Bajo el abanico Capítulo 4 – Rivalidades bajo el reflector #3
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Capítulo 4 – Rivalidades bajo el reflector #3

En el segundo bloque, Pachuca me pidió sombra de nuevo, pero con un “momento de manos”: en un silencio, sostener el abanico de Veneno para que ella hiciera un remate con cambio de tempo.

Me temblaron los dedos y Nico me los apretó antes de salir.

—No lo sueltes hasta que ella te lo pida con los ojos.

—¿Y si me equivoco? —La miras y respiras.

Ella te va a guiar. Aunque te quiera morder, te va a guiar. Ese es el show.

Salió el número. Veneno, precisa, giró, se detuvo frente a mí, me entregó su abanico rojo con un gesto minúsculo.

Lo sostuve. Sentí el peso distinto; no era el mío.

Conté dos, tres, cuatro. Ella hizo un split limpio, levantó la mano.

Le devolví el abanico. CLACK. La gente gritó como si les hubieran pegado una memoria.

Bajé con la sangre en las orejas. Veneno, al pasar, rozó mi codo con el suyo; no fue caricia ni empujón: fue aviso de que me había visto.

En el descanso, salí a respirar a la calle.

Barrio Antiguo tenía ese olor a fritanga y humo caliente que se te pega a la ropa.

Me recargué en la pared con la camisa bandera puesta.

Dos chicos que habían estado adentro se acercaron.

—¿Eres el del video? —preguntó uno. —Soy Alex —dije, y abrí el abanico.

No lo golpeé; lo dejé abierto como un sol negro.

—Estuvo perrísimo cuando sostuviste el rojo —dijo el otro—.

Pensé que se te iba a caer. —Yo también —reí—. Pero no.

Volví a entrar con una certeza tibia. El tercer bloque fue fiesta: todas en escena, abanicos arriba, una cumbia que se volvió coro. En el último golpe, Pachuca me señaló. Abrí. CLACK. Cerré. El público respondió con chasquidos. Yo casi lloro. Casi.

Esa noche, al terminar, hubo reunión improvisada en el camerino.

Tacos de trompo, refrescos, desmaquillante, toallas.

Pachuca brindó con agua. —Por la casa entera.

Por las cicatrices que se pulen. Por la lengua filosa que sabe pedir perdón.

Y por los niños que ya no se esconden tras el abanico.

Todas aplaudimos. Veneno levantó su vaso apenas.

—Y por los nuevos que aprenden rápido —dijo, sin mirarme—.

Que aprendan también a no creerse el brillo.

Hoy te fue bien, niño. Mañana veremos. —Mañana veremos —repetí en voz baja, no como reto, sino como rezo.

Nico me pasó una camiseta y una toalla. Se sentó a mi lado, sin peluca, ojos enrojecidos por el delineador cansado.

—¿Te dolió la lectura? —Menos de lo que pensaba.

—Hice una pausa—. ¿Está mal que me gustara?

—No. Te gustó porque te puso al centro. Y porque sobreviviste.

Eso engancha. —¿Y si un día no sobrevivo?

—Entonces te bajamos, te limpiamos, te damos tacos, y vuelves a subir. —Sonrió—. No hay otra receta.

Cuando salí del bar, el aire era más fresco.

Caminé hasta la parada de camión con el abanico en la mano.

No lo guardé. Un coche bajó la velocidad; desde adentro, una voz gritó algo que no alcancé a oír.

Seguí caminando. Pensé en mi papá, en su frase de “no me traigas vergüenzas”.

Pensé en mi mamá, en la fila de la carnicería.

Pensé en la señora de perlas, en los chicos de uñas negras, en las chavas con abanicos de flores.

Monterrey era un público difícil, sí, pero también era el escenario que tenía. Y yo ya estaba arriba.

Al día siguiente, sábado otra vez, la escuela descansaba pero los chats no.

Un compañero me escribió en privado: “Ey, la neta, te rifas. Yo no podría.” Otro puso un sticker riéndose.

Respondí al primero con un “gracias” y al sticker no le di entrada.

Fui a la cocina por agua. Mi mamá estaba ahí, haciendo frijoles.

—¿Vas a salir hoy? —preguntó, sin dureza.

—Sí. —Ten cuidado. —Se giró y me puso la mano en el brazo—.

No es que me de vergüenza, Alex. Es que me da miedo.

La miré. Por primera vez, no me defendí.

—A mí también —dije—. Pero se me quita cuando abro el abanico.

Ella cerró los ojos un segundo, como si buscara una oración sin saber rezar. —Nomás… vuelve.

En la tarde, Pachuca me pidió llegar temprano para un ensayo.

“Vamos a organizar un mini-ball la próxima semana,” dijo, entusiasmada.

“Categoría: Fan Realness. El abanico como ley.” Nos hizo practicar poses: frente, perfil, giro, cierre.

Me corrigió la cintura, me bajó el hombro, me levantó la barbilla.

—No te escondas detrás de la tela. La tela no te debe tapar, te debe enmarcar.

—Sí, ma. —¿Qué dije de “ma”? —rió—. Dame un ma con brillo.

—Sí, ma —repetí, con pose. Todas se rieron y aplaudieron. Aprendía.

Veneno llegó tarde, con lentes oscuros. No saludó.

Miró un segundo nuestro ensayo y se fue directo al tocador.

Mientras me delineaba una línea fina —apenas un susurro de sombra—, la escuché decir desde el espejo: —No creas que porque te leyeron suave eres de la familia.

La casa te acepta cuando sangras por ella.

—Entonces que me prepare —respondí, sin voltear.

Se hizo un silencio denso. Pensé que había cruzado una línea.

Luego la oí reír, cortito. —Eso, niño. Ensaya también las respuestas. El escenario no es chat: no hay borrar.

Esa noche no competimos, solo shows regulares.

En uno de Nico, me dejó sostenerle la capa y me susurró: “A la cuenta de tres, suelta.” Solté exacto.

La tela cayó perfecta, como cascada. El público aplaudió el efecto sin saber que mis dedos temblaban.

Al final del bloque, Pachuca me hizo un gesto de aprobación que me duró horas.

Regresé a casa tarde. El camión iba casi vacío por Constitución.

Apoyé la frente en el vidrio y vi pasar letreros de Oxxo, anuncios de birria, la sombra del Cerro como pestaña gigante.

Saqué el cuaderno y, con la luz mala del camión, escribí: “La rivalidad me afila, pero el amor me sostiene.” Debajo: “Si Veneno corta, yo abro. Si me abro, que sea para que entre el aire y no se apague mi fuego.” Cerré el cuaderno, abrí el abanico en silencio y lo apoyé en el hombro.

En mi cuarto, antes de dormir, colgué la camisa bandera en la pared.

Me miré sin maquillaje y sin pestañas, con la cara cansada pero encendida.

Levanté el abanico y lo abrí por última vez ese día.

Clack. No era un golpe: era una respiración.

—Mañana veremos —me dije al espejo, y por primera vez esa frase no asustó: me dio hambre de escenario.

El lunes siguiente al torneo, la ciudad parecía más caliente de lo normal.

El rumor del mini-ball corría en los chats del bar como pólvora: “Categoría Fan Realness: el abanico como ley”.

Desde que Pachuca lo anunció, no pensé en otra cosa.

En la escuela, en el camión, hasta en la fila del Oxxo, mi mente repetía la misma pregunta: ¿sería yo capaz de abrir el abanico frente a todas las casas y no temblar?

Los días se volvieron ensayo constante. En casa, encerrado en mi cuarto, practicaba frente al espejo.

Abrir, cerrar, giro, pose. Abrir lento, cerrar rápido.

Abrir arriba, cerrar abajo. El abanico me obedecía a veces, a veces se resbalaba y me golpeaba los dedos.

Cuando eso pasaba, respiraba tres tiempos y volvía a empezar.

“La sombra que te tiran, conviértela en contorno”, recordaba.

En la escuela, las cosas se pusieron más duras.

Una mañana encontré mi pupitre con un dibujo de abanico hecho con pluma azul y la frase “Princesa clack”.

Algunos se rieron en voz alta cuando lo vieron.

Yo me senté encima del dibujo y abrí el cuaderno.

No iba a borrarlo; iba a cubrirlo con palabras.

Escribí sobre la hoja: “El ruido se convierte en ritmo si yo lo marco”.

En la salida, dos chicos me siguieron un par de cuadras.

Uno imitaba mi caminar, el otro hacía el sonido del abanico.

Me sudaban las manos, pero no corrí. Me detuve y me giré.

—¿Ya acabaron su show? —pregunté, con la voz más firme que pude.

Se miraron entre ellos, sorprendidos, y se fueron riendo.

Me quedé temblando, pero con la certeza de que no iba a dejar que me borraran del mapa.

El miércoles, durante la clase de Español, la maestra pidió leer un poema en voz alta. Cuando terminé, un compañero murmuró “clack” y varios rieron. La maestra lo calló de inmediato. —El respeto no es opcional —dijo, mirando a todos—. Y la voz de Alex se escucha clara. Apláudanle.

El salón aplaudió tímidamente. Por primera vez, sentí que alguien me defendía sin abanico. Guardé ese momento en el pecho como una chispa.

En casa, el ambiente era cada vez más tenso.

Una noche, mientras cenábamos, mi papá soltó: —No quiero que me dé vergüenza salir a la calle.

Ya me preguntaron en el trabajo si tú eres “el del abanico”.

La cuchara se me cayó en el plato. Mi mamá intentó suavizarlo.

—Ya, viejo. Son jóvenes, ensayan, se divierten.

—¿Ensayan qué? ¿A hacer el ridículo? —dijo, golpeando la mesa con la mano.

Yo no respondí. El silencio fue peor que cualquier palabra.

Terminé de cenar rápido y subí a mi cuarto.

Me acosté sin cambiarme, mirando el abanico en la pared como si fuera un crucifijo.

“No me dejes solo”, pensé, y cerré los ojos.