Bajo el abanico Capítulo 3– Glitter en los ojos #3
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Capítulo 3– Glitter en los ojos #3

Me sentaron frente al espejo y empezaron a trabajar.

Entre risas y bromas, me pasaban brochas, me pedían que me quedara quieto.

Una de ellas me dijo: —Cuando uses rojo, nunca olvides sonreír.

Si no sonríes, asustas. Si sonríes, enamoras.

Otra agregó: —El rojo no es para pedir perdón; es para pedir espacio.

Yo obedecía, pero cada trazo era un descubrimiento: los párpados cargaban un peso nuevo, los labios se volvían frontera, la piel un lienzo.

Nico entró después, todavía en ropa común. Se sentó a mi lado con una bolsa de frituras en la mano. —¿Ya te estás dejando quemar? —dijo, apuntando a mis párpados. —Me dijeron que el rojo es fuego. —Pues no te quemes solo. Aprende a soplar.

Me guiñó un ojo. Yo sonreí, torpe, y traté de no moverme mientras Pachuca remataba con iluminador. Al final, me giraron hacia el espejo. El rojo no era disfraz: era un incendio contenido.

—Eso es, niño —dijo Pachuca—. Ahora párate en el escenario vacío y camina como si tuvieras que convencer a todo Monterrey de que te pertenece.

Obedecí. El escenario estaba desierto, con solo un foco encendido. Caminé lento, sentí el piso pegajoso, abrí el abanico. Clack. El eco rebotó. Por un instante, imaginé que el público estaba ahí, gritando, aplaudiendo. Mi pecho se infló.

—Más despacio —gritó una reina desde atrás—. No es pasarela de supermercado, es pasarela de pecado. —Y no cierres tanto el abanico, que se te escapa la intención —añadió otra.

Reímos. Yo repetí el gesto, esta vez con más calma.

Al bajar, Nico estaba esperándome con la bolsa de frituras. Me extendió una. —No se vive de glitter; también se vive de papitas.

Reímos. Era raro cómo podía pasar de reina feroz a amigo sencillo en un par de horas.

Esa noche, el bar abrió solo para un público pequeño, pero suficiente para llenar de ruido. Yo ayudaba detrás del escenario. En un momento, Pachuca me empujó hacia el frente. —Cinco segundos, niño. Solo camina, abre, cierra. Nada más.

El corazón me explotaba, pero subí. Abrí.

Clack. Las luces me pegaron en la cara. El aire me quemaba la piel.

Escuché un par de aplausos tímidos, un “¡órale!” desde la barra.

Bajé antes de temblar. En el camerino, Nico me dio una palmada en la espalda.

—Ese fue tu primer cinco segundos de escenario.

No lo olvides. —Me dio miedo. —Siempre da miedo. Lo importante es que regreses.

Después del show, nos fuimos caminando por Barrio Antiguo.

El calor de la tarde había cedido y la noche estaba fresca.

Los bares sacaban música de todo tipo: norteño, reguetón, rock en español.

Nico caminaba a mi lado, en silencio. Yo no sabía de qué hablar, así que pregunté lo primero que me vino.

—¿Siempre supiste que querías hacer drag?

—No. Al principio lo odiaba. Pensaba que era ridículo.

Luego me di cuenta de que lo ridículo era esconderme.

—Se encogió de hombros—. Ahora es lo único que me mantiene cuerdo.

—¿Y afuera? ¿No te pesa? —Claro que pesa.

Monterrey no perdona. Pero aquí —señaló el bar detrás de nosotros—, aquí no soy un pecado. Soy un show. Y eso me salva.

Nos detuvimos en una tienda abierta toda la noche.

Compramos refrescos. Nos sentamos en la banqueta, viendo pasar los carros.

Nico jugaba con el popote entre los dedos.

Yo lo miraba de reojo, pensando en lo distinto que era sin las luces.

Vulnerable. Humano. Y más cercano de lo que nunca había estado de nadie.

—Mi primer show fue un desastre —me confesó de repente.

—¿Por qué? —Se me cayó la peluca en la mitad de la canción.

Todos se rieron. Pensé que no iba a volver.

Pachuca me abrazó y me dijo: “Si ya se rieron, qué más da. Ahora ríete tú y haz que se rían contigo”.

Y regresé. Aquí sigo. —¿Y si me pasa a mí?

—Te pasará algo, siempre pasa. Pero si vuelves a subir, ya ganaste.

Me quedé callado, masticando sus palabras. El silencio no era incómodo; era como si la calle nos envolviera en un secreto compartido.

Al regresar a casa, mi mamá ya estaba dormida. Me encerré en el cuarto, encendí la lámpara pequeña y me miré en el espejo. El maquillaje rojo estaba corrido por el sudor, pero todavía brillaba. Me vi cansado, pero fuerte. Abrí el abanico una vez más. Clack. El sonido llenó la habitación.

Pensé en lo que dijo Nico: “Siempre da miedo. Lo importante es que regreses.” Me acosté con esa frase en la cabeza. Y por primera vez, no me dio miedo soñar. Imaginé un escenario más grande, luces más fuertes, risas convertidas en aplausos. El miedo seguía, pero ya no como enemigo, sino como motor.

Cerré los ojos con el abanico abierto sobre el pecho. No lo guardé en el cajón: lo dejé ahí, brillando con los restos de glitter en la luz tenue. Y así me dormí, abrazado a la certeza de que lo mío apenas estaba comenzando.

El martes amaneció con cielo pálido y calor de promesa.

En la escuela, los pasillos olían a desinfectante y a chisme.

Me moví entre pupitres con una calma rara, como si todavía trajera delineador invisible.

Cuando alguien hizo el “clack clack” de siempre, respondí sin mirar: —Suena hueco. Practícalo.

Algunos se rieron; otros guardaron silencio. El maestro de Historia me pidió leer en voz alta. Mientras hablaba, pensé en el pulso del bar, en el espejo del camerino, en las manos de Nico corrigiendo el ángulo del abanico. Terminé de leer sin tartamudear. Fue una victoria silenciosa.

En el receso, me refugié en la biblioteca.

La bibliotecaria me guiñó un ojo como si supiera algo.

Dibujé en el cuaderno un abanico abierto, con rayos como pestañas.

Debajo escribí: “Respira tres tiempos”. Guardé el cuaderno y, antes de volver al salón, me miré un segundo en el vidrio del pasillo.

No tenía maquillaje, pero los ojos me brillaban como si sí.

Por la tarde, el sol caía de lado en Barrio Antiguo.

La Cámara de Humo olía a madera caliente.

Pachuca me recibió con su abanico dorado como si fuera un cetro.

—Hoy te toca pestaña postiza —anunció—. La primera es como la primera mentira: si la dices mal, se nota; si la pones bien, nadie pregunta.

—Me da miedo parpadear —confesé. —Parpadea con intención —dijo, y me empujó a la silla.

Nico estaba acomodando pelucas en silencio. Cuando me vio, sonrió cortito. —¿Listo para llorar sin llorar? —preguntó. —¿Eso se puede? —Con pegamento resistente, sí. Y con orgullo, más.

Me pusieron la malla, recogieron mi pelo y empezaron la base.

La brocha se movía como si ya conociera mis huesos.

Pachuca marcó contorno suave; otra reina, Lupita Látex, bromeó desde el espejo de al lado: —Si te quedas quieto, te dejo pestañas que hacen sombra propia.

—¿Y si me muevo? —pregunté. —Sales volando, paloma —contestó y todas rieron.

La pestaña postiza parecía un animalito a punto de anidar. Nico tomó la pinza. —Respira. Mira abajo. No cierres. Confía.

La pegó con precisión. Sentí el peso nuevo, como un balcón desde el que mirar. Luego la segunda. Parpadeé despacio. El mundo se veía con marco. Pachuca aplicó glitter microscópico en el lagrimal. No era exagerado, era un secreto de luz.

—Ahora, la prueba —dijo Pachuca—. Te vas al escenario, luz blanca, y caminas tres veces. La pestaña no se cae; el miedo sí.

Subí con cuidado. La luz blanca no perdona, pero ese día me abrazó. Caminé la primera vuelta torpe, la segunda más firme, la tercera con el abanico abierto a media altura. Clack. El eco sonó seguro, casi familiar.

Desde la oscuridad, Veneno aplaudió lento. —Mírenlo, ya pestañea como muñeca de aparador. —De aparador fino, mana —le respondió Lupita—. No de tianguis. —El tianguis me dio de comer —replicó Veneno—. Y más vale que no se le olvide a nadie que el piso se barre diario.

Su voz tenía filo, pero no veneno del todo. Yo bajé sin contestar.

En el camerino, Pachuca me dio un vasito con agua.

—El siguiente truco es contar una historia con el glitter.

No lo pongas por poner; piensa qué quieres que diga.

—¿Qué puede decir un punto de brillo? —pregunté.

—Puede decir “mírame aquí”, o “no me mires allá”.

Puede decir “lloré y sobreviví”. Puede decir “no lloro: brillo”.

Me miré al espejo y toqué con la uña el halo de luz en el lagrimal. Pensé en todo lo que no digo en casa. Pensé en todo lo que sí digo sin palabras en el bar.

Esa noche no estaba lleno, pero había mesas con ánimo.

Un grupo de chavas con abanicos de flores, dos chicos que se tomaban selfies discretas, una señora con collar de perlas que aplaudía suave.

Pachuca abrió con cumbia. Lupita hizo un lipsync de pop dosmilero con chiste interno.

Me tocó de sombra en el cambio: cruzar el escenario, sostener una capa, abrir y cerrar en el silencio justo.

El clack cayó exacto y alguien chasquició los dedos como aprobación. Sentí que me cosían un hilo al lugar.

Entre número y número, Nico se acercó. Estaba mitad Violeta, mitad Nico: base puesta, ojos apenas delineados, sin labios aún. Esa hibridez me conmovió. —¿Te duele? —preguntó, señalando mis pestañas. —No. Solo pesan. —Que te recuerden que estás aquí —dijo—. A veces el peso es brújula.

Veneno pasó a nuestro lado. —¿Ya se van a confesar su amor en la barra o me dejan el camino libre? —lanzó, con una sonrisita. —Amor propio, mana —replicó Nico—. ¿Te suena? Veneno levantó la ceja, siguió caminando. Algo en su gesto se ablandó apenas.

El tercer bloque tuvo un hueco: una reina se retrasó. Pachuca me miró y luego miró el reloj. —Diez segundos —ordenó—. Subes, caminas, abres, cierras, te vas. Cuentas diez en silencio. No más. —¿Ahorita? —Ahorita. Si piensas, te caes. Anda.