Capítulo 2 – El primer abanico #4
A mediodía, Pachuca me escribió: “Llegas a las 7. Ensayo rápido. Te quiero abriendo con un minuto de presencia. Nada de coreo complicada. Solo abanico, mirada y verdad.” Sentí la sangre en la cara.
¿Abrir? No era exactamente un debut, pero era una entrada con nombre y apellido.
Además, agregó: “Si te animas, pensemos en tu stage name. No sales al mundo como ‘Alex con abanico’. Ese ya eres tú; ahora te falta tu espejo con brillo.”
Pasé el resto del día en un estado de electricidad discreta.
En la libreta hice listas: posibles nombres.
“Brisa Obsidiana”. “Clack Azul”. “Viento Sombra”.
“Silla Brillante” (y lo taché por cursi).
“Obsidiana”, solo eso, me hacía cosquillas en la lengua.
Lo escribí grande. Obsidiana: negro, vidrio volcánico, filo y reflejo. Como mi abanico.
A las seis y media estaba ya subiendo las escaleras de La Cámara de Humo.
El olor a perfume, humo y madera me abrazó como una manta cálida.
Pachuca me plantó un beso tronado en la mejilla.
—Hoy, mi niño, vas a abrir la puerta. No pidas permiso; empújala.
—¿Y si me tropiezo? —Te caes precioso, te levantas más precioso y luego cierras el abanico como si lo hubieras planeado.
Nico salió del tocador con medio maquillaje puesto: cejas altas, contorno marcado, labios aún sin pintar. —¿Listo, Obsidiana? —dijo, probando el nombre con sus dientes. Me estremecí. —¿Te gusta? —Me fascina. Pesa. Brilla. Y afila. Te va.
El camerino vibraba. Había bobby pins como estrellas caídas, brochas como soldados en descanso, y en medio, las reinas armando sus cuerpos.
Veneno, recargada en un espejo, me miró de arriba abajo.
—Ah, ¿ya con nombre y todo? Qué rápido crecen los niños.
—Los nombres no se dan por edad —contestó Pachuca—, se ganan en el escenario.
Veneno rió con ese filo que ya le conocía.
—Pues que lo gane. Yo solo quiero ver si el vidrio no se hace polvo con el primer grito.
No respondí. Sentí la tentación de demostrarle algo, pero recordé la instrucción: presencia primero, no guerra.
Nico me pasó una camisa negra sin mangas, un pantalón ajustado y un chaleco con brillo discreto.
No era un vestido; no ese día. Era un yo intermedio: Alex que empieza a convertirse en Obsidiana.
—La silueta es más honesta contigo —dijo—.
Tu cuerpo se siente seguro así. Ya habrá lentejuelas grandes para cuando te den ganas.
—¿Y la peluca azul? —Hoy no. Hoy el protagonista es el sonido del abanico y tu mirada.
Si el público recuerda tus ojos, regresa.
Si solo recuerda la peluca, te confunde con cualquiera.
El ensayo fue un ritual pequeño. Pachuca me colocó en la línea de luz, al borde del escenario.
—Respira tres tiempos. Uno para la ciudad que te empuja, otro para la casa que te limita, otro para ti.
En el tercero, abres. Probé. Clack. El eco rebotó en las paredes.
Me vi en el espejo del fondo. No me vi niño. Me vi… borde.
Se abrió la puerta del bar y el mundo entró con su ruido.
Gente que reía, vasos que chocaban, abanicos que asomaban de bolsas y bolsillos.
Monterrey, por un momento, parecía rendirse a la noche.
El DJ presentó a Pachuca, que hizo un número feroz con cumbia y cachetada de ventilador.
Después, anunció: —Y para calentar la pista, les presento a una presencia nueva en esta casa: fuerte el aplauso para… Obsidiana.
Las luces me buscaron. Subí. El corazón me podría haber fallado, pero se comportó como un pecho ajeno, obediente.
Di dos pasos lentos. Abrí el abanico con un golpe medido.
Clack. Hubo un “¡Eso!” en la mesa del fondo.
Sonreí mínimamente. Cerré, giré, abrí otra vez, ahora hacia arriba, como descorchando el techo. Clack. No bailé; respiré con el ritmo.
La música era apenas un pulso electrónico bajo, una alfombra. Mis ojos encontraron los del público: un chico con camisa de cuadros, una pareja tomada de la mano, una señora con abanico de flores. Todos devolvieron algo. Voltajes. Consentimientos. Curiosidad.
Bajé después de un minuto exacto. No más, no menos.
Tenía la boca seca. Pachuca me abrazó apretado.
—Eso fue presencia. No te sobraste, no te faltaste.
Lo que sigue es construir memoria. La gente ya te vio.
Que no te olviden. Nico me apretó la nuca con cariño.
—Fuiste filo y espejo. Bienvenida, Obsidiana.
Veneno hizo una mueca. —Pues sí tuvo brillo el vidrio. Veremos si no se empaña.
Me quedé a un lado del escenario el resto de la noche, ayudando en cambios rápidos, sosteniendo pelucas, buscando broches perdidos.
Tenía el abanico en la mano como si fuera un santo.
En el tercer número, Pachuca me pidió que hiciera sombra: que cruzara detrás, que apareciera de perfil, que diera un clack en un silencio.
La sincronía salió casi perfecta. La gente me miraba en esos destellos y sentí que mi nombre ganaba peso.
En el descanso, junto a la barra, un grupo de chicas se me acercó.
—¿Eres Obsidiana, verdad? —preguntó una, con una sonrisa enorme.
Asentí. —Nos gustó cómo abriste el abanico.
Sonó a… sentencia. —Eso mismo me dijeron en el ensayo —respondí.
—¿Cuándo vuelves a salir? —preguntó otra.
—Pronto —dije, y no fue promesa vacía; fue decisión.
Cerca de la medianoche, Pachuca anunció el último bloque. Antes de subir, Nico me tomó la mano. —¿Quieres cerrar junto a mí el último clack? Solo eso. Nada más. —Sí. —A la cuenta de tres miramos a la misma mesa. Respira. Uno, casa. Dos, ciudad. Tres, tú.
El final fue luminoso. En el último golpe de la canción, nuestros abanicos sonaron juntos, perfectamente coordinados.
CLACK. Un grito se disparó desde la barra, y yo, que no era de llorar, sentí los ojos calientes.
Era absurdo, pensé, llorar por un golpe de abanico.
Pero no era el golpe: era el permiso que me estaba dando.
Cuando las luces se encendieron y el bar empezó a vaciarse, me quedé sentado en un banco del camerino con el abanico abierto sobre las piernas, como si se estuviera secando al viento.
Nico se sentó a mi lado. —¿Cómo te sientes, obsidiano?
—usó el adjetivo como si fuese apellido.
—Como si el cuerpo me quedara mejor. —Eso es el escenario: sastre y espejo.
Veneno apareció en la puerta. No traía su mueca; traía otra cosa. Se encogió de hombros. —Lo hiciste bien. No te emociones de más. Mañana será otro público. —Mañana seremos otros —dijo Nico. —También —concedió Veneno, y se fue.
Pachuca se acercó con dos vasos de agua.
—Brindis, mijo. Por tu primer minuto. Los minutos son como las primeras monedas de propina: suenan poco, pero pesan.
Juntas suficientes y pagas la renta del corazón.
—¿Y cómo se consiguen más? —pregunté. —Ensayando, fallando, volviendo a subir.
Y una cosa más: cuidando el símbolo. Ese abanico no es un adorno.
Es un pacto. Si lo llevas, respétalo. No lo abras para esconderte.
Miré el abanico negro, las varillas firmes.
—No voy a esconderme. —Bien. Entonces, Obsidiana, bienvenida a la casa.
Salí del bar tarde, con la adrenalina en la lengua.
En la calle, el calor se había vuelto brisa tibia.
Caminé hasta la parada del camión y, por primera vez, no guardé el abanico.
Lo llevé abierto, apoyado en el hombro. Dos chicos se rieron por lo bajo al verme pasar; un señor volteó con curiosidad; una pareja me sonrió.
Yo seguí. En la esquina, un viento leve me empujó la peluca imaginaria.
Sonreí: aunque esa noche había salido a escena sin peluca, mi cabeza recordaba el azul, y pensé que quizá ese color volvería conmigo más pronto que tarde.
En el camión, abrí la libreta y escribí: “Obsidiana abre y cierra para decir sí”. Guardé el abanico a medio abrir, como un libro. Cerré los ojos y escuché su golpe imaginario: clack.