Bajo el abanico Capítulo 3– Glitter en los ojos #4
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Capítulo 3– Glitter en los ojos #4

Subí. La música estaba en transición, con un beat suave.

Respiré tres tiempos. Uno: casa. Dos: ciudad.

Tres: yo. Abrí. Clack. Caminar no era caminar: era decidir.

Los ojos de la mesa de las perlas me siguieron con curiosidad.

Una chava del grupo de flores dijo “¡eso, bebé!” sin saber mi nombre.

En el segundo seis casi se me resbaló el abanico; lo corregí con un giro corto y una sonrisa. Diez. Cerré. Bajé.

El camerino me recibió como si hubiera corrido una maratón. Pachuca me abrazó. —Eso fue profesional. La gente no vio el resbalón; vio el giro. Apréndete eso: nadie recuerda el tropiezo; recuerdan cómo te levantas. Nico me apretó el hombro. —Te salió natural. No te disculpes por existir.

Cuando terminó la función, Pachuca ordenó tacos de trompo para todas.

Los comimos sentadas, paradas, donde hubiera lugar, con servilletas anaranjadas por la salsita.

Lupita me limpió un punto de labial con la uña.

Veneno, sin maquillaje ya, parecía otra: humana, cansada, con ojeras sinceras.

—Te salió bien la pestaña —me dijo, como si costara—.

Pensé que ibas a lagrimear. —Yo también —admití.

—Pues mira —concedió—, a veces se puede.

No sonó a halago; sonó a dato. Igual me calentó el pecho.

Nico propuso caminar un rato antes de irnos.

Salimos. El aire estaba menos denso; la calle tenía un brillo de sudor contento.

Cruzamos hacia la banqueta de los puestos de hot dogs.

Un señor gritaba “¡con todo, joven!” y yo pensé en lo fácil que era pedir con todo cuando se trata de cebolla y tocino, y lo difícil que era pedir con todo cuando se trata de ser uno mismo.

—¿Cuándo fue la primera vez que te fuiste a dormir maquillado?

—le pregunté. —La primera vez que no quise borrar lo que había logrado —respondió—.

Fue después de una noche en que me salió un número perfecto.

Me dio miedo que, si me limpiaba, al día siguiente ya no supiera hacerlo.

Dormí con todo. Me desperté con un mapa en la almohada.

—Se rió—. Aprendí que el cuerpo no olvida, incluso si la cara se lava.

Nos sentamos en una banqueta. Hablamos poco.

Él me contó que su mamá no entiende, pero que ya no discuten; que su papá no habla del tema; que su abuela le guarda comida cuando llega tarde, y que esa es su manera de decir “te quiero”.

Yo le conté que en mi casa lo sospechan, que hay silencios raros, que mi papá mira más tiempo el periódico cuando llego tarde, como si la tinta pudiera salvarlo de mirarme.

—No estás solo —dijo Nico. No lo dijo con drama. Lo dijo como quien pone una silla a tu lado.

De regreso al bar, Pachuca nos interceptó con su abanico dorado. —Mijo, mañana quiero que traigas una camisa que te guste mucho. La vamos a convertir en pieza. —Vio mi cara de duda—. Drag no es solo lentejuela; es aprender a torcer lo cotidiano hasta que brille.

Asentí. Pensé en mi camisa negra favorita, la que no llama la atención. Me imaginé verla con hombreras improvisadas, con broches, con una línea de glitter en el cuello. Sonreí. “Torcer lo cotidiano” era una promesa.

Tomé el camión de siempre. Me senté junto a la ventana, con cuidado de no aplastar las pestañas. En el reflejo del vidrio, mi cara fue cambiando según pasábamos frente a los postes: sombra, luz, sombra, luz. Me gustó pensar que el glitter sabía encontrar su foco incluso en el camión.

El miércoles llegué al bar con la camisa negra que Pachuca me pidió.

Era sencilla, sin estampados, con los botones ya flojos de tanto uso.

Al dársela, Pachuca la tomó como quien recibe un tesoro.

—Esto, mijo, es materia prima. El drag no se compra caro; se inventa.

—Sacó una caja llena de broches, lentejuelas, pedazos de tela brillante.

Nico estaba a un lado, observando con sonrisa discreta.

—Prepárate para ver a tu camisa renacer —dijo.

En media hora, Pachuca y Lupita habían transformado la prenda: hombreras improvisadas con pedazos de esponja, un borde de lentejuelas cosido con aguja gruesa, un lazo rojo en el cuello.

Mientras cosían, bromeaban entre ellas. —Este niño todavía piensa que la ropa es solo tela —dijo Lupita—.

Espera a que vea cómo una lentejuela se convierte en grito.

—Y que aprenda que un hilo puede sostener más que un prejuicio —añadió Pachuca, riendo.

La camisa era otra, sin dejar de ser la misma. Me la puse frente al espejo y sentí que alguien más respiraba conmigo. —Ahí está tu primera pieza —dijo Pachuca—. No la pierdas, porque no se trata del valor, sino de la historia.

Me miré un rato, tratando de reconocerme. Recordé las palabras de Nico: “Lo ridículo es esconderse.” Esa camisa no me escondía; me gritaba.

Esa noche el bar estaba más lleno de lo habitual.

Se celebraba un aniversario pequeño de la casa.

Pachuca me pidió subir de sombra, pero no solo a cruzar: esta vez debía interactuar, abrir el abanico y quedarme en escena durante un número completo, acompañando a Lupita.

—No es tu debut —aclaró—, es un ensayo con público. Apréndelo todo.

El número comenzó con Lupita lipsyncando una canción de Paulina Rubio.

Yo debía entrar en el segundo coro, abrir abanico, caminar detrás y marcar presencia.

Lo hice temblando, pero cuando escuché los gritos del público, algo cambió.

Una chica de la primera fila me señaló y gritó “¡clack, clack, clack!”.

Abrí con fuerza. El sonido se mezcló con la música.

Sentí que las pestañas falsas pesaban menos, como si flotaran con la luz.

Lupita me guiñó el ojo en pleno escenario, como diciendo “vas bien”.

El público me miraba, algunos riendo, otros curiosos.

Pero ya no era burla: era atención. Un grupo de chavos en la esquina empezó a corear “¡clack, clack!” siguiendo mis movimientos.

Mi pecho se llenó de calor. Terminé el número sudando, con las manos temblando, pero vivo.

Al bajar, Pachuca me abrazó fuerte. —Eso fue un nacimiento, niño. No olvides el olor del sudor y la luz.

Nico se acercó y me entregó una toallita. —Ten. Límpiate, pero no te borres todo. Guarda algo. Me limpié el cuello, pero dejé el glitter de los ojos intacto. Quería seguir viendo con esa armadura.

Después de los shows, salimos juntos a la calle.

El calor de Monterrey seguía pegando fuerte, pero había una brisa leve.

Caminamos hasta la esquina donde venden elotes.

Yo con mi camisa transformada todavía puesta, sintiendo que todos me miraban.

Algunos lo hacían con sorpresa, otros con indiferencia, unos pocos con burla.

—¿No te incomoda? —pregunté a Nico. —Claro que incomoda.

Pero incomodar es parte del trabajo. Si nadie se incomoda, no estás moviendo nada.

—¿Y no te da miedo? —Todo el tiempo. Pero el miedo es gasolina. Lo uso para bailar más fuerte.

Me quedé pensando en eso mientras mordía el elote con chile que me manchaba la boca de rojo. Me vi en el reflejo de un coche estacionado: pestañas postizas, camisa con lentejuelas improvisadas, abanico en la mano. Me reconocí y me reí solo.

Al regresar a casa, la situación fue distinta.

Mi mamá estaba en la sala viendo televisión.

Me miró de pies a cabeza. Yo llevaba la camisa transformada todavía, con un suéter encima, pero las lentejuelas asomaban.

—¿Dónde estuviste? —preguntó. —Con unos amigos, ensayando.

—¿Ensayando qué? —Teatro —mentí otra vez.

Ella bajó el volumen de la tele. —Alex, no me gusta que me ocultes cosas.

—No te oculto nada, mamá —dije, con voz débil.

—Entonces dime la verdad. ¿Por qué llegas siempre oliendo a humo y con la ropa rara?

Me quedé callado. Sentí un nudo en la garganta.

Al final ella suspiró. —Haz lo que quieras, pero no te metas en problemas. Monterrey no perdona.

Subí a mi cuarto temblando. Me quité el suéter y volví a ver la camisa al espejo. No era solo ropa: era testigo. Había estado en el escenario conmigo. La colgué en la pared, no en el clóset. La quería como bandera.

Esa noche no pude dormir. Me quedé escribiendo en el cuaderno: “El glitter es armadura, la camisa es bandera, el abanico es espada.” Cerré el cuaderno y lo puse bajo la almohada.

Soñé con un escenario más grande, con luces que quemaban como el sol de Monterrey, con risas que se transformaban en aplausos. Soñé que abría el abanico y de él salían chispas de glitter que caían sobre todos. Me desperté sudando, pero sonriente.

Al día siguiente, en la escuela, las burlas continuaron. Pero esa vez, cuando alguien me imitó, yo simplemente abrí el cuaderno, dibujé un abanico y lo dejé sobre la mesa. No tenía que demostrar nada; ya tenía público real que me había aplaudido. Y eso pesaba más que cualquier burla de pasillo.

Por la tarde, de regreso en el bar, Pachuca me entregó mi camisa doblada. —Cuídala. Cada lentejuela que caiga es memoria. Algún día, cuando tengas diez camisas, recordarás que esta fue la primera.

La guardé en la mochila como quien guarda un secreto sagrado.

Nico se me acercó y, en voz baja, me dijo: —Cuando uses esa camisa otra vez, no serás el mismo. Siempre que regreses al escenario, algo de ti cambia. Y ya no hay marcha atrás.

Lo miré fijamente. No sonreía, pero sus ojos decían todo. Y por primera vez, sentí que quería que él fuera testigo de todos mis cambios, uno por uno.

Esa noche, frente al espejo de mi cuarto, abrí el abanico una última vez. Clack. El eco no era burla. Era promesa. Y yo estaba listo para cumplirla.