Bajo el abanico Capítulo 3– Glitter en los ojos
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Capítulo 3– Glitter en los ojos

“El maquillaje no es disfraz: es mapa de lo invisible.”

Cuando amaneció, Monterrey seguía humeando de calor, pero yo traía otra brasa en el pecho: hoy me iban a maquillar “de verdad”.

No para jugar, no para un ensayo donde se corre la base con el sudor, sino para mirar al espejo y reconocer a alguien que había vivido en mí y que todavía no conocía.

El camión por Constitución iba repleto; mis dedos apretaban el abanico dentro de la mochila como si fuera pasaporte.

No era mi nombre drag —eso todavía no existía—, pero ya era mi símbolo.

Pachuca me había escrito la noche anterior: “Trae piel limpia y corazón abierto”.

Llegué temprano a La Cámara de Humo. Sin gente, el bar parecía un teatro dormido: las mesas con manchas de glitter reseco, la pista con su luz moribunda, el escenario sin música, como esperando una primera respiración.

Pachuca me abrió el camerino con un clack de su abanico dorado, que en ella sonaba a campanada.

—Hoy no huimos —dijo—. Hoy enfrentamos, mijo. El maquillaje es para pelear bonito.

Nico (Reina Violeta cuando brilla) estaba sentado frente al tocador, sin peluca, con una playera vieja y shorts. Sin el personaje, parecía otra persona: más silenciosa, con la mirada de quien siempre escucha primero. Me sonrió apenas y palmeó la silla contigua.

—Siéntate —dijo—. Y no te muevas cuando te diga que no te muevas. El delineador no perdona temblores.

Pachuca puso música bajita: una playlist donde cabían Gloria Trevi y Natalia Lafourcade, con una cumbia inesperada que se metía entre medias.

Sobre la mesa, las brochas parecían un ejército dispuesto.

Me cubrieron el cabello con una malla. Sentí la piel del cráneo, como si me quitaran el ruido de la calle y me dejaran solo con mis latidos. Nico se acercó con la base en la mano.

—Esto no es para esconderte —dijo—. Es para que te veas más nítido.

La primera caricia de la brocha fue fría, luego tibia, luego mía. Pachuca observaba con ojos de directora.

—A ver, ceja. —Le entregó a Nico un pegamento y un peine chiquito—. Súbele la ceja como subida la autoestima. Que no quede tímida, que no somos misas.

Reí nervioso. Nico me miró por encima del bote de base.

—Si te ríes, se cuartea. —Y añadió, con suavidad—: Pero me gusta que te rías.

Me callé, obediente. Mientras me cubrían la ceja, pensé en la escuela, en las risas de pasillo que me habían seguido toda la semana. Aquí, la risa tenía otro filo. No lastimaba: cortaba para hacer forma. Pachuca ultradifuminó el contorno con una esponja que sabía tocar sin golpear.

—Mírate un segundo —dijo.

Me incliné hacia el espejo. La ceja desaparecida, la frente pulida, los pómulos apenas insinuados. No era yo, pero tampoco era alguien ajeno. Era un borrador de mí mismo, un mapa sin nombres todavía.

—Ahora los ojos —anunció Nico—. Si la ceja es el arco, el ojo es la flecha.

Sacó una paleta con tonos morados y azules. Se me antojó pedir azul eléctrico, como la peluca de la otra noche, pero Nico negó con la cabeza antes de que hablara.

—Hoy probamos algo suave. Quiero descubrir dónde cae tu mirada cuando no tienes miedo.

Cerré los ojos. Sentí el trazo firme en el párpado, un tirón leve en la piel, el delineador posándose como sentencia. El rímel fue un pestañeo de alas. Abrí. En el espejo, mis ojos eran más grandes, más dispuestos a decir la verdad. Me dieron ganas de llorar; en vez de eso, respiré.

—No llores —dijo Pachuca, con ternura—, o te lo cobro.

—No voy a llorar —mentí.

Me pusieron polvo, rubor discreto, un iluminador mínimo en la punta de la nariz. Nico eligió un labial durazno.

—Más adelante te aventamos rojo, pero hoy no. Hoy la boca es promesa, no grito.

—¿Y peluca? —pregunté.

—Hoy no —intervino Pachuca—. Te quiero con tu pelo recogido. Que te reconozcas debajo del brillo. El drag también es saber cuándo no ponerse más.

Asentí. Era raro sentirme visto sin esconderme. Me levanté despacio. El camerino parecía agrandarse a mi alrededor. Tomé el abanico y lo abrí. Clack. El sonido rebotó contra los espejos, multiplicado.

—Eso —dijo Nico, ladeando la cabeza—. A ese sonido le vas a aprender a ponerle intención. No es lo mismo abrir para decir “estoy aquí” que para decir “no me vas a mover”.

—¿Y si quiero decir las dos? —pregunté.

—Entonces respiras y cambias el ritmo. El abanico también baila.

Nos fuimos al escenario vacío. Pachuca bajó las luces.

Me indicó un foco. “Ahí es.” Caminé hasta la marca.

Sentí el piso pegajoso de tantas noches.

La ciudad entera parecía vibrar debajo: tráileres que cruzan, camiones por Madero, motos por Padre Mier.

Abrí el abanico y jugué con su peso. Nico se paró a distancia, observando.

—Ensayo mudo —dijo—. Solo aire y abanico. Que el cuerpo entienda antes que la mente.

Hice tres secuencias, cada una más segura. En la tercera, giré de lado, levanté el brazo y dejé caer la tela del abanico como si fuera telón. Pachuca hizo un gesto con el pulgar. Nico chasqueó la lengua: bien.

—Otra —pidió—. Y ahora mira al público que todavía no está.

—¿Y si me miran feo?

—Que miren. —Se acercó y me colocó la mano en el mentón, levantándolo apenas—. No se trata de que gustes. Se trata de que existas. Y eso ya lo estás haciendo.

El bar empezó a oler a gente. Eran las siete, y la puerta ya había dejado pasar risas, perfumes, nervios ajenos. Las reinas llegaron vestidas a medias, con bolsas llenas de telas y secretos. Veneno entró con un vestido verde botella y el gesto afilado.

—Miren —dijo—, hoy sí hay glitter en los ojos… del niño. ¿Ya no es “chico de los abanicos”?

—Hoy es alumno de la casa —respondió Pachuca, sin levantar la voz—. Y se respeta.

Veneno sonrió sin dientes y se sentó a maquillarse. Me dejó un comentario al pasar:

—Cuidado con las lágrimas. El glitter se vuelve lodo.

No respondí. Nico me rozó el hombro con los nudillos: “no te ganches”. Seguí respirando.

Antes del show, Pachuca organizó un “bautizo de espejo”: todas las reinas, una por una, me dieron un tip frente al tocador iluminado.

“No te pelees con la luz; negocia.” “Si te pones nervioso, juega con el abanico en la cintura, que parezca parte del número.” “Nunca subestimes la risa: a veces viene de identificación.” “Nunca confíes del todo en un aplauso: a veces viene de costumbre.” Guardé cada frase como si fueran piedritas en el bolsillo.

El DJ probó sonido. La sala vibró; la pista respiró.

Pachuca salió a abrir con su clásico de cumbia.

Yo la vi desde bambalinas con los ojos ya aprendiendo a escuchar.

No me tocaba hacer número, pero sí aprender.

En el segundo bloque, Nico apareció transformado en Reina Violeta: peluca negra con ondas, un traje violeta con pedrería discreta, y un delineado que parecía decidido a todo.

La gente gritó su nombre con amor y costumbre.

Lo vi bailar con precisión y con ternura, como si cada gesto le pidiera permiso al aire para volverse luz.

Al finalizar, se acercó a mí, sudando un poco pese al aire acondicionado peleonero.

—Quiero que veas esto —dijo—. No se trata de hacer mucho; se trata de hacer claro. —Y colocó mi mano con el abanico en cierto ángulo—. Si lo abres aquí, la luz te entra en la cara y te da el brillo justo. Si lo abres acá, te tapa. Y tú no te tapas. ¿Entendido?

—Entendido —dije, y me sorprendió escuchar mi voz con menos miedo.

Veneno cerró el bloque con una balada dramática. Fuerte, precisa, con un gesto de rabia que desordenó las mesas. Al bajar, me vio de reojo.

—Si te crees listo, sube tú —escupió, más cansada que cruel.

—No se trata de competir hoy —dijo Nico, cortante.

—Claro, claro. —Veneno se fue a fumar al pasillo.

El último bloque fue fiesta. Pachuca me dejó subir de sombra para un minuto mudo: cruzar de derecha a izquierda, abrir y cerrar como si fuera parte del decorado vivo.

“Que te vean, pero no te traguen”, había dicho.

Subí. Me coloqué detrás de Nico en un silencio breve de la pista.

Abrí. Clack. Aplausos mínimos, como un chasquido de dedos.

Bajé. Nadie se cayó del asiento. Nadie se rió.

Nadie me miró con odio. Me temblaron las piernas, pero por gusto.

En el camerino, después, me senté con una toallita en la mano, evitando rozar el delineador. Pachuca llegó con dos aguas.

—¿Cómo vas, mijo?

—Siento la cara pesada y el alma ligera.

—Exacto —se rió—. Es el balance correcto.

Nico se quitó la peluca y la puso con cuidado en una cabeza de unicel. Sin peluca, volvía a ser el chico silencioso que habla bajito y mira fuerte. Me acercó un algodón con desmaquillante.

—Te voy a enseñar a quitarte lo que te pusiste. Es igual de importante que ponerlo.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque después de la armadura, regresa la piel. Y la piel también necesita que la mires con cariño.

Me limpió un ojo con paciencia. Luego me dio el algodón.

—Tú el otro. —Obedecí, torpe.

—¿Siempre fuiste así de tranquilo fuera del escenario? —pregunté, bajito.

—No siempre —respondió—. Aprendí. Monterrey te obliga a guardar cosas si quieres sobrevivir. Pero en el escenario no las guardo. —Guardó silencio un segundo—. Contigo tampoco quiero guardar tanto.

No supe qué decir. Me ardieron las mejillas por debajo del polvo. Me reí, esta vez sin cuartear nada. Él también. Pachuca nos miró de reojo y sonrió en secreto.

Antes de irme, volví al espejo. Tenía restos de iluminador en la nariz y un delineado ya cansado.

Apreté el abanico. Pensé en la frase de la mañana: el maquillaje es armadura.

Pero me descubrí pensando otra cosa: también era ventana.

Afuera, el calor seguía brutal; adentro, yo aprendía a respirar distinto.

Subí un minuto de sombra como me enseñó Pachuca: cruzar, abrir y cerrar cuando la música respiraba. El clack fue pequeño, pero mío. Bajé con las piernas temblando de gusto. En el camerino, Nico me ayudó a quitarme el delineador con paciencia.