Capítulo 3– Glitter en los ojos #2
—Después de la armadura, regresa la piel —dijo—. Quiérela igual.
Me miré de nuevo en el espejo, con restos de iluminador y la boca de durazno ya casi borrada.
Pensé que el maquillaje no solo cubría: también mostraba dónde quería ser visto.
Apreté el abanico, lo abrí suave, y escuché el golpe en la cabeza más que en el aire.
Monterrey seguía ardiendo afuera; adentro, yo estaba aprendiendo a brillar sin pedir permiso.
El sábado amaneció con el recuerdo todavía fresco del maquillaje.
La toalla con que me limpié seguía manchada de brillo, como si el glitter se hubiera negado a irse del todo.
Me miré en el espejo del baño y vi apenas unas partículas diminutas en el borde de las pestañas, recordándome que no había sido un sueño.
En la escuela, nadie lo sabía; en casa, tampoco.
Pero yo sí, y eso bastaba: ya no era el mismo.
Durante el desayuno, mi mamá me dijo que parecían ojeras lo que traía. Inventé que me desvelé haciendo tarea. Mi papá, como siempre, comentó sin mirarme: “Los hombres que no duermen bien se ven débiles”. Guardé silencio. Por dentro, repetí como mantra: “El maquillaje no me debilita; me arma.”
Ese día en la escuela las risas continuaron, pero ya no sonaban igual.
Tal vez era yo el que había cambiado, porque cuando escuché el “clack clack” burlón en el pasillo, en lugar de encogerme sentí el impulso de abrir el abanico invisible que llevaba dentro.
No lo hice, pero sonreí con una calma nueva.
Esa sonrisa desconcertó más a mis compañeros que cualquier insulto.
En el recreo, me refugié otra vez en la biblioteca. Abrí el cuaderno y dibujé un ojo enorme con glitter saliendo como rayos. Debajo escribí: “Me vieron, y no me morí.” Ese dibujo me sostuvo todo el día.
Por la tarde, volví al bar. Ya empezaba a ser rutina.
Pachuca me recibió con un “mira quién ya viene directo a su segunda casa”.
Nico estaba sentado en el tocador, desmaquillado, con una taza de café.
Parecía otro, como si no fuera la misma Reina Violeta de la noche anterior.
Su voz también sonaba distinta, más baja.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Cómo se siente despertar con glitter en las pestañas? —Como si todavía estuviera en el escenario. —Así es. El maquillaje nunca se va del todo. Aunque lo laves, aunque lo niegues, siempre queda algo.
Nos quedamos un rato en silencio. Pachuca entró con bolsas llenas de maquillaje nuevo. —Hoy vamos a experimentar, mi niño. Ayer fue tu bautizo; hoy vamos a jugar.
Me sentaron de nuevo en la silla. Esta vez no era solo un maquillaje “básico”, sino colores más atrevidos: un delineado doble, sombras con degradado, un labial oscuro. Nico me miraba desde un costado, callado, con una media sonrisa. Cuando terminó, Pachuca me giró hacia el espejo.
El reflejo me sacó un suspiro. Era más teatral, menos tímido. Me vi poderoso. —Pareces otra persona —dije. —No —corrigió Nico—. Pareces tú, pero viéndote sin miedo.
Esa frase me atravesó. Pensé en cuántas veces me había mirado al espejo sin reconocerme. Ahora, en cambio, sí quería quedarme frente al cristal.
El bar esa noche estaba lleno. Pachuca me pidió ayudar en el backstage: llevar pelucas, alcanzar brochas, sostener abanicos.
En medio del caos, cada vez que pasaba frente al espejo me reconocía distinto.
El glitter hacía que mis ojos parecieran hablar sin abrir la boca.
Y yo entendí que el maquillaje no era solo disfraz: era declaración.
En el segundo bloque, Nico —ya convertido en Reina Violeta— salió con un vestuario morado brillante.
El público lo ovacionó. Desde las bambalinas lo miré, sintiendo que estaba viendo dos personas en una: el chico callado que me daba café por la tarde y la diosa feroz que se tragaba la pista por la noche.
Y lo más extraño era que las dos me atraían por igual.
El público estaba desbordado. Una mesa gritaba su nombre como si fuera estrella de pop, otra agitaba servilletas en el aire para improvisar abanicos.
Me acerqué a Pachuca, que reía con orgullo.
—¿Ves? Eso es lo que provoca la seguridad.
Tú tienes que aprender a que te miren así. El glitter no es adorno; es foco.
Veneno pasó detrás de mí, ajustándose un vestido ajustadísimo y lanzando su veneno. —No te emociones, niño. El glitter también se corre, y cuando se corre, queda feo. —Y cuando brilla, ciega —contestó Pachuca, sin perder la sonrisa.
Después del show, cuando las luces bajaron y la música se apagó, nos quedamos un rato solos en el camerino.
Nico se quitó la peluca y suspiró, cansado.
Yo lo observaba en silencio. —¿Qué ves? —me preguntó.
—Veo a alguien que cambia mucho. —No cambio.
Solo muestro partes que normalmente no dejo salir. —Me miró fijo—. Tú también las tienes.
Me quedé helado. Tenía razón. Mi vida en la escuela, en mi casa, no mostraba ni la mitad de lo que había dentro. Con ellos, en el bar, sí.
—¿Alguna vez te cansas de fingir afuera? —me atreví a preguntar. Nico sonrió con tristeza. —Me canso todos los días. Por eso necesito esto. Porque aquí no finjo nada. —Hizo una pausa—. Tú también lo necesitas, aunque todavía no te des cuenta del todo.
El silencio que siguió fue pesado pero cómodo. Yo asentí despacio. Pachuca irrumpió con un abanico enorme de plumas rojas. —¡Ya basta de sentimentalismos! —exclamó—. Aquí se viene a reír y a brillar. Y si no, me los saco a empujones.
Reímos. La tensión se rompió. Pero en el fondo, lo que Nico había dicho seguía sonando dentro de mí.
Más tarde, me quedé un rato solo en el pasillo que daba a la salida de emergencia.
Desde ahí se veía parte del centro de Monterrey iluminado: los letreros de bares, los taxis pitando, los puestos de tacos todavía abiertos.
Me imaginé caminando por esas calles maquillado, con glitter en los ojos.
Imaginé las miradas, los murmullos, las risas.
Me dio miedo. Pero también un fuego raro en el estómago.
—¿Qué haces aquí? —me sorprendió Veneno, que venía encendiendo un cigarro.
—Nada —respondí. —Eso se nota. Todavía no entiendes.
Allá afuera la gente no aplaude. Allá afuera te ven como bicho.
—¿Y tú qué haces aquí entonces? —me atreví a responder.
Veneno echó el humo despacio. —Porque prefiero ser un bicho de glitter que un fantasma sin brillo.
Pero no te confundas: el precio siempre llega.
Me dejó ahí, con el humo flotando, pensando en lo que costaba existir.
Esa noche volví a casa con la cara todavía manchada de maquillaje a medio borrar. En el camión, una niña me señaló y le dijo a su mamá: “Mira, brilla”. La mujer la jaló del brazo y no dijo nada. Yo sonreí. No era burla, era constancia: alguien me había visto.
Al llegar a casa, me encerré en el baño y me miré de nuevo. Había restos de sombra, un poco de labial en las comisuras. Pensé en lo que dijo Nico: “El maquillaje nunca se va del todo.” Y tuve miedo, pero también orgullo. Era verdad: aunque lo intentara, no podía borrar lo que estaba naciendo.
Me acerqué más al espejo y me imaginé llegando a la escuela con el rostro pintado.
Vi las risas, los dedos señalando, los insultos.
Y me descubrí sonriendo: aunque eso pasara, yo ya sabía que también existía otro escenario donde las risas eran aplausos y las miradas eran respeto.
Ese contraste, pensé, era mi nueva fuerza.
Guardé el abanico en el cajón, pero al hacerlo noté que todavía quedaba glitter en mis dedos.
Lo froté contra la sábana y ahí brilló, diminuto, rebelde.
Entendí que, como dijo Nico, no se iba del todo.
El glitter era recuerdo, cicatriz y promesa.
Y esa noche, por primera vez, me dormí deseando que nunca se borrara por completo.
El lunes amaneció con un aire extraño. En la escuela, las risas no faltaban, pero yo ya no las escuchaba igual.
Sentado en el salón, mientras copiaba fórmulas en el cuaderno, recordaba el delineador, el labial oscuro, el glitter imposible de borrar por completo.
Mis compañeros podían reír, pero ellos no sabían lo que se sentía tener la cara como armadura. Esa diferencia me mantenía en pie.
En el pasillo, uno de los chicos me imitó caminando con un “clack clack” exagerado. Sentí la sangre hervir, pero también el impulso de sonreír. En lugar de enojarme, lo miré directo a los ojos y le dije bajito: —Te falta ritmo.
Él se quedó desconcertado y se fue. Ese pequeño triunfo me sostuvo todo el día.
Al terminar las clases, no fui directo a casa.
Caminé por el centro, donde el calor derretía a la gente y el ruido de los camiones subía hasta los edificios.
Pasé frente a un local de disfraces, con máscaras y pelucas plásticas en el aparador.
Me detuve un segundo y pensé en cómo me vería ahí, con un disfraz barato.
No, no era lo mismo. El drag no era disfraz, era verdad amplificada.
Seguí caminando con el abanico escondido en la mochila, como un secreto que quería salir.
Por la tarde regresé al bar. Pachuca me saludó como si fuera su sobrino.
—Ya era hora, mijo. Aquí la semana empieza desde el lunes.
Me llevó al camerino, donde varias reinas estaban platicando entre brochas y vasos de plástico con refresco.
Veneno estaba ahí, puliendo sus uñas largas, lanzando miradas de cuchillo.
—Mírenlo, el niño de los abanicos ya hasta se pinta —dijo con sorna. —Y más guapo que tú, mana —replicó una de las reinas, arrancando carcajadas.
Sentí calor en las mejillas, pero no bajé la mirada. Pachuca intervino. —Hoy vas a practicar con sombra roja. El rojo es difícil: si te sale mal, parece que lloraste sangre; si te sale bien, parece fuego.