
—Sí, ma —contestamos al unísono, y Pachuca rodó los ojos, satisfecha.
Salimos por la puerta lateral. El sol de la tarde golpeaba las bardas, pero una brisa leve se colaba por las calles de piedra.
Caminamos sin prisa, pasando por murales viejos y puertas de metal pintadas.
Un señor vendía nieves en la esquina; compramos una de limón para compartir.
Nos sentamos en una banqueta que sabía a barrio.
Un perro callejero nos olió y siguió de largo.
La ciudad nos veía sin vernos, y por primera vez no me importó.
—¿Crees que esto dure? —pregunté, sin definir si “esto” era nosotros o el bar o el valor. —No lo sé —dijo—. Pero hoy sí. Y hoy me alcanza. —Me miró—. ¿A ti? —Hoy también.
De regreso, nos detuvimos frente al escenario vacío.
Sin música, sin focos, parecía menos amenazante, más nuestro.
Abrí el abanico. Clack. No fue de show, fue de casa.
Nico hizo lo mismo con el suyo, más suave.
Los dos golpes se encontraron en el aire y, por un segundo, juraría que dejaron una línea invisible entre nosotros y las tablas.
En el camerino, antes de irnos, guardé mi abanico con su punto violeta en la mochila como quien guarda una carta. Nico tomó su sudadera. —Gracias por decirlo —repitió, en la puerta. —Gracias por quedarte —respondí.
Cerramos, apagamos, salimos. El sol estaba bajando detrás del Cerro de la Silla como una pestaña gigante que protege.
Caminar junto a Nico ya no se sentía como caminar detrás de una reina; se sentía como caminar con alguien que también temblaba, pero que había decidido temblar conmigo.
Y mientras el calor del pavimento subía como música, pensé que el camerino ya nos pertenecía un poco.
Que ahí, entre espejos y pegamento, había empezado una confesión que no necesitaba prisa, solo verdad.
Desperté con el abanico debajo de la almohada, tibio aún, como si guardara el calor de la confesión. El puntito violeta en una de sus varillas parecía un secreto que respiraba conmigo. Me quedé varios minutos mirándolo antes de levantarme. No era un adorno; era una marca, una presencia.
En la cocina, mi mamá ya estaba preparando café.
El olor llenaba la casa como cada mañana.
Me observó de reojo. —Llegaste tarde —dijo, sin acusar.
—Sí. Estábamos… ensayando. —Siempre estás ensayando —murmuró, sirviendo en dos tazas.
Me puso una frente a mí—. ¿Y ese dibujo en el cuaderno de anoche?
—¿Cuál? —Dos personas, con abanico. Una con peluca, otra sin.
—Su voz era tranquila, pero cargada—. ¿Eres tú?
No supe qué contestar. Bajé la vista a la taza.
Ella suspiró. —Solo… cuídate, Alex. Esta ciudad es cruel.