Capítulo 4 – Rivalidades bajo el reflector #2
A la hora del receso, me refugié en la biblioteca, como siempre.
Abrí el cuaderno y escribí: “Si me nombran con burla, les devuelvo espectáculo.” Dibujé un abanico con filo de vidrio, y debajo: “La envidia corta, pero también refleja.” Me quedé mirando ese dibujo hasta que la campana sonó.
Antes de cerrar el cuaderno, me prometí que no iba a dejar que me arrebataran lo que había ganado en el escenario.
Al llegar a casa, el ambiente estaba tenso. Mi mamá estaba doblando ropa en la sala, y al verme entrar, me miró como buscando rastros en mi cara. —¿Por qué dicen que sales en un video? —preguntó sin rodeos.
Me congelé. No esperaba que le llegara tan rápido. —¿Quién dice? —Una vecina me mandó un mensaje. Que si eras tú el del bar, que si andabas “en cosas raras”. —Hizo comillas en el aire. —No era yo —mentí, aunque mi voz tembló.
Ella suspiró, cansada. —Alex, no sé qué haces. Pero Monterrey es chico y la gente habla. Ten cuidado.
En la cena, mi papá levantó la vista del periódico y preguntó con voz seca: —¿Qué tonterías andan diciendo de ti en la colonia?
Me quedé paralizado. Mi mamá intentó cortar la conversación, pero él siguió: —No quiero que me vengan con chismes. Aquí no se juega a ridículos.
No respondí. El silencio pesó más que los platos en la mesa.
Después de eso, nadie habló hasta que terminé de cenar.
Subí a mi cuarto con un nudo en la garganta.
En el espejo, mi reflejo parecía más frágil que ayer.
Me pasé la mano por el rostro, como queriendo asegurarme de que todavía quedaba algo del glitter invisible.
Recordé lo que dijo Pachuca: “La sombra que te tiran, conviértela en contorno.” Quizá tenía que aprender a maquillar también mis días fuera del bar.
Por la tarde regresé a La Cámara de Humo.
El bar olía a cerveza vieja y madera húmeda.
Las reinas estaban reunidas, comentando la noche anterior como si fuera chisme de telenovela.
—¿Viste cómo el niño le contestó a Veneno?
—decía Lupita—. Hasta a mí me dieron ganas de aplaudir.
—El público respondió —añadió otra—. Eso vale más que mil discursos.
Veneno estaba sentada en una esquina, limpiando sus pestañas postizas con calma quirúrgica.
Cuando levantó la vista, me lanzó una mirada neutral. Ni burla ni halago. —No lo hiciste mal —dijo, con voz plana—. Para novato, sobreviviste. —Gracias —respondí, inseguro. —No me des las gracias. La pista no da gracias. Solo pide más.
Pachuca, que escuchaba desde el tocador, intervino con su abanico dorado. —Tiene razón en algo: el escenario no perdona. Pero también regala memoria. Si logras que te recuerden un segundo, ya tienes más de lo que muchos logran en años.
Las demás asintieron, algunas con entusiasmo, otras con envidia. Yo guardé silencio, aprendiendo.
Nico apareció poco después, con ropa sencilla y el cabello aún húmedo. Me dio una palmada suave en el hombro. —¿Cómo lo sientes? —Como si hubiera cruzado un río y todavía trajera las piedras pegadas en los pies. —Bienvenido al drag, entonces. Siempre estás cruzando ríos.
Nos sentamos en un rincón mientras Pachuca organizaba los turnos de ensayo.
Le conté lo del video en la escuela, cómo todos habían visto mi clack repetido como burla.
Nico me escuchó en silencio. Cuando terminé, dijo: —Que se rían.
Ríete más fuerte tú. Eso es lo único que funciona.
—No sé si pueda. —Claro que puedes. Lo hiciste ayer frente a un bar lleno.
¿Qué es un pasillo de secundaria comparado con eso?
—Allá se ríen distinto. —No. El sonido es el mismo.
La diferencia es que en el bar tienes luces que lo apagan. Búscalas también afuera.
Me quedé pensando en sus palabras mientras veía a Veneno ensayar su número. Su precisión era intimidante. Cada movimiento parecía afilado, pensado para cortar. Y sin embargo, había belleza en esa exactitud. Me pregunté si algún día podría alcanzar esa seguridad.
Más tarde, Lupita se acercó y me dio un consejo entre broma y seriedad: —No quieras ser Veneno. Ella corta. Tú abre. El público necesita de las dos cosas: filo y respiro. Aprende cuál es tu lugar.
Me quedé con esa frase como si fuera una nota escondida en el bolsillo.
Esa noche, al llegar a casa, me encerré en mi cuarto.
Abrí el cuaderno y escribí: “El reflector no es amigo ni enemigo; es prueba.” Dibujé mi silueta con un abanico abierto y una sombra detrás con forma de Veneno.
Luego añadí, debajo: “Si la envidia brilla, que me ilumine también.” Cerré los ojos y escuché el eco del clack.
Y aunque me dolía el estómago del miedo, sonreí.
Porque empezaba a entender que las rivalidades no eran accidente: eran parte del camino.
El sábado amaneció con un rumor pegado a la piel, como el calor que no se quita ni con dos regaderas.
El video del clack seguía circulando; ahora ya no era solo el pasillo de la escuela: eran estados, mensajes, reacciones.
“¿Eres tú?” “No manches, qué valiente.” “Qué oso.” “Te ves bien.” Todo junto, sin filtro.
Abrí el chat y apagué notificaciones. No quería que el teléfono marcara el ritmo de mi respiración. Quería que lo hiciera el abanico.
Fui al mercado con mi mamá. Entre puestos de fruta y gritos de precios, ella caminaba rápido, como si alguien pudiera reconocerme en el reflejo de los mangos.
Compró jitomates, cilantro, tortillas recién hechas.
Yo cargué las bolsas y caminé un paso atrás, sintiendo el peso de su silencio.
En la fila de la carnicería, se animó: —No me gusta cómo te mira la gente —dijo, sin verme—.
No quiero que te pase nada. —No me pasa nada, mamá.
Solo… ensayo. —Ensayo de qué, Alex. ¿De qué?
No respondí. El carnicero envolvió bisteces en papel rosa y nos deseó “buen día” con una sonrisa que no supe leer.
De regreso en casa, mi papá cambió el canal cuando entré a la sala. Había futbol. Me miró un segundo. —El barrio habla —dijo—. A mí no me importa lo que hagan los demás, pero a mi casa no me traigas vergüenzas. —No traigo nada —respondí, casi sin voz. —Más te vale. —Volvió al partido.
Subí al cuarto con el corazón en la boca.
Abrí el cajón y saqué el abanico. No lo golpeé.
Lo abrí despacio, como un libro que madura.
Me senté frente al espejo y respiré tres tiempos: casa, ciudad, yo.
En el tercero, una calma rara me llenó el pecho.
Escribí en el cuaderno: “El ruido afuera no es mi ritmo. Mi ritmo es clack.”
Por la tarde, La Cámara de Humo olía a madera mojada y perfume dulce.
El camerino era un panal: risas, brochas, bobby pins, pelucas con nombre.
Pachuca me llamó con el abanico dorado. —Hoy la casa está llena de ojos.
Veneno anunció que hará “lectura” en el segundo bloque.
—¿Lectura? —Lectura, mi amor: reading. Tirar shade con gracia.
Es deporte. —Sonrió—. Te quiero atrás, mirando y aprendiendo.
Si te toca, te toca. Y si te toca, pose y sonrisa. Nada de guerra.
Lupita me sentó y me puso base ligera. “Ojos café ahumado, boca durazno. Natural plus.” Reí. Me habló suave, como a un cachorro. —Hoy no peleas. Hoy observas cómo pelea otra. Aprende dónde pone el veneno y dónde pone el brillo.
Nico llegó con una bolsa con snacks. Me la puso en las piernas.
—Come algo. Los nervios mienten de hambre.
—Mi papá está furioso —solté, sin poderlo contener.
—Ok —dijo, ni dramático ni frío—. ¿Y tú?
—Yo… no quiero dejar de ir al bar. —Entonces no dejes.
—Se sentó a mi lado—. Pero mide. Habla cuando puedas, calla cuando convenga, y nunca sueltes el abanico.
El primer bloque fluyó suave: Lupita con pop de nostalgia, Pachuca con cumbia y remate de abanico, una invitada de otra casa con rock. El público estaba prendido; se notaba la expectativa. En el descanso, el DJ lanzó un sample de tijeras al ritmo y supimos que venía la “lectura”.
Veneno apareció con un traje negro de lentejuela pequeña, cabello alto, labios vino, abanico rojo como advertencia.
Subió con micrófono y sonrió con todos los dientes.
—Buenas noches, casa —canturreó—. Vengo a leer con cariño, que para insultar ya está la vida.
—Risas. Leyó a una invitada: “Mi amor, si vas a usar tacón, convéncelo de que se quede. Ese zapato quiere divorcio.” Estallido de carcajadas.
Leyó a Lupita: “Esa sombra es tan generosa que ya le prestó su pigmento a la cortina.” Lupita se tiró al piso teatral y el público la amó. Veneno sabe medir: pica y besa.
Entonces me miró. —Y al niño de los abanicos… —se llevó la mano a la frente como si buscara algo—. ¿Dónde está? Ah, ahí, escondidito en la sombra como mosca de panadería. —Risas—. Ven, mi amor, asómate.
Pachuca me apretó el brazo sin mirarme: “pose”. Di dos pasos hasta la orilla de bambalinas, medio cuerpo a la luz. Sonreí con el abanico cerrado en la mano. —Mírenlo, ya trae pestaña que hace sombra. —Pausó—. Niño, si vas a abrir, que sea para que pase aire; no para espantar moscas.
Hubo risas, pero no crueles; eran más de “juego”. Abrí el abanico a media altura, sin golpear, y me abaniqué con calma. El público chifló. Veneno me sostuvo la mirada, apenas inclinó la cabeza, y siguió con su lectura a otra reina.
Cuando bajó, el bar vibraba. Pachuca me besó la frente. —Muy bien. No te achicastes. Eso vale. Lupita me abrazó por detrás. —Te leyó suave. Eso es un privilegio, mana. —¿Privilegio? —me sorprendí. —Sí: te puso en la conversación, no en la basura.