Capítulo 5 – La confesión en el camerino
“El espejo revela más de lo que oculta.”
El mini-ball había terminado, pero el eco seguía en mi pecho como si todavía estuviera en la pista.
La Cámara de Humo olía a desmaquillante, sudor y tacos al pastor.
Las luces de colores ya se habían apagado y quedaba una penumbra tranquila, apenas interrumpida por el sonido de risas y abanicos cerrándose.
Era la primera vez que me quedaba hasta el final, cuando el público se va y solo quedamos nosotras, recogiendo pedazos de lentejuela y recuerdos.
Me senté frente al espejo con la camisa bandera empapada, los párpados pesados por la sombra y el pegamento de las pestañas. Miré mi reflejo: sudado, manchado de glitter, pero distinto. Había una nueva seguridad en mis ojos, como si cada clack de la noche hubiera dejado una cicatriz luminosa.
Pachuca se quitaba la peluca en la esquina, soltando un suspiro que sonó a alivio y a cansancio.
—Bueno, criaturas, otro mini-ball sobrevivido.
Y este niño —me señaló con el abanico dorado— ya no es sombra, es presencia.
Las demás aplaudieron, algunas con entusiasmo genuino, otras con envidia disfrazada de risa. Sentí que me ardían las orejas.
Lupita se acercó con una toallita húmeda y me limpió la frente. —No te emociones de más, mana. Hoy brillaste, mañana toca empezar otra vez desde cero. Así es el drag. —¿Siempre desde cero? —pregunté. —Siempre —respondió, sonriendo—. Pero cada vez con más herramientas.
El camerino parecía un campamento después de la batalla: pelucas sobre las sillas, zapatos tirados, botellas de agua a medio beber.
Las reinas hablaban de todo: del público, de los chismes, de la política, de lo que iban a cenar.
Yo las escuchaba en silencio, fascinado por la forma en que podían ser tan vulnerables y tan poderosas a la vez, todo en la misma habitación.
En una esquina, dos reinas se peleaban en broma por un tacón perdido.
—Ese es mío, mija, yo lo marqué con cinta.
—Pues tu cinta ya se despegó, porque este tacón me calzó como guante.
Las demás rieron, lanzando shade ligero.
Pachuca levantó la mano y gritó: —¡Dejen de pelear, que la verdadera batalla ya fue!
Aquí se viene a desmaquillarse y a chismear, no a pelear por zapatos. Todas estallaron en carcajadas.
Nico apareció sin peluca, con el cabello mojado pegado a la frente.
Traía una camiseta vieja y un pantalón deportivo.
Aun así, algo en él imponía, como si la esencia de Reina Violeta siguiera flotando alrededor.
Se sentó a mi lado, se estiró y soltó un bostezo largo.
—Sobreviviste —me dijo. —Apenas. Casi me muero del miedo.
—Eso significa que lo hiciste bien. Si no tiembla, no cuenta.
Me reí, aunque sentí que era verdad. El temblor había sido parte del show, parte de la sinceridad que había visto en mis movimientos. Sin ese miedo, no habría silencio.
Nico se inclinó hacia el espejo y comenzó a limpiarse el delineador.
Su rostro sin maquillaje era más serio, más íntimo.
Observé cómo se borraba poco a poco la máscara, quedando el chico tímido que conocí fuera de escena.
Fue entonces cuando noté que la diferencia entre él y Reina Violeta no era tan grande: ambas versiones llevaban la misma tristeza escondida.
—¿Siempre es así? —pregunté, buscando palabras.
—¿Cómo? —Que brillan tanto en el escenario, pero luego aquí, en el camerino, todo parece más…
roto. Nico se detuvo, toallita en mano. Me miró a través del espejo, sus ojos cansados pero sinceros.
—Sí. El drag es eso. Brillas donde no puedes fuera.
Y cuando regresas a lo normal, se siente como vacío.
Me quedé callado, sintiendo un hueco en el estómago. Comprendí que la pista era más que un show: era refugio. Un lugar donde todas podían ser quienes eran sin pedir permiso. Y al mismo tiempo, un lugar que las dejaba heridas cuando la música terminaba.
Lupita se rió fuerte desde el otro lado de la habitación.
—¿Quién quiere cenar? Yo digo que tacos, porque todo en Monterrey termina en tacos.
Varias levantaron la mano, bromeando. Pachuca hizo un gesto con el abanico.
—Que el niño decida. Hoy se lo ganó. Todas me miraron.
Sentí el calor subir a mis mejillas. —Eh…
tacos está bien —dije, torpe. —Tacos, pues.
—Pachuca cerró su abanico con fuerza. Clack.
Cuando las demás comenzaron a cambiarse y salir en grupo, Nico se quedó sentado junto a mí.
El bar ya estaba casi vacío, solo el eco del DJ guardando cables y el olor de cerveza derramada.
Sentí que el silencio entre nosotros era distinto, más cargado, como si las luces apagadas nos dejaran desnudos de otra forma.
—¿Sabes? —dijo Nico, sin mirarme—. Monterrey no perdona.
Afuera, la gente me ve como Nico y no como Reina Violeta.
Y Nico no les gusta. —¿Y a ti? ¿Te gusta Nico?
Se rió bajito, amargo. —A veces. Pero casi siempre prefiero ser Violeta.
Ella no pide disculpas. Yo… yo siempre siento que debo disculparme por existir.
Me quedé sin palabras. Miré sus manos, llenas de restos de pegamento y glitter, y me dieron ganas de sostenerlas.
No lo hice, pero acerqué un poco mi silla.
—A mí me gusta Nico —dije al fin. Se giró hacia mí, sorprendido.
Nuestros ojos se encontraron y el ruido del bar desapareció.
Por un instante, pensé que iba a decir algo más, pero solo asintió, con una sonrisa tímida.
Pachuca entró de golpe, rompiendo el momento. —¡Vamos, criaturas! Los tacos no se van a comer solos. Nico y yo nos levantamos rápido, como si nada hubiera pasado. Pero mientras caminábamos hacia la salida, su brazo rozó el mío, apenas un segundo. Y ese roce fue más fuerte que cualquier clack.
La caminata hacia el puesto de tacos fue lenta, con la ciudad ya dormida pero todavía caliente.
Las calles de Barrio Antiguo olían a fritanga, cerveza y humo de cigarro.
Pasamos frente a un grupo de chavos que reían fuerte; uno gritó algo que no entendí, pero no volteamos.
Nico caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos, en silencio. Su presencia era suficiente.
Cuando llegamos al puesto, las demás ya estaban ahí, riendo y pidiendo trompo y bistec.
Lupita me pasó una coca bien fría y me guiñó el ojo.
Pachuca levantó su taco y brindó: —Por las confesiones que se quedan en el camerino y por las verdades que salen con salsa roja.
Todas aplaudieron. Yo mordí mi taco y sentí el sabor del cilantro, la carne y la promesa de que la noche aún guardaba secretos.
Más tarde, ya en mi cuarto, me quité la camisa bandera y la colgué en la pared.
Abrí el cuaderno y escribí: “En el camerino se borran máscaras, pero también nacen verdades.” Dibujé dos siluetas: una con peluca y pestañas, otra sin nada, ambas con el mismo abanico en la mano.
Me quedé mirando el dibujo un largo rato, entendiendo que lo que había visto en Nico era también un reflejo de mí.
Me acosté con el abanico bajo la almohada. Cerré los ojos y escuché el eco del bar, las risas, el clack, y la voz de Nico diciendo que a veces prefería ser Violeta. Antes de dormir, pensé que quizá la confesión real aún estaba por llegar, pero yo ya había abierto la puerta para escucharla.
La mañana siguiente se sintió como si la ciudad hubiera bajado el volumen, pero no el calor.
Tomé el camión hacia Barrio Antiguo demasiado temprano, con el abanico dentro de la mochila como si fuera tarea de escuela.
La Cámara de Humo olía a cloro y madera, esa mezcla rara de lugar nocturno a plena luz.
Pachuca estaba sentada en la barra haciendo cuentas, lentes en la punta de la nariz, abanico dorado cerrado a un lado como si fuera un marcador. Levantó la vista cuando me vio.
—Llegaste pronto, criatura —dijo—. El brillo madrugador también cuenta. ¿Vas a barrer escenario o a barrer miedos? —Lo que se deje —contesté, riendo. —Entonces empieza por los miedos. El escenario siempre se ensucia otra vez.
Me dio una escoba y me dejó ser. Mientras barría, pensé en el mini-ball como si fuera un sueño que escuchas desde otro cuarto. El silencio que provoqué seguía conmigo, como una moneda en el bolsillo. Quería agarrarlo, enseñárselo a alguien, decir “mira, esto también soy”.
Nico llegó con una bolsa de pan dulce y dos cafés.
Traía una playera blanca con una mancha de base en el hombro y una mirada de esas que piden sombra.
—Pa’ que no digan que no desayuno —bromeó, levantando las bolsas.
—¿Dormiste? —Lo suficiente para acordarme de respirar.
—Dejó los cafés en la barra—. ¿Te quedas a montar?
Pachuca quiere cambiar el orden de mañana. —Me quedo.
Nos sentamos en el escenario vacío a desayunar, con las piernas colgando.
Mordí un cuernito que sabía a mantequilla vieja y a casa.
El café estaba amargo, como debe. Un hilo de luz se colaba por las rendijas de la puerta; en el polvo que flotaba se dibujaba un brillo mínimo, una especie de glitter de día.
—¿Te pesa? —pregunté. —¿Qué? —Ser Violeta anoche y ser Nico ahorita.
—Pesa —confesó, mirando el café—. Como las pestañas cuando llevas muchas horas.
No es que me duela, pero me recuerda que están ahí.
—¿Y si te las quitas? —Me quedo sin sombra.
—Se rió bajito—. Fuera del escenario se siente como si a veces me borraran con un borrador que no se ve.