Bajo el abanico Capítulo 2 – El primer abanico #3
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Capítulo 2 – El primer abanico #3

Cuando terminó la función, me quedé en el bar hasta que apagaron las luces.

Nico me encontró en la salida. —¿Todo bien?

—Sí. Solo… quiero estar listo. —Nunca vas a estar listo del todo.

Pero un día vas a subir y no te vas a caer.

Eso es suficiente. —¿Y si me caigo? —Pues te levantas.

Y lo haces con gracia. Eso es drag también.

—¿Aunque me humillen? —Especialmente entonces.

La humillación dura segundos. El recuerdo de que lo intentaste, ese se queda para siempre.

Y el público, aunque no lo admita, recuerda a quien se levanta.

Salimos juntos unas calles hasta la avenida.

Monterrey a esa hora parecía otro: la gente caminaba rápido, los vendedores guardaban sus puestos, el calor bajaba un poco pero no del todo.

Nico me habló de cómo era presentarse en lugares más hostiles, de clientes que gritaban insultos desde las mesas.

—No todos van a aplaudir. Algunos van a querer verte caer.

Pero ahí es donde brillas más. —¿Y si no puedo?

—Puedes. Porque ya lo estás haciendo. Y porque no estás solo.

Nos despedimos en la esquina. Yo tomé el camión de regreso.

Me senté en el fondo, con el abanico en las manos.

Lo abrí y lo cerré varias veces, escuchando el eco contra las ventanas.

Afuera, la ciudad seguía rugiendo: camiones, claxonazos, voces.

Pensé que todos esos sonidos eran parte de un mismo escenario.

Y yo, raro, distinto, con mi abanico negro, también era parte de esa obra.

Escribí en el cuaderno: “No quiero ser invisible. Prefiero que me miren y se burlen, a que nunca me vean. Lo raro es un foco que alumbra lo que otros no alcanzan”.

Cuando el camión pasó frente al Cerro de la Silla, el perfil oscuro de la montaña se recortó contra un cielo aún tibio.

Pensé que la ciudad entera era un escenario en subida, y que yo apenas estaba aprendiendo a respirar a ese ritmo.

Cerré el abanico y lo apoyé en el pecho.

Clack. Nadie me miraba. Yo sí: me miré por dentro y me vi de pie.

Y supe que, aunque me faltara todo por aprender, ya no iba a caminar con la cabeza baja.

Caminé hasta la ventana del camión, respiré hondo, conté tres tiempos y sonreí para mí. Era suficiente por hoy.

El jueves amaneció con la rutina de siempre, pero yo ya no era el mismo.

Había algo en mi pecho que no se callaba: la certeza de que pertenecía a dos mundos al mismo tiempo.

En casa, el desayuno con mis padres seguía igual: mi papá hojeando el periódico, mi mamá revisando la lista del súper.

Yo, masticando en silencio y guardando palabras que no podía decir.

Mientras ellos hablaban de los precios del aguacate y de la inseguridad en la colonia, yo pensaba en el bar, en las luces, en el sonido del clack de los abanicos.

Ese día en la escuela fue peor. Las burlas ya no eran sutiles.

Un grupo de compañeros imitó el sonido de un abanico al pasar junto a mí: “clack, clack”, seguido de risitas.

Me ardió la cara. Pensé en responder, pensé en abrirlo de verdad frente a ellos.

Pero no lo hice. Guardé silencio y apreté los dientes.

Al mediodía, un maestro me pidió quedarme después de clase.

—Alex, ¿todo bien? Te noto distraído. —Sí, profe, solo cansado.

—No dejes que las cosas te coman. Uno tiene que aprender a defenderse.

Quise decirle que me estaba defendiendo, solo que con un abanico en otro mundo. Pero me callé.

Por la tarde, me escapé otra vez rumbo a Barrio Antiguo.

El calor era sofocante, el cielo naranja cayendo sobre los cerros.

Llegar a La Cámara de Humo era como entrar en una dimensión distinta.

Pachuca me recibió con un abrazo fuerte.

—Hoy te toca practicar más en serio, mi niño.

Si de verdad quieres quedarte, tienes que sudar.

En el camerino, Nico me esperaba con una peluca larga, lacia, color azul eléctrico. —Póntela —me dijo, tendiéndomela. —¿Yo? —Sí, tú. Nadie aprende a nadar sin mojarse.

Me la puse, torpe, sintiendo el calor en la cabeza. El pelo caía sobre mis hombros como un río extraño, pesado y sedoso. Pachuca me entregó un vestido sencillo de lentejuelas negras. —No es tu estilo todavía, pero es tu bautizo —anunció.

Al mirarme en el espejo, sentí un golpe en el estómago. No era Alex, el estudiante callado. Era alguien más, alguien con los hombros erguidos y la mirada distinta. El abanico negro en mi mano completaba la imagen. Nico se colocó detrás de mí y me susurró: —No te asustes de tu reflejo. Abrázalo.

Pasamos casi una hora ensayando. Pachuca me enseñaba cómo mover la cadera sin perder el paso, cómo abrir el abanico con un giro del cuerpo, cómo mirar al público directo a los ojos.

Yo sudaba, me tropezaba, me reía de mis propios errores.

Ellas me aplaudían y me gritaban consejos entre carcajadas.

Cada fallo era celebrado como parte del aprendizaje.

Poco a poco, sentí que el espejo devolvía una versión de mí que ya no quería esconderse.

Esa noche, Pachuca organizó un mini show privado, solo para el grupo de reinas y algunos amigos de confianza.

Querían verme en acción, aunque fuera ensayo.

El DJ puso una canción de Gloria Trevi, “Todos me miran”.

El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que se escuchaba por encima de la música.

Abrí el abanico. Clack. Y empecé a moverme.

Al principio me temblaban las piernas, pero las risas y gritos de las reinas me empujaron.

Nico me seguía con pasos seguros, guiándome sin que se notara.

Pachuca gritaba desde una mesa: “¡Eso, mijo, saca el fuego!”.

Me dejé llevar. Moví los brazos, giré, levanté la cara.

La letra de la canción parecía hablarme a mí: “Todos me miran, me miran…”.

Y sí, todas me miraban, y no con burla, sino con aliento.

Una gritó: “¡Eso, reina, dales fuego!”. Otra me aventó un billete falso como si estuviera en un show de verdad.

Sentí que por fin podía ser visto de verdad.

El abanico golpeaba el aire con fuerza, marcando cada cambio de ritmo.

Al final de la canción, caí de rodillas, sudando y con el maquillaje chorreado. El cuarto estalló en aplausos.

Veneno, desde un rincón, sonrió torcida.

—Miren qué rápido aprende el nene. A ver si le dura.

—Le va a durar lo que él quiera —respondió Nico, desafiante.

—¿Y si mañana se raja? —contraatacó Veneno.

—Entonces será su decisión. Pero hoy, aquí, se plantó.

Y eso nadie se lo quita —replicó Pachuca con un clack seco de su abanico dorado.

El ambiente se tensó por un instante, pero luego las demás reinas rompieron en risas y gritos de apoyo.

Una me abrazó fuerte, otra me pintó un corazón en la frente con lipstick.

Yo estaba mareado de cansancio y felicidad.

Nico me tomó del brazo y me llevó a un costado.

—¿Cómo te sientes? —Como si hubiera nacido otra vez.

—Pues grábalo. Cada vez que dudes, acuérdate de esta sensación. Es tuya. Nadie te la puede quitar.

Nos quedamos platicando en un rincón mientras las demás se desmaquillaban.

Nico me dio consejos prácticos: cómo elegir canciones que me representaran, cómo usar el abanico no solo como ruido, sino como extensión del cuerpo.

Hablamos de estilos, de cómo cada drag encontraba su sello único.

—El tuyo todavía no lo ves, pero ya lo traes dentro.

Y cuando lo saques, más vale que el mundo se prepare.

Esa madrugada volví a casa todavía con restos de brillantina en el cabello y la peluca guardada en la mochila.

Mi mamá me vio entrar y frunció el ceño.

—¿Dónde estabas? ¿Y qué traes en la cara?

—Nada, mamá. Estudiando. Ella me observó más tiempo del que quería.

Sus ojos parecían atravesarme. Finalmente suspiró.

—Tú siempre tan raro, Alex. Nomás cuídate.

Me encerré en el cuarto, me miré en el espejo y vi un rastro de azul en la frente.

Intenté lavarlo, pero quedó un brillo mínimo en la piel.

En vez de asustarme, sonreí. Toqué el abanico sobre la cama y lo abrí una vez más.

Clack. El sonido llenó el cuarto pequeño, como si fuera un teatro.

Me acosté con el abanico bajo la almohada y la peluca escondida, pero esa noche soñé que bailaba en la Macroplaza con todas las luces de Monterrey iluminándome.

Y en el sueño, nadie se reía. Todos gritaban mi nombre.

El viernes amaneció con un brillo raro, como si el sol hubiera decidido subirse también al escenario.

Desayuné sin hablar casi nada. Mi mamá me preguntó si iba a salir en la tarde; dije que sí, que al “club de estudio”.

Ella asintió con una ceja levantada. Mi papá, detrás del periódico, soltó un comentario sobre “andan muy delicados los jóvenes de ahora”.

Le respondí que sí y me metí el último bocado a la boca para no contestar más.

En el camión hacia la escuela me di cuenta de que llevaba el abanico en la mochila, envuelto en la camiseta vieja de siempre. No podía dejarlo. Era mi amuleto y mi espada. Abrí el cuaderno y escribí: “Hoy no tiemblo: vibro”. Lo subrayé dos veces.

Las clases pasaron como un chisme aburrido.

Hubo una mirada más larga de un compañero que no me caía bien; luego, un “clack” burlón en el pasillo.

Me detuve un segundo con la mano en el cierre de la mochila.

Pude sentir el peso del abanico. Lo imaginé abierto, cortando el aire.

No lo saqué. No por miedo, sino porque no era el lugar.

Mi escenario estaba en otra parte. Me guardé la respuesta para la noche.