Capítulo 4 – Rivalidades bajo el reflector #4
El miércoles llegué temprano a La Cámara de Humo.
Pachuca ya estaba ahí, maquillándose con calma, abanico dorado en la mesa.
—Mijo, este mini-ball no es juego. Aquí se mide quién tiene presencia y quién solo hace ruido.
Si decides subir, no puedes medio abrir.
O te entregas o te rompes. —¿Y si me rompo?
—pregunté. —Te rompes en lentejuela, y la gente aplaude igual. Lo que no se vale es esconderte.
Lupita me abrazó desde atrás. —Tranquilo, niña abanico. Veneno va a competir, pero no es contra ella. Es contra ti mismo. Aprende a gustarte en el espejo y lo demás fluye. Su voz me calmó, aunque el miedo seguía ahí, como brasas en el estómago.
Nico llegó tarde, con mochila al hombro.
Me llevó a un rincón. —¿Estás seguro de entrar al mini-ball?
—No sé. Quiero, pero me da miedo. —El miedo es parte del vestuario.
Te lo pones, lo luces, lo sudas. Después te lo quitas.
—Me miró serio—. Pero tienes que decidir antes de subir. No se puede dudar en la pista.
En medio de esas palabras, Veneno apareció con su risa cortada.
Llevaba el cabello suelto, labios rojos, un vestido negro sencillo.
Se sentó en la mesa, cruzó las piernas y dijo en voz alta: —Ya me contaron que el niño quiere competir.
Qué lindo. ¿Ya sabes abrir sin que se te caiga de la mano?
Las reinas rieron bajo, incómodas. Yo tragué saliva.
—Estoy ensayando. —Ensaya más —dijo Veneno, y se pintó las uñas como si no hubiera dicho nada.
El resto del ensayo fue sudor y repeticiones.
Pachuca me corregía la postura, Lupita me gritaba “¡más lento, mana!”, Nico me observaba desde el espejo con cara de paciencia.
En un momento, Pachuca me detuvo con firmeza.
—No respires como si estuvieras escondido.
Respira como si quisieras llenar todo el bar.
Eso te va a dar fuerza en las manos. Obedecí.
Al abrir el abanico, el sonido salió más limpio, como una puerta que se abre a un cuarto lleno de luz.
Al final, cuando me senté cansado, Veneno pasó a mi lado y susurró: —No se trata de que abras bonito. Se trata de que cuando abras, todos callen. ¿Crees que puedes? No respondí. Ella sonrió y siguió caminando.
El viernes, en la escuela, las burlas ya eran paisaje. Pero hubo algo distinto: un compañero que nunca me hablaba se acercó en la salida. —Oye, yo vi tu video. No está mal. Tienes huevos. Me quedé callado, sorprendido. —Gracias —dije, y me fui antes de que se arrepintiera de decirlo.
Esa noche, en casa, mi mamá me tocó la puerta. Entró con un plato de frijoles y me lo dejó en el escritorio. —No te vayas a enfermar por no comer —dijo—. Y… lo que hagas, que sea con cuidado. —Sí, mamá. Antes de salir, me miró al espejo. —Ese no es el Alex que conocí, pero se ve más fuerte.
Me quedé solo, con el plato de frijoles humeando y el abanico recargado en la pared.
Lo tomé, lo abrí despacio. Clack. El eco me llenó el cuarto.
Pensé en lo que dijo Veneno: “Cuando abras, todos callen.” Pensé en Pachuca: “O te entregas o te rompes.” Pensé en Nico: “El miedo es parte del vestuario.”
Me miré al espejo, pestañas aún sin pegar, cara desnuda, pero con la camisa bandera colgada detrás.
Imaginé la pista del mini-ball: las luces bajando, el público expectante, el silencio antes del golpe.
Imaginé abrir el abanico y sentir cómo todo el ruido de la ciudad se callaba un segundo para escucharme.
Y decidí que sí. Que iba a competir en el mini-ball, aunque temblara.
Porque lo peor no era perder: lo peor era no abrir.
Esa noche, antes de dormir, escribí en el cuaderno: “Fan Realness: que mi abanico sea ley, aunque me tiemble la mano.” Y cerré los ojos con esa promesa ardiendo como foco en la oscuridad de Monterrey.
La noche del mini-ball llegó con un aire eléctrico, como si Monterrey entero hubiera decidido sudar al mismo ritmo.
El bar se llenó desde temprano. Afuera, en la calle empedrada de Barrio Antiguo, la fila se extendía hasta la esquina, abanicos en mano, tacones sonando en la banqueta, risas nerviosas.
Dentro, La Cámara de Humo estaba iluminada con luces violetas y verdes que parecían cortar el aire.
El DJ probaba la música: beats rápidos, con sonido de tijeras y golpes de abanico mezclados.
Pachuca abrió la noche con un discurso desde el escenario, abanico dorado en alto.
—¡Bienvenidas, casas, criaturas, fieras y divinidades!
Hoy la categoría es Fan Realness. No se trata solo de abrir y cerrar.
Se trata de sostener el silencio con un golpe.
Que cada abanico sea ley, que cada clack sea decreto.
¡Que empiece el mini-ball! El público estalló en gritos y aplausos.
El primer grupo de competidoras salió con abanicos gigantes, algunos de plumas, otros de tela brillante.
Lupita Látex abrió con un abanico negro con lentejuelas plateadas.
Lo movía como si dirigiera una orquesta.
La gente gritaba con cada giro. Luego vino una reina invitada, con un abanico de bambú pintado a mano, que usó como espada, abriendo y cerrando con cortes en el aire.
El público gritaba “¡werk, werk, werk!” al ritmo del beat.
Yo esperaba en camerinos, con la camisa bandera puesta y las manos sudando.
Nico, ya transformado en Reina Violeta, me acomodó la pestaña y me sostuvo la cara.
—Recuerda: no es que no tiemble, es que tiembles con estilo.
—¿Y si me sale mal? —Entonces les das un final más interesante.
Nadie recuerda la perfección; recuerdan la emoción.
El tercer bloque era el mío. Pachuca me llamó con voz firme: “¡Estrella del Norte, sombra convertida en presencia, trae tu abanico a la luz!” Tragué saliva y salí.
El escenario me golpeó con calor. Las luces blancas me encandilaron.
Por un segundo pensé en correr. Pero el público gritó, y en esos gritos escuché la voz de la señora de perlas, el murmullo de las chavas de abanicos de flores, los chasquidos de los chicos de uñas negras. Mi público estaba ahí.
Abrí el abanico lentamente, a la altura del pecho.
Clack. El golpe retumbó más fuerte de lo que esperaba.
Caminé tres pasos, giré con torpeza medida, lo levanté sobre mi cabeza y lo cerré con fuerza.
CLACK. El bar rugió. Escuché un “¡eso, niño!” desde la primera fila.
El miedo se convirtió en calor. Seguí con movimientos simples: abrir hacia el suelo, abanicarme la cara, cerrar hacia el público.
Cada gesto era pequeño, pero el eco hacía que pareciera grande.
El público se dividía: en una mesa gritaban “¡dale, clack!”, en otra chiflaban como si estuvieran en el estadio.
Un grupo de chavas agitaba abanicos de papel pintados a mano, coreando mi nombre.
Los flashes de los celulares iluminaban como estrellas breves.
Yo temblaba, pero ese temblor se volvió parte del ritmo.
Entonces entró Veneno. Llevaba un abanico rojo enorme, con letras doradas que decían “Mía”.
El público la ovacionó apenas pisó la pista.
Me atravesó con la mirada y empezó a girar con precisión quirúrgica, cada clack tan exacto que parecía coreografía militar.
En un momento se me acercó tanto que sentí el aire de su abanico en mi mejilla.
—Niño, aprende —susurró, apenas audible.
El público gritaba dividido: unos coreaban su nombre, otros gritaban el mío.
Pachuca aplaudía desde un costado, como quien alimenta la hoguera.
Veneno hizo un cierre en split, abanico extendido, sonrisa venenosa.
La gente rugió. Yo sabía que tenía que hacer algo distinto, algo que no fuera copia.
Respiré tres tiempos: casa, ciudad, yo. Me arrodillé despacio, abrí el abanico de abajo hacia arriba y lo cerré con un golpe seco que pareció partir el aire en dos.
CLACK. El silencio duró un segundo completo, un silencio que pesó más que cualquier grito.
Me levanté temblando, pero con una sonrisa que no podía ocultar. El DJ subió la música, Pachuca agitó su abanico dorado y declaró: —¡Así se responde a la rivalidad! ¡Así se abre un abanico que calla a Monterrey! El público gritó y chifló. Algunas monedas y billetes volaron al escenario.
Terminé el bloque sudado, exhausto, con la camisa pegada al cuerpo. Veneno pasó a mi lado al bajar. Me miró con esa media sonrisa suya y murmuró: —Te salió. No siempre te va a salir. Prepárate para cuando no. No era halago. No era amenaza. Era advertencia.
En camerinos, Lupita me abrazó con fuerza. —¡Niña! Ese silencio fue oro. Nadie lo logra la primera vez. Pachuca me dio una palmada en la espalda. —Ya eres parte de la pista. Lo quieras o no, ya dejaste huella.
Las demás reinas reían, comentaban la reacción del público, imitaban mis movimientos exagerando para hacerme reír.
Alguien gritó “¡Princesa clack!” y todas se carcajearon, pero ya no sonaba a burla, sino a apodo de familia.
Incluso Veneno, desde su esquina, lanzó un “que no se lo crea tanto”, que arrancó más risas.
Por primera vez, sentí que la rivalidad podía convivir con la pertenencia.
Nico me pasó una botella de agua. Sus ojos brillaban bajo la sombra de su maquillaje. —Lo hiciste —dijo, simple. —Temblaba —admití. —Claro. Y por eso fue real. El público no quiere robots; quiere carne que brille.
Me senté frente al espejo, quitándome poco a poco la pestaña. Vi mi cara sudada, roja, agotada. Pero había algo nuevo en mi mirada: una certeza. Esa noche había aprendido que la rivalidad no se gana ni se pierde en un golpe. Se gana en resistir el filo del vidrio y seguir abriendo.
Cuando salí a la calle, el aire fresco me pegó en la cara como regalo. El camión tardó, pero no me importó. En la mochila llevaba la camisa bandera, húmeda de sudor, y el abanico todavía caliente en mi mano. Lo abrí suavemente. Clack. Nadie me escuchó, pero yo sí. Y con eso bastaba.
En casa, entré sin hacer ruido. Mi mamá dormía en el sillón con la televisión prendida.
Mi papá no estaba. Subí al cuarto, encendí la lámpara y abrí el cuaderno.
Escribí: “Fan Realness: un segundo de silencio puede más que mil gritos.” Dibujé un abanico abierto con una sombra detrás que no era amenaza, sino compañía.
Después añadí: “Aunque tiemble, aunque caiga, ya estoy en la pista. Y la pista no olvida.”
Me acosté con el abanico bajo la almohada. El eco del clack seguía en mis oídos. Y antes de dormir, supe que, aunque el miedo nunca se fuera, tampoco se iría esa fuerza. Rivalidad o no, yo ya había abierto mi lugar en la pista. Y nadie me lo podía cerrar.