Capítulo 4 – Rivalidades bajo el reflector
“La envidia también brilla, pero corta como vidrio.”
La semana había avanzado con una velocidad rara, como si los días se empujaran entre sí para llegar a ese jueves.
Pachuca anunció por el chat del bar que tocaría “noche de casas”: un mini torneo amistoso, dos números por casa, shade permitido, drama controlado.
“Nada de golpes —advirtió—, solo abanicos.” Yo leí el mensaje con los dedos hormigueando.
No era un debut formal, pero era lo más cerca que había estado de un verdadero enfrentamiento.
Y ese tipo de noches atrae a Veneno como luz de carro a los ojos.
Llegué temprano a La Cámara de Humo con la camisa negra transformada doblada en la mochila.
El calor de Monterrey, pegado a la piel como plástico, se metía hasta el camerino.
Lupita me revisó la cara de cerca, como joyera: —Hoy no vamos por cute, vamos por filo.
Sombra ahumada, ceja arriba, boca mate. —¿Y pestaña?
—pregunté, ya con respeto por ese balcón que pesa.
—Pestañón. Si te leen, parpadeas lento y que el aire te obedezca.
Pachuca entró sacudiendo su abanico dorado como espada.
—Atención, mis criaturas. Hay rumor de que Veneno viene afilada.
No me lloren si avienta shade; me responden con show.
Alex, tú haces sombra en el primer bloque y presencia en el segundo: treinta segundos tuyos marcados por la pista.
¿Claaaaro? —Claro —respondí, sintiendo un nudo que no era miedo, sino cuerda de escenario.
No habían pasado ni cinco minutos cuando ella apareció.
Veneno, envuelta en una gabardina color vino, el cabello recogido y los ojos delineados con la precisión de una amenaza.
Se paró en la puerta del camerino, midiendo el territorio como gata que vuelve.
—Buenas noches, casa de… ¿manualidades? —dijo, mirando mi camisa intervenida.
—Buenas noches, casa de “yo solita” —contestó Lupita, sonriente—.
¿Vienes a pedir prestado el aplauso o traes el tuyo?
—Traigo el mío, mi amor. Yo no colecciono migajas.
—Entonces me miró—. Y el chico de los abanicos, ¿también compite o solo hace clack para llamar a su mamá?
Se me calentó la cara, pero recordé la instrucción: “no guerra, presencia”. Tomé aire. —Si te molesta el clack, será porque no te veo aplaudir —solté, más valiente de lo que me sentía.
Se oyeron “uuuhs” discretos. Veneno sonrió con media boca. —Tienes lengua, niño. Ojalá tengas pies para sostenerla.
El bar se llenó rápido. Una mesa de chicos con uñas pintadas agitaba abanicos con flores; otro grupo, más serio, veía todo como quien estudia.
La señora de perlas también volvió, imán silencioso.
Pachuca abrió la noche con una ranchera femenina que arrancó risas y dos palmadas en el aire.
Luego presentó el formato del torneo: “Se gana en la pista, se pierde en el espejo”, dijo, y el público respondió con alaridos.
Mi primer encargo fue simple: cruzar detrás de Lupita para un momento de silencio y dar un clack que partiera la sombra.
Salió limpio. El problema vino en el segundo bloque, cuando Pachuca me señaló con el abanico: era mi turno de “presencia”.
Treinta segundos pueden ser eternos si los llenas con inseguridad.
Subí con mi camisa bandera, pestañas firmes y la boca mate.
El beat latía como pecho nervioso. Abrí.
Clack. Di dos pasos y sentí el piso firme, como si la ciudad me empujara con sus luces.
Pensé en la Macroplaza de noche, en el calor que sube desde el pavimento como una ola, en el Cerro de la Silla escondido detrás del techo: todo eso conmigo.
A la cuenta de veinte segundos, Veneno se asomó desde el lateral con su abanico rojo, cual tiburón.
No era su bloque, pero conocía el arte del cameo venenoso.
Se plantó al borde del escenario y, sin tocarme, me lanzó su sombra.
—Ay, el chico de los abanicos —canturreó sin micrófono, suficiente para que escucharan las primeras filas—. A ver si además de abrir, sabe cerrar.
Una risa se desgranó cerca de la barra. Mi estómago se apretó. Tenía dos opciones: mirar a Veneno o mirar al público. Elegí la segunda. Hice un giro corto hacia la mesa de perlas y cerré el abanico con un golpe seco, rodilla al piso y mirada arriba. CLACK. El grito vino de donde esperaba: “¡Eso!”
Bajé con las piernas flojas, pero con la espalda alta. En el camerino, Lupita chocó su abanico con el mío. —Así se contesta. Con la mirada.
Pachuca, seria, me acomodó la camisa. —La sombra que te tiran, conviértela en luz de contorno. No la respires; refléjala.
Entonces llegó el turno de Veneno. Ya con traje verde botella, cabello suelto y labios vino, salió a devorar.
Su lipsync era quirúrgico, de esos que cortan la risa a la mitad.
A media canción, se acercó a la orilla y apuntó su abanico hacia mí, detrás del telón.
—Aprende, abanico chico —dijo con dulzura falsa—.
El escenario no es aula. Se muerde. El público rió con ese filo que alimenta a quien está arriba.
Y sin embargo, justo después, la señora de perlas chasqueó los dedos y gritó “¡Bravo, todas!”.
La grieta se cerró un poco. Había lugar para dos brillos.
El descanso fue batería de chismes. En el baño, dos chicos hablaban bajito: “La nueva sombra trae algo, ¿no?”.
“Sí, vibra.” Fingí no oír, pero lo guardé en el bolsillo.
En el pasillo, Veneno encendió un cigarro como quien afila la lengua.
—No te lo tomes personal, niño. Así se aprende.
—¿A base de cortes? —A base de cicatrices. Las mías no se maquillan, se pulen.
Me quedé pensando en eso mientras me retocaban el polvo.
Nico apareció por fin; había llegado tarde de un ensayo en otra casa.
Sin peluca, con sudadera, me sonrió con ese cariño discreto.
—¿Todo bien? —Veneno me leyó frente a todos.
—Entonces ya te bautizaron. —Me acomodó la ceja con el dedo—.
¿Te dolió? —Un poco. —Que duela, pero que no te sangre. Y si sangra, que brille.
El tercer bloque fue la prueba. Pachuca decidió emparejar dos presencias: Veneno abriría con treinta segundos y yo cerraría con treinta, uno después del otro.
No era batalla declarada, pero el olor a reto estaba en el aire.
Cuando Pachuca lo anunció, el público soltó un “uuuh” sabroso. Las luces bajaron como párpados.
Salió Veneno primero, impecable. Hizo un paso de giro con abanico en alto, parábola perfecta.
Luego un cierre mínimo que parecía susurro.
La gente aplaudió con ese ritmo de “ya sabemos”.
En cuanto abandonó la luz, entré. Sentí el calor de los focos en la frente y el peso doméstico de mi camisa.
Abrí. Clack. El sonido fue nítido, casi un cristal rompiéndose.
Di tres pasos, miré a la mesa de flores, a la señora de perlas, a un chico con uñas negras que no parpadeaba.
Me tembló la comisura; pensé que iba a traicionarme.
Sonreí apenas, solté el aire, y dejé que el abanico dijera lo que mi boca aún no.
En bambalinas, Veneno me bloqueó el paso con su abanico. —No te me emociones. Te salió una. —Con una se empieza. —Lo dije sin levantar la voz. Me sostuvo la mirada un segundo, luego se hizo a un lado. No era rendición; era reconocimiento mínimo, como propina chica.
La noche siguió, pero yo ya estaba en otra frecuencia.
Ayudé a Lupita a cambiarse, sostuve la capa de Pachuca, recogí dos pelucas que rodaron al pasillo como gatos juguetones.
Nico, ya transformado en Reina Violeta para el bloque final, me tomó la mano un segundo antes de entrar.
—Vas bien. No le debes un show a nadie más que a ti.
—¿Y al público? —El público come de tu plato cuando tú comes primero.
Si te quedas con hambre, no alimentas a nadie.
El bloque final fue una fiesta. Pachuca cerró con todas en escena, cada casa mostrando su bandera.
Me tocó al centro, dos pasos detrás de Violeta.
Cuando llegó el silencio breve antes del último beat, abrimos los abanicos al unísono.
CLACK. Ese golpe fue puente: del miedo a la risa, del espejo a la pista, del niño a la presencia. Quise llorar. No lloré.
El viernes amanecí con la cabeza todavía en la pista.
Me levanté tarde, con el sonido del clack en los oídos como si lo hubiera soñado toda la noche.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la sombra de Veneno plantada frente a mí y sentía la mezcla de miedo y orgullo que me dejó su reto.
Había sobrevivido, y no solo eso: había respondido.
En la escuela, la resaca se notaba en mi cuerpo.
Mientras copiaba las operaciones en la libreta, los compañeros cuchicheaban más fuerte que de costumbre.
No tardé en darme cuenta por qué: alguien había grabado un fragmento de la función y lo había subido a internet.
En el pasillo escuché mi propio clack repetido desde un celular, seguido de carcajadas.
“Es él, el del abanico”, decían. Sentí que la cara me ardía, pero no bajé la mirada.
Si me habían visto, que me vieran de frente.
En la siguiente clase, el maestro de Historia interrumpió la lectura de un alumno y preguntó: —¿Qué es ese ruido de abanico que ponen en los celulares?
Un grupo de chicos se rió. Yo me hundí en el asiento, pero él insistió: —Sea lo que sea, respeten la clase.
Y tú, Alex, ¿todo bien? Lo miré, dudando.
—Sí, profe. Todo bien. Él me sostuvo la mirada un momento, como si quisiera decir algo más, pero solo asintió y siguió con la lección.
Fue la primera vez que sentí que un adulto sospechaba algo, aunque no lo nombrara.